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I.
Ritos iniciales
-Canto de entrada -Veneración del altar -La Trinidad y la
Cruz -Saludo -Acto penitencial -Señor, ten piedad -Gloria
a Dios -Oración colecta.
Canto de entrada
Ya en el siglo V, en Roma, se inicia la eucaristía con una
procesión de entrada, acompañada por un canto. Hoy,
como entonces, "el fin de este canto es abrir la celebración,
fomentar la unión de quienes se han reunido, y elevar sus
pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico
o de la fiesta" (OGMR 25).
Nótese que en las celebraciones solemnes de la eucaristía
puede haber tres procesiones hacia el altar: ésta, en la
entrada; la que se realiza al ir a presentar los dones en el ofertorio;
y la de la comunión.
Veneración del altar
El altar es, durante la celebración eucarística, el
símbolo principal de Cristo. Del Señor dice la liturgia
que es para nosotros "sacerdote, víctima y altar"
(Pref. pascual V). Y evocando, al mismo tiempo, la última
Cena, el altar es también, como dice San Pablo, "la
mesa del Señor" (1Cor 10,21).
Por eso, ya desde el inicio de la misa, el altar es honrado con
signos de suma veneración: "cuando han llegado al altar,
el sacerdote y los ministros hacen la debida reverencia, es decir,
inclinación profunda... El sacerdote sube al altar y lo venera
con un beso. Luego, según la oportunidad, inciensa el altar
rodeándolo completamente" (OGMR 84-85).
El pueblo cristiano debe unirse espiritualmente a éstos y
a todos los gestos y acciones que el sacerdote, como presidente
de la comunidad, realiza a lo largo de la misa. En ningún
momento de la misa deben los fieles quedarse como espectadores distantes,
no comprometidos con lo que el sacerdote dice o hace. El sacerdote,
"obrando como en persona de Cristo cabeza" (PO 2c), encabeza
en la eucaristía las acciones del Cuerpo de Cristo; pero
el pueblo congregado, el cuerpo, en todo momento ha de unirse a
las acciones de la cabeza. A todas.
La Trinidad y la Cruz
"En el nombre del Padre, + y del Hijo, y del Espíritu
Santo". Con este formidable Nombre trinitario, infinitamente
grandioso, por el que fue creado el mundo, y por el que nosotros
nacimos en el bautismo a la vida divina, se inicia la celebración
eucarística. Los cristianos, en efecto, somos los que "invocamos
el nombre del Señor" (+Gén 4,26; Mc 9,3). Y lo
hacemos ahora, trazando sobre nosotros el signo de la Cruz, de esa
Cruz que va a actualizarse en la misa. No se puede empezar mejor.
El pueblo responde: "Amén". Y Dios quiera que esta
respuesta -y todas las propias de la comunidad eclesial congregada-
no sea un murmullo tímido, apenas formulado con la mente
ausente, sino una voz firme y clara, que expresa con fuerza un espíritu
unánime. Pero veamos el significado de esta palabra.
Amén
La palabra Amén es quizá la aclamación litúrgica
principal de la liturgia cristiana. El término Amén
procede de la Antiguo Alianza: "Los levitas alzarán
la voz, y en voz alta dirán a todos los hombres de Israel...
Y todo el pueblo responderá diciendo: Amén" (Dt
27,15-26; +1Crón 16,36; Neh 8,6). Según los diversos
contextos, Amén significa, pues: "Así es, ésa
es la verdad, así sea". Por ejemplo, las cuatro primeras
partes del salterio terminan con esa expresión: "Bendito
el Señor, Dios de Israel: Amén, amén"
(Sal 40,14; +71,19; 88,53; 105,48).
Pues bien, en la Nueva Alianza sigue resonando el Amén antiguo.
Es la aclamación característica de la liturgia celestial
(+Ap 3,14; 5,14; 7,11-12; 19,4), y en la tradición cristiana
conserva todo su antiquísimo vigor expresivo (+1Cor 14,16;
2Cor 1,20). En efecto, el pueblo cristiano culmina la recitación
del Credo o del Gloria con el término Amén, y con
él responde también a las oraciones presidenciales
que en la misa recita el sacerdote, concretamente a las tres oraciones
variables -colecta, ofertorio y postcomunión- y especialmente
a la doxología final solemnísima, con la que se concluye
la gran plegaria eucarística. Y cuando el sacerdote en la
comunión presenta la sagrada hostia, diciendo "El cuerpo
de Cristo", el fiel responde Amén: "Sí,
ésa es la verdad, ésa es la fe de la Iglesia".
Saludo
El Señor nos lo aseguró: "Donde dos o tres están
congregados en mi Nombre, allí estoy yo presente en medio
de ellos" (Mt 18,19). Y esta presencia misteriosa del Resucitado
entre los suyos se cumple especialmente en la asamblea eucarística.
Por eso el saludo inicial del sacerdote, en sus diversas fórmulas,
afirma y expresa esa maravillosa realidad:
-"El Señor esté con vosotros" (+Rut 2,4;
2Tes 3,16)... "La gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos vosotros" (2Cor 13,13)...
-"Y con tu espíritu".
"La finalidad de estos ritos [iniciales] es hacer que los fieles
reunidos constituyan una comunidad, y se dispongan a oír
como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la eucaristía"
(OGMR 24).
Acto penitencial
Moisés, antes de acercarse a la zarza ardiente, antes de
entrar en la Presencia divina, ha de descalzarse, porque entra en
una tierra sagrada (+Ex 3,5). Y nosotros, los cristianos, antes
que nada, "para celebrar dignamente estos sagrados misterios",
debemos solicitar de Dios primero el perdón de nuestras culpas.
Hemos de tener clara conciencia de que, cuando vamos a entrar en
la Presencia divina, cuando llevamos la ofrenda ante el altar (+Mt
5,23-25), debemos examinar previamente nuestra conciencia ante el
Señor (1Cor 11,28), y pedir su perdón. "Los limpios
de corazón verán a Dios" (Mt 5,8).
Este acto penitencial, que puede realizarse según diversas
fórmulas, ya estaba en uso a fines del siglo I, según
el relato de la Didaqué: "Reunidos cada día del
Señor, partid el pan y dad gracias, después de haber
confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea
puro" (14,1). Antiguamente, el acto penitencial era realizado
sólamente por los ministros celebrantes. Y por primera vez
este acto se hace comunitario en el Misal de Pablo VI. En las misas
dominicales, especialmente en el tiempo pascual, puede convenir
que la aspersión del agua bendita, evocando el bautismo,
dé especial solemnidad a este rito penitencial.
-"Yo confieso, ante Dios todopoderoso"... A veces, con
malevolencia, se acusa de pecadores a los cristianos piadosos, "a
pesar de ir tanto a misa"... Pues bien, los que frecuentamos
la eucaristía hemos de ser los más convencidos de
esa condición nuestra de pecadores, que en la misa precisamente
confesamos: "por mi gran culpa". Y por eso justamente,
porque nos sabemos pecadores, por eso frecuentamos la eucaristía,
y comenzamos su celebración con la más humilde petición
de perdón a Dios, el único que puede quitarnos de
la conciencia la mancha indeleble y tantas veces horrible de nuestros
pecados. Y para recibir ese perdón, pedimos también
"a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles,
a los santos y a vosotros, hermanos", que intercedan por nosotros.
-"Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone
nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna". Esta hermosa
fórmula litúrgica, que dice el sacerdote, no absuelve
de todos los pecados con la eficacia ex opere operato propia del
sacramento de la penitencia. Tiene más bien un sentido deprecativo,
de tal modo que, por la mediación suplicante de la Iglesia
y por los actos personales de quienes asisten a la eucaristía,
perdona los pecados leves de cada día, guardando así
a los fieles de caer en culpas más graves. Por lo demás,
en otros momentos de la misa -el Gloria, el Padrenuestro, el No
soy digno- se suplica también, y se obtiene, el perdón
de Dios.
El Catecismo enseña que "la eucaristía no puede
unirnos [más] a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de
los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados" (1393).
"Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida
de fuerzas, la eucaristía fortelece la caridad que, en la
vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada
borra los pecados veniales (+Conc. Trento). Dándose a nosotros,
Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos
desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él"
(1394). Así pues, "por la misma caridad que enciende
en nosotros, la eucaristía nos preserva de futuros pecados
mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y
más progresamos en su amistad, tanto más dificil se
nos hará romper con él por el pecado mortal. La eucaristía
[sin embargo] no está ordenada al perdón de los pecados
mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación.
Lo propio de la eucaristía es ser el sacramento de los que
están en plena comunión con la Iglesia" (1395).
En este sentido, "nadie, consciente de pecado mortal, por contrito
que se crea, se acerque a la sagrada eucaristía, sin que
haya precedido la confesión sacramental. Pero si se da una
necesidad urgente y no hay suficientes confesores, emita primero
un acto de contrición perfecta" (Eucharisticum mysterium
35), antes de recibir el Pan de vida.
Señor, ten piedad
Con frecuencia los Evangelios nos muestran personas que invocan
a Cristo, como Señor, solicitando su piedad: así la
cananea, "Señor, Hijo de David, ten compasión
de mí" (Mt 15,22); los ciegos de Jericó, "Señor,
ten compasión de nosotros" (20,30-31) o aquellos diez
leprosos (Lc 17,13).
En este sentido, los Kyrie eleison (Señor, ten piedad), pidiendo
seis veces la piedad de Cristo, en cuanto Señor, son por
una parte prolongación del acto penitencial precedente; pero
por otra, son también proclamación gozosa de Cristo,
como Señor del universo, y en este sentido vienen a ser prólogo
del Gloria que sigue luego. En efecto, Cristo, por nosotros, se
anonadó, obediente hasta la muerte de cruz, y ahora, después
de su resurrección, "toda lengua ha de confesar que
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre" (+Flp
2,3-11).
Es muy antigua la inserción, en una u otra forma, de los
Kyrie en la liturgia. Hacia el 390, la peregrina gallega Egeria,
en su Diario de peregrinación, describe estas aclamaciones
en la iglesia de la Resurrección, en Jerusalén, durante
el oficio lucernario: "un diácono va leyendo las intenciones,
y los niños que están allí, muy numerosos,
responden siempre Kyrie eleison. Sus voces forman un eco interminable"
(XXIV,4).
Gloria a Dios
El Gloria, la grandiosa doxología trinitaria, es un himno
bellísimo de origen griego, que ya en el siglo IV pasó
a Occidente. Constituye, sin duda, una de las composiciones líricas
más hermosas de la liturgia cristiana.
"Es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia,
congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y
al Cordero, y le presenta sus súplicas... Se canta o se recita
los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en
las solemnidades y en las fiestas y en algunas peculiares celebraciones
más solmenes" (OGMR 31).
Esta gran oración es rezada o cantada juntamente por el sacerdote
y el pueblo. Su inspiración primera viene dada por el canto
de los ángeles sobre el portal de Belén: Gloria a
Dios, y paz a los hombres (Lc 2,14). Comienza este himno, claramente
trinitario, por cantar con entusiasmo al Padre, "por tu inmensa
gloria", acumulando reiterativamente fórmulas de extrema
reverencia y devoción. Sigue cantando a Jesucristo, "Cordero
de Dios, Hijo del Padre", de quien suplica tres veces piedad
y misericordia. Y concluye invocando al Espíritu Santo, que
vive "en la gloria de Dios Padre".
¿Podrá resignarse un cristiano a recitar habitualmente
este himno tan grandioso con la mente ausente?...
Oración colecta
Para participar bien en la misa es fundamental que esté viva
la convicción de que es Cristo glorioso el protagonista principal
de las oraciones litúrgicas de la Iglesia. El sacerdote es
en la misa quien pronuncia las oraciones, pero el orante principal,
invisible y quizá inadvertido para tantos, "¡es
el Señor!" (Jn 21,7). En efecto, la oración de
la Iglesia en la eucaristía, lo mismo que en las Horas litúrgicas,
es sin duda "la oración de Cristo con su cuerpo al Padre"
(SC 84). Dichosos, pues, nosotros, que en la liturgia de la Iglesia
podemos orar al Padre encabezados por el mismo Cristo. Así
se cumple aquello de San Pablo: "El mismo Espíritu viene
en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo
que nos conviene; él mismo ora en nosotros con gemidos inefables"
(Rm 8,26).
De las tres oraciones variables de la misa -colecta, ofertorio,
postcomunión-, la colecta es la más solemne, y normalmente
la más rica de contenido. Y de las tres, es la única
que termina con una doxología trinitaria completa. El sacerdote
la reza -como antiguamente todo el pueblo- con las manos extendidas,
el gesto orante tradicional.
La palabra collecta procede quizá de que esta oración
se decía una vez que el pueblo se había reunido -colligere,
reunir- para la misa. O quizá venga de que en esta oración
el sacerdote resume, colecciona, las intenciones privadas de los
fieles orantes. En todo caso, su origen en la eucaristía
es muy antiguo.
Veamos una que puede servir como ejemplo:
/ "Oh Dios, fuente de todo bien, /escucha sin cesar nuestras
súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar
lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. / Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del
Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. -Amén".
La oración, llena de concisión, profundidad y belleza,
se inicia / invocando al Padre celestial, y evocando normalmente
alguno de sus principales atributos divinos. En seguida, apoyándose
en la anterior premisa de alabanza, viene / la súplica, en
plural, por supuesto. Y la oración concluye apoyándose
en / la mediación salvífica de Cristo, el Hijo Salvador,
y en el amor del Espíritu Santo. Ésa suele ser la
forma general de todas estas oraciones.
Otros ejemplos. "Padre de bondad, que por la gracia de la adopción
nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de
las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de
la verdad. Por nuestro Señor, etc." (dom. 13 T.O.).
"Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es
fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia,
para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos
de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por
nuestro Señor, etc." (dom. 17 T.O.).
Gran parte de las colectas tienen origen muy antiguo, y las más
bellas proceden de la edad patrística. Vienen, pues, resonando
en la Iglesia desde hace muchos siglos. Cada una suele ser una micro-catequesis
implícita, y de ellas concretamente podría extraerse
la más preciosa doctrina católica sobre la gracia.
¿Será posible, también, que muchas veces el
pueblo conceda su Amén a oraciones tan grandiosas sin haberse
enterado apenas de lo dicho por el sacerdote? Efectivamente. Y no
sólo es posible, sino probable, si el sacerdote pronuncia
deprisa y mal, y, sobre todo, si los fieles no hacen uso de un Misal
manual que, antes o después de la misa, les facilite enterarse
de las maravillosas oraciones y lecturas que en ella se hacen.
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