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El
sacrificio de la Nueva Alianza
En
la plenitud de los tiempos, después de treinta años
de vida oculta, nuestro Señor Jesucristo -el Mesías
de Dios (Lc 9,20), el Hijo del Altísimo, el Santo (Lc 1,
31-35), nacido de mujer (Gál 4,4), nacido de una virgen (Is
7,14; Lc 1,34), enviado de Dios (Jn 3,17), esplendor de la gloria
del Padre (Heb 1,3), anterior a Abraham (Jn 8,58), Primogénito
de toda criatura (Col 1,15), Principio y fin de todo (Ap 22,13),
santo Siervo de Dios (Hch 4,30), Consolador de Israel (Lc 2,25),
Príncipe y Salvador (Hch 5,31), Cristo, Dios bendito por
los siglos (Rm 9,5)-, durante tres años, predicó el
Evangelio a los hombres como Profeta de Dios (Lc 7,16), mostrándose
entre ellos poderoso en obras y palabras (24,19).
Y
una vez proclamada la Palabra divina, consumó su obra salvadora
con el sacrificio de su vida. Primero la Palabra, después
el Sacrificio.
El
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo
En
cuanto Jesús inicia su misión pública entre
los hombres, Juan el Bautista, su precursor, le señala con
su mano y le confiesa repetidas veces con su boca: "ése
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29.36).
Él es el que tiene poder para vencer el pecado de los hombres,
Él va a ser verdaderamente nuestro Salvador.
Jesucristo,
por su parte, es plenamente consciente de su condición de
Cordero de Dios, destinado al sacrificio pascual, para la gloria
del Padre y la salvación de los hombres. Si Juan Bautista,
siendo sólo un hombre, en cuanto lo ve, reconoce en él
"el Cordero" dispuesto por Dios para el definitivo sacrificio
purificador del mundo, ¿no iba el mismo Cristo a ser consciente
de su propia vocación? Porque Cristo conoce el designio del
Padre, anunciado en las Escrituras, por eso se reafirma siempre
en la misión redentora que le es propia, y por eso rechaza
inmediatamente -como sucede en las tentaciones diabólicas
del desierto- toda tentación de mesianismos triunfalistas.
Por
otra parte Jesús, en varias ocasiones, avanzando serenamente
hacia la cruz, meta de su vida temporal, predice su Pasión
a los discípulos: "Entonces comenzó a manifestar
a sus discípulos que tenía ir a Jerusalén y
sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y
de los escribas, y ser entregado a la muerte, y resucitar al tercer
día" (Mt 16,21; +17,22-23; 20,17-19). "Ellos no
entendieron nada de esto, y estas palabras quedaron veladas. No
entendieron lo que había dicho" (Lc 18,34). Era para
ellos inconcebible que su Maestro, capaz de resucitar muertos, pudiera
ser maltratado y llevado violentamente a la muerte.
En
estas ocasiones, y en muchas otras, el Señor se muestra siempre
consciente de que va acercándose hacia una muerte sacrificial
y redentora. Él es el Pastor bueno, que "da su vida
por las ovejas" (Jn 10,11). Él es "el grano de
trigo que cae en tierra, muere, y consigue mucho fruto" (12,24).
Y por eso asegura: "levantado de la tierra, atraeré
todos a mí" (12,32; +8,28)...
La
multiplicación de los panes
En
el tercer año, probablemente, de su vida pública,
nuestro Señor Jesucristo, estando con miles de hombres en
un monte, junto al lago de Tiberíades, poco antes de la Pascua
judía, realiza una prodigiosa multiplicación de los
panes y de los peces (Jn 6,1-15).
Más
tarde, regresó a Cafarnaúm, y allí predicó,
anunciando la eucaristía, sobre el pan de vida, un alimento
infinitamente superior al maná que Moisés dio al pueblo
en el desierto: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo... Mi
carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... El
que me come vivirá por mí" (6,48-59).
Muchos se escandalizaron de estas palabras, que consideraron increíbles.
Y "desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron,
y ya no le seguían". Pero los Doce permanecieron con
Él, diciendo: "Señor ¿a quién iríamos?
Tú tienes palabras de vida eterna" (6,60-69).
Jesucristo,
entre Moisés y Elías
También,
seguramente, en el año tercero de su ministerio público,
Jesús, un día que se fue al monte con Pedro, Santiago
y Juan, "mientras oraba", se transfiguró completamente,
como si "la plenitud de la divinidad, que en él habitaba
corporalmente" (Col 2,9), y que normalmente quedaba velada
por su humanidad sagrada, fuese ahora revelada por esa misma humanidad
santísima (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36).
Extasiados
los tres apóstoles, vieron de pronto que "se les aparecieron
Moisés y Elías, hablando con Él". "Ellos
también aparecían resplandecientes, y hablaban de
su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén".
Y al punto salió de la nube la voz del Padre, garantizando
a Jesús: "Éste es mi hijo, el predilecto: escuchadle".
Jesús,
antes de sellar con su sangre una Alianza Nueva y definitiva, recibe
así ante sus tres íntimos discípulos el testimonio
de Moisés, el mediador de la Antigua Alianza, y de Elías,
el que la restauró. Uno y otro cumplieron su misión
sobre un altar de doce piedras, con sangre de animales sacrificados;
y Jesús, en la última Cena, lo hará también
sobre la mesa de los doce apóstoles, pero esta vez con su
propia sangre. Por tanto, el mayor de los patriarcas, Moisés,
y el principal de los profetas, Elías, dan testimonio de
Jesús. Todo el misterio pascual de Cristo es, pues, un pleno
cumplimiento de "la Ley y los profetas" (+Mt 5,17; 7,12;
11,13; 22,40).
Se
decide la muerte de Cristo
La
resurrección de Lázaro, ocurrida en Betania, a las
puertas de Jerusalén, y poco antes de la Pascua, exaspera
totalmente el odio que hacia Cristo se había ido formando,
sobre todo entre las personas más influyentes de Jerusalén.
"¿Qué
hacemos, que este hombre hace muchos milagros?... ¿No comprendéis
que conviene que muera un hombre por todo el pueblo?... Profetizó
así [Caifás] que Jesús había de morir
por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para reunir
en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos.
Desde aquel día tomaron la resolución de matarle.
Jesús, pues, ya no andaba en público entre los judíos,
sino que se fue a una región próxima al desierto,
a una ciudad llamada Efrem, y allí moraba con los discípulos"
(Jn 11, 45-54).
Jesús
celebra la Pascua
Los
sucesos van a precipitarse poco después: la unción
de Jesús en Betania, su entrada triunfal en Jerusalén,
el pacto de Judas con el Sanedrín y, finalmente, en el Cenáculo,
la celebración de la Pascua judía. En ella, hasta
el último momento, observa Cristo con los doce -"conviene
que cumplamos toda justicia" (Mt 3,15)- cuanto Moisés
había prescrito en este rito, instituído como memorial
perpetuo:
"Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con sus apóstoles.
Y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros
antes de padecer. Porque os digo que ya no la comeré hasta
que se cumpla en el reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias
y dijo: Tomadla y repartidla entre vosotros. Pues os digo que no
beberé ya del fruto de la vid hasta que llegue el reino de
Dios" (Lc 22,14-28).
Liturgia
eucarística de la Palabra
Gracias
al apóstol Juan (Jn 13-17), conocemos al detalle el Sermón
de la Cena, esa grandiosa Liturgia de la Palabra, en la que Jesucristo
revela plenamente la caridad divina trinitaria, proclamando con
máxima elocuencia la Ley evangélica: el amor a Dios
y el amor a los hombres.
-Amor
a Dios: "Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre,
y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago"
(14,31), "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz"
(Flp 2,8). Jesucristo entiende la cruz como la plena revelación
de su amor al Padre; como la proclamación plena del primer
mandamiento de la ley de Dios: "así hay que amar al
Padre, y así hay que obedecerle; hasta dar la vida por su
gloria".
-Amor
a los hombres: "Viendo Jesús que llegaba su hora de
pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, al fin extremadamente los amó" (Jn 13,1).
Y les dijo: "Amáos los unos a los otros, como yo os
he amado" (13,34). "No hay amor más grande que
dar la vida por los amigos" (15,13). El Señor entiende,
pues, su cruz como la plena proclamación del segundo mandamiento
de la ley de Dios: "así hay que amar al prójimo,
hasta dar la vida por su bien".
Liturgia
eucarística del Sacrificio
Cuatro
relatos nos han llegado sobre la celebración primera del
sacrificio de la Nueva Alianza, es decir, sobre la institución
de la eucaristía. Los dos primeros, de Mateo y Marcos, son
muy semejantes, y expresan la tradición litúrgica
judía, de Jerusalén, llevada por Pedro a Roma. Los
dos segundos testimonios representan más bien la tradición
litúrgica de Antioquía, difundida en sus correrías
apostólicas por Pablo y Lucas.
-Mateo
26,26-28. "Mientras comían, Jesús tomó
pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos,
dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz
y dando gracias, se lo dió, diciendo: Bebed de él
todos, que ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que será
derramada por muchos para remisión de los pecados".
-Marcos
14,22-24. "Mientras comían, tomó pan y bendiciéndolo,
lo partió, se lo dió y dijo: Tomad, éste es
mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias,
se lo entregó, y bebieron de él todos. Y les dijo:
Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos".
-Lucas
22,19-20. "Tomando el pan, dio gracias, lo partió y
se lo dió, diciendo: Éste es mi cuerpo, que es entregado
por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz,
después de haber cenado, diciendo: Éste caliz es la
Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros".
-San
Pablo, 1 Corintios 11,23-26. "Yo he recibido del Señor
lo que os he transmitido; que el Señor Jesús, en la
noche en que fue entregado, tomó el pan, y después
de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que
se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo,
después de cenar, tomó el cáliz, diciendo:
Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces
lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas
veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis
la muerte del Señor hasta que Él venga".
Nótese
que el relato de San Pablo, que se presenta explícitamente
como "recibido del Señor", fue escrito en fecha
muy temprana, hacia el año 55, y que a su vez refleja una
tradición eucarística anterior.
Institución
de la Eucaristía
Según
esto, en la Cena del jueves realiza el Señor la entrega sacrificial
de su cuerpo y de su sangre -"mi cuerpo entregado", "mi
sangre derramada"-, anticipando ya, en la forma litúrgica
del pan y del vino, la entrega física de su cuerpo y de su
sangre, la que se cumplirá el viernes en la cruz.
-La
acción ritual. Conforme a la tradición judía
del rito pascual, el Señor "toma", "da gracias"
a Dios (bendice), "parte" el pan y lo "reparte"
entre los discípulos. Son gestos también apuntados
en la multiplicación de los panes (Jn 6,11) o en las apariciones
de Cristo resucitado (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn
21,13).
-Cordero
pascual nuevo. "Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado"
(1Cor 5,7), para la salvación de todos. Hemos sido, pues,
rescatados "no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre
preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha, ya conocido antes
de la creación del mundo, y manifestado al fin de los tiempos
por amor vuestro" (1Pe 1,18-20). San Juan en el Apocalipsis
menciona veintiocho veces a Cristo como Cordero. Y es justamente
"el Cordero degollado" el que preside la grandiosa liturgia
celestial (Ap 5,6.12).
-La
Nueva Alianza. En la Cena-Cruz-Eucaristía establece Cristo
una Alianza Nueva entre Dios y los hombres. Y esta vez la Alianza
no es sellada con sangre de animales sacrificados en honor de Dios,
sino en la propia sangre de Jesús: "Este cáliz
es la Nueva Alianza en mi sangre". La alianza del monte Sinaí
queda definitivamente superada por la alianza del monte Calvario
(+Ex 24,1-8; Heb 9,1-10,18).
"La
eucaristía aparece al mismo tiempo como el origen y fundamento
del nuevo pueblo de Dios, liberado ahora por la pascua de Cristo
y fundado sobre la sangre de la Nueva Alianza" (Sayés,
El misterio eucarístico 107). La Cena pascual de Moisés
marca el nacimiento de Israel como pueblo libre. La Cena pascual
de Cristo funda permanentemente a la Iglesia, el nuevo Israel.
-Memorial
perpetuo. Como la Pascua judía, la cristiana se establece
como un memorial a perpetuidad: "haced esto en memoria mía".
En la eucaristía, por tanto, la Iglesia ha de actualizar
hasta el fin de los siglos el sacrificio de la cruz, y ha de hacerlo
empleando en su liturgia la misma forma decidida por el Señor
en la última Cena.
-Presencia
real de Cristo. En la eucaristía el pan y el vino se convierten
realmente en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Ya no hay pan: "esto es mi cuerpo que se entrega"; ya
no hay vino: "ésta es mi sangre que se derrama".
Se trata, pues, de una presencia real, verdadera y substancial de
Cristo.
-Pan
vivo bajado del cielo. Y es una presencia que debe ser recibida
como alimento de vida eterna: "Tomad y comed, mi carne es verdadera
comida"; "tomad y bebed, mi sangre es verdadera bebida".
-Sacrificio
de la Nueva Alianza. La Cena-Cruz-Eucaristía, por tanto,
es un sacrificio: el sacrificio de la Nueva Alianza, que tiene a
Cristo como Sacerdote y como Víctima. En efecto, "Cristo
ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo
sacrificio... Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre
a los que van siendo consagrados" (Heb 10,12.14). Volveremos
sobre esto una vez que hayamos contemplado la Pasión.
La
agonía en Getsemaní
Jesús,
en el Huerto de los Olivos, baja hasta el último fondo posible
de la angustia humana (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46). "Pavor
y angustia" (Mc), "sudor de sangre" (Lc), desamparo
de los tres amigos más íntimos, que se duermen; consuelo
de un ángel; refugio absoluto en la oración: "pase
de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino
la tuya"...
¿Es
la muerte atroz e ignominiosa, que se le viene encima, "el
cáliz" que Cristo pide al Padre que pase, si es posible?
No parece creíble. El Señor se encarna y entra en
la raza humana precisamente para morir por nosotros y darnos vida.
Desea ardientemente ser inmolado, como Cordero pascual que, quitando
el pecado del mundo, salva a los hombres, amándolos con amor
extremo. Él no se echa atrás, ni en forma condicional
de humilde súplica, ni siquiera en la agonía de Getsemaní
o del Calvario. Por el contrario, cuando se acerca la tentación
y le asalta -"¿qué diré? ¿Padre,
líbrame de esta hora?"-, él responde inmediatamente:
"¡para esto he venido yo a esta hora!" (Jn 12,27).
Y cuando Pedro rechaza la pasión de Jesús, anunciada
por éste: "No quiera Dios, Señor, que esto suceda",
Cristo reacciona con terrible dureza: "Apártate de mí,
Satanás, que me sirves de escándalo" (Mt 16,21-23).
No.
El "cáliz" que abruma a Jesús es el conocimiento
de los pecados, con sus terribles consecuencias, que a pesar del
Evangelio y de la Cruz, van a darse en el mundo: ese océano
de mentiras y maldades en el que tantos hombres van a ahogarse,
paganos o bautizados, por rechazar su Palabra y por menospreciar
su Sangre en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía.
Más aún, la pasión del Salvador es causada
principalmente por el pecado de los malos cristianos que, despreciando
el magisterio apostólico, falsificarán o silenciarán
su Palabra; avergonzándose de su Evangelio, buscarán
salvación, si es que la buscan, por otro camino; endureciendo
sus corazones por la soberbia, despreciarán los sacramentos,
y sobre todo la eucaristía, profanándola o alejándose
de ella... En definitiva, es la posible reprobación final
de pecadores lo que angustia al Señor, y le lleva a una tristeza
de muerte.
Como
bien señala la madre María de Jesús de Agreda,
"a este dolor llamó Su Majestad cáliz".
Y en esa angustia sin fondo pedía el Salvador a su Padre
que, "siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible,
se perdiese"... Y eso es lo que, con lágrimas y sudor
de sangre, Cristo suplica al Padre insistentemente, en una "como
altercación y contienda entre la humanidad santísima
de Cristo y la divinidad" (Mística Ciudad de Dios, 1212-1215).
La
libre ofrenda de la Cruz
Importa
mucho entender que en la cruz se entrega Cristo a la muerte libre
y voluntariamente. Otras ocasiones hubo en que quisieron prender
a Jesús, pero no lo consiguieron, "porque no había
llegado su hora" (Jn 7,30; 8,20). Así, por ejemplo,
en Nazaret, cuando querían despeñarle, pero él,
"atravesando por medio de ellos, se fue" (Lc 4,30). Ahora,
en cambio, "ha llegado su hora, la de pasar de este mundo al
Padre" (Jn 13,1). Y los evangelistas, al narrar el Prendimiento,
ponen especial cuidado en atestiguar la libertad y la voluntariedad
de la entrega que Cristo hace de sí mismo.
-Cristo
Sacerdote se acerca serenamente al altar de la cruz. En el Huerto,
recuperado por la oración de su estado espiritual agónico,
sale ya sereno, plenamente consciente, al encuentro de los que vienen
a prenderlo: conocía ciertamente que era Judas quien iba
a entregarle (Jn 13,26), y "sabía todo lo que iba a
sucederle" (18,4).
-Hasta
en el prendimiento manifiesta Cristo su poder irresistible. Sin
esconderse, Él mismo se presenta: "Yo soy [el que buscáis]".
Y al manifestar su identidad, todos caen en tierra (Jn 18,5-6).
Ese yo soy [ego eimi] en su labios es equivalente al yo soy de Yavé
en los libros antiguos de la Escritura. Y Juan se ha dado cuenta
de este misterio (+Jn 8,58; 13,19; 18,5). Los enemigos de Cristo
caen en tierra, se postran ante él en homenaje forzado, impuesto
milagrosamente por Jesús, que, antes de padecer, muestra
así un destello de su poder divino y manifiesta claramente
que su entrega a la muerte es perfectamente libre.
-Jesús
impide que le defiendan. Detiene toda acción violenta de
quien intenta protegerle con la espada, y cura la oreja herida de
Malco, el siervo del Pontífice (Jn 18,10-11). No se resiste,
pudiendo hacerlo. Y explica por qué no lo hace: "Ésta
es vuestra hora y el poder de las tinieblas" (Lc 22,53).
-Jesús
no opone resistencia. Él sabe bien, y lo afirma, que hubiera
podido pedir y conseguir del Padre "doce legiones de ángeles"
que le defendieran; pero quiere que se cumpla la providencia del
Padre. Él, que había enseñado "no resistáis
al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también
la otra" (Mt 5,39-41), practica ahora su propia doctrina.
-Jesús
calla. "Maltratado y afligido, no abrió la boca, como
cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores"
(Is 53,7). En los pasos tenebrosos que preceden a su pasión
-interrogatorios, bofetadas, azotes, burlas-, "Jesús
callaba" (ante Caifás, Mt 26,63; Pilatos, 27,14; Herodes,
Lc 23,9; Pilatos, Jn 19,9).
-Se
entrega libremente a la muerte. Es, pues, un dato fundamental para
entender la Pasión de Cristo conocer la perfecta y libre
voluntad con que realiza su entrega sacrificial a la muerte: "Yo
doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo
la doy por mí mismo" (Jn 10,17-18). Jesucristo es el
Señor, también en Getsemaní y en el Calvario,
por insondable que sea entonces su humillación y abatimiento.
-La
cruz es providencia amorosa del Padre, anunciada desde el fondo
de los siglos. Quiso Dios permitir en su providencia la atrocidad
extrema de la cruz para que en ella, finalmente, se revelara "el
amor extremo" de Cristo a los suyos (Jn 13,1), pues, ciertamente,
es en la cruz "cuando se produce la epifanía de la bondad
y el amor de Dios hacia los hombres" (Tit 3,4). No fue, pues,
la cruz un accidente lamentable, ni un fracaso de los planes de
Dios. Cristo, convencido de lo contrario, se entrega a la cruz,
con toda obediencia y sin resistencia alguna, para que "se
cumplan las Escrituras", es decir, para se realice la voluntad
providente del Padre (Mt 26,53-54.56), que es así como ha
dispuesto restaurar su gloria y procurar la salvación de
los hombres.
La
ofrenda sacrificial que Cristo hace de sí mismo produce un
estremecimiento en todo el universo, como si éste intuyera
su propia liberación, ya definitivamente decretada. Se rasga
el velo del Templo de arriba a abajo, y, eclipsado el sol, se obscurece
toda la tierra; las piedras se parten, se abren sepulcros, y hay
muertos que resucitan y se aparecen a los vivos; la muchedumbre
se vuelve del Calvario golpeándose el pecho; el centurión
y los suyos no pueden menos de reconocer: "Verdaderamente,
éste era Hijo de Dios" (Mt 27,51-53; Mc 15,38; Lc 23,44-45).
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