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SÁBADO 02 AGOSTO
LECTURAS: JER 26, 11-16. 24; SAL 68; MT 14, 1-12
Jer. 26, 11-16. 24. Jeremías había invitado al Pueblo
de Dios a la conversión. Había indicado que un culto
dado a Dios con las manos manchadas por las maldades y los crímenes,
era un culto vacío, del cual Dios retiraba la mirada. Había
indicado la necesidad de volver a Dios antes de que la ciudad y
el templo fueran destruidos a causa de la maldad de sus habitantes,
de sus autoridades y de los sacerdotes. Y los Sacerdotes y profetas
acusan a Jeremías de contradecir tan claramente los oráculos
anteriores de Dios sobre Jerusalén, y las promesas de felicidad
y bendiciones para sus habitantes.
Pero Jeremías no tiene miedo en confesarse profeta de Dios,
portador de su Palabra. Mientras no haya una conversión sincera
sólo se pueden esperar desgracias. Si, finalmente, se asesina
al Profeta se estará levantando uno contra el mismo Dios
acabando con sus enviados; y la sangre del inocente estará
clamando venganza al cielo.
El Señor nos invita a abrir nuestro corazón para que
Aquel que es la Palabra encarnada, Cristo Jesús, realmente
habite en nosotros, y, después de una sincera conversión,
nosotros vayamos transformándonos en Él como hijos
de Dios. Quien lo rechace estará poniendo en grave riesgo
su propia salvación.
En la Sangre de Cristo nosotros encontramos la salvación;
ojalá y no encontremos condenación no sólo
por rechazarlo, sino por ser causantes de su muerte y decidirnos
equivocadamente a caminar al margen del Señor.
Sal. 69 (68). En medio de las tribulaciones y persecuciones, sufridas
por Cristo y su Evangelio, jamás dejemos de confiar en Dios,
que es Aquel que nos ha encomendado el Evangelio de la Gracia para
hacerlo llegar hasta el último rincón de la tierra.
Dios siempre estará de parte de sus enviados y no dejará
que sufran la corrupción. Ya Jesús nos ha indicado:
En el mundo tendrán tribulaciones, pero ¡cobren ánimo!
yo he vencido al mundo.
Aprendamos a ser fieles a la misión que el Señor nos
ha confiado, pues tal vez muchas veces, queriendo sacar partido
del anuncio del Evangelio para nuestros intereses personales, en
lugar de ser auténticos profetas que inviten a la conversión
debiendo tocar, incluso, las heridas que ha abierto el pecado, para
sanarlas con la gracia de Dios y generar una nueva humanidad, renovada
en Cristo Jesús, en lugar de eso queramos convertirnos en
aduladores de los poderosos para ganarnos su favor, su protección
y su socorro, convirtiéndonos así en perros mudos,
incapaces de vivir a profundidad el anuncio profético de
la Palabra de Dios. Entonces, por desgracia, no seríamos
profetas de Dios, sino profetas de quienes nos manipularían
para que defendamos sus sucios intereses y que perseguirían
a quienes, siendo leales a Dios, les hicieran ver sus maldades e
injusticias y aquello a lo que se exponen si no vuelven a Dios.
Mt. 14, 1-12. Testigos del Evangelio, aceptando todas las consecuencias
que nos vengan por ello. La fidelidad y la valentía de Juan
se convierten para nosotros en el ejemplo testimonial que ha de
hacer suyo quien realmente quiera ser fiel a Dios en la misión
que Él quiera confiarle. Y no podemos cerrar la boca ni ante
gobernadores y reyes.
El Evangelio comprendido y vivido a la luz del Espíritu Santo
no sólo debe ser testificado con la propia vida, sino que
también debe ser proclamado con las palabras, que inviten
a reconocer aquello que conduce a la muerte, y en cuyo camino muchos
poderosos se han echado a andar llevando consigo a quienes Dios
puso en sus manos para que se esforzaran en darles una vida más
digna y no para destruirlos.
El profeta debe invitar a todos a una sincera conversión.
El caminar en la Verdad y en el Amor hará que todos vayamos
realizando el bien, no buscando exclusivamente nuestros propios
intereses, sino el bien de los demás. Estar al servicio de
nuestro prójimo tal vez nos acarree la persecución
y la muerte. Pero esta posible contingencia no puede apagar nuestra
voz, ni nos puede poner al servicio de los malvados para servir
de tapadera de sus caminos pecaminosos.
Cristo quiere la salvación de todos; y su Iglesia es la responsable
de hacer llegar esa salvación a todas las personas, afrontando
con amor y valentía todos los riesgos que deba enfrentar
a causa de la oposición de los poderosos, que viven al margen
del amor y del servicio que Dios les ha confiado para el bien de
los demás.
Hoy nos reúne el Señor para celebrar a Aquel que
quisieron silenciar colgándolo de la cruz. Pero su Sangre
es más elocuente que la del mismo Abel. No sólo nos
habla del rechazo de quien se ha alejado de Dios, sino también
nos habla de la misericordia de Dios y del perdón que nos
ofrece a nosotros, pobres pecadores.
Haber acudido al llamado de Dios nos compromete a recibir el perdón
de Dios; nos compromete a hacer nuestra la vida de Dios; nos compromete
a convertirnos en testigos del amor misericordioso de Dios. Asumimos
todos los riesgos que puedan venirnos por dar testimonio de la Verdad
en cualquier circunstancia o ambiente en que se desarrolle nuestra
vida.
Pidámosle al Señor que nos conceda en abundancia su
Espíritu Santo, para que no vivamos en la cobardía,
sino en la valentía que sólo nos viene de Él
para que vayamos al mundo a cumplir fielmente con la misma Misión
que Jesucristo recibió del Padre y que ha confiado a su Iglesia.
¿Ocupamos el papel de Juan Bautista, o más aún,
el de Cristo? ¿U ocupamos el papel de Herodes; o peor todavía:
el de Herodías? El Señor quiere a su Iglesia como
Testigo cualificado de su amor. Ese amor de Cristo, vivido en la
Iglesia, debe llevar a ésta a buscar las ovejas descarriadas
hasta los más recónditos lugares donde se hayan dispersado.
Llamarlas con amor a la conversión no se puede quedar sólo
en palabras nada hirientes, pues el amor mismo muchas veces hará
que la Iglesia de Cristo sea fuerte en la denuncia del pecado, sin
dejarse intimidar siquiera por los poderosos, a quienes ha de hacer
reconocer sus caminos equivocados.
Pero no podemos pasarnos la vida sólo emitiendo juicios y
palabras críticas sobre el mal que aqueja al mundo. El llamado
a la conversión indica la propuesta de un nuevo camino, presentado
como algo tal vez no muy atractivo, pero que se convierte en un
reto para quienes quieran luchar por construir un mundo más
justo, más humano, más fraterno. No podemos quedarnos
con los brazos cruzados cuando vemos que los poderosos han levantado
su trono sobre la explotación de los inocentes, generando
cada vez más pobreza; o cuando a causa del tráfico
de drogas han sido capaces de asesinar a los demás para seguir
detentando el control de la distribución de las mismas, y,
finalmente, van acabando con la vida de quienes las consumen; no
podemos callar cuando vemos que los malos ejemplos de los poderosos
en la vida política o en los espectáculos, se convierten
en un escándalo para el mundo entero por llevar una vida
licenciosa, que se convierte en un mal ejemplo que después
imitan muchos, cuyo comportamiento moral se ha derrumbado llegando
a pensar que es lo más normal y natural vivir como lo hacen
esa clase de poderosos e ídolos de cartón para la
juventud.
La Iglesia no puede ser amordazada; no podemos silenciar el testimonio
sobre la Verdad que Cristo nos ha confiado. Nuestro ejemplo, nuestras
palabras, nuestra vida misma debe irse convirtiendo en un fermento
de santidad, de lealtad, de rectitud en los diversos ambientes en
que se desarrolle la existencia de los cristianos, sin tener miedo
a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ser fieles y valientes en el testimonio de la Palabra, proclamada
y vivida por nosotros, y que Él nos ha confiado para hacerla
llegar como único camino de salvación a toda la humanidad.
Amén.
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