MIÉRCOLES 02 DE JULIO

LECTURAS: AM 5, 14-15. 21-24; SAL 49; MT 8, 28-34

Am. 5, 14-15. 21-24. Toda autoridad viene de Dios. Él es quien ha confiado el poder a algunos de sus hijos para que estén al servicio de la auténtica justicia, y del bien de sus hermanos. Por eso nadie, detentando el poder, está autorizado para oprimir a su prójimo, ni a hacer el mal, sino a implantar la justicia en los tribunales. Si queremos que el Señor esté con nosotros y nos escuche seamos un signo de Él, de su amor, de su santidad, de su justicia para nuestros hermanos.
No por pertenecer al grupo de los poderosos se tiene la garantía de inmunidad ante Dios, más bien quien haya recibido mucho tendrá que rendir cuentas de mucho. Llegar ante el Señor nos debe hacer presentarnos ante Él con un corazón humilde y sencillo. No estamos ante Él para hacérnoslo propicio con nuestras obras de culto. Él, más allá de ese culto nos quiere a nosotros con un corazón limpio, lleno de santidad y de justicia. Entonces Él nos mirará con agrado y aceptará nuestro corazón como la mejor de nuestras ofrendas a Él.

Sal. 50 (49). No podemos presentarnos ante el Señor con un corazón torcido. No podemos llegar ante Él sólo para tenerlo contento y hacerlo propicio a nosotros. Él conoce hasta lo más profundo de nuestro ser. Ante Él no podemos llegar con hipocresías, pues no podemos engañarlo, ni ocultar ante Él nuestra más íntima realidad. Por eso, incluso en el Evangelio el Señor nos dice: Si al presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas que tienes algo en contra de tu hermano, deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, después vuelve y ofrece tu ofrenda al Señor.
No nos hagamos dignos de la condenación del Señor cuando dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; es inútil el culto que me ofrecen. Vengamos, pues, ante el Señor, con el corazón purificado de todo aquello que nos aleja del amor a Dios o del amor al prójimo.

Mt. 8, 28-34. Cuando Jesús llega el malo sabe que ha perdido la batalla, pues su lugar no es el lugar santificado por Jesús, sino el lugar impuro, simbolizado en los cerdos, que huyen de Jesús y se despeñan para ahogarse, para ser presa de lo que se conocía como la casa de la fuerzas contrarias a Dios: la profundidad del mar.
Si en verdad queremos renovarnos en Cristo; si queremos que sea nuestra la salvación que Él ofrece a la humanidad entera, no le cerremos las puertas de nuestra vida; permitámosle hacer su morada en nosotros. Entonces, liberados de la esclavitud al autor del pecado y de la muerte, podremos proclamar ante los demás lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros y contribuiremos, desde nuestra propia experiencia, para que el Evangelio y la Salvación lleguen a todos.

Hemos acudido a la invitación que el Señor nos ha hecho para celebrar, junto con Él, el Memorial del Misterio de su Pascua. Presentémonos ante Él con un corazón recto, dispuestos a hacer nuestro su Evangelio y a dejarnos purificar de todo aquello que nos alejó de su presencia.
El Señor nos ofrece la salvación; Él quiere revestirnos de su propia vida; unidos a Él, Él quiere presentarnos ante su Padre Dios con la misma dignidad que le corresponde como a Hijo unigénito. Ante esta oferta que el Señor no hace no podemos cerrarle la puerta, no podemos arrodillarnos ante Él y después, con nuestras actitudes pecaminosas, correrlo de nuestro territorio.
Si en verdad somos leales con el Señor en esta Eucaristía no nos conformemos con ofrecerle unos ritos, tal vez esplendorosamente realizados; más bien ofrezcámosle nuestra vida, como Dios la conoce. Él nos aceptará con gran amor y realizará su obra de salvación en nosotros para que lleguemos a ser santos, como Él es Santo.

La Victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte es nuestra Victoria. Sin embargo sólo nosotros mismos tenemos el poder de cerrarle la puerta a Dios y continuar como esclavos del autor del pecado y de la muerte. Nos dice san Pablo que nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los poderes, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que tienen su morada en las alturas.
Cristo quiere que nosotros participemos de su Victoria, dejándonos liberar por Él de todo aquello que nos destruye, y dejándonos conducir por su Espíritu, que ha infundido en nuestros corazones. Llenos del Espíritu de Dios luchemos constantemente en contra del mal; vivamos vigilantes para que el mal no nos domine a nosotros mismos.
Seamos portadores de la Gracia y de la Vida de Dios; pero hagámoslo no sólo con nuestros labios, sino desde una vida que se haya renovado en Cristo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber dar testimonio de nuestra fe con un comportamiento lleno de amor hacia nuestro prójimo, manifestando así que no son nuestros egoísmos, sino el Espíritu de Dios, el que impulsa nuestra vida. Amén.

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