VIERNES 05 DE SEPTIEMBRE

LECTURAS: 1COR 4, 1-5; SAL 36; LC 5, 33-39

1Cor. 4, 1-5. Somos ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Y hemos de ser fieles a esta confianza que el Señor ha depositado en nosotros. Ojalá y en el anuncio del Evangelio y en la administración de la Gracia de Dios jamás nos rijan intenciones equivocadas, pues no somos dueños, sino siervos puestos al servicio del Evangelio.
Esto nos debe llevar a no sólo no perder de vista al Señor que nos llamó con santa llamada y nos puso al servicio de nuestros hermanos, sino que no hemos de perder nuestra relación personal con Él en la escucha fiel y amorosa de su Palabra, siendo nosotros los primeros en vivir aquello que anunciaremos a los demás. Sólo entonces nuestra conciencia nada nos reprochará pues viviremos en plena comunión con Cristo y, mediante Él, con Dios.
Entonces seremos dignos de recibir de Dios la vida eterna, pues ya desde ahora habremos hecho nuestra la Vida que nos viene de Él.

Sal. 37 (36). En Cristo, el único justo, se cumple plenamente este salmo. El Padre Dios lo libró, incluso, de la muerte por su filial obediencia. Contemplar a Cristo es llenarnos de esperanza, sabiendo que Dios también velará siempre por nosotros, y nos librará de la mano de nuestros enemigos y de la de todos los que nos odian. Por eso confiemos en Dios.
Unamos nuestra vida a Cristo. En Él, y sólo en Él, seremos justificados y el Padre Dios nos amará como ama a su Hijo unigénito. Unidos a Cristo experimentaremos cuán bueno es el Señor para quien lo ama y le vive fiel.
Sea el Señor la delicia de nuestro corazón; sea Él nuestro poderoso protector; sea Él quien guíe nuestros pasos por el camino del bien y nos conceda la salvación eterna.

Lc. 5, 33-39. Nuestra vida de fe en Cristo es un compromiso de totalidad con Él. Creer en Él no nos lleva sólo a escuchar y aceptar su Palabra; también nos debe llevar a aceptarlo en nuestra vida en una Alianza nueva y eterna, donde nos hacemos uno con Él, realizando verdaderamente una comunión de vida con el Señor. Por eso nuestra vida en Cristo no puede ser considerada como un simple parche, donde tomamos algo de Cristo y lo hacemos nuestro mientras continuamos viviendo en la maldad.
No podemos ser como pellejos viejos en los que se pone vino nuevo. Hemos de pedirle al Señor que nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo para que la novedad de su vida en nosotros no se nos desparrame como si hubiese caído en cisternas agrietadas, sino que nos aproveche para que, renovados en Cristo, podamos ser un signo de Él en nuestro mundo, y no unos hipócritas que parece que como que son del Señor porque lo alaban y le dan culto, pero que después llevan una vida desordenada como si no conocieran a Dios.
Vivamos con lealtad nuestra fe en Cristo

El Señor nos reúne para que participemos de la alegría de su Banquete Pascual. A Él no se le ocultan nuestras miserias y pecados. Sin embargo Él ha derramado su sangre para que tengamos vida nueva y seamos una digna morada de su Espíritu Santo. Venimos ante el Señor para comprometernos en la realización de un mundo renovado en Cristo.
La Iglesia no puede convertirse en un parche que se le pone a la humanidad para que continúe tras las obras de maldad y de injusticia que han dominado muchos sectores de la misma. Nuestra labor evangelizadora nos ha de llevar a trabajar denodadamente para que todo y todos queden revestidos de Cristo. A partir de esa participación en la vida de Cristo podremos vivir, ya desde ahora en el Reino de Dios que se habrá iniciado entre nosotros.
Fuerza e impulso de esta labor de la Iglesia es la Eucaristía, culmen de nuestras labores de evangelización y principio de las mismas, pues desde Cristo, entregado por nosotros, la vida de la Iglesia tendrá sentido de salvación para la humanidad entera.

Vivir en Cristo y con Él nos debe llenar de alegría y nuestros ayunos, más que tener un sentido penitencial, tendrán el sentido del saber compartir lo nuestro con quienes nada tienen y padecen hambre o son víctimas de las injusticias de los poderosos. Trabajar como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios debe ponernos en camino hacia nuestro prójimo para aliviar sus males. No podemos vivir como los poderosos recibiendo honores mientras aquellos que nos han sido confiados padecen muchos males.
El Señor nos quiere fieles en el servicio; servicio que debe convertirse en un signo del amor misericordioso y protector de Dios para las clases más golpeadas por la injusticia y la pobreza. ¿Podremos vivir alegres mientras junto a nosotros hay muchos que no llevan una vida digna a causa de sistemas económicos injustos? El Esposo ha sido quitado de muchos corazones que se han quedado sin ilusiones, sin esperanzas y sin rumbo fijo en la vida. Responsables de la falta de la presencia del Señor en la vida de nuestros hermanos podemos ser incluso nosotros mismos, que tal vez alabamos al Señor pero que no somos capaces de luchar por devolverles la paz, la alegría, la esperanza y el amor a quienes se han quedado con las manos vacías, porque otros rasgaron sus esperanzas y sólo han tratado de poner un parche de un sueldo raquítico en la vida de quienes viven sin ilusiones, y cargando a cuestas una vida indigna de ese nombre.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de confiar plenamente en Él nuestra vida, y de convertirnos en un signo auténtico de su amor y de su misericordia para todas las personas, especialmente para quienes viven con menos oportunidades en la vida. Amén.

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