Resurrección de Cristo

Los relatos de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de sus apariciones (Mt 28,120; Mc 16,1-20; Lc 24; Jn 2021) ponen de relieve la desesperanza en que los discípulos quedaron hundidos tras los sucesos del Calvario. Se resisten, después, a creer en la realidad de la resurrección de Cristo, y éste hubo de "reprenderles por su incredulidad y dureza de corazón, pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado de entre los muertos" (Mc 16,14). Es el acontecimiento de la Resurrección lo que despierta y fundamenta la fe de los apóstoles. Por eso, cuando se aparece a los Once, para acabar de convencerles, come delante de ellos un trozo de pez asado (Lc 24,42).

Y otras muchas veces come con ellos (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,12-13), apareciéndoseles "durante cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios" (Hch 1,3). Pues bien, ese comer de Cristo con los discípulos les impresionó especialísimamente. En ello ven probada una y otra vez tanto la realidad del Resucitado, como la familiaridad íntima que con ellos tiene. Y así Pedro dirá en un discurso importante, asegurando las apariciones de Cristo: nosotros somos los "testigos de antemano elegidos por Dios, nosotros, que comimos y bebimos con Él después de su resurrección de entre los muertos" (Hch 10,41). La alegría pascual que caracterizaba esas comidas, de posible condición eucarística, con el Resucitado, es la alegría actual de la eucaristía cristiana.

El sacrificio de la Nueva Alianza

-Sacrificio. Jesús entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo una Alianza Nueva, con plena libertad, "entrega su vida" -su cuerpo, su sangre- para el rescate de todos los hombres (+Catecismo 1362-1372, 1544-1545). De sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser el Cordero de Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo. Que así lo entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque así lo entendieron sus apóstoles.

La enseñanza de San Pablo es en esto muy explícita: "Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave aroma" (Ef 5,2; +Rm 3,25). Es el amor, en efecto, lo que le lleva al sacrificio: "Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rm 5,8; +Gál 2,20). Y por eso ahora "en Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados" (Ef 1,7; +Col 1,20). Por tanto, "nuestro Cordero pascual, Cristo, ya ha sido inmolado" (1Cor 5,7; igual doctrina en 1Pe 1,2.9; 3,18).

San Juan, por su parte, ve en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte sacrificial "quita el pecado del mundo" (Jn 1,29.37). Según disponía la antigua ley mosaica sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue quebrado en la cruz (19,37 = Ex 12,46). Los fieles son, pues, "los que lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero" (Ap 7,14), es decir, "los que han vencido por la sangre del Cordero" (12,11). Y ese Cordero degollado, ahora, para siempre, preside ante el Padre la liturgia celestial (5,6.9.12). Así pues, el sacrificio de la vida humana de Jesús gana en la cruz la salvación para todos: "él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo" (1Jn 2,2).

-Sacrificio único y definitivo. La carta a los Hebreos, por su parte, contempla a Cristo como sumo Sacerdote, y su muerte, como el sacrificio único y supremo, en el que se establece la Nueva Alianza. En este precioso documento, anterior quizá al año 70, puede verse el primer tratado de cristología. Y en él se enseña que los antiguos sacrificios judíos -aunque establecidos por Dios, como figuras anunciadoras de la plenitud mesiánica- "nunca podían quitar los pecados", por mucho que se reiterasen (10,11), y que por eso mismo estaban llamados a desaparecer "a causa de su ineficacia e inutilidad" (7,18). Ahora, en cambio, en la plenitud de los tiempos, en la Alianza Nueva, nos ha sido dado Jesucristo, el Sacerdote santo, inocente e inmaculado (7,26-28), que siendo plenamente divino (1,1-2; 3,6) y perfectamente humano (2,11-17; 4,15; 5,8), es capaz de ofrecer una sola vez un sacrificio único, el del Calvario (9,26-28), de grandiosa y total eficacia para santificar a los creyentes (7,16-24; 9; 10,10.14).

-Sacrificio de expiación y redención. Cristo nos ha redimido con su propia sangre, sufriendo en la cruz el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. "Traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados, el castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados" (Is 53,5). De este modo nuestro Salvador ha vencido en la humanidad el pecado y la muerte, y la ha liberado de la sujeción al Demonio.

"Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y no imputándole sus delitos" (2Cor 5,19). En efecto, nosotros estábamos "muertos a causa de nuestros pecados", pero Cristo nos ha hecho "revivir con él, perdonando todas nuestros delitos, y cancelando el acta de condenación que nos era contraria, la ha quitado de en medio, clavándola en la cruz. Así fue como despojó a los principados y potestades, y los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz" (Col 2,13-15). En la cruz, efectivamente, Cristo "ha destruido por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo" (Heb 2,14), y "haciéndose Sacerdote misericordioso y fiel", de este modo misterioso e inefable, "ha expiado los pecados del pueblo" (2,17).

-Sacrificio de acción de gracias. Ahora nosotros, "rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha" (1Pe 1,18-19), tenemos un ministerio litúrgico de alegría infinita, que iniciamos en la eucaristía de este mundo, para continuarlo eternamente en el cielo, cantando la gloria de nuestro Redentor bendito:

"Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria" (Prefacio I pascual).

((Los protestantes primeros -Lutero, Zuinglio, Calvino-, reconociendo el carácter sacrificial de la cruz, niegan que la misa sea un sacrificio, porque ignoran que la eucaristía no es sino el mismo misterio de la cruz. Partiendo de ese gran error, abominan de la misa, como si fuera una superstición horrible, y del sacerdocio católico. Una de las dos o tres ideas fundamentales de la Reforma protestante es, sin duda, la extinción del sacrificio eucarístico y del sacerdocio católico.))

En el signo de la Cruz

Todo el Evangelio tiene su clave en "la doctrina de la cruz de Cristo" (1Cor 1,18). Por eso el Apóstol no presume de saber de nada, sino de "Jesucristo, y éste crucificado" (1Cor 2,2). Según ya vimos, es en la cruz donde se escribe con sangre la ley divina fundamental: cómo hay que amar a Dios y cómo hay que amar al prójimo.

Pero en la cruz se nos revela también el amor inmenso que Dios nos tiene. Es en la cruz donde se produce la suprema epifanía de Dios, que "es amor" (1Jn 4,8). Mirando a la cruz, que preside nuestras iglesias y que honra con su signo sagrado todo lo cristiano, es como nos sabemos hijos "elegidos de Dios, santos y amados" (Col 3,12). Pues, aunque sea un misterio insondable, la cruz sucedió "según los designios de la presciencia de Dios" (Hch 2,23). No fue, como ya vimos, un accidente imprevisto, ni un fracaso: fue un "mandato del Padre" (Jn 14,31), obedecido por el Hijo hasta la muerte (Flp 2,8). Todo lo relacionado con la cruz del Hijo de Dios es, sin duda, "escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos" (1Cor 1,23-24). La cruz es, en efecto, la locura del amor de Dios hacia los hombres.

"La verdad es que apenas habrá quien muera por un justo; sin embargo, pudiera ser que muriera alguno por uno bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros" (Rm 5,7-8). El Padre, en efecto, "no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros" (8,32). Este asombro de San Pablo es el mismo de San Juan: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados" (1Jn 4,9-10).

Los Padres de la Iglesia no apartan sus ojos de la cruz de Cristo, actualizada siempre en la eucaristía, y no se cansan de cantar su gloria en sus escritos y predicaciones. Ningún otro aspecto de la fe es tratado por ellos con tanta frecuencia, con tanto gozo y amor. Y no hacen en eso sino prolongar la predicación de los apóstoles: "Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en la carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí" (Gál 2,19-20). Este espíritu de los Padres, es el que ha animado a los santos de todos los tiempos. Así San Juan Crisóstomo:

"La cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe" (MG 49,396).

La cruz, aún más que la resurrección, revela que Dios es amor, y manifiesta inequívocamente el amor que nos ha tenido Dios. Esto es lo que hace de la cruz la clave indiscutible del cristianismo. La resurrección gloriosa expresa de modo formidable la divinidad de Jesucristo, su victoria sobre la muerte y el demonio, el pecado y el mundo. Pero la cruz, la sagrada y bendita cruz, es la revelación suprema de Dios, que es amor, y la prueba máxima del amor que Dios nos tiene. La misericordia de Dios con los pecadores, la solicitud paternal de su providencia, la locura del amor divino, la misteriosa naturaleza íntima del mismo Dios, se revelan ante todo y sobre todo en la cruz de Cristo, esa cruz que se actualiza en el sacrificio litúrgico de la misa. "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó [en Belén, y aún más, en el Calvario] su Unigénito Hijo" (Jn 3,16).

San Agustín exclama en sus Confesiones:

"¡Oh, cómo nos amaste, Padre bueno, que "no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por nosotros, que éramos pecadores" [Rm 8,32]! ¡Cómo nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo "no hizo alarde de ser igual a ti, sino que se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz" [+Flp 2,6]! Siendo como era el único libre entre los muertos, "tuvo poder para entregar su vida y tuvo poder para recuperarla" [+Jn 10,18]. Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote, precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos...

"Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mi miseria, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad; pero tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: "Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos" [1Cor 5,75].

"He aquí, pues, Señor, que arrojo ya en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda "contemplar las maravillas de tu voluntad" [Sal 118,18]. Tú conoces mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, "en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" [Col 2,3], me redimió con su sangre. "No me opriman los insolentes" [Sal 118,122], porque yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo distribuyo, y aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que comen de él y son saciados por él. "Y alabarán al Señor los que le buscan" [Sal 21,27]" (Confesiones X,43,69-70).

La cruz del Señor, actualizada cada día en la eucaristía, es el sello de garantía de todo lo cristiano. Lo que no está marcado por su gloriosa huella es sin duda una falsificación del cristianismo. No es posible ser discípulo de Cristo, no es posible seguirle, sin tomar cada día la cruz (Lc 14,27). El verdadero camino evangélico, que lleva a la vida y a la alegría, es un camino estrecho, que pasa por una puerta angosta (Mt 7,13-14).

La Iglesia que "no se avergüenza del Evangelio" (+Rm 1,16; 2Tim 1,8) es la que se gloría siempre en la cruz de Cristo (Gál 6,14), y no en otras cosas. Es la que en su fe, predicación y espiritualidad permanece fielmente centrada en la Cruz sagrada, de donde procede toda salvación, honor y gracia. En tal Iglesia no se requieren grandes explicaciones sobre la eucaristía. Pocas palabras bastan para introducir en el misterio de su liturgia. Por el contrario, allí donde prevalezcan "los enemigos de la cruz de Cristo" (Flp 3,18), allí donde se va dejando de lado la Pasión redentora, para centrar la atención de los cristianos en temas "más positivos", la eucaristía resulta ininteligible. Y entonces, de poco le servirán al pueblo cristiano las explicaciones sobre la liturgia eucarística, por minuciosas y pedagógicas que sean. Alejado de la Cruz, el pueblo ha ido perdiendo la inteligencia de la fe.

Stabat Mater dolorosa juxta Crucem lacrimosa

No hemos de terminar esta breve evocación de la Pasión sin decir que en el mismo centro del Misterio Pascual está la Virgen María: "junto a la cruz de Jesús estaba su madre" (Jn 19,25). Ella se une tan indeciblemente a Cristo por el amor, que durante la Pasión puede decirse que es insultada, tentada por el demonio, abandonada por los discípulos, azotada y despreciada, y que, como su Hijo, ella también sufre pavor y angustia, pensando sobre todo en la posible suerte de los réprobos. Finalmente, la lanza del soldado, más que a Cristo, ya muerto e impasible, la atraviesa a ella, que está viva, aunque medio muerta por la pena.

Se han cumplido, pues, aquellas palabras proféticas que Simeón, con el niño Jesús en sus brazos, "dijo a María, su madre: Mira, éste está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para señal de contradicción; mientras que a ti una espada te atravesará el corazón" (Lc 2,34-35).

La pasión de la Virgen María es, pues, parte integrante del Misterio Pascual y, por tanto, de la santa misa, que lo actualiza bajo los velos de la liturgia (+Catecismo 964).

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