SÁBADO 06 DE SEPTIEMBRE

LECTURAS: 1COR 4, 6-15; SAL 144; LC 6, 1-5

1Cor. 4, 6-15. Como ministros de Cristo, y administradores de los misterios de Dios, el apóstol camina junto con aquellos a quienes ha transmitido el Evangelio, para llegar, junto con ellos, a la consecución de la vida eterna. Él no puede desligarse de ellos, ni ellos pueden desligarse de él. Es un camino en comunión de vida fraterna; es un camino de Iglesia, a cuyo frente camina Cristo como Cabeza; y Cristo seguirá caminando al frente de su Iglesia por medio de sus apóstoles y de sus sucesores.
Desde que alguien se encuentra con Cristo y acepta identificarse con Él contempla en el horizonte final de su vida la Gloria que le espera, junto con Cristo, a la derecha del Padre Dios. Pero sabe que no llegará a ella sin pasar por la muerte, sin experimentar su propio calvario; por eso sabe que es un condenado a muerte, entregando su vida para que los demás tengan vida. Pero eso no importa si con ello se cumple la voluntad de Dios sobre uno mismo, y se tiene la seguridad de poder llegar a reinar junto con Cristo, pero llevando consigo a la Iglesia que le ha sido confiada al apóstol. Por eso hemos de vivir en el amor fraterno.
Dios no pudo habernos confiado su Iglesia para que la destruyamos, para que condenemos a los demás, sino para que, por todos los medios posibles, los salvemos y no perdamos a nadie de los que el Padre Dios nos confió a nosotros, que somos su Iglesia que vive en comunión con los sucesores de Pedro y de los demás apóstoles.

Sal. 145 (144). Los caminos del Señor sobre nosotros a veces nos parecerán incomprensibles, pero Él jamás se equivoca, pues siempre está cerca de los justos y de los que lo invocan sinceramente. Dios nos envió para que hagamos llegar su Evangelio de salvación a todos los pueblos. Pero Él jamás nos ha dejado solos. Él va siempre con nosotros para que las palabras que pronunciemos sean palabras suyas, y para que las obras que realicemos sean las obras de Cristo.
Efectivamente Él sigue presente en el mundo por medio de su Iglesia, que vive unida a Cristo, su Cabeza. Por eso no temamos aun cuando pareciera que el mundo se nos viniera encima, pues Dios velará siempre por nosotros y nos librará de nuestros enemigos, y nos llevará sanos y salvos a su Reino celestial.

Lc. 6, 1-5. El Señor del Sabath es Aquel a quien nosotros servimos y damos culto en el Día de Descanso. Pero no lo hacemos de un modo servil sino con gran amor. Él quiere lo mejor para los suyos. Él no vino a esclavizarnos, sino a darnos la libertad de hijos de Dios, para que, junto con Él seamos dueños, señores de la creación, hermanos entre nosotros y jamás esclavos de nada ni de nadie. Más aún: nosotros mismos no hemos de propiciar esclavitudes que, atando a los demás los dejen sujetos a tradiciones que, piensen, si nos las cumplen podrían perderse o condenarse.
La salvación es un don gratuito del amor de Dios hacia nosotros. Nosotros vivimos la fidelidad a Él en el amor que le tengamos sobre todas la cosas y con todos el corazón, y en el amor al prójimo en la misma medida en que nosotros hemos sido amados por Dios. Vivir y caminar en el amor es lo que, finalmente, estará indicando que el Descanso Eterno es nuestro, pues ya no vivimos bajo el yugo del pecado sino bajo la libertad de la gracia, que nos hace ser hijos de Dios.
Vivamos, con alegría, esta realidad que el Señor ha alcanzado para nosotros por medio de su Muerte y Resurrección.

Dios siempre está dispuesto a concedernos su amor, su perdón y su paz. Él jamás descansa en la comunicación de sus bienes hacia nosotros. Hoy nos hemos reunido en su presencia sabiendo que Él se pondrá afanoso a favor de nosotros para sentarnos a su mesa y hacernos participar del Banquete en que Él mismo se nos ofrece como Pan de Vida eterna.
Y todos, purificados por su Sangre, podemos participar de ese pan, que ya no está reservado sólo a los sacerdotes, sino que es para todos los que creemos en Cristo Jesús y nos hemos hecho uno con Él mediante la fe y el Bautismo. Acerquémonos, pues, al trono de la gracia de Dios y hagamos nuestra la salvación que Él nos ofrece por medio del Misterio Pascual de su Hijo, que hoy estamos celebrando.

Los que participamos de la Mesa del Señor debemos trabajar continuamente para que todos lleguen a participar de la misma fe, del mismo bautismo y del mismo Banquete de amor que Dios ofrece a la humanidad entera. No podemos limitar nuestro servicio a algunas personas. No podemos centrarnos sólo en el servicio de quienes podemos esperar algo.
La Iglesia de Cristo distribuye la gracia de Dios buscando a los pecadores, aún en los lugares más remotos, para que también ellos encuentren el Camino de Salvación, que es Cristo. La Iglesia de Cristo se acerca a los hambrientos para saciarles su hambre. Se preocupa de ellos no sólo en días determinados, sino siempre. No sólo se preocupa de alimentarlos, sino que también se esfuerza para que sean justamente remunerados en su trabajo y puedan, poco a poco, velar por ellos mismos y por los suyos. No podemos darnos descanso, ni podemos decir que hemos encontrado la paz mientras haya hermanos nuestros que aún viven en condiciones infrahumanas.
Cristo nos ha enviado a proclamar su Evangelio; y lo hemos de anunciar con la Sabiduría que nos venga de Dios; pero también nosotros mismos nos hemos de convertir en un Evangelio, en una Buena Noticia del amor de Dios, que se hace cercanía al hombre que sufre para remediar sus males.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amarlo a Él amando a nuestro prójimo, haciendo el bien a todos como el Señor nos lo hizo a nosotros. Amén.

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