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MARTES 02 DE SEPTIEMBRE
LECTURAS: 1COR 2, 10-16; SAL 144; LC 4, 31-37
1Cor. 2, 10-17. Estas expresiones paulinas probablemente no han
sido suficientemente valoradas por quienes creemos en Cristo y de
Él hemos recibido su Vida y su Espíritu. Preferimos
continuar meditando las Palabras del Señor para amoldar a
ellas nuestro comportamiento. No es que esto no sea bueno, pues
por lo menos a partir de convertirnos en discípulos del Señor
podremos reorientar nuestra vida con la Fuerza que nos viene de
lo alto. Sin embargo hoy se nos habla acerca de cómo nosotros
poseemos el mismo Espíritu de Dios. Mediante Él conocemos
a Dios pues Él se nos ha revelado a cada uno de nosotros.
Aun cuando la Revelación de Dios ha sido dada ya en Cristo
Jesús a la humanidad entera, mientras cada uno de nosotros
no reciba esa Revelación y la haga suya en su propia vida
como una experiencia personal de Dios, difícilmente podremos
decir que seamos hombres de fe y que hayamos sido transformados
en Cristo Jesús como hijos de Dios.
Abramos nuestro corazón a la Vida y al Espíritu de
Dios, para que Él, por medio de su Iglesia, continúe
revelando su amor y su misericordia a la humanidad entera, y ofreciéndole
su perdón para que todos puedan participar de la misma Vida
divina que el Señor ofrece a todos.
Sal. 145 (144). El Señor a nadie excluye de su amor. Él
quiere que la humanidad entera se salve. Él conoce nuestra
vida; Él sabe bien de nuestra respuesta amorosa a la Vida
que nos concede en Cristo Jesús. Pero ante Él no se
ocultan nuestras miserias y pecados. Sin embargo, siendo Misericordioso
para con todos, siempre está dispuesto a perdonarnos con
gran generosidad. Por eso al amor hemos de corresponder con amor.
No podemos sólo pasar la vida recibiendo los dones que proceden
de Dios. El Don más preciado que el Señor nos concede
son la Vida Divina, ofrecida a nosotros en Cristo Jesús;
y el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo a nosotros,
como fruto de la Redención de Cristo, concediendo así
apoyo al que tropieza y alivio al agobiado. Alabemos por todo esto
al Señor. Alabémoslo con una vida llena de fidelidad
a los dones recibidos y con un amor servicial a nuestro prójimo,
amor nacido del amor que nos viene de Dios.
Lc. 4, 31-37. Mientras el anuncio de la Palabra de Dios no se realice
de tal forma que propicie que esa Palabra sea liberadora y salvadora,
sino que sólo nos sirva para vanagloriarnos por haberla expuesto
de un modo magistral conforme a los criterios humanos, estaríamos
perdiendo el tiempo, que debe ser tiempo de gracia y no de futilidades.
El Señor nos ha enviado a trabajar por su Reino. Y esto conlleva
un trabajo constante, a impulsos del Espíritu Santo, para
que desaparezca todo signo de maldad y de muerte de entre nosotros.
Efectivamente el Señor ha venido a destruir el reino del
mal, que se había posesionado de muchos corazones, pues Dios
a nadie ha creado para su condenación, sino para su salvación.
Por eso el Evangelio no puede ser desvirtuado de su poder salvador.
El Señor no nos lo confió para que mercáramos
con Él, sino para que se convierta en fuente de amor y de
salvación para el mundo entero. Y puesto que el Evangelio
es Cristo, a nosotros corresponde entregarlo a la humanidad entera
sin intenciones torcidas, sino para que todos encuentren en Él
el único camino de salvación.
El Señor ha venido para convertirse en fuente de perdón
para nosotros. Él quiere concedernos la Salvación.
Pero no basta con reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Eso
lo hace también el Malo, y sin embargo no por eso se salva,
sino que tiembla ante el glorioso Nombre de Jesús.
No vengamos a la Eucaristía sólo a invocar al Señor
con los labios. Vengamos para entrar en comunión de vida
con Él, de tal forma que en verdad seamos transformados en
criaturas nuevas en su presencia. Ante Cristo renunciemos a todo
aquello que nos ha alejado del amor a Dios y del amor al prójimo.
Entrando en Comunión de Vida con el Señor y participando
de su mismo Espíritu dejémonos renovar por Él,
para que no sólo conozcamos el amor de Dios sino que lo experimentemos,
de tal forma que podamos ser capaces de testificarlo en nuestra
vida diaria.
La Iglesia, Sacramento de Salvación, ha sido enviada para
liberar a todo hombre de sus diversas esclavitudes al mal y al pecado,
sin olvidar liberarlo también de todo aquello que le oprime
a causa de las injusticias y de la pobreza. Antes que nada la Iglesia
debe vivir con intensidad su relación con el Señor.
Jesús mismo nos da ejemplo, en muchas ocasiones, de cómo
no sólo anunciaba el Reino con las palabras y mediante muchos
signos, sino que también se retiraba, Él sólo,
a orar ante su Padre Dios; igualmente acudía al culto en
la Sinagoga, todos los sábados, como era su costumbre. Así
la Iglesia no puede perder su relación personal con el Señor
mediante la oración y la escucha fiel de su Palabra. Sólo
a partir de entonces podrá cumplir con fidelidad su misión
de un modo eficaz; sólo entonces el anuncio del Evangelio
se hará con toda la fuerza salvadora que le viene del mismo
Dios, y que la Iglesia testifica con sus palabras y sus obras.
Puesto que poseemos el mismo Espíritu de Dios, dejemos que
Él sea el que dé testimonio de Dios desde nuestra
propia vida; testimonio que se convertirá en fuente de amor,
de perdón y de misericordia, pues no seremos nosotros, sino
Dios mismo quien continúe realizando su obra salvadora en
el mundo por medio nuestro.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber ser dóciles al Espíritu Santo para que, transformados
por Él en criaturas nuevas en Cristo Jesús, podamos
colaborar de un modo eficaz en la construcción del Reino
de Dios entre nosotros hasta lograr que, por obra del mismo Espíritu
Santo, la Palabra de Dios se encarne en el corazón de la
humanidad entera. Amén.
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