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JUEVES 03 DE JULIO
LECTURAS: EF 2, 19-22; SAL 116; JN 20, 24-29
Ef. 2, 10-22. En primer lugar Dios ofreció la salvación
al Pueblo Judío. A ese pueblo pertenecieron los Apóstoles
y los primeros que, como Profetas, colaboraron intensamente en la
difusión del Evangelio, que es Cristo, el cual da unidad
al pueblo creyente, comunicándole su mismo Espíritu.
Sin embargo la salvación no es algo limitado a un pueblo.
El Señor llama a todas las gentes de todos los tiempos y
lugares para que, encontrándose con Él y creyendo
en Él, participen de la salvación que Él nos
ha traído.
Al paso del tiempo muchos, que no pertenecemos al Pueblo Judío,
Pueblo depositario de las promesas divinas, nos hemos incorporado
a Cristo y hemos formado el nuevo Pueblo de los Hijos de Dios. Como
piedras vivas, colaboramos para que el edificio de la Iglesia se
vaya levantando bien estructurado, para formar el Templo santo en
el Señor. Así no podemos ser considerados advenedizos,
sino conciudadanos de los santos; más aún, debemos
gloriarnos porque, en Cristo, pertenecemos a la familia de Dios.
Unida a Cristo toda la Iglesia recibe la gracia del apostolado y
la misión profética de anunciar el Nombre del Señor
a todas las naciones, hasta el último rincón de la
tierra, y hasta la consumación del tiempo. Nuestra misión,
la que el Señor nos ha confiado, cimentada en Él y
en los apóstoles y profetas, no puede dejarnos paralizados,
o con una religiosidad intimista, sino que nos debe guiar, a impulsos
del Espíritu Santo en nosotros, para convertirnos en testigos
fieles y valientes del Evangelio en los diversos ambientes en que
se desarrolle nuestra vida.
Sal. 117 (116). Dios, nuestro Dios y Padre, nos ama con un amor
tan grande que entregó a su propio Hijo, para que nosotros
fuésemos perdonados y salvados, y tuviésemos la oportunidad
de llegar sanos y salvos a su Reino celestial. Su amor por nosotros
lo llevó a elevarnos a la dignidad de hijos suyos por nuestra
fe en Cristo Jesús, para que, unidos a Él, con Él
seamos coherederos de la gloria que le corresponde como a Hijo unigénito
del Padre.
Nosotros muchas veces, a pesar de haber sido hechos hijos de Dios
y de que Él derramó en nosotros su Espíritu
Santo, nos hemos alejado del Señor y hemos malgastado la
Vida de la Gracia que Él nos participó. Pero, el Señor
ha permanecido fiel a sus promesas, pues no puede desdecirse a sí
mismo.
Ante el amor fiel de nuestro Dios y Padre; ante su salir constante
como el Buen Pastor para buscarnos, por medio de sus apóstoles
y profetas, hasta encontrarnos en nuestros caminos torcidos, dejémonos
amar por Él, dejemos que llegue a nosotros nuevamente su
perdón y su gracia para que en adelante toda nuestra vida
se convierta en una continua alabanza de su Santo Nombre en medio
de las naciones, pueblos y ambientes en que se desarrolle nuestra
existencia.
Jn. 20, 24-29. Nosotros nos gloriamos de ser la Iglesia de Cristo.
Proclamamos que el Señor no sólo está en medio
de nosotros, sino que vive en su Iglesia. Por eso afirmamos que
la Iglesia es el Signo Sacramental de Cristo en el mundo y su historia.
La Iglesia, así, se convierte en el Memorial del Señor
para todos los pueblos y tiempos.
El Señor nos dio numerosas pruebas de que, muerto y sepultado,
resucitó de entre los muertos y ahora vive para siempre.
A nosotros corresponde proclamar su Nombre, su Salvación
al mundo entero. No lo haremos sino desde nuestra experiencia personal
de Él, pues de lo contrario sólo seríamos pregoneros
de imaginaciones, de inventos humanos.
Vivamos nuestra cercanía a Cristo; hagamos nuestros su amor,
su perdón, su misericordia, su alegría, su paz, su
Misión, su Vida y su Espíritu.
Sólo entonces el mundo conocerá al Señor por
medio de quienes vivimos en comunión de vida con Él.
Unidos a Cristo nos reunimos en torno a Él para hacer de
nuestra oración una alabanza sincera al Nombre de nuestro
Dios y Padre.
El Señor Jesús parte su Pan de Vida para nosotros.
Él nos hace escuchar su Palabra no sólo para instruirnos
sino para impulsarnos a dar testimonio de su Evangelio, más
aún, para que nosotros, unidos a Él, continuemos la
misión de ser en el mundo el Evangelio viviente del amor
misericordioso del Padre para toda la humanidad.
La Eucaristía, momento de oración, momento de comunión,
momento de la escucha fiel, momento de experimentar la muerte y
resurrección de Cristo y de tocar, en la fe, el amor que
nos tiene, nos debe impulsar a volver a casa como testigos de lo
que hoy estamos aquí viviendo. Sólo así tendrá
sentido el haber buscado al Señor, el haberlo escuchado y
el haber respondido a su llamado para encontrarnos con Él.
¿Pero realmente transparentamos a Cristo? Dichosos quienes
sin haber convivido con el Jesús histórico puedan
reconocerlo a través de quienes, unidos a Él, formamos
la Comunidad de fe en Él.
Por medio de la Iglesia el mundo entero debe continuar escuchando
el llamado que Cristo le hace a la conversión para que sus
pecados sean perdonados. Por medio de la Iglesia la humanidad entera
debe experimentar el amor de Cristo hasta el extremo, debe continuar
escuchando el anuncio del Evangelio tanto con nuestras palabras
como con el testimonio de nuestra vida; debe continuar sintiendo
el amor de Dios cuando seguimos partiendo el pan para compartirlo
con los pobres, con los necesitados, con los desprotegidos.
Mientras aquellos con quienes nos relacionemos en la vida no puedan
tocar en nosotros las llagas de las manos, de los pies y del costado
de Cristo, mientras no vean en nosotros el amor que se hace entrega
hasta el extremo por ellos, será difícil que ellos
crean en el Señor sólo por haberles dirigido palabras
eruditas.
Hemos de unir a la contemplación amorosa del Señor
el servicio en el amor fraterno a nuestro prójimo. Entonces
realmente manifestaremos que nuestra vida está cimentada
en los Apóstoles y Profetas, y que tenemos a Cristo como
Piedra Fundamental de la Iglesia.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de sabernos dejar llenar de la Vida de Dios y de su Espíritu
Santo, para que proclamemos su Evangelio tanto con las palabras
como con las obras y la vida misma, siendo así, en Cristo,
el Evangelio viviente del amor del Padre para el mundo entero. Amén.
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