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JUEVES 04 DE SEPTIEMBRE
LECTURAS: 1COR 3, 18-23; SAL 23; LC 5, 1-11
1Cor. 3, 18-23. El Padre Dios es el origen de todo y de todos.
Nuestra confianza no está puesta en manos de los hombres,
aún cuando sean considerados los más sabios conforme
a los criterios de este mundo. Por eso nosotros no anunciamos cosas
terrenas, sino a Cristo Jesús, que el Padre Dios nos entregó
no sólo como Salvador nuestro, sino también como Aquel
que nos hace conocer a Dios y el amor que, como Padre nuestro, nos
tiene. Así, perteneciendo a Cristo, unidos a Él mediante
una Alianza nueva y eterna, junto con Él pertenecemos a Dios
Padre, no como simples criaturas suyas, mucho menos como extraños
que lo invocan, sino como hijos en el Hijo.
Por eso aprendamos a vivir totalmente comprometidos como de hijos
de Dios. Unidos a Él demos testimonio de Él en el
mundo no sólo como fruto de nuestras investigaciones y estudios
eruditos conforme a la ciencia de este mundo, sino conforme a la
experiencia que tengamos del amor salvador de Dios, viendo así
nuestros estudios sólo como auxiliares y no como fuente de
salvación, la cual sólo procede de Dios de un modo
gratuito hacia nosotros.
Sal. 24 (23). Cristo Jesús es el "Monte Santo"
hacia el que confluyen todas las naciones. Sólo mediante
Él podemos entrar en comunión de Vida con Dios y ser
de Él. Sin embargo no podemos permanecer en Él mientras
el pecado nos aleje de Él.
Un corazón purificado, convertido en amor para elevarse a
Dios como ofrenda agradable a Él, pero también convertido
en amor fraterno para ser un signo del amor salvador de Dios en
medio de las demás personas, es lo que Dios espera de su
Iglesia.
Sin embargo, sabiéndonos pecadores mientras peregrinamos
por este mundo, hemos de abrir nuestro corazón a las inspiraciones
del Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nuestros corazones,
para dejarnos transformar por Él en una imagen cada vez más
perfecta del Hijo de Dios. Entonces seremos realmente una Iglesia
que, mediante una continua conversión, camina hacia su perfección
en Cristo mientras peregrina por este mundo.
Lc. 5, 1-11. Jesucristo es la Palabra de Dios que se ha encarnado,
se ha hecho hombre, se ha hecho uno de nosotros. Nosotros lo escuchamos
para conocer los caminos de Dios y vivir conforme a ellos. Por eso
no podemos quedarnos junto a Él escuchándolo, sino
que hemos de ser obedientes a su voluntad. Hemos de ir mar adentro,
sin miedo a tener que encontrarnos con aquellos que viven lejos
de Dios y a los que hemos de hacer llegar también el Mensaje
de Salvación, pues la Iglesia no sólo debe ser evangelizada,
sino que debe también convertirse en evangelizadora conforme
a su propia experiencia personal de vida con el Señor.
Sabemos que la fuerza salvadora del anuncio del Evangelio sólo
depende de Dios y no de nosotros; que nosotros sólo somos
frágiles instrumentos puestos amorosamente en manos de Dios.
Cuando realmente logremos ser testigos de la conversión de
los que viven lejos de Dios como ovejas sin Pastor, no nos vanagloriemos
pensando que lo hicimos nosotros con nuestra ciencia y experiencia;
reportémoslo a Dios; arrodillémonos ante Él
y reconozcamos su poder salvador, realizado por medio nuestro, a
pesar de que somos grandes pecadores; pecadores que, al igual que
todos, vivimos en una continua conversión a Dios, que nos
ha escogido para instruirnos y enviarnos como portadores de su Evangelio
de salvación al mundo entero.
El Señor nos reúne para pronunciar su Palabra Salvadora
sobre nosotros, de tal forma que lleguemos a ser en Él, hijos
de Dios. Él nos explica las Escriturar y parte para nosotros
el Pan. Así no sólo nos anuncia el mensaje de salvación
con sus palabras, sino que su Entrega Pascual se convierte también
en el lenguaje mediante el cual el Señor nos hace comprender
el amor que el Padre Dios nos tiene.
Y el Señor nos llama para que entremos en comunión
de vida con Él. Su Iglesia recibe así la vocación
de convertirse en portadora del Evangelio, no sólo instruyendo
a los demás en el Camino de Salvación, sino dando
su vida por todos para que todos tengan vida, y Vida eterna.
Ante Cristo, con toda humildad, tomemos la firme determinación
de pertenecer sólo a Él, para que siendo, en Él,
de Dios, podamos continuar su obra salvadora en el mundo.
El Señor ha instituido a su Iglesia para que sea el instrumento
mediante el cual la salvación llegue a toda la humanidad,
de todos los tiempos y lugares hasta el fin del mundo. Sin embargo
no podemos cimentar el anuncio del Evangelio en hechos admirables
y milagrosos sino en la adhesión a Cristo Jesús.
Quien busca a Cristo sólo para recibir de Él aquello
que busca y pretende conforme a sus necesidades temporales, fácilmente
puede derrumbarse y alejarse de Él perdiendo su compromiso
en el anuncio del Evangelio que nos salva. A veces nos encontraremos
con acontecimientos arduos, difíciles en la vida; tal vez
el desánimo toque a nuestra puerta cuando, habiéndolo
dado todo, la respuesta sea nula o demasiado exigua. Es entonces
el momento de reflexionar sobre los criterios que han regido nuestra
labor evangelizadora.
Es tiempo de saber si hemos estado en oración a los pies
de Jesús, si lo hemos escuchado y hemos trabajado obedeciéndolo
a Él; o, por el contrario, si hemos seguido nuestros planes,
tal vez elaborados de un modo técnicamente perfecto, pero
muy al margen de Dios. Sepamos que no somos nosotros los que damos
la salvación al mundo. Es Dios; y nosotros sólo somos
sus frágiles instrumentos. Haciéndolo todo en su Nombre
todo cobrará la eficacia que nos viene de Dios y podremos
ser testigos de la obra de salvación que Él realice
incluso en aquellas personas en la que parecería imposible
que sucediera.
Vivamos, pues, en un amor fiel al Señor y a su Palabra.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber ser dóciles a su Palabra, para que, por nuestro
medio, el Señor haga llegar su salvación al mundo
entero. Amén.
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