MARTES 05 DE AGOSTO

LECTURAS: JER 30, 1-2. 12-15. 18-22; SAL 101; MT 15, 1-2. 10-14

Jer. 30, 1-2. 12-15. 18-22. Un panorama demasiado sombrío nos presenta el profeta; pero también pone frente a nosotros una gran esperanza por el amor que Dios nos tiene y del que jamás ha dado marcha atrás, pues aunque nosotros hemos sido rebeldes a su Alianza, Él siempre ha permanecido fiel: Nosotros somos su Pueblo; ¿será Él nuestro Dios?
Cuando nos hemos alejado de Él hemos perdido el punto de relación para nuestro comportamiento moral y para nuestra plena realización, para alcanzar nuestra madurez. Contemplamos nuestra vida y nuestra sociedad deteriorada por el egoísmo, por la avidez de lo pasajero que conlleva la injusticia con que son tratadas las clases más desprotegidas; muchos poderosos no se detienen sino que continúan dañando a su prójimo, no sólo explotándolo sino induciéndolo a los vicios y drogas hasta embrutecerlo, con tal de tener fuertes dividendos a costa de la destrucción de los demás. Pareciera que se hubiesen abierto heridas incurables que cada día supurarán más podredumbre hasta acabar con las esperanzas de una nueva humanidad.
Pero el Señor no puede permitir que su obra quede convertida en un montón de ruinas. Él ha enviado a su propio Hijo para restaurarnos; para que volvamos a amar y volvamos a trabajar, con la fuerza de su Espíritu en nosotros, en la construcción un mundo más fraterno y más digno para todos. Quien viva al margen del Salvador continuará realizando el mal y deteriorando cada vez más la vida social, aun cuando acuda al culto y aporte grandes cantidades para obras de beneficencia; pues no es sólo eso lo que espera el Señor, sino que dejemos de hacer el mal y aprendamos a hacer el bien. La Iglesia, Sacramento de salvación en el mundo, debe ser una Iglesia no tanto de poder cuanto de servicio, capaz de inclinarse ante la miseria que azota a muchos sectores de nuestra sociedad, para levantarles y redimirles con el mismo amor que el Padre Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús, su Hijo y Señor nuestro.

Sal. 102 (101). Dios ha reedificado nuestra vida mediante el Misterio Pascual de su Hijo, encarnado por obra del Espíritu Santo en María Virgen, para nuestra salvación. El Salario del pecado es la muerte. Y Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Él nos contempla siempre con gran amor; y a pesar de que muchas veces hemos vagado como ovejas sin pastor, Él jamás nos ha abandonado. Lleno de compasión y de gran amor por nosotros ha salido a buscarnos hasta encontrarnos; y ha derramado su sangre para el perdón de nuestros pecados, y ha resucitado para que tengamos vida nueva, y ha ascendido a la Gloria del Padre para derramar sobre nosotros el Don del Espíritu Santo que nos guíe hasta la Verdad completa, hasta la posesión de los Bienes definitivos. Por eso podemos decir que en verdad aunque el salario del pecado es la muerte, el don de Dios es la Vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Acudamos al trono de la gracia. El Señor nos quiere perdonar y renovar para que nos convirtamos en una continua alabanza de su Santo Nombre, pero también para que seamos testigos fieles de su amor para nuestros hermanos amándolos y trabajando por ellos para librarlos de la muerte con el mismo amor y entrega que nos manifestó Dios a nosotros en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Mt. 15, 1-2. 10-14. En el Evangelio de este día se nos habla de lo que es el legalismo y de lo que es el verdadero culto a Dios.
Es cierto que una sociedad sin ley sería un verdadero desorden. La misma Iglesia tiene sus leyes canónicas y litúrgicas. Sin embargo, cuando desaparece del el corazón el amor hacia Dios y hacia los demás y se centra uno sólo en la ley, le da a ésta un lugar que no le corresponde.
Contemplar la ley como el camino de salvación; pensar que cumplirla o no es lo que salva o condena; decir que ella es la que hace puro o impuro, santo o condenado es darle a la Ley un ministerio que no le corresponde.
Jesucristo no va contra la Ley dada por Dios y promulgada por Moisés; va contra la absolutización de la Ley. Antes que nada debemos estar con el Autor de la ley y no con la letra muerta de la misma que no puede salvar. Cumplir los mandamientos, cumplir las enseñanzas de Jesús debe brotar de aquel: Si me aman, cumplirán mi palabra, mi Padre les amará y vendremos a ustedes y haremos en ustedes nuestra morada.

La Eucaristía nos reúne en este día para que aprendamos del Pan partido y compartido lo que es el verdadero signo que nos hace manifestarnos como discípulos de Cristo. El amor no puede quedarse como una luz encendida y escondida debajo de una olla. Quienes nos reconozcan como discípulos de Cristo lo han de hacer porque nos amemos en la misma forma, compromiso y entrega como Cristo nos ha amado a nosotros: hasta el extremo.
Acudamos al Señor para darle culto no sólo con nuestros labios, sino con una vida intachable, y viendo no sólo nuestras propias necesidades, sino las de todos los que nos rodean, y las del mundo entero; y pidámosle al Señor que vuelva su mirada hacia nosotros, y que nos convierta en un signo de su amor en el mundo. Sólo entonces podremos decir que no hemos convertido nuestro encuentro con el Señor en un simple ritualismo, sino que en verdad vivimos unidos al Señor para amarlo sirviendo a nuestro prójimo.

Qué hermoso es encontrarnos con personas que no han dejado su fe encerrada en los templos. Son personas que piensan que su santidad, su pureza, su limpieza no está sólo en arrodillarse para pedir perdón a Dios, sino que saben que, una vez perdonadas y hechas partícipes de la vida divina, son portadoras del amor y de la misericordia de Dios en los diversos ambientes en que se desarrolla su vida.
Hay muchas miserias por remediar tanto en el aspecto material como en el aspecto moral, tanto en nosotros como en quienes nos rodean. No cerremos nuestro corazón. Dios nos ha creado y ha puesto la creación en nuestras manos, no para que nos avoracemos sobre ella, sino para que sepamos que todos tienen derecho a una vida más digna, y que, quienes creemos en Cristo, no podemos hacer más dura y difícil la vida de quienes caminan con demasiadas dificultades, sino fortalecerlos y no privarlos de las oportunidades a que tienen derecho, pues para Dios no hay personas ni naciones de primera, de segunda, de tercera o de clases inferiores; para Él todos somos sus hijos y quiere que vivamos como hermanos, responsables unos de otros.

Pidámosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir la alegría del amor servicial a todos, caminando juntos como verdaderos hermanos, que, fortalecidos por el Espíritu del Señor, dirijan sus pasos hacia los Bienes Eternos, tratando de hacer realidad, ya desde ahora, el Reino de Dios entre nosotros. Amén.

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