Invocación al Espíritu Santo (1ª)
En continuidad con el Santo, la plegaria eucarística reafirma la santidad de Dios, y prosigue con la epíclesis o invocación al Espíritu Santo:
"Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas las criaturas... Te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos preparado para ti, de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro" (III; +II).
El sacerdote, imponiendo sus manos sobre las ofrendas, pide, pues, al Espíritu Santo que, así como obró la encarnación del Hijo en el seno de la Virgen María, descienda ahora sobre el pan y el vino, y obre la transubstanciación de estos dones ofrecidos en sacrificio, convirtiéndolos en cuerpo y sangre del mismo Cristo (+Heb 9,14; Rm 8,11; 15,16). Es éste para los orientales el momento de la transubstanciación, mientras que los latinos la vemos en las palabras mismas de Cristo, es decir, en el relato-memorial, "esto es mi cuerpo". En todo caso, siempre la liturgia ha unido, en Oriente y Occidente, el relato de la institución de la eucaristía y la invocación al Espíritu Santo.
Por otra parte, esa invocación, al mismo tiempo que pide al Espíritu divino que produzca el cuerpo de Jesucristo, le pide también que realice su Cuerpo místico, que es la Iglesia:
"Para que, fortalecidos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (III; +II y IV).
"Por obra del Espíritu Santo" nace Cristo en la encarnación, se produce la transusbstanciación del pan en su mismo cuerpo sagrado, y se transforma la asamblea cristiana en Cuerpo místico de Cristo, Iglesia de Dios. Es, pues, el Espíritu Santo el que, de modo muy especial en la eucaristía, hace la Iglesia, y la "congrega en la unidad" (I).
Todos estos misterios son afirmados ya por San Pablo en formas muy explícitas. Si pan eucarístico es el cuerpo de Cristo (1Cor 11,29), también la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1Cor 12). En efecto, "porque el pan es uno, por eso somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1Cor 10,17). Es Cristo en la eucaristía el que une a todos los fieles en un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32), formando la Iglesia.
Según todo esto, cada vez que los cristianos celebramos el sacrificio eucarístico, reafirmamos en la sangre de Cristo la Alianza que nos une con Dios, y que nos hace hijos suyos amados. Reafirmamos la Alianza con un sacrificio, como Moisés en el Sinaí o Elías en el Carmelo.
Relato - consagración
Es el momento más sagrado de la misa, en el que se actualiza con toda verdad la Cena del Señor, su pasión redentora en la Cruz. El resto de la misa es el marco sagrado de este sagrado momento decisivo, en el que, "con las palabras y gestos de Cristo, se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última cena, cuando bajo las especies del pan y vino ofreció su cuerpo y sangre, y se lo dio a sus apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo misterio" (OGMR 55d).
"El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan... tomó el cáliz lleno del fruto de la vid... Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos, para el perdón de los pecados"...
Por el ministerio del sacerdote cristiano, es el mismo Cristo, Sacerdote único de la Nueva Alianza, el que hoy pronuncia estas palabras litúrgicas, de infinita eficacia doxológica y redentora. Por esas palabras, que al mismo tiempo son de Cristo y de su esposa la Iglesia, el acontecimiento único del misterio pascual, sucedido hace muchos siglos, escapando de la cárcel espacio-temporal, en la que se ven apresados todos los acontecimientos humanos de la historia, se actualiza, se hace presente hoy, bajo los velos sagrados de la liturgia. "Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre"... Los cristianos en la eucaristía, lo mismo exactamente que los apóstoles, participamos de la Cena del Señor, y lo mismo que la Virgen María, San Juan y las piadosas mujeres, asistimos en el Calvario al sacrificio de la Cruz... Mysterium fidei!
Ésta es, en efecto, la fe de la Iglesia, solemnemente proclamada por Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios (1968, n. 24): "Nosotros creemos que la misa, que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares".
El sacerdote ostenta con toda reverencia, alzándolos, el cuerpo y la sangre de Cristo, y hace una y otra vez la genuflexión, mientras los acólitos pueden incensar las sagradas especies veneradas. El pueblo cristiano adora primero en silencio, y puede decir jaculatorias como "¡Es el Señor!" (Jn 21,7), "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20,28); "el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí" (Gál 2,20). Y en seguida confiesa comunitariamente su fe y su devoción:
-"Éste es el sacramento de nuestra fe".
-"Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20). "Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas" (+1Cor 11,26). "Por tu cruz y tu resurrección nos has salvado, Señor".
Memorial
Después del relato-consagración, viene el memorial y la ofrenda, que van significativamente unidos en las cinco plegarias eucarísticas principales:
"Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo" (III; +I, II, IV, V).
Memorial (anámnesis), pues, en primer lugar. Los cristianos, de oriente a occidente, obedecemos diariamente en la eucaristía aquella última voluntad de Cristo, "haced esto en memoria mía". Éste fue el mandato que nos dio el Señor claramente en la última Cena, es decir, "la víspera de su pasión" (I), "la noche en que iba a ser entregado" (III). Y nosotros podemos cumplir ese mandato, a muchos siglos de distancia y en muchos lugares, precisamente porque el sacerdocio de Cristo es eterno y celestial (Heb 4,14; 8,1):
"El sacrificio de Cristo se consuma en el santuario celeste; perdura en el momento de la consumación, porque la eternidad es una característica de la esfera celeste... Y si el sacrificio de Cristo perdura en el cielo, puede hacerse presente entre nosotros en la medida en que esa misma víctima y esa misma acción sacerdotal se hagan presentes en la eucaristía... En realidad, el sacerdote no pone otra acción, sino que participa de la eterna acción sacerdotal de Cristo en el cielo... Nada se repite, nada se multiplica; sólo se participa repetidamente bajo forma sacramental del único sacrificio de Cristo en la cruz, que perdura eternamente en el cielo. No se repite el sacrificio de Cristo, sino las múltiples participaciones de él" (Sayés, El misterio eucarístico 321-323).
De este modo la eucaristía permanece en la Iglesia como un corazón siempre vivo, que con sus latidos hace llegar a todo el Cuerpo místico la gracia vivificante, que es la sangre de Cristo, sacerdote eterno. En efecto, "la obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual "Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado" (1Cor 5,7)" (LG 3).
Y ofrenda
El memorial de la cruz es ofrenda de Cristo víctima: "te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación" (I); "el pan de vida y el cáliz de salvación" (II); "el sacrificio vivo y santo" (III); "su cuerpo y su sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo" (IV); "esta ofrenda: es Jesucristo que se ofrece con su Cuerpo y con su Sangre" (V).
En efecto, "la Iglesia, en este memorial, sobre todo la Iglesia aquí y ahora reunida, ofrece al Padre en el Espíritu Santo la Víctima inmaculada. Y la Iglesia quiere que los fieles no sólo ofrezcan la Víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo para todos" (OGMR 55f).
Cristo "quiso que nosotros fuésemos un sacrificio -dice San Agustín-; por lo tanto, toda la Ciudad redimida, es decir, la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como sacrificio universal por el Gran Sacerdote, que se ofreció por nosotros en la pasión para que fuésemos cuerpo de tan gran cabeza... Así es, pues, el sacrificio de los cristianos, donde todos se hacen un solo cuerpo de Cristo. Esto lo celebra la Iglesia también con el sacramento del altar, donde se nos muestra cómo ella misma se ofrece en la misma víctima que ofrece a Dios" (Ciudad de Dios 10,6). Y Pablo VI: "La Iglesia, al desempeñar la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el sacrificio de la misa y toda entera se ofrece con él" (Mysterium fidei).
En conformidad con esto, adviértase, pues, que la ofrenda eucarística es hecha juntamente por el sacerdote y el pueblo, y no por el sacerdote solo:
"Te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza" (I); "te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo" (III; +II y IV).
Por otra parte, en la ofrenda cultual que los hombres hacemos no podemos realmente dar a Dios sino lo que él previamente nos ha dado: la vida, la libertad, la salud... Por eso decimos, "te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo" (I).
Podemos ahora por la oración hacernos ofrenda grata al Padre. Con la oración de María: "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra". Con la oración de Jesús: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". Con oraciones-ofrenda, como aquella de San Ignacio, tan perfecta:
"Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; vos me lo diste, a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta" (Ejercicios 234).

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