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VIERNES 04 DE JULIO
LECTURAS: AM 8, 4-6. 9-12; SAL 118; MT 9, 9-13
Am. 8, 4-6. 9-12. La Palabra de Dios, que es Cristo, se ha hecho
cercanía a todo hombre de buena voluntad. Ante esa Palabra
juzgamos nuestra propia vida, pues la Palabra encarnada no sólo
se ha dirigido a nosotros con vocablos salidos de sus labios. Él
es el Evangelio viviente del Padre. Su vida misma se convierte en
el lenguaje mediante el cual Dios nos revela el amor que nos tiene.
Sus obras, sus milagros, las curaciones que realiza, la expulsión
de los demonios, su Muerte y Resurrección son la expresión
del amor de Dios hacia nosotros. Ojalá y busquemos al Señor
no sólo para recibir sus beneficios, sino para iniciar un
nuevo camino tras las huellas de Cristo.
Por eso, si en verdad somos personas de fe debemos ser justos en
el trato con los demás, debemos respetar al pobre en su dignidad
personal, debemos ser motivo de alegría y no de llanto ni
de luto para los demás. El Señor nos quiere como su
Palabra, llena de amor, de compasión y de misericordia que
Él desea seguir pronunciando en favor de la humanidad entera,
por medio de su Iglesia.
Sal. 119 (118). Busquemos al Señor para escuchar su Palabra
y ponerla en práctica. Hagamos vida en nosotros su propia
Vida. No nos preocupemos únicamente del alimento temporal,
pues no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra
que sale de la boca de Dios.
En Cristo Jesús, nosotros tenemos Vida eterna. Él
es el Pan de vida. Pero no sólo nos hemos de alimentarnos
de Él, sino que también hemos de escuchar su Palabra
y ser fieles a sus mandatos. Efectivamente el Señor nos dice:
Si alguien me ama cumplirá mis mandatos; y a ese vendremos
mi Padre y Yo y haremos en él nuestra morada.
Si queremos escoger el camino verdadero optemos por seguir a Cristo
escuchando su voz y siéndole fieles en todo.
Mt. 9, 9-13. Muchos gentiles y pecadores llegarán y se sentarán
en el Banquete del Reino de los cielos, mientras los hijos se verán
rechazados. Jesús ha venido a buscar y a salvar todo lo que
se había perdido. Por eso se hace cercano a los pecadores
para hacerles saber cuánto los ama Dios, para ofrecerles
el perdón y para conducirlos a la posesión de los
bienes definitivos.
Cristo vino a salvar a los pecadores, y de ellos nosotros debemos
ser los primeros. Cuando veamos que los pecadores y los traidores
a la fe comienzan a reunirse, junto con nosotros, para alabar a
Dios, no los critiquemos ni los rechacemos; más bien alegrémonos
pues han iniciado su retorno a Dios.
El Señor, lleno de misericordia para con todos los que ha
creado, cuando nos ha visto lejos de su presencia no ha dudado en
salir a nuestro encuentro, utilizando todos los medios a su alcance,
pues sentado a nuestra mesa nos invita, también a nosotros,
a dejar nuestros pecados y a ir tras sus huellas hasta alcanzar
la bienaventuranza eterna en su compañía, llegando
en Él a ser hijos en el Hijo amado del Padre misericordioso.
Jesús, a nosotros pecadores, nos ha llamado a su presencia
en esta Eucaristía, para sentarnos a su Mesa y para hacernos
disfrutar del Banquete de su Palabra, de su Cuerpo y de su Sangre.
A Él no se le oculta nuestra realidad pecadora. Pero Él
jamás ha perdido la esperanza de que podamos convertirnos
de nuestras maldades y permitirle que realice su obra de salvación
en nosotros.
Por eso hoy venimos ante el Señor para que su Palabra se
pronuncie sobre nuestros desiertos interiores, como la lluvia sobre
el terreno seco, para que nos haga fecundos en buenas obras. Alimentarnos
del Señor es adquirir el compromiso de convertirnos en un
signo de su amor salvador para el mundo entero.
Por eso debemos ser conscientes de que nosotros, que somos su Iglesia,
hemos de ir con el poder y con el Espíritu de Cristo a continuar
salvando y manifestando el rostro misericordioso de Dios a toda
la humanidad.
Comer la comida que otro nos ofrece, aceptar sentarnos a su mesa
significa que hacemos nuestra su vida, sus intereses, sus alegrías
y tristezas; significa que caminaremos junto a esa persona para
servirle de apoyo en los momentos difíciles de su vida.
El Señor se sienta a la mesa de nuestra vida; Él hace
suyos nuestros pecados, dolores y enfermedades, nuestras angustias
y esperanzas. Pero Él también nos sienta a su mesa
para que hagamos nuestra su vida de Hijo de Dios, para que sea nuestro
su Espíritu, y para que aceptemos como nuestra la Misión
salvadora que el Padre Dios le confió.
Ojalá y no reduzcamos nuestra fe en Cristo sólo a
la práctica de algunos ritos, sino que vivamos en plenitud
esa fe siendo capaces de compartir las tristezas, las alegrías,
la ilusiones, las injusticias, de los demás, incluso haciendo
nuestros sus pecados, no para perdernos junto con ellos, sino para
que bajando hasta lo más profundo de su miseria los levantemos
con el amor, con la misericordia y con el poder del mismo Dios,
cuyo Espíritu habita en nosotros. Entonces podremos decir
que no sólo nos sentamos nosotros a la Mesa de Cristo, sino
que también nosotros sentamos a nuestra propia mesa a toda
persona que sufre o que ha sido deteriorada por el pecado, pues
queremos levantarla y ayudarla a encontrarse con el Señor
para que disfrute de su amor, de su vida, de su paz y de su alegría
eternamente.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de trabajar constantemente por su Reino, viviendo la unidad en torno
a Cristo, que pasó haciendo el bien a todos y buscando a
los pecadores para salvarlos, enseñándonos así
cual es el camino que hemos de seguir los que formamos su Iglesia.
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