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VIERNES 01 DE AGOSTO
LECTURAS: JER 26, 1-9; SAL 68; MT 13, 54-58
Jer. 26, 1-9. La Liturgia es la acción sagrada por excelencia
de la Iglesia. Mediante ella Dios entra en una relación personal
e íntima con nosotros, y nosotros con Él. Sin embargo
el lugar de culto no es algo mágico que esté entre
nosotros como para pensar que ahí encontraremos la solución
a todos nuestros problemas al margen de nuestras propias responsabilidades.
No podemos decir que seremos gratos al Señor sólo
por ofrecerle un culto vacío de amor y de un verdadero compromiso
con el Reino de Dios.
Entrar en una relación de fe auténtica con nuestro
Dios y Padre nos ha de llevar a vivir totalmente comprometidos en
hacer presente al Señor entre nosotros, por medio de su Iglesia,
con el mismo amor que nos ha sido manifestado en su Hijo Jesús.
Quien ha perdido la fe no es sólo el que se confiesa ateo,
sino también aquel que tal vez acuda al culto, pero cierre
sus oídos para evitar que la Palabra de Dios le transforme,
y le ponga en camino de servicio en el amor fraterno hacia todos
aquellos que necesitan del perdón, de la salvación
o de la solidaridad de alguien en las diversas necesidades que padecen.
Ojalá y al final no se nos desmorone y se nos escape de las
manos la salvación a causa de no haber vivido nuestra fe
en un auténtico amor comprometido, no sólo hacia Dios,
sino también hacia nuestro prójimo.
Sal. 69 (68). Quien se decida por anunciar el Evangelio como testigo
del mismo, trabajando para que, conforme al designio salvador de
Dios, llegue a todos el perdón y la paz, encontrará
grandes dificultades, que tendrá que padecer por el mismo
Evangelio. A veces tal vez al apóstol le llegue la tentación
de pedir no sólo la protección, sino incluso la venganza
de parte de Dios. Sin embargo, puestos en manos de Dios sabremos
que Dios estará siempre de nuestra parte como poderoso protector,
y no dejará sin amparo a sus amigos, ni dejará que
sufran la corrupción. Vivamos llenos de paz, sabiendo que
trabajamos para el Dueño de la viña.
Teniendo a Dios de nuestra parte estamos seguros de que es nuestra
la herencia que Él ha prometido a los que le aman y le viven
fieles.
Mt. 13, 54-58. Pareciera que a veces sólo fuesen dignos
de confianza y de ser escuchados como enviados de Dios aquellos
que ostentan algún título, o que pertenecen a familias
de alcurnia económica. Los de origen sencillo y pobre pareciera
que muchas veces estuviesen condenados al ostracismo, a ser despreciados
y a volverse ocasión de mofa para los demás. Jesús
fue despreciado en su tierra por no pertenecer al grupo de los maestros
de Israel, por no ser un Rabí. Despreciado por provenir de
una familia pobre, humilde, sencilla.
Es el hijo del carpintero, y su madre y hermanos y hermanas son
bien conocidos por los del pueblo. ¿Qué caso tiene
ir tras de alguien sobre el que se levantan muchas sospechas sobre
el origen de su sabiduría y de sus poderes milagrosos? ¿Cómo
va a ser el Mesías alguien a quien conocemos desde pequeño?
Negarse a creer en Cristo no está sólo significando
la incredulidad de la mayoría de los judíos, sino
la de todos aquellos que, por evitar un compromiso de fe con el
Señor, prefieren continuar lejos de Él para evitar
el ser cuestionados ante las propias actitudes pecaminosas. No seamos
de aquellos de los que san Juan nos dice: Vino a los suyos y los
suyos no lo recibieron.
El Señor nos reúne en torno suyo en esta celebración
Eucarística, no para celebrar un rito mágico, sino
para que renovemos ante Él nuestra Alianza de amor, y volvamos
a hacer nuestro el compromiso de proclamar su Evangelio y construir
su Reino entre nosotros. El Señor a nadie de nosotros rechaza,
ni tiene preferencia por alguna persona o por algún grupo.
Más aún, a aquellos que se puedan creer puros y santos
los quiere más comprometidos en la salvación de sus
hermanos y en el esfuerzo por devolverles su dignidad.
No es la ciencia humana, que muchas veces hincha a la persona, lo
que le dará eficacia a la acción pastoral de la Iglesia.
Es Cristo, con quien entramos en contacto; es Cristo que nos da
su Vida y su Espíritu. Es Él, que continúa
realizando su obra salvadora en la historia de nuestro mundo por
medio de su Iglesia. A la par del ilustrarnos y profundizar en la
Palabra de Dios y en el Misterio Pascual de Cristo, que hoy celebramos,
debemos tener la apertura suficiente al Espíritu de Dios
para dejarnos conducir por Él, pues no somos nosotros sino
el Señor quien realiza su obra de salvación en nosotros,
y por medio nuestro en el mundo entero, ya que sólo somos
débiles instrumentos en sus manos y fieles siervos suyos.
A pesar de que muchas veces la gente que nos conozca nos rechace,
no podemos cerrarnos al anuncio y testimonio del Evangelio. El Señor
ha encendido en nosotros la Luz de su amor, de su misericordia y
de su gracia, y no podemos querer ocultarla cobardemente bajo nuestros
miedos y temores, pues no hemos recibido un espíritu de cobardía,
sino al Espíritu de Dios que amándonos a todos, quiere
que todos nos salvemos y lleguemos al pleno conocimiento de la Verdad.
Quienes nos reconocemos pecadores acudimos al Señor para
recibir de Él su perdón. Sólo quien se ha sentido
comprendido, amado y perdonado por Dios puede convertirse en testigo
de Él en el mundo. Quien se siente puro, quien piensa que
Dios lo ha consagrado y lo ha alejado del mundo, vivirá aislado
de todos; tal vez condenando a los pecadores, con una gran incapacidad
de amar y de salvar. Debemos sentirnos pobres y necesitados de Dios
para poder comprender la fragilidad de nuestro prójimo, y
saber luchar para que también Él alcance la salvación
que Dios ofrece a todos sin distinción.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ser portadores de su amor y de su gracia al mundo entero, sin
hacer entre nosotros distinciones inútiles, sino buscando
el bien de todos como el Señor lo ha hecho para con todos.
Amén.
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