|

LUNES 01 DE MARZO
LECTURAS: DAN 9, 4-10; SAL 78; LC 6, 36-38
Dan. 9, 4-10. Nuestra es la vergüenza en el rostro, pues nos
hemos rebelado contra el Señor y nos hemos apartado de la
fidelidad a su Palabra y a la Alianza que hemos pactado con Él.
Con el corazón humillado sólo alcanzamos a golpearnos
el pecho, y con el rostro en tierra le decimos al Señor:
Ten misericordia de mí, porque soy un pecador. Llegamos ante
el Señor con la confianza de saber que nos presentamos ante
nuestro Dios y Padre, rico en misericordia y siempre dispuesto a
perdonarnos. Pero no buscamos al Señor para burlarnos de
Él. No venimos a pedir su perdón para después
volver a nuestros pecados. Buscamos al Señor y nos humillamos
ante Él porque estamos dispuestos, en adelante, a cumplir
en todo su voluntad; a vivir y a caminar en el amor tanto a Él
como a nuestro prójimo, de tal forma que no sólo nos
llamemos hijos suyos, sino que lo seamos en verdad.
Sal. 79 (78). Roguémosle al Señor que olvide nuestras
culpas; que nos perdone, porque en verdad queremos volver a Él
y queremos que su Espíritu nos guíe. Dios sale a nuestro
encuentro por medio de su Hijo, hecho uno de nosotros. Dios no se
olvida de que somos barro, inclinados al pecado. Por eso se manifiesta
como un Padre lleno de compasión y de ternura para con nosotros.
No nos está siempre acusando, ni nos guarda rencor. Jesús,
clavado en la cruz nos perdonó para llevarnos, junto con
Él, a la gloria que como a Hijo unigénito le pertenece.
Por eso, quienes hemos recibido sus dones, quienes hemos sido hechos
hijos de Dios, debemos saber amarnos como Él nos ha amado;
y debemos perdonar como nosotros hemos sido perdonados por Dios.
Que esta cuaresma nos ayude a retirar de nosotros el gesto amenazador
y los deseos de venganza para que, trabajando por la paz, construyamos
una sociedad más fraterna, más unida y con una capacidad
mayor para sabernos comprender y perdonar mutuamente. Cuando esto
suceda sabremos que el Reino de Dios ha llegado a nuestros corazones.
Lc. 6, 36-38. Contemplamos a nuestro Dios y Padre, rico en misericordia
para con todas su criaturas. Él no nos abandonó a
la muerte, sino que, compadecido de nosotros, tendió su mano
para que pueda encontrarle todo aquel que le busque con un corazón
sincero. Si Dios se ha manifestado así para con nosotros,
quien se precie de ser hijo de Dios debe ser misericordioso como
nuestro Padre es misericordioso. El punto de referencia del hombre
de fe es Dios mismo, en quien creemos y cuya vida hemos aceptado
en nosotros. Por eso no podemos juzgar, ni condenar a los demás;
no podemos cerrar nuestras manos ante las necesidades de nuestro
prójimo. Dios nos quiere convertidos en un signo de su amor,
de su misericordia, de su entrega para todos aquellos con quienes
nos relacionamos en la vida. Seamos capaces, incluso, de entregar
nuestra propia vida buscando el bien de los demás. Al final,
en la medida de nuestra entrega por los demás Dios se entregará
a nosotros. Si queremos que Dios sea todo en nosotros, seamos nosotros
todo para los demás haciéndoles el bien y procurando
que disfruten de la paz y de una vida digna.
En la Eucaristía celebramos la plenitud del amor y de la
misericordia de Dios hacia nosotros. ¿Quién puede
negar su propio pecado?; pero, al mismo tiempo, ¿quién
puede negar que Dios le sigue amando? Dios nos quiere con Él.
La Eucaristía adelanta, en esta vida, nuestro encuentro con
el Señor y nuestra participación de su Vida. Por eso,
al presentarnos ante Él, debemos saber pedirle que nos perdone
y que nos fortalezca para que no volvamos a alejarnos de Él,
ni a dejarnos dominar por la maldad. Dios, por medio de su Hijo,
nos ha buscado por los caminos que nos desviaron y nos alejaron
de su presencia. Esa actitud de Dios nos está demostrando
hasta dónde llega su amor por nosotros. Cristo, clavado en
la cruz por amor al Padre y por amor a nosotros, es el lenguaje
más claro de que Dios está de nuestra parte y que
nos quiere eternamente con Él. Que la Redención de
Cristo no sea inútil en nosotros. Por eso aprovechemos este
tiempo de cuaresma para dejarnos perdonar por Dios, de tal forma
que, reconciliados con Él, podamos no sólo llamarnos
hijos de Dios, sino serlo en verdad.
Procuremos mostrar nuestra fe en Dios mediante nuestras obras.
No podemos creer en Dios conforme a nuestras imaginaciones, ni crearlo
conforme a nuestras aspiraciones, sino conocerlo y aceptarlo conforme
al Rostro que de Él nos reveló su Hijo. Por eso hemos
de vivir cercanos a nuestro Dios y Padre. Hemos de experimentar
su amor y su misericordia. No podemos sólo convertirnos en
quienes proclaman su Nombre con los labios. Si hemos sido amados
y perdonados por Dios; si Él ha sido misericordioso para
con nosotros es para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo. Quien
se acerca a Dios pero desprecia a su hermano, quien no sabe perdonarle,
quien le deja abandonado en medio de sus dolores y sufrimientos,
no puede decir que en verdad conoce a Dios y el amor que Él
nos tiene. Seamos misericordiosos, como nuestro Padre es misericordioso.
Que esta cuaresma nos ayude a abrir los ojos ante las angustias
y tristezas de nuestros hermanos para que, guiados por el Espíritu
de Dios que habita en nuestros corazones, podamos vivir en paz,
unidos fraternalmente por el amor que Dios ha infundido en nosotros.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de recibir con amor
la Vida que Dios nos ofrece. Que viviendo en comunión de
Vida con Cristo, nuestro Dios y Señor, podamos ser portadores
de su perdón, de su amor, de su generosidad y de su misericordia
para todas las personas de todos los pueblos de la tierra. Amén.
MARTES 02 DE MARZO
LECTURAS: IS 1, 10. 16-20; SAL 49; MT 23, 1-12
Is. 1, 10. 16-20. Si buscamos al Señor para encontrarlo
como a un Padre lleno de amor por nosotros, es porque antes nosotros
supimos encontrarnos con nuestro prójimo, no como con un
extraño, sino como con un hermano a quien amamos y por cuyo
bien nos preocupamos. Lavarnos de nuestras culpas, quitar de nuestras
manos los crímenes, significa aceptar que Dios sea quien
nos renueve y nos purifique de todo pecado. ¿Cómo
podemos ver a Dios como Padre nuestro, si sólo vamos a Él
para que nos defienda y nos libre de nuestros enemigos aquí
en la tierra, para que nos socorra en nuestras necesidades temporales,
pero no para que nos ayude a caminar en el amor? Dios sabe todo
lo que necesitamos aún antes de que se lo pidamos. No busquemos
sólo las cosas terrenas; busquemos más bien el Reino
de Dios y todo lo demás el Señor nos lo dará
por añadidura. Convertirnos a Dios nos ha de llevar, incluso,
a renunciar a nosotros mismos. Cuando seamos capaces de dar nuestra
vida para que nuestro prójimo viva con mayor dignidad su
ser de hijo de Dios, entonces Dios abrirá sus oídos
ante nuestros ruegos, pues Él sabrá que no vamos sólo
buscando acaparar los dones de Dios, sino que vamos para que nos
convierta en portadores de su amor y de su gracia.
Sal. 50 (49). Ya el Señor reclamaba a los suyos: Este pueblo
me honra con los labios, pero su corazón está lejos
de mí. Dios no quiere sólo nuestras oraciones. Dios
no se conforma con el culto que le tributamos, incluso ofreciéndole
sacramentalmente a su Hijo. Dios nos quiere a nosotros. Dios quiere
que le pertenezcamos con un corazón indiviso. No podemos
presentarle al Señor nuestras ofrendas sólo para tenerlo
de parte nuestra, mientras nos dedicamos a ser unos malvados. Dios
no se deja comprar por nada ni por nadie, pues Él es el dueño
de todo y también de nuestra vida. Busquemos al Señor,
démosle culto con nuestra Acción de Gracias, ofrezcámosle
el culto que le es agradable porque somos nosotros quienes, con
un corazón humilde, nos ponemos en sus manos para que lleve
a buen término su obra de salvación en nosotros.
Mt. 23, 1-12. No podemos convertirnos en traficantes de Dios ni
de la fe, para buscar nuestra gloria temporal o nuestros intereses
personales. Dios nos quiere totalmente comprometidos con su Evangelio,
de tal forma que, a la luz del Espíritu Santo, seamos instruidos
en Él y seamos los primeros en hacerlo vida en nosotros.
Efectivamente la Palabra de Dios debe encontrar en nosotros un terreno
fértil y no sólo una mente capaz de entender las palabras
de Dios para anunciárselas a los demás, mientras uno
se queda vacío de la Salvación, que nos llega por
escuchar la Palabra de Dios, y por creer en Aquel que no sólo
es el centro del Evangelio, sino el Evangelio viviente del Padre:
Cristo Jesús. Si lo hemos aceptado como nuestro Dios y Salvador,
entonces también nosotros seremos un evangelio viviente del
amor y de la misericordia de Dios para los demás. Vivamos
nuestra fe sin hipocresías. No digamos una cosa y hagamos
otra. Dios nos quiere testigos suyos. La Salvación no sólo
se debe anunciar con los labios; nosotros debemos ser un signo creíble
de esa salvación a través de nuestras buenas obras,
nacidas de un corazón que se ha llenado de Dios.
La Eucaristía nos introduce en la intimidad de Dios. Su
amor llega a nosotros plenamente. Dios, nuestro único Dios
y Padre, nos une como hermanos en torno suyo. Jesús, nuestro
único Guía y Maestro, nos instruye no sólo
con su Palabra, sino con su ejemplo de amor que nos tiene hasta
el extremo. Aquel que es principio y cabeza de la Iglesia, Aquel
sin el cual nada podemos hacer, se hizo el servidor de todos, dando
su vida para rescatarnos del pecado y de la muerte y llevarnos consigo
a su Gloria. Nosotros, que creemos en Él, reunidos en esta
Comunidad de fe, no podemos sino vivir comprometidos en seguir las
huellas del Señor de la Iglesia para que Él continúe
amando, perdonando y remediando las necesidades de todas las gentes.
Entremos, pues, en comunión de vida con el Señor,
no para buscar nuestra gloria, sino la gloria de Dios sirviendo
amorosamente a nuestro prójimo.
Quienes seguimos las huellas de Cristo no sólo tratamos
de que otros vivan su fidelidad al Señor. No sólo
cargamos las miserias de los demás con un dedo. Cargamos
la cruz completa, la cruz de sus pecados, pobrezas y sufrimientos
para hacerles más llevadera la vida. Salvar a los demás
es acercarnos a ellos para hacerles más ligero su camino
por la vida, no para cargarlos de preceptos y amenazas que les hagan
perder la paz, la alegría y la seguridad de que Dios a pesar
de sus miserias, los sigue amando. El procurar el bien de los demás;
el darlo todo por ellos no debe servir para que los demás
nos alaben, pues no actuamos en nombre propio, sino en el Nombre
de Jesucristo, quien dio su vida por nosotros. Por eso al final
no debemos esperar el aplauso ni las condecoraciones por nuestros
servicios. Humildemente nos hemos de inclinar ante el Señor
y reportar hacia Él todo honor y toda gloria. Finalmente
nosotros sólo somos siervos inútiles que no hicieron
otra cosa, sino aquello que se nos ordenó hacer.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda
la gracia de vivir libres de toda maldad por aceptar en nosotros
el amor y la misericordia que Dios nos ofrece. Llenos así
de Dios, que Él nos conceda servir a los demás con
gran amor para que encuentren en la Iglesia de Cristo el alivio
de sus penas y el perdón de sus pecados. Amén.
MIÉRCOLES 03 DE MARZO
LECTURAS: JER 18, 18-20; SAL 30; MT 20, 17-28
Jer. 18, 18-20. No es sencillo aceptar las consecuencias del cumplimiento
fiel de nuestra acción profética. No sólo hemos
de denunciar al pueblo sus delitos; también hemos de proponer
caminos de salvación. Tal vez quienes se sientan afectados
en sus intereses, cargados de maldades y de injusticias, traten
de acabar con nosotros. Sin embargo, no por eso nos vamos a quedar
mudos. El Señor nos enseña que hay que orar por nuestros
enemigos, por los que nos persiguen y maldicen. Jeremías,
efectivamente, le dice al Señor: Recuerda cómo he
insistido ante ti, intercediendo en su favor, para apartar de ellos
tu cólera. Y aun cuando más adelante le pida al Señor
que les castigue por haber cerrado su corazón y no querer
volver a Él, persiguiendo a su enviado, nos está advirtiendo
el profeta que hemos de aprovechar la oportunidad que Dios nos da,
antes de que sea demasiado tarde y nos sea imposible volver atrás.
Seamos nosotros los primeros en abrir nuestro corazón a Dios.
Dejemos nuestros caminos de maldad. Reconozcamos con humildad nuestros
pecados y volvamos al Señor, rico en misericordia para con
nosotros.
Sal. 31 (30). Si Dios está de nuestra parte, ¿quién
se atreverá a ponerse en contra nuestra? Sin embargo, por
causa del Señor nos persiguen y traman quitarnos la vida.
Dios no nos abandonará a la muerte, pues aun cuando tengamos
que pasar por ella, la última palabra la tendrá siempre
la vida, pues el Señor nos llama vivir eternamente con Él.
No podemos buscar la muerte como testimonio supremo de nuestra fe,
pues de hacerlo así estaríamos actuando más
buscando nuestra propia gloria que la gloria de Dios, o estaríamos
indicando que somos víctimas de alguna enfermedad sicológica.
Quienes damos testimonio de Cristo lo hacemos con la valentía
que nos viene del Espíritu Santo, aceptando con amor todos
los riesgos que se nos vengan encima por nuestra fidelidad en el
seguimiento del Señor. Confiemos nuestra vida en manos de
Dios y Él nos llevará consigo a la Gloria que les
espera a los que le viven fieles.
Mt. 20, 17-28. Jesús llegará a su Glorificación,
y se sentará como Rey del universo; pero no irá por
los caminos, ni por los criterios de este mundo, sino por los caminos
del servicio y por los criterios del amor misericordioso. El Rey
Siervo, el que da su vida para que nosotros tengamos vida, se encamina
presuroso hacia Jerusalén, pues está llegando su hora.
Cuando nosotros nazcamos de su costado herido como hijos de Dios,
Él no se acordará más de sus dolores por el
gozo de habernos purificado, y habernos unido a Él como hijos
en el Hijo. ¿Alguien quiere reinar con Él? ¿Alguien
quiere ser tan importante como Él? No hay mas que tomar la
propia cruz de cada día y emprender nuestro camino tras las
huellas de Cristo, para que donde Él está estemos
también nosotros.
En esta Eucaristía nos reunimos para unir íntimamente
nuestra vida al Señor. Él nos ha convocado no para
castigarnos, sino para perdonar nuestras culpas. Aun cuando nos
encontramos con Aquel que crucificamos con nuestras maldades, sin
embargo Él nos reúne en el amor para que, liberados
de la carga de nuestros pecados, entremos en comunión de
vida con Él. Dios nos sienta a su mesa con la misma importancia
y dignidad que tiene su Hijo único en su presencia. Ojalá
y también nosotros bebamos el cáliz del Señor,
no sólo porque recibamos la Eucaristía, sino porque
hagamos nuestra su misma suerte, es decir, el cáliz que Él
bebió. Y en ese cáliz no están sólo
nuestros sufrimientos, sino también el anuncio del Evangelio
hecho con toda lealtad no sólo desde las palabras, tal vez
muy elocuentes, sino desde la vida misma.
Nuestro camino hacia la Gloria tendrá que pasar, necesariamente,
por la cruz de cada día. No podemos vivir nuestra existencia
diaria de un modo inútil. Aún los actos más
pequeños y aparentemente insignificantes deben contribuir
para que el anuncio del Evangelio llegue a todos. Seamos los primeros
en abrir nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos ofrece
de perdonarnos nuestros pecados, y de convertirnos en testigos suyos.
Tal vez en algunos momentos el llamado de Dios se nos convierta
en algo doloroso, y quienes lo anuncian nos parezcan molestos. Mas
no por eso podemos levantarnos en contra de ellos para apagar su
voz. El Señor quiere sanar en nosotros las heridas que dejó
el pecado. Nos quiere no como rezanderos, sino como personas comprometidas
con Él para vivir con mayor rectitud buscando el bien de
todos. Si queremos ser importantes, tal vez no ante los hombres
pero sí ante Dios, convirtámonos en servidores fieles
del Evangelio que se nos ha confiado. Sepamos que, si por dar testimonio
de la verdad vamos a ser perseguidos, o vamos a entregar nuestra
vida por Cristo, el Señor nos librará, finalmente,
de la muerte para hacernos partícipes de su vida eternamente.
Roguémosle a Dios, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda, en este tiempo
especial de gracia, la firme decisión de encaminarnos hacia
un auténtico encuentro con Él para vivir, ya desde
ahora, comprometidos con su Evangelio y poder, al final, gozar de
su presencia eternamente. Amén.
JUEVES 04 DE MARZO
LECTURAS: JER 17, 5-10; SAL 1; LC 16, 19-31
Jer. 17, 5-10. Nuestro corazón, la cosa más traicionera
y difícil de curar; pero la cosa más importante, pues
del corazón brotará nuestro amor a Dios sobre todas
las cosas y el amor a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
¿En quién hemos puesto nuestro corazón? ¿Quién
habita en Él? pues de la abundancia del corazón habla
la boca. Nuestra propia experiencia del pecado ha inclinado muchas
veces nuestro corazón más al mal que al bien; se han
abierto heridas que difícilmente pueden curarse, pues preferimos
continuar siendo dominados por nuestra concupiscencia que por la
bondad, cuyo camino a veces se nos hace demasiado arduo y difícil
por tener que renunciar, incluso, a nosotros mismos. Por eso le
hemos de pedir al Señor que sea Él quien haga su obra
de salvación en nosotros, pues sólo Él puede
realizar una nueva creación en nuestra vida. Él enviará
a nuestros corazones su Espíritu; y entonces podrá
concedernos tener en verdad un corazón nuevo y un espíritu
nuevo, pues nuestra confianza estará colocada sólo
en Dios, y no en cualquier otra persona ni en ninguna otra cosa.
Que Dios nos conceda esa gracia especialmente en este tiempo, con
el que nos preparamos para celebrar la Pascua.
Sal. 1. Abramos nuestro corazón a la presencia del Señor
que se acerca a nosotros para habitar en nuestro corazón.
Aprendamos a escuchar su Palabra y a meditarla amorosamente en nuestro
interior, de tal forma que, comprendiéndola, nos decidamos
a ir por los caminos de Dios. Entonces la Palabra de Dios no será
algo inútil en nosotros, sino que nos santificará
y nos hará tan puros como Ella. Pero no busquemos sólo
nuestra santidad; el amor que le tengamos a Dios y su presencia
en nosotros debe impulsar nuestra existencia para que, con una vida
intachable, nos convirtamos en testigos del amor de Dios para los
demás. Y ser intachable significa arrancar de nosotros los
odios, las injusticias, los desprecios, las venganzas, las maldades
y vicios. Por eso no podemos decir que amamos a Dios, y que somos
fieles a sus enseñanzas, si no somos capaces de amar a nuestro
prójimo y de dar nuestra vida por Él. Que esta Cuaresma
no sólo nos una a Dios, sino que sea un camino también
de cercanía a nuestro prójimo, para fortalecerlo en
su camino hacia nuestro Dios y Padre.
Lc. 16, 19-31. Parecen resonar en nuestros oídos aquellas
palabras de bendición sobre los que alimentaron a los hambrientos,
saciaron la sed de los sedientos, vistieron a los desnudos y asistieron
a los enfermos y encarcelados. Y la maldición y condenación
para los que hicieron lo contrario. Mientras aún es tiempo
volvamos al Señor. Después, cuando se nos acabe, también
se nos habrá terminado el tiempo de gracia del Señor.
Pero no hemos de llevar un comportamiento recto sólo por
el temor al castigo, como decían los antiguos: recuerda tus
postrimerías y sabrás portarte santamente. Nuestro
camino de fe no es un camino en el temor, sino en el amor que nos
da la alegría del servicio y de caminar viéndonos
como hermanos; preocupándonos unos de otros, no quedándonos
esclavos de lo pasajero, pues el Señor sólo nos quiere
administradores de sus bienes en favor de los demás. Efectivamente,
al final nada nos llevaremos. Disfrutemos de lo que Dios nos ha
concedido, pero disfrutemos sobre todo del amor fraterno, que es
lo único que le da sentido a nuestra existencia. Y ese amor
fraterno debe llevarnos a remediar las necesidades de aquellos que
amamos, pues si pasamos de largo ante su dolor quiere decir que
nuestro amor no es sincero, sino sólo vana palabrería
e imaginaciones fantasiosas. Si queremos vivir eternamente con Dios,
ya desde ahora amémoslo amando a nuestros hermanos, conforme
a lo que el Señor nos dice: Así como Dios nos amó
a nosotros, así amémonos los unos a los otros.
El Señor nos sienta a su Mesa para que nos saciemos de sus
dones. Él por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos
con su pobreza. Él a nadie deja fuera; si alguien está
lejos del Señor es porque se alejó de Él y
no porque el Señor nos hubiese rechazado, pues Él
se hace cercano a nosotros para que en Él tengamos vida,
y la tengamos en abundancia. Pero no busquemos al Señor sólo
para que nos llene las manos con cosas pasajeras; busquemos al Señor
para que nos conceda un corazón capaz de amar a nuestro prójimo,
de velar por sus intereses, de procurar que viva con mayor dignidad
en todos los aspectos, en la misma medida en que Dios se preocupó
por nosotros enviándonos a su propio Hijo, tanto para perdonarnos
nuestros pecados y hacernos hijos suyos, como para remediar todos
nuestros males.
Jesús, mediante la entrega total de su vida por nosotros,
nos da el ejemplo que hemos de seguir en nuestro amor por el prójimo.
No podemos apegar nuestro corazón a las cosas pasajeras.
En ellas no estriba nuestra felicidad, pues este mundo es caduco
y pasajero; quien deposite en él su corazón puede,
finalmente, quedarse vacío de amor y de felicidad. Por eso
el Señor nos dijo que hay más felicidad en dar que
en recibir. Dios nos quiere libres de toda atadura al egoísmo.
Abramos no sólo nuestros ojos, sino también nuestro
corazón y nuestras manos, para procurar el bien de nuestros
hermanos necesitados a causa de sus pobrezas o discapacidades. No
podemos vivir con el corazón endurecido ante las desgracias
que padecen muchos hermanos nuestros, mientras nosotros nos encerramos
en nuestros egoísmos disfrutando de todo. Mientras no seamos
capaces de amar compartir lo nuestro con los demás, no podemos
llamar Padre a Dios con toda lealtad. La Madre Teresa de Calcuta
nos decía que hay que amar hasta que nos duela. No podemos
desprendernos sólo de lo que nos sobre; hemos de estar dispuestos
a entregar incluso nuestra propia vida, con tal de que los demás
recobren su dignidad de hijos de Dios.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda
la gracia de no poner nuestra seguridad en las cosas pasajeras,
sino en la búsqueda de los bienes eternos. Por eso pidámosle
que nos conceda en abundancia su amor para que, mediante él,
seamos transformados en signos de su entrega, de su servicio, de
su generosidad para todos cuantos nos traten y podamos, así,
ser recibidos al final de nuestra vida en las moradas eternas, en
la misma medida en la que nosotros recibimos amorosamente a los
demás en nuestro corazón. Amén.
VIERNES 05 DE MARZO
LECTURAS: GÉN 37, 3-4. 12-13. 17-28; SAL 104; MT 21, 33-43.
45-46
Gén. 37, 3-4. 12-13. 17-28. Como decimos vulgarmente: Dios
escribe derecho en renglones torcidos. Todo sirve para nuestro bien.
La historia de José debe ser leída conforme a su hilo
conductor (Cantus Firmus) expresado en las palabras que él
dirigirá a sus hermanos: No teman, ¿puedo ponerme
yo en lugar de Dios? Ciertamente que ustedes se portaron mal conmigo,
pero Dios lo cambió en bien para hacer lo que hoy estamos
viendo: para dar vida a un gran pueblo (Gén. 50, 19-20).
Dios está decidido a salvarnos. Y si muchas veces se levanta
el odio sobre nosotros y nos pareciera como que hemos perdido las
esperanzas, Dios va con nosotros incluso en los momentos más
oscuros de nuestra vida. Él hará que, finalmente,
todo contribuya para nuestra salvación. Así vislumbramos
lo que será la aparente derrota de Jesús y la aparente
victoria de sus enemigos. Gracias a su muerte en Cruz Jesús
inauguró la salvación en el mundo, y nosotros somos
testigos de que, mediante su muerte y resurrección, Dios
ha dado vida a un gran pueblo, el nuevo pueblo de los hijos de Dios.
Sal. 105 (104). El Padre Dios nos envió a su propio hijo
para liberarnos de la esclavitud del pecado y no dejar que muriésemos
eternamente. Dios nos ama y nos quiere eternamente con Él.
Tal vez no entendemos la muerte de Jesús como camino de salvación.
Sólo a la luz de su gloriosa resurrección sabemos
que no un hombre, sino Dios mismo vino para convertirse en nuestro
único camino de salvación. Esos son los caminos de
la Providencia de Dios sobre la humanidad. A pesar de que el Señor
murió a causa de nuestras culpas, puesto que entregó
su vida por amor a nosotros para liberarnos de todo lo que nos esclavizaba
al pecado, no tengamos miedo en acercarnos a Él para recibir
el perdón y alcanzar, así la salvación. Teniendo
a Dios con nosotros no continuemos siendo pecadores, sino que dejemos
que Dios nos transforme, desde lo más profundo de nuestro
ser, para que en adelante nos manifestemos como hijos suyos con
un corazón recto.
Mt. 21, 33-43. 45-46. El pecado no puede ser leído sino
desde la muerte de Cristo en la cruz. No tanto algunos judíos
del tiempo de Jesús provocaron su muerte. Somos nosotros,
pues por nuestras culpas, por nuestras desobediencias y por nuestro
rechazo, Él dio su vida para liberarnos de todo el peso de
nuestra maldad. Finalmente el que vive pecando rechaza a Dios, y
aún cuando rece, con sus obras está indicando que
realmente no cree en Él, que no acepta su existencia de un
modo práctico, pues vive y actúa como si Dios no existiera.
Pecar y permanecer en el pecado es una forma de vivir en el ateísmo,
pues Dios ha sido expulsado de la propia vida. Si queremos quedarnos
con la herencia de Cristo al margen de Él, estaremos buscando
nuestra felicidad, centrando nuestro corazón en las cosas
pasajeras y no sólo despreciando a nuestro prójimo,
sino aprovechándonos de él para lograr nuestros intereses
de corrupción, de maldad y de violencia para sentarnos por
encima de todos, pisoteando sus derechos. El Señor nos pide
una sincera conversión para no continuar persiguiéndolo
ni haciéndolo sufrir, ni asesinándolo en la persona
de nuestro prójimo. Vivamos con mayor lealtad nuestra fe
y el amor que decimos tenerle a Cristo.
La Eucaristía, Memorial de la Pascua de Cristo, nos hace
vivir el amor que Dios nos ha tenido siempre. Nadie nos ama como
Él: Dios misericordioso para con todos; siempre dispuesto
a perdonarnos y a recibirnos como a hijos suyos. Nosotros entregamos
a su Hijo a la muerte y Él, libremente, la aceptó,
pues aun cuando podía liberarse de ella, quiso entregar su
vida para que nosotros tuviésemos vida, y vida en abundancia.
Entrar en comunión de vida con el Señor, mediante
la Eucaristía, nos hace gozar en plenitud de la vida de Dios.
Quienes participamos de la vida de Dios no podemos continuar siendo
unos malvados. Dios quiere de nosotros personas capaces de trabajar
por la paz y por la unidad de todos, en torno a nuestro único
Dios y Padre; nos quiere fraternalmente unidos; quiere que desterremos
de nosotros el gesto amenazador en contra de nuestro prójimo.
No podemos entregar a los inocentes a la muerte para liberarnos
de sus molestias. Debemos reconocer, con humildad, que nadie tiene
la última ni la única palabra válida en la
vida. Todos necesitamos unos de otros. Por eso no podemos vivir
en la envidia, en la persecución y en la muerte de los demás,
para allanar nuestro camino hacia la gloria terrena. Tenemos que
aprender a respetar los derechos humanos de todos. Hemos de aprender
a vivir en comunión fraterna, sabiendo que cada uno de los
miembros de la Iglesia y de la sociedad debe aportar lo propio,
para que lleguemos a construir cada día, de un modo más
perfecto ya desde ahora, el Reino de Dios entre nosotros, hasta
que llegue a su plenitud en la vida eterna. Pero si vivimos asesinándonos,
envidiándonos, persiguiéndonos, ¿podremos llamarnos
en verdad hijos de Dios? ¿Podremos decir que somos hermanos
unidos por el amor? ¿nos diferenciaremos en algo de aquellos
que persiguieron y asesinaron a Cristo? Tratemos de ser más
congruentes con nuestra fe.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda
la gracia de vernos y amarnos como hermanos, manifestando así
que realmente la Redención de Cristo ha dado frutos abundantes
de salvación en nosotros. Amén.
SÁBADO 06 DE MARZO
LECTURAS: MIQ 7, 14-15. 18-20; SAL 102; LC 15, 1-3. 11-32
Miq. 7, 14-15. 18-20. No basta con perdonar. El Señor no
sólo nos perdona nuestros pecados, conforme a su infinita
misericordia; sino que va más allá: aplasta con sus
pies nuestras iniquidades y arroja a lo hondo del mar nuestros delitos.
Él quiere que, perdonados y reconciliados con Él,
caminemos como santos, pues Él, nuestro Dios, es Santo. Para
que esta obra de salvación fuera realidad en nosotros, Él
nos envió a su propio Hijo, el cual cargó sobre sí
nuestras iniquidades y clavó en la cruz el documento que
nos condenaba. Quien crea en Jesús y lo acepte en su vida
habrá hecho la voluntad de Dios, que no nos ha dado otro
nombre bajo el cual podamos salvarnos. Dios ha salido a buscarnos
como el pastor busca a la oveja descarriada. Dejémonos encontrar
y salvar por Él mientras aún es el tiempo de la salvación.
Dios nos ama; dejémonos amar por Él para que lleve
a buen término su obra en nosotros y nos transforme de pecadores
en justos y en hijos suyos.
Sal. 103 (102). Alabemos a Dios, nuestro Padre, porque ha sido
misericordioso para con nosotros. Él nos ha perdonado y ha
alejado para siempre de su presencia todos nuestros pecados. En
Cristo Jesús hemos conocido el Rostro amoroso y misericordioso
de Dios. El Señor no se ha quedado en promesas de salvación.
Él ha cumplido su palabra y nos llama para que, creyendo
en Jesús, hagamos nuestros su amor y su vida. Dios sabe que
somos frágiles, inclinados al pecado. Tal vez muchas veces
la concupiscencia nos llevó por caminos de rebeldía
a Dios. Pero el Señor, cuando ve que volvemos a Él
con el corazón arrepentido, se nos muestra como un Padre
lleno de amor y de ternura para con nosotros. Aprovechemos este
tiempo de gracia del Señor para volver a Él y, recibido
su perdón, caminar en adelante como hijos de Dios, glorificando
su Santo Nombre con nuestras buenas obras.
Lc. 15, 1-3. 11-32. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una
gran luz; a los que habitaban en una región de sombras de
muerte una luz les brilló. Los que no éramos pueblos
hemos sido constituidos en Pueblo de Dios. Y el Padre misericordioso
se alegra de haber encontrado a su hijo, el que por muchos años
y siglos había vagado lejos de la casa paterna. Dios no quiere
la salvación sólo para unos cuantos elegidos. Él
nos ama a todos y quiere que todos los hombres se salven. Él
ha enviado a su Iglesia a proclamar su Evangelio hasta el último
rincón de la tierra. La Buena Nueva de salvación no
puede encerrarse cobardemente en un grupo de iniciados. Dios quiere
que todos lleguemos a ser hijos suyos. Esa es la misericordia que
Dios nos ha manifestado por medio de su Hijo que bajó del
cielo para conducirnos a él. Él cargó sobre
sí nuestras miserias e hizo suyos nuestros delitos. Él
retorna junto con toda la humanidad pecadora, pero arrepentida,
para ser recibida como es recibido el Hijo en la casa paterna. Unamos
nuestra vida a Cristo para que, perdonados de nuestros pecados,
seamos dignos de participar del Banquete eterno en la alegre compañía
del Hijo de Dios.
Dios, en Cristo Jesús, ha venido para recibirnos a nosotros,
pecadores, y a sentarnos a su mesa. Dios jamás nos ha abandonado,
ni se ha olvidado de nosotros. A pesar de que la humanidad ha vivido
lejos del Señor, Él nos sigue amando. Y no se queda
esperándonos en su casa para que retornemos a Él.
Él ha salido a buscarnos y no ha descansado hasta encontrarnos
para ofrecernos su perdón. A quienes lo aceptamos como nuestro
Dios y Señor nos lleva sobre sus hombros, lleno de alegría,
de regreso a la Casa Paterna. Nuestra conversión inicial,
culminada en el Bautismo, se vuelve a realizar en este Sacramento
Eucarístico, centro y culmen de la vida de la Iglesia. Por
eso no sólo venimos a adorar a Dios contemplándolo
lejano a nosotros. Venimos para unirnos con el Señor en una
Alianza nueva y eterna.
Por eso no podemos volver a nuestra vida diaria revestidos de la
maldad. Dios nos ha revestido de su propio Hijo amado en quien Él
se complace, para contemplarlo en nosotros. Tal vez en otro tiempo
fuimos irreflexivos, rebeldes, descarriados, esclavos de toda clase
de malas inclinaciones y placeres, llenos de maldad y de envidia;
éramos despreciados y nos odiábamos unos a otros.
Pero a pesar de todo eso Dios nos salvó, no por alguna obra
buena nuestra, sino sólo por su gran misericordia (cfr Tit
3, 3ss). ¿En verdad habrán quedado atrás nuestros
pecados y nuestras pasiones desordenadas? En esta Cuaresma no podemos
llegar a celebrar la Pascua sólo por tradición. Debemos
permitirle al Señor que renueve nuestro corazón para
que, guiados por su Espíritu Santo que habita en nosotros,
podamos ir a dar testimonio de lo misericordioso que ha sido el
Señor para con nosotros. Quien continúe como esclavo
del pecado no puede llamarse hijo de Dios, pues aún no ha
iniciado, por lo menos, su camino de retorno al Señor.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda
volver a Él, rico en misericordia. Que nos dejemos revestir
de Cristo y que hagamos nuestra su Misión para llevar a todos,
tanto con las palabras como con el ejemplo, su mensaje de salvación
para que vuelvan a Él y sean sus hijos amados. Amén.
DOMINGO 07 DE MARZO
DOMINGO III DE CUARESMA
LECTURAS: EX 3, 1-8. 13-15; SAL 102; 1COR 10, 1-6. 10-12; LC 13,
1-9
FUE A BUSCAR FRUTO ... Y NO LO ENCONTRÓ.
Comentando la Palabra de Dios
Ex. 3, 1-8. 13-15. Moisés, huyendo del faraón, fue
a parar al desierto cuidando el rebaño de su suegro Jetró.
En esa soledad, pensando en la opresión de sus hermanos en
Egipto, tal vez hizo conciencia de que el camino de la violencia,
que quiso emprender matando a un egipcio que golpeaba a un hebreo,
no era el de la liberación. Y Dios se le aparece; Dios mismo
será quien le indique cuál es ese camino. Escuchar
a Dios no puede convertirse para nosotros sólo en un momento
piadoso dentro de nuestra vida de fe. Mientras nuestro corazón
no arda cuando el Señor nos explica su Palabra, y mientras
no nos levantemos para ir y dar testimonio sobre nuestra experiencia
de Dios, para sacar a los cautivos de sus prisiones, consolar a
los tristes y ayudar a que todos vuelvan a Dios, no tiene sentido
orar y meditar con la Sagrada Escritura. A nosotros Dios nos quiere
como los primeros liberados del mal. A partir de nuestro encuentro
personal con Él hemos de ir, en su Nombre, a construir el
Reino de Dios en el mundo, de tal forma que su Redención
sea eficaz en nosotros, liberándonos de todo mal y encaminándonos,
fraternalmente unidos, a la posesión de los bienes definitivos.
Sal. 103 (102). La Escritura debe ser leída como una historia
del amor de Dios hacia los suyos. A pesar de que abandonamos sus
caminos, Él nunca ha dejado de amarnos. Ciertamente a veces
la vida se nos complica y pareciera como que si Dios se hubiese
alejado de nosotros. Pero Él jamás nos ha abandonado.
La liberación de los Israelitas de la esclavitud a la que
les habían sometido los Egipcios, el camino del Pueblo de
Dios por el desierto en medio de tentaciones y pruebas, la llegada
a la tierra prometida y la posesión de la misma, siempre
acompañados por el Señor, hace patente que Dios siempre
está con los suyos, a pesar de que el hombre muchas veces
no ha vivido su fidelidad a Él. Por eso podemos decir que
a Dios lo conocemos como el Señor compasivo y misericordioso,
lento para enojarse y generoso para perdonar. Ojalá y así
como Dios nos ha tratado a nosotros, así tratemos nosotros
a los demás.
1Cor. 10, 1-6. 10-12. ¿Acaso tendremos asegurada nuestra
salvación sólo por estar en contacto con lo sagrado?
¿Basta estar bautizados y sentarnos a la Mesa del Señor
para decir que viviremos eternamente con Él? Recordemos lo
que nos dice Jesús: En aquel día muchos me dirán:
Señor, ábrenos; hemos comido y bebido contigo, y tú
has enseñado en nuestras plazas. Pero Él les dirá:
No sé de dónde son, apártense de mí,
malvados. Hay que aprender a vivir unidos a Dios mediante los sacramentos;
y hay que escuchar y meditar amorosamente su Palabra, pero hay que
ponerla en práctica, de tal forma que con una vida intachable
manifestemos que en verdad pertenecemos al Señor. Los Israelitas,
a pesar de tantos signos mediante los cuales Dios los liberó
de su esclavitud y los condujo hacia la tierra prometida, se rebelaron
contra el Señor, y muchos de ellos perecieron en el desierto.
Por eso no podemos pensar que por la recepción de los sacramentos
ya estamos salvados. Es necesario vivir totalmente comprometidos
con la fe, que hemos depositado en el Señor, y que los sacramentos
nos ayudan a hacer realidad para vivir totalmente como hijos de
Dios.
Lc. 13, 1-9. ¿Quién de nosotros podrá eludir
la muerte? El Señor nos enseña en este Domingo que
eso no nos debe angustiar. Muchos tal vez sufran una muerte ignominiosa
y violenta; pero eso no les sucede porque sean más pecadores
que los demás. ¿Quién de nosotros puede decir
que no tiene pecado? Lo más importante, efectivamente, es
reconocerse pecador y saberse arrepentir, para que, volviendo a
Dios, Él nos libre de la muerte eterna. Dios ha infundido
su vida en nosotros. No podemos vivir bajo la esterilidad de las
obras buenas y la fecundidad de la maldad y del pecado. Si no queremos
al final perecer eternamente debemos, no sólo llamarnos hijos
de Dios, sino serlo en verdad y con las obras. Sólo así
el Señor nos reconocerá como suyos. Y puesto que Dios
no quiere que nadie perezca, sino que todos vivamos eternamente
con Él, nos ofrece este tiempo de gracia para que, con sinceridad
volvamos a Él cuando aún es tiempo. No dejemos que
la gracia de Dios sea estéril en nosotros ni que su vida
caiga en nosotros como en saco roto.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
A pesar de nuestras fragilidades, miserias y pecados, el Señor
nos reúne en torno a Él para ofrecernos su perdón,
y para hacernos participar de su misma Vida. Dios envió a
su propio Hijo para conducirnos hacia Él, libres de toda
maldad, convertidos en hijos en el Hijo por nuestra comunión
de vida con Él. Ya la Escritura nos recuerda por medio del
Profeta Isaías: Como la lluvia y la nieve caen del cielo,
y sólo regresan allí después de empapar la
tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla
al que siembra y pan al que come, así será la Palabra
que sale de mi boca: no regresará a mí con las manos
vacías, sino que cumplirá mi voluntad y llevará
a cabo mi encargo. De nada nos sirve buscar al Señor, escuchar
su Palabra y sentarnos a su Mesa, si después volvemos a nuestros
caminos cargados de miserias y de signos de muerte. Dios nos quiere
rectos, santos como Él es Santo. Él quiere que trabajemos
por su Reino y que dejemos a un lado nuestras esclavitudes al pecado,
pues no fuimos bautizados sino en su Nombre.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
Al paso del tiempo la fe de la Iglesia debe haber ya dado una tal
abundancia de frutos, que en verdad muchos puedan alimentarse de
su amor, de su bondad, de su paz, de su alegría. La Iglesia
nació para evangelizar. Y Evangelizar es llevar a Aquel que
es el Evangelio del Padre para que los demás le conozcan,
le amen y vivan comprometidos con Él. Pero no podemos llevar
a Jesucristo sólo con palabras expertas. Jesucristo, con
todo su amor y con todo su poder salvador, se ha de hacer presente
desde la vida de la Iglesia. Contemplémoslo en su entrega,
en su sencillez, en su cercanía a todos, especialmente a
aquellos que fueron despreciados por su condición social,
o por su condición de pecadores. Sólo siguiendo las
huellas de Cristo podremos alimentar la fe, el amor y las esperanzas
de todas las personas del mundo. Mientras los demás busquen
en la Iglesia las huellas de Cristo, pero sólo encuentren
más marginación y desprecio, no podemos decir que
en verdad estamos evangelizando, sino sólo buscando nuestro
prestigio o el mercar con la fe para provecho nuestro. Tratemos
de que nuestra vida de fe nos convierta en un auténtico signo
de la cercanía del Señor como Salvador de todos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber volver a Él de todo corazón, sabiendo que,
a pesar de la muerte que tengamos que sufrir, nuestra vida está
ya desde ahora depositada en Dios. Por eso, teniendo a Dios con
nosotros, seamos un signo claro de su amor para cuantos nos traten,
de tal forma que, unidos como hermanos, y buscando el bien unos
de otros, podamos finalmente vivir eternamente como Reino y Familia
de Dios. Amén.
|