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MARTES 01 DE JULIO
LECTURAS: AM 3, 1-8; 4, 11-12; SAL 5; MT 8, 23-27
Am. 3, 1-8; 4, 1-12. Nuestro Dios nos ha elegido a nosotros, en
Cristo Jesús, no sólo para que seamos su Pueblo Santo,
sino para que seamos sus hijos. Él nos conoce aún
antes de habernos creado; y a pesar de nuestra fragilidad o de nuestros
pecados, Él nos ha recibido para hacernos partícipes
de su misma Vida y de su mismo Espíritu. Sin embargo espera
de nosotros una respuesta positiva al amor que nos tiene, y con
gran paciencia nos va impulsando para que, a través de una
continua conversión en que vaya quedando atrás nuestra
autosuficiencia, podamos permitirle que cada día nos conforme
a la imagen de su propio Hijo, hasta que lleguemos a la perfección
a la que hemos sido llamados: ser perfectos, como el Padre Dios
es perfecto.
Dios jamás se hará cómplice de nuestras maldades
e injusticias. Su amor es exigente. Por eso, cuando con toda libertad
le decimos sí a ese amor, debemos ser conscientes de que
no podemos vivir como hipócritas en su presencia; y antes
de que Él nos llame a juicio, nosotros mismos hemos de juzgarnos
para saber qué es lo que debemos corregir, no tanto con nuestras
débiles fuerzas, sino con la Fuerza del Espíritu de
Dios, que hemos de invocar todos los días en favor nuestro.
Sólo así podremos darle un nuevo rumbo a nuestra historia,
pues la Iglesia, como fiel discípula de su Señor,
manifestará cada día con sus obras, con mayor claridad
y pureza de corazón, el amor salvador de Dios a toda la humanidad.
Sal. 5. ¿A quién acudiremos para que escuche nuestra
voz y atienda nuestras plegarias?
Muchas veces hemos sido víctimas de grandes engaños,
y nuestras ilusiones se ha derrumbado ante gente corrupta que no
supo valorarnos suficientemente como personas, sino sólo
como un banquillo para subir más alto a costa de nuestro
dolor y dignidad, destruida por sus egoísmos o egolatría.
Engaños en la vida familiar, engaños en la amistad,
engaños en la vida pública, engaños en la vida
religiosa.
Los que creemos en Cristo Jesús estamos llamados a vivir
con honestidad nuestra capacidad de amar y de servir a los demás.
Por eso cuando acudimos al Señor no lo hacemos con el afán
de encontrar refugio en Él, sino de encontrar el camino que
nos haga vivir con toda lealtad nuestra fe, convertidos en signos
de su amor, de su verdad y de su entrega para todos nuestros hermanos.
Postrémonos con toda reverencia ante el Señor no sólo
para adorarlo, sino para escuchar su Palabra y dejarla encarnarse
en nosotros por obra del Espíritu Santo, de tal forma que
desde nosotros el Señor, a quien vivimos unidos como los
miembros a la Cabeza, continúe su obra salvadora en el mundo.
Mt. 8, 23-27. Jesús se sube a una barca, seguido por sus
discípulos. Se encamina hacia la otra orilla, la región
de los gadarenos, territorio considerado maldito por los judíos,
pues por ser paganos, se piensa que incluso ahí vive el demonio.
Hasta la naturaleza, dominada por las fuerzas del mal, trata de
impedir que Jesús llegue a ese territorio. Pero el Señor
manifiesta su poder ordenando al viento y al mar que queden en paz
y ordenados. Es como el anuncio de una nueva creación, donde
el Señor pone orden en el caos inicial y crea un mundo para
ponerlo en manos del hombre. Así el Señor viene a
realizar su obra de salvación en nosotros y a poner su Gracia,
con gran confianza, en manos de quienes le aceptan por medio de
la fe, para que esa Buena Nueva de la Salvación de Dios,
llegue a todos, hasta el último rincón de la tierra.
En medio de las tormentas de persecución y de muerte que
podrían levantarse en contra de quienes hemos decidido seguir
a Jesús, no podemos perder la fe en Él. Ciertamente
Él no se olvida de su Iglesia; Él va con nosotros.
Pero quiere que ahora nosotros vivamos nuestra responsabilidad ante
una fe que debe ir madurando, no para trabajar al margen de Cristo,
sino para ser colaboradores suyos, guiados por su Espíritu
y sin cobardías ante el riesgo, incluso, de dar nuestra vida
por su Evangelio.
La Eucaristía que nos reúne en este día en
torno al Señor, que por salvarnos entregó su vida
clavado en una cruz, nos recuerda que, si queremos entrar en comunión
de vida con Él, tenemos que aprender a subirnos a la misma
barca en que el ha ido. Debemos, por tanto, que tomar nuestra cruz
de cada día y seguirlo y, aún en los momentos más
difíciles, aún en medio de las tormentas de persecución
en contra nuestra, debemos seguir teniendo fija la mirada en Jesús,
autor y consumador de nuestra salvación, sabiendo que no
dejará que las fuerzas del mal prevalezcan sobre su Iglesia.
Aquel que ha aceptado la salvación de Dios en su propia
vida se siente urgido por el amor del mismo Dios a dar a conocer
a los demás lo misericordioso que el Señor ha sido
con él; pero además vivirá unido a Cristo y
a la Iglesia mediante el culto, no para satisfacer sus sentimentalismos,
sino para encontrarse personalmente con Él y retomar, siempre
con nuevas fuerzas, el compromiso, la alianza de amor fiel con Dios
y con la misión confiada.
Pero no todo ha de quedar ahí; es necesario que la vida de
fe se manifieste en acciones sociales concretas nacidas de la caridad
que impulsa al cristiano a servir, a socorrer y a fortalecer al
necesitado. Sólo entonces podremos decir que vivimos como
personas sin miedos ante el compromiso que tenemos de amar como
nosotros mismos hemos sido amados por Dios.
Cristo nos pide trabajar esforzadamente para ayudar a que nuestro
prójimo se ponga a salvo del pecado, acogiéndose a
la Misericordia Divina. No podemos, por tanto, quedarnos en una
vida de fe que se enciende en el templo y después se cubre
con la cobardía venida del miedo a ser criticados, perseguidos
e incluso crucificados. Tenemos que vivir bajo la fuerza del Espíritu
y dejarnos guiar por Él, para poder, así, ser auténticamente
discípulos de Cristo y testigos vivos de su Evangelio.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de vivir con gran entrega y fidelidad nuestro compromiso de fe en
Él, dando testimonio de que Él está en nosotros,
y de que, desde nosotros, continúa salvando a toda la humanidad.
Amén.
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