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LUNES 12 DE JULIO
LECTURAS: IS 1, 10-17; SAL 49; MT 10, 34-11,1
Is. 1, 10-17. Dios no espera de nosotros un rito bien cumplido
y esplendoroso; lo que quiere es que le entreguemos nuestro corazón.
Un corazón limpio, purificado, sin manchas de sangre, sin
injusticias, sin opresión de inocentes. No pensemos que por
presentarnos ante Él para alabar su Santo Nombre por eso
Él ya nos contempla con agrado. No es lo externo lo que Él
espera de nosotros. Él nos quiere a nosotros; quiere que
nos presentemos ante Él no como extraños y advenedizos,
sino como hijos suyos, dispuestos a dejarnos amar y transformar
por Él; dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica;
dispuestos a no continuar haciendo el mal a los demás, sino
a hacer el bien, convertidos, incluso, en un signo creíble
de su amor salvador para la humanidad entera. Llevando así
una vida de amor, que se hace entrega en favor del bien y de la
salvación de los demás, podremos decir que, junto
con el sacrificio de su Hijo, le ofrecemos a nuestro Dios y Padre
toda nuestra vida como una ofrenda agradable en su presencia.
Sal. 50 (49). Dios ha sido siempre bueno con nosotros, pues su
amor, su fidelidad y su misericordia para con nosotros son eternos.
Él jamás se olvida de que somos sus hijos. Él
tampoco se olvida de que somos barro, inclinados al mal desde nuestra
más tierna adolescencia. A pesar de nuestra frágil
realidad y de que muchas veces nos hemos dejado dominar por nuestra
concupiscencia y avidez desordenada, Él nos ha amado hasta
el extremo, entregándonos a su propio Hijo para el perdón
de nuestros pecados. El no sólo quiere perdonarnos, sino
que nos quiere junto a Él, como hijos, eternamente libres
del pecado y de la muerte. A nosotros corresponde no sólo
ofrecerle sacrificios como ritos meramente externos y sin trascendencia;
nuestra Eucaristía debe convertirse en la ofrenda de nuestra
propia vida, unida a la de Cristo para que, consagrados a Dios,
pasemos haciendo el bien como lo hizo Cristo entre nosotros. Honremos
así a nuestro Padre Dios, con un corazón agradecido,
y seamos fieles al Evangelio de Cristo para que encontremos en Él
la salvación eterna, que Dios nos ofrece y que quiere que
sea nuestra para siempre en su Reino Celestial.
Mt. 10, 34-11,1. Optar por Jesús significa estar con Él
en una Alianza, nueva y eterna, mucho más fuerte e íntima
que la misma alianza nupcial. Efectivamente entre Cristo y sus discípulos
habrá una identificación tal que quien vea, trate
y escuche al discípulo, estará experimentando la presencia
amorosa y salvadora del Señor, que continuará presente
en el mundo y su historia por medio de su Iglesia. Nada ni nadie
debe interponerse entre Cristo y aquel que ha entrado en alianza
con Él; ni siquiera los lazos familiares. Todo esto exigirá
una fidelidad tal que sea imposible romperla a causa de las persecuciones,
o de la muerte que haya de padecer el discípulo al tomar
su cruz de cada día, e ir tras la huellas de Cristo hacia
la participación de la Gloria que le corresponde como a Hijo
Unigénito del Padre; pues, perdiendo nuestra vida por Él
y por nuestro prójimo tendremos Vida eterna. Si acogemos
a Cristo y le servimos con un verdadero amor fraterno, viendo en
nuestro prójimo la presencia del Señor, a quien amamos
y servimos, recibiremos recompensa de hijos de Dios. Démoslo
todo en amor por Dios y por nuestro prójimo; entonces nuestra
recompensa será grande en los cielos.
El Señor nos reúne en esta celebración Eucarística.
Él se entrega totalmente a nosotros. Ojalá y no vengamos
sólo a celebrar externamente un rito sagrado, sino que vengamos
con la firme decisión de entrar en Alianza nueva y eterna
con Dios, para tenerlo por Padre nuestro; pero también para
ser sus hijos, manifestándonos como tales mediante una vida
llena de buenas obras. El Señor, cargando sobre sí
nuestros pecados, ha clavado en la cruz el documento que nos condenaba,
para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que
por nosotros murió y resucitó. ¿Seremos capaces
de cargar sobre nuestros hombros nuestra cruz de cada día,
y clavar en ella todo aquello que nos divide, o que sirve de ocasión
de injusticia, de escándalo entre nosotros, para que ya no
nos dañemos unos a otros, para que vivamos como hermanos
unidos por un mismo amor y un mismo Espíritu?
La Iglesia, Sacramento de Salvación en el mundo y para el
mundo, continúa la presencia salvadora de Cristo en la historia.
El Señor dirá a sus discípulos: quien los escucha
a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes,
a mí me rechaza. Debemos tomar conciencia de que somos Signo
de Cristo en el mundo y su historia, pues de lo contrario nos podemos
quedar demasiado lejos del Proyecto de Amor que Dios tiene de su
Iglesia y de la Misión que le ha confiado. Quien se olvida
de que Cristo quiere continuar por medio de su Iglesia su obra de
salvación a favor de las personas de todos los tiempos y
lugares, tal vez hable de un modo erudito acerca de Cristo y de
su Evangelio, pero se olvidará de ser el primero en vivir
lo que anuncia, y de convertirse en la Cercanía del Dios
y Padre Misericordioso, que se hace compañero de viaje nuestro
para ofrecernos su perdón, su alegría, su paz y la
Vida eterna.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra, la gracia de vivir como hijos suyos, y de ser portadores
de la Gracia que nos ha concedido en Cristo Jesús para que
la hagamos llegar a la humanidad entera mediante nuestras palabras,
nuestras obras y nuestra vida misma. Amén.
MARTES 13 DE JULIO
LECTURAS: IS 7, 1-9; SAL 47; MT 11, 20-24
Is. 7, 1-9. La invasión del País del Norte sobre
Judá parece inevitable. Tal vez lo mejor sería unirse
a ese reino poderoso para poder subsistir. El rey de Judá,
Acaz, y su Pueblo, se han puesto nerviosos y están a punto
de realizar el pacto. El rey, buscando auxilio en falsos dioses,
ha pasado por el fuego a uno de sus hijos, entregándolo a
Moloch. A pesar de estas traiciones, Dios cumplirá la promesa
hecha a David, su siervo, de que uno de sus hijos se sentaría
en su trono eternamente. En el fondo del relato de este día
late un fuerte llamado a la conversión, que debe culminar
en la puesta de la propia fe, de un modo incondicional, en Dios.
Quien se resista a creer será condenado. Tratemos de ser
leales a la fe que hemos depositado en Dios. No juguemos queriendo
ponernos entre dos aguas: entre Dios y el Maligno, entre el verdadero
Dios y los ídolos creados por nosotros mismos, entre el poder
de Dios y el poder de los hombres. Si en verdad el Señor
es Dios para nosotros, sigámoslo a Él con toda lealtad.
Sal. 48 (47). Si en verdad Dios habita en nosotros como en un templo,
¿quién podrá en contra nuestra? El Señor,
que vive en nosotros, se levantará como una fortaleza inexpugnable,
y ningún mal podrá hacernos daño. Jesucristo,
que se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte, quiere
hacernos partícipes de su Victoria. Quien viva unido a Él
no podrá continuar manifestándose como un derrotado
por el mal, ni como un esclavo del pecado y de la muerte. Manifestemos
con nuestras buenas obras que realmente el Señor nos ha concedido
su gracia, su alegría y su paz, pues, liberados en Cristo,
vivimos como personas libres de todo mal, de todo pecado y de toda
injusticia. Por eso, confiados en Dios y fortalecidos por su Espíritu,
no sólo nos hemos de llamar, sino vivir como hijos de Dios.
Mt. 11, 20-24. Los numerosos milagros que realiza Jesús
no son tanto para suscitar la admiración, ni para que la
multitud de enfermos y curiosos vayan tras de Él, sino para
que lo reconozcamos como al Dios-con-nosotros, y, arrepentidos de
los propios pecados, volvamos a Él, y en Él recibamos
la salvación y la vida eterna. La Obra de Salvación
de Dios en nosotros será realidad no cuando recibamos la
curación de nuestros males, sino cuando, junto con Cristo,
participemos de la Gloria del Padre. Si sólo buscamos a Cristo
y vamos tras de Él con el interés de las cosas materiales
y pasajeras, pero sin la intención de vivir comprometidos
con Él y con el anuncio de su Evangelio, no podemos decir
que en Él somos hijos de Dios. Al final, si desperdiciamos
la oportunidad de salvación que Dios nos ha concedido en
Jesús, su Hijo, seríamos más dignos de condenación
que aquellos que vivieron en contra de Dios o de la naturaleza misma,
pero sin haber escuchado al Señor, ni haber experimentado
su amor y su misericordia.
El Señor nos reúne para celebrar la Eucaristía
sin odios ni divisiones. Nadie puede decir que no tiene pecado.
todos necesitamos del perdón de Dios. Y el Hijo de Dios se
hizo hombre para entregar su vida para el perdón de nuestros
pecados, y para darnos vida nueva mediante su gloriosa resurrección.
Nuestra fe en Cristo no nos coloca seguros ante Él sólo
para sentir su protección amorosa, sino para que vayamos
sin miedos, sin temores, a construir su Reino en medio de la ciudad
terrena, de la cual también nosotros somos responsables.
Por eso podemos decir que la participación de la Eucaristía
nos pone en camino para buscar y salvar todo lo que se había
perdido, hasta lograr, por obra del Espíritu Santo, que todo
encuentre su unidad en Cristo Jesús.
Habiendo recibido de Cristo Jesús la misma Misión
salvadora que Él recibió de su Padre Dios, volvamos
a casa, y a los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra
vida, para ser ahí un signo de unidad en medio del mundo.
Tal vez ese sea el mayor milagro que pueda realizar la Iglesia:
la unidad de la humanidad entera en el amor fraterno, consecuencia
de nuestra fe y de nuestro amor a Dios. Entonces realmente desaparecerán
los odios y divisiones, las injusticias y persecuciones, los escándalos
y la explotación de inocentes. Entonces no sólo estaremos
orgullosos de construir la ciudad terrena, sino también de
construir y afianzar cada día más el Reino de Dios
entre nosotros.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de
saber buscar a Cristo, no sólo para pedirle su ayuda conforme
a nuestras necesidades personales y pasajeras, sino especialmente
para vivir comprometidos con Él y con su Evangelio, colaborando,
así, para que el Reino de Dios se inicie ya desde ahora entre
nosotros. Amén.
MIÉRCOLES 14 DE JULIO
LECTURAS: IS 10, 5-7. 13-16; SAL 93; MT 11, 25-27
Is. 10, 5-7. 13-16. Nuestra vida está en manos del Señor.
Él es quien nos la ha dado y Él es quien la dirige
con su Providencia amorosa. Saber escuchar la voz del Señor
y vivir conforme a sus enseñanzas es caminar hacia la Perfección
en Él, conforme a su Plan de Salvación sobre nosotros.
Él nos llama a todos a vivir la unidad fraterna, nacida del
amor que procede de Él. A nosotros corresponde trabajar,
poniendo el mejor de nuestros empeños, para que esto se haga
realidad entre nosotros. Quienes colaboramos con el Señor
no podemos vivir conforme a los criterios de los poderosos de este
mundo, pues no buscamos nuestra gloria, sino la gloria de Dios.
Efectivamente, los poderosos de este mundo, tratan de afianzar su
poder aplastando a los débiles, o a quienes consideran enemigos
de su régimen totalitario. Que no sea así entre ustedes,
nos dirá el Señor; vivan como hijos del único
Dios y Padre; ámense los unos a los otros como yo los he
amado. Quien viva conforme a estas enseñanzas de Cristo finalmente
no estará caminando tras los propios caprichos, sino conforme
a la voluntad salvadora de Dios, que Él ha confiado a su
Iglesia.
Sal. 94 (93). Dios, rico en misericordia, jamás se olvidará
del pobre y del que se encuentra sin amparo. Dios vela siempre por
sus hijos y saldrá en defensa de los suyos. Vivamos el amor
fiel a Dios. Caminemos en su presencia como hijos suyos. Muchas
veces el mal y el pecado han abierto brecha en nuestra propia vida.
Y a pesar de que nosotros mismos hemos traicionado al Señor
y nos hemos ido tras los falsos dioses, creados por nosotros mismos,
el Señor no nos ha abandonado, sino que ha salido a buscarnos
con gran amor, como el pastor busca la oveja descarriada, hasta
encontrarnos y llevarnos de vuelta a la comunión fraterna
con los demás miembros de la Iglesia. Así nos ha amado
el Señor, pues Él mismo se ha levantado, en Cristo,
victorioso sobre el autor del pecado y de la muerte, y nos ha concedido
su gracia y su Espíritu para que ya no vivamos para nosotros
mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó.
Mt. 11, 25-27. Sencillez. Eso es lo único que pide el Señor
para aquel que quiera recibir y entender la revelación que
Dios nos ha hecho de sí mismo en Jesús, su Hijo. La
soberbia centra a la persona en sí misma, de tal forma que
en su propio pensamiento se eleva hasta la dignidad que sólo
corresponde a Dios. Entonces ya no se contempla a Dios como nuestro
Padre, sino como un rival, cuya Palabra no puede calar en el interior
de la persona, sino que la vuelve contestataria de la misma, y la
aleja de la Alianza con el Señor, dando marcha atrás
en el compromiso de fe adquirido. Dios, en Cristo Jesús,
se nos ha revelado como el Dios de la misericordia, como el Dios
cercano al desprotegido y desvalido para devolverle su dignidad,
como el Dios cercano al pecador para perdonarlo y elevarlo a la
dignidad de hijo de Dios. Aquel que se siente necesitado del perdón,
aquel que padece hambre y frío, aquel que se siente marginado,
despreciado, explotado y pisoteado en sus derechos encontrará
en Dios no sólo consuelo, sino a su Padre Dios que le protege,
perdona y defiende de la mano de sus enemigos. Y podríamos
preguntarnos: ¿y cómo les defenderá y socorrerá
el Señor? Nuestra respuesta será: El Señor
continuará su obra de salvación y estará de
parte de los pobres, y de los que sufren, por medio de su Iglesia.
Por medio de ella Dios continuará revelándose a los
sencillos y a los pobres como Padre y como Dios misericordioso.
¿Realmente somos ese Signo creíble del amor de Dios
para nuestros hermanos, especialmente para los que sufren pobrezas
o que viven encadenados al pecado?
El Señor quiere salvarnos a todos. Él nos reúne
para celebrar esta Eucaristía y manifestarnos el amor que
nos tiene. Él quiere fortalecernos para que podamos no sólo
recibir su perdón, su vida, su paz, su alegría, sino
para que vayamos y seamos testigos de la esperanza que tenemos todos
los que creemos en Él: no sólo el llegar a participar
de los bienes eternos, sino ya desde ahora iniciar la construcción
de un mundo más justo y fraterno. Dios se ha inclinado ante
nuestros pecados para perdonarnos; Él se ha inclinado ante
nuestras necesidades para socorrernos. Él entrega su Cuerpo
por nosotros y derrama su Sangre para el perdón de nuestros
pecados. Él es para nosotros el Pan de vida eterna. Él
nos hace participar de su mismo Espíritu. Nosotros, humildes
y pecadores, venimos ante Él con la sencillez de quien está
dispuesto a dejarse amar por Dios, pero también a comprometerse
no sólo a amarlo a Él, sino a amar a nuestro prójimo
en la misma medida en que nosotros hemos sido amados por Dios. La
Eucaristía se nos convierte, así, en un verdadero
compromiso de fe que nos hace ser un signo del amor de Dios para
el mundo entero.
¿A quiénes les hemos revelado el amor de Dios? ¿A
quiénes se lo hemos hecho cercano? ¿Quiénes
son la opción preferencial de nuestros trabajos pastorales,
de nuestros desvelos, de nuestra entrega? ¿Realmente estamos
cercanos a los pobres y a los que sufren? Ojalá y no centremos
nuestra labor apostólica únicamente en los que todo
lo tienen, pensando que nosotros fuimos formados para las élites,
para salvar a los que lo tienen todo, mientras pasamos de largo
ante el dolor, el sufrimiento, el hambre, la desnudez y la pobreza
de millones de hermanos nuestros que viven en desgracia. Si en verdad
trabajamos con los que lo tienen todo, y queremos para ellos la
salvación debemos provocar en ellos una sincera conversión,
que les haga poner la mitad de sus bienes a favor de los pobres,
y devolver cuatro veces más a los que hayan defraudado en
sus salarios. La sencillez del corazón nos hace sensibles
a la Palabra de Dios y provoca en nosotros una verdadera conversión
para vivir, ya no conforme a nuestros criterios humanos, muchas
veces cargados de ambición y avidez por lo pasajero, sino
conforme a los criterios de Dios, que nos hacen vivir conforme a
los sentimientos del corazón amoroso y misericordioso del
Padre Bueno.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda
la gracia de saber escuchar con un corazón sencillo y humilde
su Palabra para que, encarnándola en nosotros, seamos un
signo del amor misericordioso de Dios para nuestros hermanos. Amén.
JUEVES 15 DE JULIO
LECTURAS: IS 26, 7-9. 12. 16-19; SAL 101; MT 11, 28-30
Is. 26, 7-9. 12. 16-19. Aparentar esforzarnos por el Reino de Dios
mientras se trabaja al margen del Señor, equivale tanto como
a concebir, retorcerse, pero dar a luz sólo viento. Sólo
al confiar plenamente en el Señor, sólo al poner en
Él nuestra vida, sólo en la escucha fiel de su Palabra
y en la encarnación de la misma en nosotros, sólo
en dejarnos conducir por el Espíritu Santo será la
forma como, no nosotros, sino Dios sea quien realice su obra de
salvación en el mundo, por medio nuestro. Pues realmente,
no nosotros, sino la gracia de Dios con nosotros será lo
que dé eficacia al trabajo de la Iglesia, haciendo que le
nazcan hijos de Dios. El Señor ha bajado hasta nuestras sombras
de pecado y de muerte; y a pesar de que parecíamos huesos
sin esperanza de vida, nos ha sacado de nuestros sepulcros y nos
ha hecho revivir por obra de su Espíritu Santo, para que
en adelante seamos testigos de la Vida, que procede de Él,
y queden atrás los signos del pecado y de la muerte. Ojalá
escuchemos hoy la voz del Señor y no endurezcamos ante Él
nuestro corazón.
Sal. 102 (101). No podemos negar que muchas veces nosotros hemos
sido prisioneros del pecado. Esto en lugar de edificar ha destruido
a la Iglesia, pues nosotros mismos nos convertimos en ocasión
de maldad y de escándalo para los demás. Sin embargo
el Señor jamás se ha olvidado de nosotros, ni ha dado
marcha atrás en el amor que nos tiene. Si en verdad queremos
cumplir con la misión de construir el Reino de Dios entre
nosotros, no podemos sólo preocuparnos de la conversión
de los demás; nosotros hemos de ser los primeros en volver
al Señor y en vivir con la santidad de vida a que estamos
llamados todos los que formamos la Iglesia de Cristo. Quiera Dios
reedificar a su Pueblo, haciendo que nosotros seamos dignos en su
presencia. Que Él escuche nuestra oración y nos libre
de la muerte y de la mano de nuestros enemigos y de la de aquellos
que nos odian. Que en verdad, desde la Iglesia el mundo pueda contemplar
el Rostro Glorioso y Misericordioso de nuestro Dios y Padre.
Mt. 11, 28-30. No es el cumplimiento de la Ley por la Ley misma
lo que nos salva. Vivir así sometidos al yugo de la Ley sería
tanto como volver a la esclavitud, perdiendo la libertad de hijos
de Dios, que llevan la Ley a su plenitud al encontrarse con Cristo
y vivir amando como Él nos ha enseñado. Por eso, quien
une su vida al Señor aprende de Él la mansedumbre
y la humildad, de tal forma que siendo obediente en todo a la voluntad
del Padre Dios se deja moldear por Él, hasta lograr la perfección
en Cristo Jesús. Y humillándose a sí mismo
se sabe hacer prójimo de aquellos que muchas veces han sido
despreciados a causa de su raza, de su cultura, de su condición
social; y se acerca a ellos para hacerlos participar de la misma
gracia y dignidad que Dios quiere para todos sus hijos. Esto requiere
un gran espíritu de fe en Cristo y una gran apertura al Espíritu
Santo para dejarse conducir por Él, de tal forma que no sólo
expresemos grandes ideas acerca del Señor, sino que vivamos
comprometidos en pasar haciendo el bien a todos, como lo hizo Él
entre nosotros.
Jesús, nuestro Hermano, Salvador y Maestro, nos ha reunido
para celebrar en torno a Él esta Eucaristía. Él
no se quedó en discursos para revelarnos al Padre Dios. Él
mismo, con su vida, con su pobreza, con su amor, con su entrega,
con su solidaridad con nuestra débil naturaleza, nos reveló
Quién es Dios y cómo nos ama. Hoy somos testigos de
su despojarse de su dignidad para enriquecernos con su pobreza.
Ha sido entregado el Hijo para que el esclavo sea liberado y elevado
a la dignidad de hijo de Dios. Contemplemos así a Cristo,
en el amor que nos ha tenido hasta el extremo. Contemplándolo
sabremos cuál es la vocación a la que hemos sido llamados.
Si hoy entramos en comunión de vida con Él es porque
aceptamos el compromiso de vivir, en este momento de la historia,
con las mismas actitudes de amor y de entrega con que Él
se manifestó entre nosotros como la Revelación del
amor del Padre, que nos ama y quiere salvarnos a todos.
Muchos han experimentado en algún momento un "avivamiento"
de su fe, mediante algún retiro que les ha puesto de frente
a Dios y a la Misión que tiene la Iglesia. Probablemente
se ha pensado en cambiar actitudes y trabajar incansablemente por
la salvación del hogar y del mundo entero. Pero pasan los
días y la carga se hace pesada y aburrida y quedan atrás
los compromisos, y se vuelve a las antiguas andanzas. Vivir y caminar
en el amor unidos totalmente al Señor es lo que nos hace
darle su verdadero sentido, su verdadera dimensión a nuestra
fe y a nuestras labores apostólicas. Sólo en una verdadera
comunión de vida con el Señor; sólo en un trato
directo y amoroso con Él mediante la oración, es como
podremos sentir que no trabajamos para alguien meramente imaginario
o lejano a nosotros, sino con Alguien que nos ama y camina junto
a nosotros, luchando hombro con hombro para iniciar ya desde ahora
el Reino de Dios entre nosotros mediante el amor fraterno, mediante
la justicia, mediante la verdad, mediante la santidad de vida y
mediante el trabajo por la paz.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de
saber cargar nuestra cruz de cada día, e ir tras las huellas
de Cristo, unidos a Él por la fe y por el amor de tal forma
que podamos no sólo buscar nuestra propia salvación,
sino trabajar por la salvación del mundo entero. Amén.
VIERNES 16 DE JULIO
LECTURAS: IS 38, 1-6. 21-22. 7-8; IS 38; MT 12, 1-8
Is. 38, 1-6. 21-22. 7-8. Nosotros esperamos la posesión
de los bienes futuros. Esto no nos desliga de nuestras obligaciones
diarias; esto no nos hace eludir el empeño que debemos poner,
junto con muchas otras personas de buena voluntad, en la construcción
de la ciudad terrena. Dios nos ha concedido la vida dándonos
muchos carismas que deben ordenarse al bien de todo el Cuerpo de
la Iglesia y de todo el entramado de la vida social. Sabiendo hacia
dónde se dirige nuestra vida, que es el encuentro con Dios
como Padre nuestro, ya desde ahora hemos de vivir trabajando por
la justicia, por la paz y por el amor fraterno preocupándonos
del bien unos de otros. Así es como vamos dando razón
de nuestra esperanza, pues somos los primeros en esforzarnos por
la unidad de la humanidad entera en torno al amor y la verdad. Algún
día, por más que se nos prolongue la vida, ésta
llegará finalmente al momento de partir al encuentro definitivo
de nuestro Dios y Padre. Vivamos, por tanto, ya desde esta vida
como hijos suyos y como hermanos entre nosotros, procurando el bien
de todos.
Is. 38, 10-12. 16. Para quienes creemos en Cristo Jesús
la vida terrena es un continuo caminar hacia la posesión
de los bienes definitivos. Día a día vamos construyendo,
con la gracia de Dios, una digna morada para Él en nuestra
propia vida; y vamos colaborando para que su Iglesia sea realmente
un recinto de paz, de justicia y de amor entre nosotros, desde el
cual el Señor se pueda manifestar para el mundo entero como
el Dios lleno de amor, de misericordia y de ternura para con sus
hijos. Dios quiere la salvación de todos los suyos. Él
no quiere que enrollemos nuestra vida y, recogiendo todo lo nuestro,
nos vayamos lejos de Él a malgastarlo todo, después
de cortar los lazos de amor que nos unen a Él. Busquemos
al Señor; contemplémoslo en esta tierra no sólo
en la oración para alabarlo y adorarlo, sino también
en nuestro prójimo para amarlo y servirlo. Sólo entonces,
puestos en las manos de Dios, viviremos eternamente con Él,
pues ya desde ahora nuestra vida le pertenece con una amor indivisible.
Mt. 12, 1-8. El Hijo del hombre es dueño del Sábado.
Ese día no le pertenece a Él; ese día, más
bien, nosotros somos exclusivamente del Señor. En el día
del descanso se simboliza nuestro ingreso a las moradas eternas,
en que finalmente Dios estará en nosotros y nosotros en Él.
Cuando ya desde ahora, no un día, sino siempre, vivimos como
aquellos que le pertenecen al Señor y en Él vivimos,
nos movemos y somos, nos convertimos en un signo de su amor misericordioso
en medio de nuestros hermanos. Entonces contemplaremos el hambre,
la desnudez, la enfermedad, la angustia, la soledad y la pobreza
de quienes han sido azotados por estos males, y jamás descansaremos
en hacerles el bien, pues no seremos unos filántropos, con
una serie de actividades programadas en días y horarios precisos,
sino que seremos un signo del amor de Dios para ellos; de ese Dios
que vela por sus hijos día y noche. Por eso, quienes nos
gloriamos en tener a Dios por Padre, no podemos vivir como trabajadores
conforme a los criterios de este mundo, sino conforme al amor que
procede de Dios y que Él ha infundido en nuestros corazones.
El Señor nos reúne en este Banquete para ofrecérsenos
Él mismo como Pan de Vida eterna. Él no quiere la
muerte del pecador, sino que se convierta y viva; pues Dios a nadie
creó para la muerte, ni se deleita en ella. Dios nos ha llamado
a la vida porque, amándonos, nos quiere con Él eternamente.
Esta es la vocación a la que hemos sido llamados. En medio
de nuestras fragilidades gozamos de la Vida de Aquel que nos amó
y se entregó por nosotros para que nosotros tengamos vida,
y vida en abundancia. Por eso, quienes participamos de la Eucaristía
no lo hacemos sólo por costumbre, o por la inercia de la
tradición familiar, sino que venimos, personalmente comprometidos,
a encontrarnos con el Señor, para volver a tener en Él
la vida, que muchas veces hemos perdido o deteriorado a causa de
nuestras imprudencias o pecados.
Esa vida que el Señor nos concede es para que vayamos y
la manifestemos en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra
existencia. Dios nos quiere en el mundo como testigos de su amor,
de su gracia, de su bondad y de su misericordia. En medio de las
realidades temporales hemos de manifestar que, sin olvidar nuestras
obligaciones terrenas, tenemos fija la mirada en Cristo, autor y
consumador de nuestra salvación. Por eso no sólo nos
hemos de preocupar de trabajar para lograr mejores condiciones de
vida, sino que también nos hemos de esforzar por darle su
verdadera dimensión a nuestro paso por este mundo. La persona
humana debe llegar a su madurez en Cristo. Nuestras obras, nuestros
comportamientos y nuestras actitudes serán el fruto que nace
desde nuestro corazón y que revelarán realmente quiénes
somos. Los que formamos la Iglesia de Cristo hemos de ser los primeros
en trabajar por la paz, por la unión fraterna y por el bien
unos de otros. Que incluso nuestros trabajos por el bien temporal
y por los avances técnicos se conviertan en un verdadero
servicio nacido del amor que procede de Dios, y que nos hace vernos
como hermanos y no pasar de largo ante el sufrimiento de nuestro
prójimo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber aprovechar
nuestra vida no sólo para buscar nuestros propios intereses,
sino para buscar el bien de todos. Amén.
SÁBADO 17 DE JULIO
LECTURAS: MIQ 2, 1-5; SAL 9; MT 12, 14-21
Miq. 2, 1-5. Ojalá y los males, de los cuales hoy quiere
hacernos conciencia el profeta Miqueas, ya hubiesen sido superados
en nuestros tiempos. Sin embargo es no sólo triste, sino
penoso, y para algunos ocasión de justo enojo, contemplar
cómo muchos que aparentan ser hombres de fe, se dedican a
explotar a los demás, a robar los campos y las casas de los
más desprotegidos. No basta con hacerse, incluso, amigo de
los ministros de la Iglesia para sentirse uno protegido y amado
por Dios. Jesús, único camino de salvación
para nosotros, va delante nuestro y nos invita a seguirlo cargando
nuestra cruz. Y Él no vino a robarnos, ni a dejarnos desnudos
o viviendo en la calle. Él no retuvo para sí el ser
igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo para
enriquecernos con su pobreza. Seguir las huellas de Cristo, seguirlo
hasta llegar a ser glorificados junto con Él, significa vivir
con el mismo compromiso de amor y de entrega del cual Él
mismo nos dio ejemplo. No podemos inventarnos un camino diferente
al que Él nos ha manifestado no sólo con sus palabras,
sino con su mismo ejemplo. Si alguien quiere ser su discípulo
debe vivir como Él vivió entre nosotros. Sólo
así, en la distribución de la Vida eterna tendremos
como herencia al mismo Dios.
Sal. 10 (9). Dios jamás se olvida del pobre y del oprimido.
Él está siempre a su lado como su poderoso protector.
Él se hizo cercano a nosotros, con todo su amor, su compasión
y misericordia por medio de Jesús, su Hijo y Señor
nuestro. Él fundó su Iglesia para prolongar su presencia
entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Nosotros
debemos manifestar los mismos sentimientos del corazón de
Cristo. No podemos convertirnos en unos ambiciosos y avaros; no
podemos ser unos soberbios que opriman al pobre; no podemos escondernos
en los momentos de angustia de nuestro prójimo. El Señor
quiere continuar caminando con la gente de nuestro tiempo; quiere
inclinarse ante los pobres y desgraciados para remediar sus males;
lo quiere hacer mediante su Iglesia, que es su Cuerpo. ¿Realmente
somos el signo del amor y de la misericordia de Dios para nuestros
hermanos que padecen algún mal, o que son víctimas
de las injusticias o de la pobreza?
Mt. 12, 14-21. Hacer el bien, pero no hacerse publicidad. Hemos
de hacer brillar, desde nuestra vida, la santidad de Dios. Quien,
incluso utilizando los medios de comunicación social, se
hace propaganda a sí mismo para que se le reconozca como
una persona santa que recibe grandes dones de Dios, más se
busca a sí mismo, más busca la propia gloria en un
egoísmo enfermizo, que buscar la gloria de Dios. El Señor
nos llama a hacer el bien a todos. Pero en lo que hagamos, puesto
que no es nuestra obra, sino la obra de Dios por medio nuestro,
Él es el único que debe ser reconocido y glorificado.
Nuestra mano Izquierda, en este aspecto, no debe saber lo que haga
la derecha. Al final diremos: Sólo somos unos siervos inútiles;
sólo hicimos lo que debíamos hacer. Entonces la participación
de la Vida eterna no la veremos como una recompensa o pago por lo
que hicimos, sino como un don totalmente libre y gratuito de Dios
para nosotros. A Él sea dado todo honor y toda gloria, ahora
y siempre.
El Señor Jesús ha querido participar de nuestros
dolores y enfermedades, pues, sabiendo que detrás de todo
esto está el pecado, Él murió por nosotros
para que perdonados y reconciliados con Dios, seamos criaturas nuevas
en su presencia. Al reunirnos para celebrar la Eucaristía
venimos ante el Señor despojados de todos nuestros orgullos
y egoísmos. Venimos ante Él que es el único
capaz de sanar nuestras heridas abiertas por la maldad, pues en
adelante ya no buscaremos centrar nuestra felicidad en las cosas
pasajeras, sino en Aquel que nos creó y nos llamó
con santa llamada para que lo disfrutemos eternamente. El Señor,
haciendo su obra de salvación en nosotros, nos enviará
como continuadores de la misma en el mundo, para que escuchando
los gritos de los pobres, nos detengamos ante ellos y les ayudemos
a recobrar la dignidad que han perdido a causa de las injusticias
de los poderosos de este mundo, y para que siendo conscientes del
pecado que ha encadenado a muchos hermanos nuestros, no cerremos
cobardemente los ojos ni los labios ante ellos, sino que les hagamos
un fuerte llamado a la conversión. Entonces podremos decir
que realmente hemos entrado en comunión de vida con el Señor.
Más que buscar cosas espectaculares para dar a conocer al
Señor a los demás, hagámoslo presente desde
una vida que manifieste el fruto de las buenas obras, como consecuencia
de la presencia de Dios en nosotros. Hay mucho trabajo callado en
la Iglesia: Muchos que atienden a los enfermos en sus casas o en
los hospitales, haciéndolo con un gran amor como si atendieran
al mismo Cristo. Hay muchos que se esfuerzan en defender los derechos
de los trabajadores sabiendo que la fe no es sólo adorar
a Dios, sino servirlo en el prójimo. Hay muchos que visten
y alimentan a los pobres y minusválidos sin proclamar sus
obras ante los demás. Dar testimonio de Cristo desde una
vida serena y callada en medio del servicio amoroso al prójimo
es lo que nos identifica con el Hijo de Dios, que no vino a ser
servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. Ojalá
y vayamos tras las huellas de Aquel que, después de entregar
su vida por nosotros, ahora nos espera para hacernos partícipes
de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del
Padre.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, manifestar nuestra fe tanto
a través de nuestras obras de culto a Dios, como a través
de nuestras obras de servicio al prójimo. Amén.
DOMINGO 18 DE JULIO
DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS: GEN 18, 1-10; SAL 14; COL 1, 24-28; LC 10, 38-42
SOLO UNA COSA ES NECESARIA
Comentando la Palabra de Dios
Gen. 18, 1-10. Abraham tenía 75 años de edad cuando
Dios le promete un hijo, heredero de las promesas de que su descendencia
no sólo poseería la tierra prometida, sino que se
multiplicaría como las estrellas del cielo y como las arenas
de las playas. El tiempo ha pasado y Abraham no ha decaído
en su fe ni en su esperanza, pues ama a Dios y se siente amado por
Él, y sabe que no podrá ser víctima de un espejismo
en un desierto estéril. Y llega la prueba final: Acoger a
Dios, que se presenta como un forastero. Y Abraham supera la prueba,
pues lo recibe, lo pone a buen resguardo del sol calcinante del
desierto, lo sirve, e involucra en ese servicio a su mujer y a sus
siervos; y finalmente se
quedará a la expectativa, de pie, por si algo más
se le ofrece al Forastero. Y Dios le revela que le dará el
hijo deseado; para cuando nazca, Abraham tendrá 100 años
y habrán pasado 25 años desde aquel día en
que Dios se lo había prometido, pues los planes de Dios se
cumplirán a su debido tiempo. Dios, al unirnos a Cristo,
en Él nos ha hecho hijos de Dios e hijos de Abraham. Ojalá
y no sólo participemos de su fe, sino también de sus
actitudes; pues sólo cuando sepamos acoger a nuestro prójimo
y nos preocupemos de cubrir su desnudez, de saciar su hambre, de
procurar para él un techo digno, y estemos pendientes de
sus necesidades para darles una solución adecuada, podremos
decir que florecerán nuestros desiertos y, engendrados como
hijos de Dios por obra del Espíritu Santo, nos encaminaremos
con seguridad a la posesión de la Patria eterna, que es el
mismo Dios, que se nos ofrece como herencia a quienes jamás
dejemos de confiar en Él y en sus promesas de salvación.
Sal. 15 (14). Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Más aún, el Señor Jesús nos dice: ámense
los unos a los otros, como yo los he amado a ustedes. Y ¿cómo
nos ha amado el Señor?: Nadie tiene mayor amor que aquel
que da la vida pos sus amigos. Ya el Señor, por medio de
san Pablo, nos pedía que no nos mordiéramos ni nos
devoráramos mutuamente, para no destruirnos. Nuestro Dios
y Padre nos envió a su propio Hijo, no para condenarnos,
sino para salvarnos. Los Evangelios, tratando de resumir la obra
de salvación de Jesús entre nosotros, nos dicen que
pasó haciendo el bien a todos. Y por procurar nuestro bien,
en obediencia a su Padre Dios y en fidelidad a las promesas hechas,
cargó sobre sí el pecado de toda la humanidad, y clavó
en la cruz el documento que nos acusaba, para que no seamos condenados,
sino para que, perdonados, seamos salvados y vivamos con Él
eternamente. Si nosotros queremos ser gratos al Señor debemos
cargar nuestra cruz de cada día, e ir tras las huellas de
Cristo, haciendo el bien a todos, siendo honrados y justos con todos,
no difamando a los demás, no apreciando el camino de los
malvados, no siendo usureros, no dejándonos sobornar en perjuicio
de inocentes. Viviendo así, en un auténtico amor fraterno,
Dios nos contemplará con agrado y nos amará con el
mismo amor que tiene a su Hijo amado, en quien Él se complace.
Col. 1, 24-28. Dios tiene un Plan de Salvación sobre nosotros:
Que, seamos conforme a la imagen de su Hijo. Esta obra de Dios,
que nos lleva a la salvación y al conocimiento de la Verdad,
no está reservada sólo a los Israelitas. El llamado
a la santidad es universal, pues Dios quiere que todos alcancemos
en Cristo la Vida eterna. El que realmente viva comprometido con
Cristo hará suya esa salvación, pero al mismo tiempo,
a impulsos del Espíritu Santo y enviado por Cristo, trabajará
denodadamente para que todos conozcan al Señor, vuelvan a
Él y disfruten de la salvación que nos ofrece. Esto,
ciertamente, será ocasión de la entrega de nuestra
propia vida a favor de los demás. No es que la entrega de
Cristo no haya bastado para alcanzarnos la salvación y que
nosotros debamos completarla, sino que el anuncio y la acogida del
Evangelio, que es Cristo, implicará de parte nuestra sufrimientos,
persecuciones y muerte, que es el precio que nos corresponde a nosotros
pagar para que la salvación no se quede como una oferta encerrada,
sino que llegue y sea eficaz en nuestro prójimo. Y Cristo,
en su cruz, ha asumido éste, nuestro trabajo, y ésta,
nuestra entrega, elevándolos a una dimensión de infinito,
pues en Cristo, lo que hacemos unidos a Él cobra la dimensión
del poder salvador de Él mismo. Sea Él bendito por
siempre.
Lc. 10, 38-42. Los que viven a los pies de Jesús, como discípulos,
no pueden vivir al margen de las diversas tareas en que todos hemos
de colaborar para la construcción del Reino de Dios, así
como en la construcción de la ciudad terrena. Ciertamente
la parte mejor, el mejor momento de nuestra vida es cuando nos encontramos
con el Señor en la escucha fiel de su Palabra. Pero después
hemos de partir para trabajar por el bien de la humanidad entera
en todos los aspectos, niveles y ambientes, de tal forma que en
realidad nos convirtamos en fermento de santidad en el mundo. La
vida apostólica y pastoral de la Iglesia no deberá
su eficacia a los meros recursos y técnicas humanos, sino
a la escucha fiel de Jesús, a la obediencia a Él y
al dejarnos conducir por su Espíritu que habita en nosotros.
Ciertamente hay muchas cosas que nos inquietan en la vida. Ojalá
y sepamos iluminarlas con la Palabra de Dios para que no desequilibren
nuestro interior, sino para que nos ayuden a crecer en el amor a
Dios y en el amor fraterno. Marta casi que le dice a Jesús
que ordene a María ir a trabajar para poderle atender mejor;
y que por tanto Jesús se limite únicamente a esperar
la comida. El Señor no quiere que sólo lo alimentemos
en los pobres, desprendiéndonos de lo nuestro a favor de
ellos; Él quiere que además les llevemos la salvación;
y esto no será fruto de nuestro trabajo sino de nuestra unión
a Él. Ojalá y sepamos equilibrar el trabajo y la contemplación.
Sólo así viviremos plenamente nuestro compromiso de
fe en medio de las realidades temporales.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
El Señor nos ha convocado en su presencia en este día;
y nosotros hemos acudido a su llamado como discípulos. Él
no sólo nos instruye mediante su Palabra, sino que también
nos instruye, con su ejemplo, en la forma cómo debemos amarnos
los unos a los otros. Contemplando a Cristo percibimos la misión
que tenemos de convertirnos en un signo viviente de Él en
nuestro mundo. El Señor quiere continuar su obra salvadora
entre nosotros por medio de su Iglesia. Para que esto se haga realidad
conforme a su voluntad no podemos dedicarnos a la evangelización
al margen de Cristo, sino en una auténtica relación
de amor con Él mediante la oración, que es el ambiente
de silencio sonoro en que escuchamos al Señor y nos comprometemos
con Él a hacer su voluntad, fortalecidos con el fuego de
su Espíritu Santo, que Él concede a su Iglesia para
que, siendo testigos de su amor Él vaya construyendo y afianzando
su Reino entre nosotros.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida
del creyente.
Ojalá y no sólo demos a los demás incluso
nuestra propia vida. Necesitamos también recibir; saber recibir
a Dios como huésped permanente en nosotros; saber recibir
a nuestro prójimo en nuestro corazón, pues de nada
sirve entregarlo todo, incluso nuestra propia vida por los demás,
si no sabemos amarnos, si no abrimos nuestro corazón para
recibir a nuestro prójimo y ayudarlo no sólo para
que tenga lo necesario para su vida, sino también el apoyo
de alguien que le escucha, comprende e impulsa hacia su perfección
personal en Cristo. Hemos de aprender a acoger a Cristo para que
su Palabra caiga en nosotros como en un buen terreno y produzca
frutos abundantes de buenas obras. Ante el Señor no podemos
estar embotados por el ruido de lo pasajero como para querer solucionar
sólo los problemas materiales de los pobres, pues esto nos
haría perder la conciencia de la misión salvadora
que Dios ha confiado a su Iglesia. Por eso no debemos marginar nuestro
encuentro personal, amoroso y comprometido con el Señor.
Si queremos trabajar realmente por el Reino de Dios no perdamos
de vista nuestra unión con Cristo a través de la oración
y de la escucha fiel de su Palabra.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber escuchar
su Palabra y de ponerla en práctica para que, desde nuestra
experiencia personal del Señor, podamos transmitirlo a los
demás, trabajando para que todos alcancemos la salvación
en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.
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