LUNES 01 DE MARZO

LECTURAS: DAN 9, 4-10; SAL 78; LC 6, 36-38

Dan. 9, 4-10. Nuestra es la vergüenza en el rostro, pues nos hemos rebelado contra el Señor y nos hemos apartado de la fidelidad a su Palabra y a la Alianza que hemos pactado con Él. Con el corazón humillado sólo alcanzamos a golpearnos el pecho, y con el rostro en tierra le decimos al Señor: Ten misericordia de mí, porque soy un pecador. Llegamos ante el Señor con la confianza de saber que nos presentamos ante nuestro Dios y Padre, rico en misericordia y siempre dispuesto a perdonarnos. Pero no buscamos al Señor para burlarnos de Él. No venimos a pedir su perdón para después volver a nuestros pecados. Buscamos al Señor y nos humillamos ante Él porque estamos dispuestos, en adelante, a cumplir en todo su voluntad; a vivir y a caminar en el amor tanto a Él como a nuestro prójimo, de tal forma que no sólo nos llamemos hijos suyos, sino que lo seamos en verdad.

Sal. 79 (78). Roguémosle al Señor que olvide nuestras culpas; que nos perdone, porque en verdad queremos volver a Él y queremos que su Espíritu nos guíe. Dios sale a nuestro encuentro por medio de su Hijo, hecho uno de nosotros. Dios no se olvida de que somos barro, inclinados al pecado. Por eso se manifiesta como un Padre lleno de compasión y de ternura para con nosotros. No nos está siempre acusando, ni nos guarda rencor. Jesús, clavado en la cruz nos perdonó para llevarnos, junto con Él, a la gloria que como a Hijo unigénito le pertenece. Por eso, quienes hemos recibido sus dones, quienes hemos sido hechos hijos de Dios, debemos saber amarnos como Él nos ha amado; y debemos perdonar como nosotros hemos sido perdonados por Dios. Que esta cuaresma nos ayude a retirar de nosotros el gesto amenazador y los deseos de venganza para que, trabajando por la paz, construyamos una sociedad más fraterna, más unida y con una capacidad mayor para sabernos comprender y perdonar mutuamente. Cuando esto suceda sabremos que el Reino de Dios ha llegado a nuestros corazones.

Lc. 6, 36-38. Contemplamos a nuestro Dios y Padre, rico en misericordia para con todas su criaturas. Él no nos abandonó a la muerte, sino que, compadecido de nosotros, tendió su mano para que pueda encontrarle todo aquel que le busque con un corazón sincero. Si Dios se ha manifestado así para con nosotros, quien se precie de ser hijo de Dios debe ser misericordioso como nuestro Padre es misericordioso. El punto de referencia del hombre de fe es Dios mismo, en quien creemos y cuya vida hemos aceptado en nosotros. Por eso no podemos juzgar, ni condenar a los demás; no podemos cerrar nuestras manos ante las necesidades de nuestro prójimo. Dios nos quiere convertidos en un signo de su amor, de su misericordia, de su entrega para todos aquellos con quienes nos relacionamos en la vida. Seamos capaces, incluso, de entregar nuestra propia vida buscando el bien de los demás. Al final, en la medida de nuestra entrega por los demás Dios se entregará a nosotros. Si queremos que Dios sea todo en nosotros, seamos nosotros todo para los demás haciéndoles el bien y procurando que disfruten de la paz y de una vida digna.

En la Eucaristía celebramos la plenitud del amor y de la misericordia de Dios hacia nosotros. ¿Quién puede negar su propio pecado?; pero, al mismo tiempo, ¿quién puede negar que Dios le sigue amando? Dios nos quiere con Él. La Eucaristía adelanta, en esta vida, nuestro encuentro con el Señor y nuestra participación de su Vida. Por eso, al presentarnos ante Él, debemos saber pedirle que nos perdone y que nos fortalezca para que no volvamos a alejarnos de Él, ni a dejarnos dominar por la maldad. Dios, por medio de su Hijo, nos ha buscado por los caminos que nos desviaron y nos alejaron de su presencia. Esa actitud de Dios nos está demostrando hasta dónde llega su amor por nosotros. Cristo, clavado en la cruz por amor al Padre y por amor a nosotros, es el lenguaje más claro de que Dios está de nuestra parte y que nos quiere eternamente con Él. Que la Redención de Cristo no sea inútil en nosotros. Por eso aprovechemos este tiempo de cuaresma para dejarnos perdonar por Dios, de tal forma que, reconciliados con Él, podamos no sólo llamarnos hijos de Dios, sino serlo en verdad.

Procuremos mostrar nuestra fe en Dios mediante nuestras obras. No podemos creer en Dios conforme a nuestras imaginaciones, ni crearlo conforme a nuestras aspiraciones, sino conocerlo y aceptarlo conforme al Rostro que de Él nos reveló su Hijo. Por eso hemos de vivir cercanos a nuestro Dios y Padre. Hemos de experimentar su amor y su misericordia. No podemos sólo convertirnos en quienes proclaman su Nombre con los labios. Si hemos sido amados y perdonados por Dios; si Él ha sido misericordioso para con nosotros es para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo. Quien se acerca a Dios pero desprecia a su hermano, quien no sabe perdonarle, quien le deja abandonado en medio de sus dolores y sufrimientos, no puede decir que en verdad conoce a Dios y el amor que Él nos tiene. Seamos misericordiosos, como nuestro Padre es misericordioso. Que esta cuaresma nos ayude a abrir los ojos ante las angustias y tristezas de nuestros hermanos para que, guiados por el Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones, podamos vivir en paz, unidos fraternalmente por el amor que Dios ha infundido en nosotros.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de recibir con amor la Vida que Dios nos ofrece. Que viviendo en comunión de Vida con Cristo, nuestro Dios y Señor, podamos ser portadores de su perdón, de su amor, de su generosidad y de su misericordia para todas las personas de todos los pueblos de la tierra. Amén.


MARTES 02 DE MARZO

LECTURAS: IS 1, 10. 16-20; SAL 49; MT 23, 1-12

Is. 1, 10. 16-20. Si buscamos al Señor para encontrarlo como a un Padre lleno de amor por nosotros, es porque antes nosotros supimos encontrarnos con nuestro prójimo, no como con un extraño, sino como con un hermano a quien amamos y por cuyo bien nos preocupamos. Lavarnos de nuestras culpas, quitar de nuestras manos los crímenes, significa aceptar que Dios sea quien nos renueve y nos purifique de todo pecado. ¿Cómo podemos ver a Dios como Padre nuestro, si sólo vamos a Él para que nos defienda y nos libre de nuestros enemigos aquí en la tierra, para que nos socorra en nuestras necesidades temporales, pero no para que nos ayude a caminar en el amor? Dios sabe todo lo que necesitamos aún antes de que se lo pidamos. No busquemos sólo las cosas terrenas; busquemos más bien el Reino de Dios y todo lo demás el Señor nos lo dará por añadidura. Convertirnos a Dios nos ha de llevar, incluso, a renunciar a nosotros mismos. Cuando seamos capaces de dar nuestra vida para que nuestro prójimo viva con mayor dignidad su ser de hijo de Dios, entonces Dios abrirá sus oídos ante nuestros ruegos, pues Él sabrá que no vamos sólo buscando acaparar los dones de Dios, sino que vamos para que nos convierta en portadores de su amor y de su gracia.

Sal. 50 (49). Ya el Señor reclamaba a los suyos: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Dios no quiere sólo nuestras oraciones. Dios no se conforma con el culto que le tributamos, incluso ofreciéndole sacramentalmente a su Hijo. Dios nos quiere a nosotros. Dios quiere que le pertenezcamos con un corazón indiviso. No podemos presentarle al Señor nuestras ofrendas sólo para tenerlo de parte nuestra, mientras nos dedicamos a ser unos malvados. Dios no se deja comprar por nada ni por nadie, pues Él es el dueño de todo y también de nuestra vida. Busquemos al Señor, démosle culto con nuestra Acción de Gracias, ofrezcámosle el culto que le es agradable porque somos nosotros quienes, con un corazón humilde, nos ponemos en sus manos para que lleve a buen término su obra de salvación en nosotros.

Mt. 23, 1-12. No podemos convertirnos en traficantes de Dios ni de la fe, para buscar nuestra gloria temporal o nuestros intereses personales. Dios nos quiere totalmente comprometidos con su Evangelio, de tal forma que, a la luz del Espíritu Santo, seamos instruidos en Él y seamos los primeros en hacerlo vida en nosotros. Efectivamente la Palabra de Dios debe encontrar en nosotros un terreno fértil y no sólo una mente capaz de entender las palabras de Dios para anunciárselas a los demás, mientras uno se queda vacío de la Salvación, que nos llega por escuchar la Palabra de Dios, y por creer en Aquel que no sólo es el centro del Evangelio, sino el Evangelio viviente del Padre: Cristo Jesús. Si lo hemos aceptado como nuestro Dios y Salvador, entonces también nosotros seremos un evangelio viviente del amor y de la misericordia de Dios para los demás. Vivamos nuestra fe sin hipocresías. No digamos una cosa y hagamos otra. Dios nos quiere testigos suyos. La Salvación no sólo se debe anunciar con los labios; nosotros debemos ser un signo creíble de esa salvación a través de nuestras buenas obras, nacidas de un corazón que se ha llenado de Dios.

La Eucaristía nos introduce en la intimidad de Dios. Su amor llega a nosotros plenamente. Dios, nuestro único Dios y Padre, nos une como hermanos en torno suyo. Jesús, nuestro único Guía y Maestro, nos instruye no sólo con su Palabra, sino con su ejemplo de amor que nos tiene hasta el extremo. Aquel que es principio y cabeza de la Iglesia, Aquel sin el cual nada podemos hacer, se hizo el servidor de todos, dando su vida para rescatarnos del pecado y de la muerte y llevarnos consigo a su Gloria. Nosotros, que creemos en Él, reunidos en esta Comunidad de fe, no podemos sino vivir comprometidos en seguir las huellas del Señor de la Iglesia para que Él continúe amando, perdonando y remediando las necesidades de todas las gentes. Entremos, pues, en comunión de vida con el Señor, no para buscar nuestra gloria, sino la gloria de Dios sirviendo amorosamente a nuestro prójimo.

Quienes seguimos las huellas de Cristo no sólo tratamos de que otros vivan su fidelidad al Señor. No sólo cargamos las miserias de los demás con un dedo. Cargamos la cruz completa, la cruz de sus pecados, pobrezas y sufrimientos para hacerles más llevadera la vida. Salvar a los demás es acercarnos a ellos para hacerles más ligero su camino por la vida, no para cargarlos de preceptos y amenazas que les hagan perder la paz, la alegría y la seguridad de que Dios a pesar de sus miserias, los sigue amando. El procurar el bien de los demás; el darlo todo por ellos no debe servir para que los demás nos alaben, pues no actuamos en nombre propio, sino en el Nombre de Jesucristo, quien dio su vida por nosotros. Por eso al final no debemos esperar el aplauso ni las condecoraciones por nuestros servicios. Humildemente nos hemos de inclinar ante el Señor y reportar hacia Él todo honor y toda gloria. Finalmente nosotros sólo somos siervos inútiles que no hicieron otra cosa, sino aquello que se nos ordenó hacer.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir libres de toda maldad por aceptar en nosotros el amor y la misericordia que Dios nos ofrece. Llenos así de Dios, que Él nos conceda servir a los demás con gran amor para que encuentren en la Iglesia de Cristo el alivio de sus penas y el perdón de sus pecados. Amén.


MIÉRCOLES 03 DE MARZO

LECTURAS: JER 18, 18-20; SAL 30; MT 20, 17-28

Jer. 18, 18-20. No es sencillo aceptar las consecuencias del cumplimiento fiel de nuestra acción profética. No sólo hemos de denunciar al pueblo sus delitos; también hemos de proponer caminos de salvación. Tal vez quienes se sientan afectados en sus intereses, cargados de maldades y de injusticias, traten de acabar con nosotros. Sin embargo, no por eso nos vamos a quedar mudos. El Señor nos enseña que hay que orar por nuestros enemigos, por los que nos persiguen y maldicen. Jeremías, efectivamente, le dice al Señor: Recuerda cómo he insistido ante ti, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu cólera. Y aun cuando más adelante le pida al Señor que les castigue por haber cerrado su corazón y no querer volver a Él, persiguiendo a su enviado, nos está advirtiendo el profeta que hemos de aprovechar la oportunidad que Dios nos da, antes de que sea demasiado tarde y nos sea imposible volver atrás. Seamos nosotros los primeros en abrir nuestro corazón a Dios. Dejemos nuestros caminos de maldad. Reconozcamos con humildad nuestros pecados y volvamos al Señor, rico en misericordia para con nosotros.

Sal. 31 (30). Si Dios está de nuestra parte, ¿quién se atreverá a ponerse en contra nuestra? Sin embargo, por causa del Señor nos persiguen y traman quitarnos la vida. Dios no nos abandonará a la muerte, pues aun cuando tengamos que pasar por ella, la última palabra la tendrá siempre la vida, pues el Señor nos llama vivir eternamente con Él. No podemos buscar la muerte como testimonio supremo de nuestra fe, pues de hacerlo así estaríamos actuando más buscando nuestra propia gloria que la gloria de Dios, o estaríamos indicando que somos víctimas de alguna enfermedad sicológica. Quienes damos testimonio de Cristo lo hacemos con la valentía que nos viene del Espíritu Santo, aceptando con amor todos los riesgos que se nos vengan encima por nuestra fidelidad en el seguimiento del Señor. Confiemos nuestra vida en manos de Dios y Él nos llevará consigo a la Gloria que les espera a los que le viven fieles.

Mt. 20, 17-28. Jesús llegará a su Glorificación, y se sentará como Rey del universo; pero no irá por los caminos, ni por los criterios de este mundo, sino por los caminos del servicio y por los criterios del amor misericordioso. El Rey Siervo, el que da su vida para que nosotros tengamos vida, se encamina presuroso hacia Jerusalén, pues está llegando su hora. Cuando nosotros nazcamos de su costado herido como hijos de Dios, Él no se acordará más de sus dolores por el gozo de habernos purificado, y habernos unido a Él como hijos en el Hijo. ¿Alguien quiere reinar con Él? ¿Alguien quiere ser tan importante como Él? No hay mas que tomar la propia cruz de cada día y emprender nuestro camino tras las huellas de Cristo, para que donde Él está estemos también nosotros.

En esta Eucaristía nos reunimos para unir íntimamente nuestra vida al Señor. Él nos ha convocado no para castigarnos, sino para perdonar nuestras culpas. Aun cuando nos encontramos con Aquel que crucificamos con nuestras maldades, sin embargo Él nos reúne en el amor para que, liberados de la carga de nuestros pecados, entremos en comunión de vida con Él. Dios nos sienta a su mesa con la misma importancia y dignidad que tiene su Hijo único en su presencia. Ojalá y también nosotros bebamos el cáliz del Señor, no sólo porque recibamos la Eucaristía, sino porque hagamos nuestra su misma suerte, es decir, el cáliz que Él bebió. Y en ese cáliz no están sólo nuestros sufrimientos, sino también el anuncio del Evangelio hecho con toda lealtad no sólo desde las palabras, tal vez muy elocuentes, sino desde la vida misma.

Nuestro camino hacia la Gloria tendrá que pasar, necesariamente, por la cruz de cada día. No podemos vivir nuestra existencia diaria de un modo inútil. Aún los actos más pequeños y aparentemente insignificantes deben contribuir para que el anuncio del Evangelio llegue a todos. Seamos los primeros en abrir nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos ofrece de perdonarnos nuestros pecados, y de convertirnos en testigos suyos. Tal vez en algunos momentos el llamado de Dios se nos convierta en algo doloroso, y quienes lo anuncian nos parezcan molestos. Mas no por eso podemos levantarnos en contra de ellos para apagar su voz. El Señor quiere sanar en nosotros las heridas que dejó el pecado. Nos quiere no como rezanderos, sino como personas comprometidas con Él para vivir con mayor rectitud buscando el bien de todos. Si queremos ser importantes, tal vez no ante los hombres pero sí ante Dios, convirtámonos en servidores fieles del Evangelio que se nos ha confiado. Sepamos que, si por dar testimonio de la verdad vamos a ser perseguidos, o vamos a entregar nuestra vida por Cristo, el Señor nos librará, finalmente, de la muerte para hacernos partícipes de su vida eternamente.

Roguémosle a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda, en este tiempo especial de gracia, la firme decisión de encaminarnos hacia un auténtico encuentro con Él para vivir, ya desde ahora, comprometidos con su Evangelio y poder, al final, gozar de su presencia eternamente. Amén.


JUEVES 04 DE MARZO

LECTURAS: JER 17, 5-10; SAL 1; LC 16, 19-31

Jer. 17, 5-10. Nuestro corazón, la cosa más traicionera y difícil de curar; pero la cosa más importante, pues del corazón brotará nuestro amor a Dios sobre todas las cosas y el amor a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¿En quién hemos puesto nuestro corazón? ¿Quién habita en Él? pues de la abundancia del corazón habla la boca. Nuestra propia experiencia del pecado ha inclinado muchas veces nuestro corazón más al mal que al bien; se han abierto heridas que difícilmente pueden curarse, pues preferimos continuar siendo dominados por nuestra concupiscencia que por la bondad, cuyo camino a veces se nos hace demasiado arduo y difícil por tener que renunciar, incluso, a nosotros mismos. Por eso le hemos de pedir al Señor que sea Él quien haga su obra de salvación en nosotros, pues sólo Él puede realizar una nueva creación en nuestra vida. Él enviará a nuestros corazones su Espíritu; y entonces podrá concedernos tener en verdad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, pues nuestra confianza estará colocada sólo en Dios, y no en cualquier otra persona ni en ninguna otra cosa. Que Dios nos conceda esa gracia especialmente en este tiempo, con el que nos preparamos para celebrar la Pascua.

Sal. 1. Abramos nuestro corazón a la presencia del Señor que se acerca a nosotros para habitar en nuestro corazón. Aprendamos a escuchar su Palabra y a meditarla amorosamente en nuestro interior, de tal forma que, comprendiéndola, nos decidamos a ir por los caminos de Dios. Entonces la Palabra de Dios no será algo inútil en nosotros, sino que nos santificará y nos hará tan puros como Ella. Pero no busquemos sólo nuestra santidad; el amor que le tengamos a Dios y su presencia en nosotros debe impulsar nuestra existencia para que, con una vida intachable, nos convirtamos en testigos del amor de Dios para los demás. Y ser intachable significa arrancar de nosotros los odios, las injusticias, los desprecios, las venganzas, las maldades y vicios. Por eso no podemos decir que amamos a Dios, y que somos fieles a sus enseñanzas, si no somos capaces de amar a nuestro prójimo y de dar nuestra vida por Él. Que esta Cuaresma no sólo nos una a Dios, sino que sea un camino también de cercanía a nuestro prójimo, para fortalecerlo en su camino hacia nuestro Dios y Padre.

Lc. 16, 19-31. Parecen resonar en nuestros oídos aquellas palabras de bendición sobre los que alimentaron a los hambrientos, saciaron la sed de los sedientos, vistieron a los desnudos y asistieron a los enfermos y encarcelados. Y la maldición y condenación para los que hicieron lo contrario. Mientras aún es tiempo volvamos al Señor. Después, cuando se nos acabe, también se nos habrá terminado el tiempo de gracia del Señor. Pero no hemos de llevar un comportamiento recto sólo por el temor al castigo, como decían los antiguos: recuerda tus postrimerías y sabrás portarte santamente. Nuestro camino de fe no es un camino en el temor, sino en el amor que nos da la alegría del servicio y de caminar viéndonos como hermanos; preocupándonos unos de otros, no quedándonos esclavos de lo pasajero, pues el Señor sólo nos quiere administradores de sus bienes en favor de los demás. Efectivamente, al final nada nos llevaremos. Disfrutemos de lo que Dios nos ha concedido, pero disfrutemos sobre todo del amor fraterno, que es lo único que le da sentido a nuestra existencia. Y ese amor fraterno debe llevarnos a remediar las necesidades de aquellos que amamos, pues si pasamos de largo ante su dolor quiere decir que nuestro amor no es sincero, sino sólo vana palabrería e imaginaciones fantasiosas. Si queremos vivir eternamente con Dios, ya desde ahora amémoslo amando a nuestros hermanos, conforme a lo que el Señor nos dice: Así como Dios nos amó a nosotros, así amémonos los unos a los otros.

El Señor nos sienta a su Mesa para que nos saciemos de sus dones. Él por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. Él a nadie deja fuera; si alguien está lejos del Señor es porque se alejó de Él y no porque el Señor nos hubiese rechazado, pues Él se hace cercano a nosotros para que en Él tengamos vida, y la tengamos en abundancia. Pero no busquemos al Señor sólo para que nos llene las manos con cosas pasajeras; busquemos al Señor para que nos conceda un corazón capaz de amar a nuestro prójimo, de velar por sus intereses, de procurar que viva con mayor dignidad en todos los aspectos, en la misma medida en que Dios se preocupó por nosotros enviándonos a su propio Hijo, tanto para perdonarnos nuestros pecados y hacernos hijos suyos, como para remediar todos nuestros males.

Jesús, mediante la entrega total de su vida por nosotros, nos da el ejemplo que hemos de seguir en nuestro amor por el prójimo. No podemos apegar nuestro corazón a las cosas pasajeras. En ellas no estriba nuestra felicidad, pues este mundo es caduco y pasajero; quien deposite en él su corazón puede, finalmente, quedarse vacío de amor y de felicidad. Por eso el Señor nos dijo que hay más felicidad en dar que en recibir. Dios nos quiere libres de toda atadura al egoísmo. Abramos no sólo nuestros ojos, sino también nuestro corazón y nuestras manos, para procurar el bien de nuestros hermanos necesitados a causa de sus pobrezas o discapacidades. No podemos vivir con el corazón endurecido ante las desgracias que padecen muchos hermanos nuestros, mientras nosotros nos encerramos en nuestros egoísmos disfrutando de todo. Mientras no seamos capaces de amar compartir lo nuestro con los demás, no podemos llamar Padre a Dios con toda lealtad. La Madre Teresa de Calcuta nos decía que hay que amar hasta que nos duela. No podemos desprendernos sólo de lo que nos sobre; hemos de estar dispuestos a entregar incluso nuestra propia vida, con tal de que los demás recobren su dignidad de hijos de Dios.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de no poner nuestra seguridad en las cosas pasajeras, sino en la búsqueda de los bienes eternos. Por eso pidámosle que nos conceda en abundancia su amor para que, mediante él, seamos transformados en signos de su entrega, de su servicio, de su generosidad para todos cuantos nos traten y podamos, así, ser recibidos al final de nuestra vida en las moradas eternas, en la misma medida en la que nosotros recibimos amorosamente a los demás en nuestro corazón. Amén.


VIERNES 05 DE MARZO

LECTURAS: GÉN 37, 3-4. 12-13. 17-28; SAL 104; MT 21, 33-43. 45-46

Gén. 37, 3-4. 12-13. 17-28. Como decimos vulgarmente: Dios escribe derecho en renglones torcidos. Todo sirve para nuestro bien. La historia de José debe ser leída conforme a su hilo conductor (Cantus Firmus) expresado en las palabras que él dirigirá a sus hermanos: No teman, ¿puedo ponerme yo en lugar de Dios? Ciertamente que ustedes se portaron mal conmigo, pero Dios lo cambió en bien para hacer lo que hoy estamos viendo: para dar vida a un gran pueblo (Gén. 50, 19-20). Dios está decidido a salvarnos. Y si muchas veces se levanta el odio sobre nosotros y nos pareciera como que hemos perdido las esperanzas, Dios va con nosotros incluso en los momentos más oscuros de nuestra vida. Él hará que, finalmente, todo contribuya para nuestra salvación. Así vislumbramos lo que será la aparente derrota de Jesús y la aparente victoria de sus enemigos. Gracias a su muerte en Cruz Jesús inauguró la salvación en el mundo, y nosotros somos testigos de que, mediante su muerte y resurrección, Dios ha dado vida a un gran pueblo, el nuevo pueblo de los hijos de Dios.

Sal. 105 (104). El Padre Dios nos envió a su propio hijo para liberarnos de la esclavitud del pecado y no dejar que muriésemos eternamente. Dios nos ama y nos quiere eternamente con Él. Tal vez no entendemos la muerte de Jesús como camino de salvación. Sólo a la luz de su gloriosa resurrección sabemos que no un hombre, sino Dios mismo vino para convertirse en nuestro único camino de salvación. Esos son los caminos de la Providencia de Dios sobre la humanidad. A pesar de que el Señor murió a causa de nuestras culpas, puesto que entregó su vida por amor a nosotros para liberarnos de todo lo que nos esclavizaba al pecado, no tengamos miedo en acercarnos a Él para recibir el perdón y alcanzar, así la salvación. Teniendo a Dios con nosotros no continuemos siendo pecadores, sino que dejemos que Dios nos transforme, desde lo más profundo de nuestro ser, para que en adelante nos manifestemos como hijos suyos con un corazón recto.

Mt. 21, 33-43. 45-46. El pecado no puede ser leído sino desde la muerte de Cristo en la cruz. No tanto algunos judíos del tiempo de Jesús provocaron su muerte. Somos nosotros, pues por nuestras culpas, por nuestras desobediencias y por nuestro rechazo, Él dio su vida para liberarnos de todo el peso de nuestra maldad. Finalmente el que vive pecando rechaza a Dios, y aún cuando rece, con sus obras está indicando que realmente no cree en Él, que no acepta su existencia de un modo práctico, pues vive y actúa como si Dios no existiera. Pecar y permanecer en el pecado es una forma de vivir en el ateísmo, pues Dios ha sido expulsado de la propia vida. Si queremos quedarnos con la herencia de Cristo al margen de Él, estaremos buscando nuestra felicidad, centrando nuestro corazón en las cosas pasajeras y no sólo despreciando a nuestro prójimo, sino aprovechándonos de él para lograr nuestros intereses de corrupción, de maldad y de violencia para sentarnos por encima de todos, pisoteando sus derechos. El Señor nos pide una sincera conversión para no continuar persiguiéndolo ni haciéndolo sufrir, ni asesinándolo en la persona de nuestro prójimo. Vivamos con mayor lealtad nuestra fe y el amor que decimos tenerle a Cristo.

La Eucaristía, Memorial de la Pascua de Cristo, nos hace vivir el amor que Dios nos ha tenido siempre. Nadie nos ama como Él: Dios misericordioso para con todos; siempre dispuesto a perdonarnos y a recibirnos como a hijos suyos. Nosotros entregamos a su Hijo a la muerte y Él, libremente, la aceptó, pues aun cuando podía liberarse de ella, quiso entregar su vida para que nosotros tuviésemos vida, y vida en abundancia. Entrar en comunión de vida con el Señor, mediante la Eucaristía, nos hace gozar en plenitud de la vida de Dios.

Quienes participamos de la vida de Dios no podemos continuar siendo unos malvados. Dios quiere de nosotros personas capaces de trabajar por la paz y por la unidad de todos, en torno a nuestro único Dios y Padre; nos quiere fraternalmente unidos; quiere que desterremos de nosotros el gesto amenazador en contra de nuestro prójimo. No podemos entregar a los inocentes a la muerte para liberarnos de sus molestias. Debemos reconocer, con humildad, que nadie tiene la última ni la única palabra válida en la vida. Todos necesitamos unos de otros. Por eso no podemos vivir en la envidia, en la persecución y en la muerte de los demás, para allanar nuestro camino hacia la gloria terrena. Tenemos que aprender a respetar los derechos humanos de todos. Hemos de aprender a vivir en comunión fraterna, sabiendo que cada uno de los miembros de la Iglesia y de la sociedad debe aportar lo propio, para que lleguemos a construir cada día, de un modo más perfecto ya desde ahora, el Reino de Dios entre nosotros, hasta que llegue a su plenitud en la vida eterna. Pero si vivimos asesinándonos, envidiándonos, persiguiéndonos, ¿podremos llamarnos en verdad hijos de Dios? ¿Podremos decir que somos hermanos unidos por el amor? ¿nos diferenciaremos en algo de aquellos que persiguieron y asesinaron a Cristo? Tratemos de ser más congruentes con nuestra fe.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vernos y amarnos como hermanos, manifestando así que realmente la Redención de Cristo ha dado frutos abundantes de salvación en nosotros. Amén.


SÁBADO 06 DE MARZO

LECTURAS: MIQ 7, 14-15. 18-20; SAL 102; LC 15, 1-3. 11-32

Miq. 7, 14-15. 18-20. No basta con perdonar. El Señor no sólo nos perdona nuestros pecados, conforme a su infinita misericordia; sino que va más allá: aplasta con sus pies nuestras iniquidades y arroja a lo hondo del mar nuestros delitos. Él quiere que, perdonados y reconciliados con Él, caminemos como santos, pues Él, nuestro Dios, es Santo. Para que esta obra de salvación fuera realidad en nosotros, Él nos envió a su propio Hijo, el cual cargó sobre sí nuestras iniquidades y clavó en la cruz el documento que nos condenaba. Quien crea en Jesús y lo acepte en su vida habrá hecho la voluntad de Dios, que no nos ha dado otro nombre bajo el cual podamos salvarnos. Dios ha salido a buscarnos como el pastor busca a la oveja descarriada. Dejémonos encontrar y salvar por Él mientras aún es el tiempo de la salvación. Dios nos ama; dejémonos amar por Él para que lleve a buen término su obra en nosotros y nos transforme de pecadores en justos y en hijos suyos.

Sal. 103 (102). Alabemos a Dios, nuestro Padre, porque ha sido misericordioso para con nosotros. Él nos ha perdonado y ha alejado para siempre de su presencia todos nuestros pecados. En Cristo Jesús hemos conocido el Rostro amoroso y misericordioso de Dios. El Señor no se ha quedado en promesas de salvación. Él ha cumplido su palabra y nos llama para que, creyendo en Jesús, hagamos nuestros su amor y su vida. Dios sabe que somos frágiles, inclinados al pecado. Tal vez muchas veces la concupiscencia nos llevó por caminos de rebeldía a Dios. Pero el Señor, cuando ve que volvemos a Él con el corazón arrepentido, se nos muestra como un Padre lleno de amor y de ternura para con nosotros. Aprovechemos este tiempo de gracia del Señor para volver a Él y, recibido su perdón, caminar en adelante como hijos de Dios, glorificando su Santo Nombre con nuestras buenas obras.

Lc. 15, 1-3. 11-32. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en una región de sombras de muerte una luz les brilló. Los que no éramos pueblos hemos sido constituidos en Pueblo de Dios. Y el Padre misericordioso se alegra de haber encontrado a su hijo, el que por muchos años y siglos había vagado lejos de la casa paterna. Dios no quiere la salvación sólo para unos cuantos elegidos. Él nos ama a todos y quiere que todos los hombres se salven. Él ha enviado a su Iglesia a proclamar su Evangelio hasta el último rincón de la tierra. La Buena Nueva de salvación no puede encerrarse cobardemente en un grupo de iniciados. Dios quiere que todos lleguemos a ser hijos suyos. Esa es la misericordia que Dios nos ha manifestado por medio de su Hijo que bajó del cielo para conducirnos a él. Él cargó sobre sí nuestras miserias e hizo suyos nuestros delitos. Él retorna junto con toda la humanidad pecadora, pero arrepentida, para ser recibida como es recibido el Hijo en la casa paterna. Unamos nuestra vida a Cristo para que, perdonados de nuestros pecados, seamos dignos de participar del Banquete eterno en la alegre compañía del Hijo de Dios.

Dios, en Cristo Jesús, ha venido para recibirnos a nosotros, pecadores, y a sentarnos a su mesa. Dios jamás nos ha abandonado, ni se ha olvidado de nosotros. A pesar de que la humanidad ha vivido lejos del Señor, Él nos sigue amando. Y no se queda esperándonos en su casa para que retornemos a Él. Él ha salido a buscarnos y no ha descansado hasta encontrarnos para ofrecernos su perdón. A quienes lo aceptamos como nuestro Dios y Señor nos lleva sobre sus hombros, lleno de alegría, de regreso a la Casa Paterna. Nuestra conversión inicial, culminada en el Bautismo, se vuelve a realizar en este Sacramento Eucarístico, centro y culmen de la vida de la Iglesia. Por eso no sólo venimos a adorar a Dios contemplándolo lejano a nosotros. Venimos para unirnos con el Señor en una Alianza nueva y eterna.

Por eso no podemos volver a nuestra vida diaria revestidos de la maldad. Dios nos ha revestido de su propio Hijo amado en quien Él se complace, para contemplarlo en nosotros. Tal vez en otro tiempo fuimos irreflexivos, rebeldes, descarriados, esclavos de toda clase de malas inclinaciones y placeres, llenos de maldad y de envidia; éramos despreciados y nos odiábamos unos a otros. Pero a pesar de todo eso Dios nos salvó, no por alguna obra buena nuestra, sino sólo por su gran misericordia (cfr Tit 3, 3ss). ¿En verdad habrán quedado atrás nuestros pecados y nuestras pasiones desordenadas? En esta Cuaresma no podemos llegar a celebrar la Pascua sólo por tradición. Debemos permitirle al Señor que renueve nuestro corazón para que, guiados por su Espíritu Santo que habita en nosotros, podamos ir a dar testimonio de lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros. Quien continúe como esclavo del pecado no puede llamarse hijo de Dios, pues aún no ha iniciado, por lo menos, su camino de retorno al Señor.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda volver a Él, rico en misericordia. Que nos dejemos revestir de Cristo y que hagamos nuestra su Misión para llevar a todos, tanto con las palabras como con el ejemplo, su mensaje de salvación para que vuelvan a Él y sean sus hijos amados. Amén.


DOMINGO 07 DE MARZO

DOMINGO III DE CUARESMA

LECTURAS: EX 3, 1-8. 13-15; SAL 102; 1COR 10, 1-6. 10-12; LC 13, 1-9

FUE A BUSCAR FRUTO ... Y NO LO ENCONTRÓ.

Comentando la Palabra de Dios

Ex. 3, 1-8. 13-15. Moisés, huyendo del faraón, fue a parar al desierto cuidando el rebaño de su suegro Jetró. En esa soledad, pensando en la opresión de sus hermanos en Egipto, tal vez hizo conciencia de que el camino de la violencia, que quiso emprender matando a un egipcio que golpeaba a un hebreo, no era el de la liberación. Y Dios se le aparece; Dios mismo será quien le indique cuál es ese camino. Escuchar a Dios no puede convertirse para nosotros sólo en un momento piadoso dentro de nuestra vida de fe. Mientras nuestro corazón no arda cuando el Señor nos explica su Palabra, y mientras no nos levantemos para ir y dar testimonio sobre nuestra experiencia de Dios, para sacar a los cautivos de sus prisiones, consolar a los tristes y ayudar a que todos vuelvan a Dios, no tiene sentido orar y meditar con la Sagrada Escritura. A nosotros Dios nos quiere como los primeros liberados del mal. A partir de nuestro encuentro personal con Él hemos de ir, en su Nombre, a construir el Reino de Dios en el mundo, de tal forma que su Redención sea eficaz en nosotros, liberándonos de todo mal y encaminándonos, fraternalmente unidos, a la posesión de los bienes definitivos.

Sal. 103 (102). La Escritura debe ser leída como una historia del amor de Dios hacia los suyos. A pesar de que abandonamos sus caminos, Él nunca ha dejado de amarnos. Ciertamente a veces la vida se nos complica y pareciera como que si Dios se hubiese alejado de nosotros. Pero Él jamás nos ha abandonado. La liberación de los Israelitas de la esclavitud a la que les habían sometido los Egipcios, el camino del Pueblo de Dios por el desierto en medio de tentaciones y pruebas, la llegada a la tierra prometida y la posesión de la misma, siempre acompañados por el Señor, hace patente que Dios siempre está con los suyos, a pesar de que el hombre muchas veces no ha vivido su fidelidad a Él. Por eso podemos decir que a Dios lo conocemos como el Señor compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Ojalá y así como Dios nos ha tratado a nosotros, así tratemos nosotros a los demás.

1Cor. 10, 1-6. 10-12. ¿Acaso tendremos asegurada nuestra salvación sólo por estar en contacto con lo sagrado? ¿Basta estar bautizados y sentarnos a la Mesa del Señor para decir que viviremos eternamente con Él? Recordemos lo que nos dice Jesús: En aquel día muchos me dirán: Señor, ábrenos; hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero Él les dirá: No sé de dónde son, apártense de mí, malvados. Hay que aprender a vivir unidos a Dios mediante los sacramentos; y hay que escuchar y meditar amorosamente su Palabra, pero hay que ponerla en práctica, de tal forma que con una vida intachable manifestemos que en verdad pertenecemos al Señor. Los Israelitas, a pesar de tantos signos mediante los cuales Dios los liberó de su esclavitud y los condujo hacia la tierra prometida, se rebelaron contra el Señor, y muchos de ellos perecieron en el desierto. Por eso no podemos pensar que por la recepción de los sacramentos ya estamos salvados. Es necesario vivir totalmente comprometidos con la fe, que hemos depositado en el Señor, y que los sacramentos nos ayudan a hacer realidad para vivir totalmente como hijos de Dios.

Lc. 13, 1-9. ¿Quién de nosotros podrá eludir la muerte? El Señor nos enseña en este Domingo que eso no nos debe angustiar. Muchos tal vez sufran una muerte ignominiosa y violenta; pero eso no les sucede porque sean más pecadores que los demás. ¿Quién de nosotros puede decir que no tiene pecado? Lo más importante, efectivamente, es reconocerse pecador y saberse arrepentir, para que, volviendo a Dios, Él nos libre de la muerte eterna. Dios ha infundido su vida en nosotros. No podemos vivir bajo la esterilidad de las obras buenas y la fecundidad de la maldad y del pecado. Si no queremos al final perecer eternamente debemos, no sólo llamarnos hijos de Dios, sino serlo en verdad y con las obras. Sólo así el Señor nos reconocerá como suyos. Y puesto que Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos vivamos eternamente con Él, nos ofrece este tiempo de gracia para que, con sinceridad volvamos a Él cuando aún es tiempo. No dejemos que la gracia de Dios sea estéril en nosotros ni que su vida caiga en nosotros como en saco roto.

La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.

A pesar de nuestras fragilidades, miserias y pecados, el Señor nos reúne en torno a Él para ofrecernos su perdón, y para hacernos participar de su misma Vida. Dios envió a su propio Hijo para conducirnos hacia Él, libres de toda maldad, convertidos en hijos en el Hijo por nuestra comunión de vida con Él. Ya la Escritura nos recuerda por medio del Profeta Isaías: Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo regresan allí después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así será la Palabra que sale de mi boca: no regresará a mí con las manos vacías, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo. De nada nos sirve buscar al Señor, escuchar su Palabra y sentarnos a su Mesa, si después volvemos a nuestros caminos cargados de miserias y de signos de muerte. Dios nos quiere rectos, santos como Él es Santo. Él quiere que trabajemos por su Reino y que dejemos a un lado nuestras esclavitudes al pecado, pues no fuimos bautizados sino en su Nombre.

La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.

Al paso del tiempo la fe de la Iglesia debe haber ya dado una tal abundancia de frutos, que en verdad muchos puedan alimentarse de su amor, de su bondad, de su paz, de su alegría. La Iglesia nació para evangelizar. Y Evangelizar es llevar a Aquel que es el Evangelio del Padre para que los demás le conozcan, le amen y vivan comprometidos con Él. Pero no podemos llevar a Jesucristo sólo con palabras expertas. Jesucristo, con todo su amor y con todo su poder salvador, se ha de hacer presente desde la vida de la Iglesia. Contemplémoslo en su entrega, en su sencillez, en su cercanía a todos, especialmente a aquellos que fueron despreciados por su condición social, o por su condición de pecadores. Sólo siguiendo las huellas de Cristo podremos alimentar la fe, el amor y las esperanzas de todas las personas del mundo. Mientras los demás busquen en la Iglesia las huellas de Cristo, pero sólo encuentren más marginación y desprecio, no podemos decir que en verdad estamos evangelizando, sino sólo buscando nuestro prestigio o el mercar con la fe para provecho nuestro. Tratemos de que nuestra vida de fe nos convierta en un auténtico signo de la cercanía del Señor como Salvador de todos.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber volver a Él de todo corazón, sabiendo que, a pesar de la muerte que tengamos que sufrir, nuestra vida está ya desde ahora depositada en Dios. Por eso, teniendo a Dios con nosotros, seamos un signo claro de su amor para cuantos nos traten, de tal forma que, unidos como hermanos, y buscando el bien unos de otros, podamos finalmente vivir eternamente como Reino y Familia de Dios. Amén.

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