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LUNES 01 DE SEPTIEMBRE
LECTURAS: 1COR 2, 1-5; SAL 118; LC 4, 16-30
1Cor. 2, 1-5. El anuncio del Evangelio de salvación es la
obra que el Espíritu Santo realiza por medio de la Iglesia.
Él no sólo nos conduce hacia la verdad plena para
que podamos proclamar las maravillas de Dios, sino que también
Él es el que abre los corazones de los oyentes para que la
Palabra, como una buena semilla, caiga en un buen terreno y llegue
a producir abundantes frutos de salvación.
Tal vez nosotros mismos nos encontremos en algunas situaciones embarazosas,
donde nos sintamos débiles, asustados y temblando de miedo;
sin embargo la eficacia salvadora del Evangelio no depende de la
autoridad humana, ni del anuncio hecho conforme a la ciencia humana.
Nosotros aportamos lo nuestro, hecho con gran amor y en la medida
de nuestras posibilidades y capacidades; más aún:
en la medida de la experiencia personal que tenemos de Cristo y
de su Evangelio.
La eficacia salvadora no depende sino del Espíritu Santo,
que la hace eficaz en el Evangelizador y en el Evangelizado. Por
eso no vamos con temor ni temblor, sino con la confianza de que
es Dios quien continúa su obra salvadora por medio de su
Iglesia. En Él confiamos y a Él reportamos todos los
frutos de la acción evangelizadora de nuestra Comunidad de
fe.
Sal. 119 (118). Dejémonos instruir por el Señor.
¿Podremos llegar a ser más sabios y doctos a los pies
de algún otro maestro? ¿Podremos vivir conforme a
enseñanzas mejores venidas de alguna otra persona? Dios,
creador de todo, no sólo posee la Sabiduría y la Inteligencia;
Él mismo es la Sabiduría y la Inteligencia, convirtiéndose
en fuente de las mismas para nosotros. Los que creemos en Él
y meditamos su Palabra, y la dejamos encarnarse en nosotros, ciertamente
alcanzaremos una ciencia y sabiduría superiores a las de
cualquier otro que no se haya dejado instruir por el Señor.
Pero no basta llenar nuestra cabeza de ciencia; es necesario que
esa Palabra sea eficaz en nosotros mismos; no sea que, de lo contrario,
vayamos a ser dignos de la reprensión de Cristo: este pueblo
me honra con los labios, pero su corazón está lejos
de mí.
Lc. 4, 16-30. Jesús, el Hijo y Enviado del Padre, es la
Palabra Salvadora que Él pronuncia para la humanidad entera
mediante sus palabras, sus obras y su vida misma. En Cristo Dios
se ha hecho cercano a nosotros. Y no importan nuestras pobrezas,
limitaciones y pecados. Él ha venido como el médico
que sana a los enfermos, y no sólo como el profeta, sino
como la Palabra misma que nos invita a la conversión y nos
hace sentir el amor que Dios, nuestro Padre, nos tiene.
A través de la historia Él continúa realizando
esta obra en el mundo por medio de su Iglesia. Todos estamos llamados
a dar testimonio de nuestra fe. Todos hemos de hacer cercano a Dios
a los demás con todo su amor y con todo su poder salvador.
Sabiendo que le pertenecemos a Cristo no hemos de cerrar nuestros
oídos para escucharlo, ni nuestro corazón para recibirlo
cuando llega a nosotros por medio de signos externamente demasiado
pobres y frágiles, pues no somos nosotros sino el Señor
el autor de nuestra salvación. Entonces, junto con san Pablo,
podremos decir: Cuando yo soy débil el Señor es fuerte
en mí.
Hoy se ha cumplido esta Palabra que hemos escuchado. Hoy el Señor
proclama su Palabra para que sea recibida en nosotros y produzca
abundantes frutos de salvación. Hoy el Señor entrega
su vida para el perdón de nuestros pecados y resucita para
que nosotros tengamos vida nueva. Este es el año de gracia
en que el esclavo recupera su libertad y vuelve a casa, a la Casa
del Padre Dios, ya no como siervo, sino como hijo. Hoy el Señor,
despojado de todo y convertido en Pan se hace alimento de Vida eterna
para quienes entramos en comunión de vida con Él.
Aprovechemos intensamente este tiempo de gracia del Señor
para que en verdad su salvación se haga realidad en nosotros,
para que vivamos como una comunidad de fe y de hermanos unidos por
el amor que procede de Dios. Si el Espíritu de Dios está
sobre nosotros dejemos que día a día nos vaya transformando
en hijos de Dios cada vez más perfectos en Cristo Jesús.
Si el Espíritu de Dios está sobre nosotros, no es
sólo para que demos culto al Señor, sino para que
nos pongamos al servicio de nuestro prójimo. A nosotros corresponde,
impulsados por el mismo Espíritu que impulsó a Cristo,
hacer llegar la Buena Nueva de salvación a los pobres, a
los desposeídos, a los que viven envueltos en la maldad y
dominados por el pecado. Y junto con la liberación interior,
hemos de ser portadores de la liberación de las esclavitudes
generadas por la injusticia, por la pobreza que pone a las personas
al servicio de los poderosos como si fueran sus esclavos, mal pagados
y muertos de hambre.
El Año de Gracia del Señor concluirá en la
segunda venida del Señor al final del tiempo. Por eso nosotros,
que somos su Iglesia, hemos de continuar la obra salvadora del Señor.
Más allá de entrar, por lo menos cada ocho días,
al templo para dar culto al Señor, debemos asumir el compromiso
evangelizador que nace de nuestro encuentro con Dios. Y sin importar
el convertirnos en blanco de persecuciones, de críticas y
de peligros de muerte, hemos de continuar dando testimonio del Señor,
colaborando así en la conducción de todos hacia Cristo
para encontrar en Él el amor, el perdón y la salvación.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo
para trabajar, constantemente y sin desfallecer, por el Reino de
Dios entre nosotros. Amén.
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