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MIÉRCOLES 03 DE SEPTIEMBRE
LECTURAS: 1COR 3, 1-9; SAL 32; LC 4, 38-44
1Cor. 3, 1-9. Dios es el único autor de la salvación.
A nosotros, colaboradores suyos, nos ha confiado su Palabra para
que, como la mejor de las semillas, la sembremos en el corazón
de todas las personas; y para que, mediante la predicación,
vayamos empapando día a día el terreno en el que se
haya sembrado esa Palabra. Pero el que brote la Vida nueva y crezca
hasta producir frutos nuevos de santidad y de justicia, no depende
de nosotros sino de Dios. Por eso el apóstol no puede propiciar
el que sus oyentes se vayan tras de él despreciando a los
demás apóstoles o agentes de pastoral, generando así
divisiones en la Iglesia. Sólo somos colaboradores del Evangelio.
Cumplamos con amor la Misión que se nos ha confiado.
Procuremos que el corazón de aquellos a los que proclamamos
la Buena Nueva de salvación no vaya tras de nosotros sino
tras de Cristo, hasta llegar, junto con Él, a la Gloria que
Dios ofrece a la humanidad entera, y que nosotros no podríamos
darles al margen de Cristo.
Sal. 33 (32). El Señor nuestro Dios no sólo nos ha
llamado para comunicarnos su Vida y hacernos hijos suyos, sino que
también nos ha revelado su Victoria sobre el pecado y la
muerte. En Cristo tanto hemos conocido como hemos experimentado
el amor de Dios.
Los que hemos sido objeto de este amor misericordioso de Dios nos
hemos de convertir en sus fieles testigos en el mundo, pues Dios
ha querido que por medio de su Iglesia la Victoria de Cristo llegue
a todos, hasta el último rincón de la tierra, y puedan,
todos, alcanzar la salvación y alabar su Santo Nombre. Cumplamos,
pues, con la Misión que el Señor nos ha confiado.
Lc. 4, 38-44. También nosotros debemos encontrarnos con
Cristo, para que remedie nuestros males no sólo físicos
sino también interiores. Pero no sólo hemos de buscar
al Señor para recibir de Él sus dones, sino especialmente
para ponernos al servicio de los demás, libres de todo aquello
que pudiera torcer nuestras intenciones de servicio, que ha de nacer
del amor fraterno y gratuito que hemos de tener a todos; libres
de todo aquello que pudiera generar divisiones entre nosotros.
No perdamos la conciencia de que la Iglesia ha sido instituida para
evangelizar a todas las naciones. No hagamos de la Iglesia una iglesia
de grupos o de élites. Trabajemos para que el Evangelio se
encarne en el corazón de todas las personas, de tal forma
que, libres de todo aquello que les oprime, puedan convertirse en
un signo claro y creíble del Evangelio mediante sus palabras,
sus obras y su vida misma.
El Señor nos ha reunido en esta Celebración Litúrgica
para que seamos testigos cualificados del amor que el Padre Dios
nos tiene. Él quiere que la Vida que ha sembrado en nosotros
no se quede como una semilla estéril al borde del camino.
Él espera de nosotros los frutos abundantes del amor, de
la paz y de la justicia, que nos hagan convertirnos en continuadores
de la Obra de Salvación de Dios en el mundo.
En la Eucaristía el Señor nos libra de nuestras diversas
esclavitudes; de aquellas cadenas que nos atan al pecado o al egoísmo,
y nos pone en camino, camino de servicio en el amor fraterno, buscando
hacer el bien a todos a imagen de como Cristo lo ha hecho a favor
de nosotros.
La Iglesia, todos los bautizados, no debemos perder la conciencia
de que hemos sido enviados a trabajar por el Reino de Dios. Esta
Misión la hemos recibido desde el día en que fuimos
incorporados a Cristo mediante el Bautismo. Por eso hemos de ser
testigos de Cristo y anunciar su Evangelio en los diversos ambientes
en que se desarrolle nuestra vida, contribuyendo a ello tanto con
nuestras palabras, como con nuestra oración, nuestro sacrificio,
nuestras buenas obras, nuestro ejemplo y nuestra vida misma.
En el anuncio del Evangelio no podemos despreciar lo que, antes
de nosotros, otros hicieron, pues no somos lo que inventan la obra
evangelizadora, sino los que continúan la obra de Dios en
el mundo. Así, conforme a la medida de la gracia recibida,
cada uno debe esforzarse, fortalecido con el Espíritu Santo,
en hacer que día a día nos vayamos viendo cada vez
más libres de todo aquello que nos impida vernos como hermanos,
y trabajar para que el Reino de Dios se inicie ya desde ahora entre
nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber poner nuestra vida al servicio del Evangelio, tratando,
especialmente, de pasar haciendo el bien a todos, conforme al ejemplo
que de Cristo hemos recibido. Amén.
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