|
Invocación
al Espíritu Santo (2ª)
La
eucaristía, que es el mismo sacrificio de la cruz, tiene
con él una diferencia fundamental. Si en la cruz Cristo se
ofreció al Padre él solo, en el altar litúrgico
se ofrece ahora con su Cuerpo místico, la Iglesia. Por eso
las plegarias eucarísticas piden tres cosas: -que Dios acepte
el sacrificio que le ofrecemos hoy; -que por él seamos congregados
en la unidad de la Iglesia; -y que así vengamos a ser víctimas
ofrecidas con Cristo al Padre, por obra del Espíritu Santo,
cuya acción aquí se implora.
-Súplica de aceptación de la ofrenda. "Mira con
ojos de bondad esta ofrenda, y acéptala" (I); "dirige
tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la
Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu
amistad" (III); "dirige tu mirada sobre esta Víctima
que tú mismo has preparado a tu Iglesia"(IV)
-Unidad. "Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo
congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y Sangre
de Cristo" (II); "formemos en Cristo un solo cuerpo y
un solo espíritu" (III); "congregados en un solo
cuerpo por el Espíritu Santo" (IV).
-Víctimas ofrecidas. Que "él nos transforme en
ofrenda permanente" (III), y así "seamos en Cristo
víctima viva para alabanza de su gloria" (IV)
La verdadera participación en el sacrificio de la Nueva Alianza
implica, pues, decisivamente esta ofrenda victimal de los fieles.
Según esto, los cristianos son en Cristo sacerdotes y víctimas,
como Cristo lo es, y se ofrecen continuamente al Padre en el altar
eucarístico, durante la misa, y en el altar de su propia
vida ordinaria, día a día. Ellos, pues, son en Cristo,
por él y con él, "corderos de Dios", pues
aceptando la voluntad de Dios, sin condiciones y sin resistencia
alguna, hasta la muerte, como Cristo, sacrifican (hacen-sagrada)
toda su vida en un movimiento espiritual incesante, que en la eucaristía
tiene siempre su origen y su impulso. Así es como la vida
entera del cristiano viene a hacerse sacrificio eucarístico
continuo, glorificador de Dios y redentor de los hombres, como lo
quería el Apóstol: "os ruego, hermanos, que os
ofrezcáis vuestros mismos como víctima viva, santa,
grata a Dios: éste es el culto espiritual que debéis
ofrecer" (Rm 12,1).
Intercesiones
Ya vimos, al hablar de la oración de los fieles, que la Iglesia
en la eucaristía sostiene a la humanidad y al mundo entero
en la misericordia de Dios, por la sangre de Cristo Redentor. Pues
bien, las mismas plegarias eucarísticas incluyen una serie
de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la
tierra y del purgatorio. Suelen ser llamadas intercesiones.
"Con ellas se da a entender que la eucaristía se celebra
en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que
la oblación se hace por ella y por todos sus miembros, vivos
y difuntos, miembros que han sido todos llamados a participar de
la salvación y redención adquiridas por el cuerpo
y la sangre de Cristo" (OGMR 55g).
En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca
-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los
santos, "por cuya intercesión confiamos obtener siempre
tu ayuda";
-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y
paz para "el mundo entero" y para "tu Iglesia, peregrina
en la tierra", especialmente por el Papa y los Obispos, pero
también, con una intención misionera, por "todos
tus hijos dispersos por el mundo";
-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad
de Dios, es decir, se ofrece la eucaristía por "nuestros
hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad".
Así, la oración cristiana -que es infinitamente audaz,
pues se confía a la misericordia de Dios- alcanza en la eucaristía
la máxima dilatación de su caridad: "recíbelos
en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna
de tu gloria".
Ofrecer misas por los difuntos
La caridad cristiana, si ha de ser católica, ha de ser universal,
ha de interesarse, pues, por los vivos y por los difuntos, no sólo
por los vivos. La Iglesia, nuestra Madre, que nos hace recordar
diariamente a los difuntos, al menos, en la misa y en la última
de las preces de vísperas, nos recomienda ofrecer misas en
sufragio de nuestros hermanos difuntos. Es una gran obra de caridad
hacia ellos, como lo enseña el Catecismo:
"El sacrificio eucarístico es también ofrecido
por los fieles difuntos, "que han muerto en Cristo y todavía
no están plenamente purificados" (Conc. Trento), para
que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:
""Oramos [en la anáfora] por los santos padres
y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes
que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las
almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras
se halla presente la santa y adorable víctima... Presentando
a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen
pecadores..., presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados,
haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los
hombres" (S. Cirilo de Jerusalén [+386])" (Catecismo
1371; +1032, 1689).
Doxología final
La gran plegaria eucarística llega a su fin. El arco formidable,
que se inició en el prefacio levantando los corazones hacia
el Padre, culmina ahora solemnemente con la doxología final
trinitaria. El sacerdote, elevando la Víctima sagrada, y
sosteniéndola en alto, por encima de todas las realidades
temporales, dice:
"Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre
omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor
y toda gloria por los siglos de los siglos".
Este acto, por sí solo, justifica la existencia de la Iglesia
en el mundo: para eso precisamente ha sido congregado en Cristo
el pueblo cristiano sacerdotal, para elevar en la eucaristía
a Dios la máxima alabanza posible, y para atraer en ella
en favor de toda la humanidad innumerable bienes materiales y espirituales.
De este modo, es en la eucaristía donde la Iglesia se expresa
y manifiesta totalmente.
El pueblo cristiano congregado hace suya la plegaria eucarística,
y completa la gran doxología trinitaria diciendo: Amén.
Es el Amén más solemne de la misa.
((Adviértase aquí, por otra parte, que es el sacerdote,
y no el pueblo, quien recita las doxologías que concluyen
las oraciones presidenciales. Y esto tanto en la oración
colecta -"Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que
vive y reina", etc.-, como en la plegaria eucarística
-"Por Cristo, con Él y en Él", etc.-. Y
que es el pueblo quien, siguiendo una tradición continua
del Antiguo y del Nuevo Testamento, contesta con la aclamación
del Amén.))
C. La comunión
-Padrenuestro -La paz -Fracción del pan -Cordero de Dios
-Comunión -Oración de postcomunión.
La primera cumbre de la celebración eucarística es
sin duda la consagración, en la que el pan y el vino se transforman
en cuerpo entregado y sangre derramada del mismo Cristo, actualizando
el sacrificio redentor. Y la segunda, ciertamente, es la comunión,
en la que la Iglesia obedece el mandato de Cristo en su última
Cena: "Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre".
El Padrenuestro
El Padrenuestro es la más grande oración cristiana,
la más grata al Padre y la que mejor expresa lo que el Espíritu
Santo ora en nosotros (+Rm 8,15.26), pues es la oración que
nos enseñó Jesús (Mt 5,23-24; Lc 11,2-4).
Por eso, en la misa, la oración dominical culmina en cierto
modo la gran plegaria eucarística, y al mismo tiempo inicia
el rito de la comunión. Comienza el Padrenuestro reiterando
el Santo del prefacio -"santificado sea tu Nombre"-, asimila
la actitud filial de Cristo, la Víctima pascual ofrecida
-"hágase tu voluntad"-, y continúa pidiendo
para la Iglesia la santidad y la unidad -"venga a nosotros
tu reino"-. Pero también prepara a la comunión
eucarística, pidiendo el pan necesario, material y espiritual
-"danos hoy nuestro pan de cada día"-, implorando
el perdón y la superación del mal -"perdona nuestras
ofensas, líbranos del mal"-, y procurando la paz con
los hermanos -"perdonamos a los que nos ofenden"-. No
podemos, en efecto, unirnos al Señor, si estamos en pecado
y si permanecemos separados de los hermanos (+Mt 6,14-15; 6,9-13;
18,35).
Merece la pena señalar aquí que, en la petición
"líbranos del mal", la Iglesia entiende que "el
mal no es una abstracción, sino que designa una persona,
Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios"
(Catecismo 2851; +2850-2853). Ahora bien, en la última petición
del Padrenuestro, "al pedir ser liberados del Maligno, oramos
igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasado
y futuros de los que él es autor o instigador" (2854).
El Padrenuestro, que es rezado en la misa por el sacerdote y el
pueblo juntamente, es desarrollado sólo por el sacerdote
con el embolismo que le sigue: "Líbranos de todos los
males, Señor", en el que se pide la paz de Cristo y
la protección de todo pecado y perturbación, "mientras
esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo".
Y esta vez es el pueblo el que consuma la oración con una
doxología, que es eco de la liturgia celestial: "Tuyo
es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor"
(+Ap 1,6; 4,11; 5,13).
Conviene advertir que la renovación postconciliar de la liturgia
ha restaurado la costumbre antigua, ya practicada por las primeras
generaciones cristianas, de rezar tres veces cada día el
Padrenuestro, concretamente en laudes, en misa y en vísperas.
"Así habéis de orar tres veces al día"
(Dídaque VIII,3).
|