JUEVES 07 DE AGOSTO

LECTURAS: JER 31, 31-34; SAL 50; MT 16, 13-23

Jer. 31, 31-34. Inscribir la Ley de Dios en el corazón del hombre. Todo buen Judío debería meditar la Ley de Dios e irla haciendo parte de su propia vida, de tal forma que, por la propia fidelidad, quedara inscrita en el corazón como un buen hábito. A partir de ese esfuerzo personal, quienes tuviesen consigo la Ley podrían instruir a su prójimo como un maestro lo hace con sus discípulos.
Sin embargo el Señor nos dice que hará con nosotros una Nueva Alianza inscribiendo Él mismo, por pura gracia, su Ley Nueva en nuestros corazones; y no sólo en algunos cuantos, sino en todos, desde el más pequeño hasta el mayor de todos. Esta profecía se ha cumplido plenamente en Cristo Jesús. En Él se ha llevado a efecto la nueva y definitiva Alianza, entre Dios y la humanidad, sellada con la Sangre del Cordero Inmaculado.
El Señor ha infundido en nosotros su Espíritu Santo, como el sello mediante el cual somos identificados como hijos de Dios. Mediante la presencia del Espíritu Santo nosotros somos conducidos por Dios mismo a la fidelidad amorosa y a la plenitud de la Verdad. Sepamos, pues, en un mismo Espíritu, escuchar la Palabra de Dios y dejarla tomar carne en nuestra propia vida, pues no somos nosotros, sino el Espíritu de Dios el que realiza en nosotros la obra de salvación.

Sal. 51 (50). Si Dios nos llamara a juicio seguramente que no podríamos mantenernos en pie en su presencia, pues muchas veces nos hemos alejado de Él y nuestros caminos se han torcido demasiado. En el horizonte de nuestra esperanza siempre estará la recuperación del paraíso perdido, de la paz, del amor fraterno, de la vida plena no tanto por poseer bienes materiales, sino por realizarnos plenamente en aquello que realmente vale en nuestro interior personal. Muchas veces ponemos el mejor de nuestros empeños para crear un mundo nuevo, capaz de ayudarnos a ser felices; pero tan pronto empezamos a luchar se nos enturbia la vista o se nos viene el desánimo.
El Señor es nuestra fuerza; a Él acudimos para que cree en nosotros un corazón puro, un espíritu nuevo que nos ayude a serle fieles y a trabajar, conforme a su voluntad, no sólo en la construcción de la ciudad terrena, sino en la construcción del Reino de Dios ya desde ahora. Esto será realidad, no por nuestras débiles fuerzas, sino gracias al Espíritu de Dios que Él ha infundido en nosotros; ojalá y no apaguemos su fuerza ni su voz, sino que nos dejemos instruir y formar por Él como hijos de Dios de tal forma que podamos enseñar a los descarriados el camino de la salvación y ayudar a los pecadores a volver a Dios; y esto haciéndolo no sólo con nuestras palabras, sino desde nuestra propia experiencia en el Camino que nos conduce al Padre Dios, y que es Cristo Jesús.

Mt. 16, 13-23. No basta con verter conceptos precisos acerca de lo que es Jesús. Tal vez uno sepa mucho acerca de Él por los estudios realizados. Pero la fe no puede basarse únicamente en eso. La Iglesia, con Pedro a la Cabeza, no es transmisora sólo de verdades teológicas o dogmáticas. La Iglesia no ha sido enviada a ilustrar la mente de los demás, sino a salvarles desde la propia experiencia del caminar con Jesús, de conocerlo como se conoce a un amigo y de amarlo entrañablemente, haciendo nuestra su vida y la misión que Él recibió del Padre.
Por eso Jesús, una vez que ha recibido la respuesta de Pedro y que lo ha constituido en Piedra de la Iglesia, le indica que se ponga atrás de Él para que, cargando su propia cruz, experimente lo que es realmente amar hasta entregar la vida por los demás para salvarlos, pues finalmente esa será la Misión de la Iglesia que el Señor encomendará a Pedro.
Y Pedro no podrá sólo enseñará a la Iglesia la verdad sobre Jesucristo, sino que le enseñará a amar y a dar la vida para que la humanidad entera tenga vida, por medio de ella, como instrumento de salvación en manos de Dios. Aprendamos, pues, a vivir conforme a los criterios de Dios y no conforme a los criterios de los hombres.

El Señor nos reúne para celebrar su Victoria sobre el pecado y la muerte. No nos encontramos ante un rey meramente humano. El Reino de los cielos no nos desliga de la tierra, pero tampoco nos hace olvidar los bienes eternos. Ante el seguimiento de Cristo no podemos sentirnos seguros de la salvación conforme a los criterios mundanos.
Los que colaboran con los gobernantes de este mundo muchas veces gozan de inmunidad ante sus canalladas. Los que colaboramos con Cristo no podremos escapar del juicio de Dios si sólo nos quedamos en una fe superficial, tal vez instruyendo a los demás como maestros, pero viviendo con una gran hipocresía cargando el peso de la fe sobre los demás, mientras nosotros no la hemos vivido en lo más mínimo.
Hemos de aprender a ir tras de Jesús para no sólo convertirnos en predicadores, sino en testigos de la Buena Nueva de salvación. Este es el compromiso que adquirimos al entrar en comunión de vida con el Señor en esta Eucaristía.

Dios se ha mostrado misericordioso para con nosotros. Él nos ha hecho participar de su Vida y de su Espíritu. Su amor en nosotros nos ha identificado con el Señor, de tal forma que nos ha convertido en un signo de Él ante el mundo entero. Toda esta Gracia recibida de Dios debemos no sólo anunciarla con los labios, sino dar testimonio de la misma desde una vida que se convierta en la Revelación de Dios, desde su Iglesia, para todos.
La Iglesia, por eso, no sólo es Maestra de la humanidad en cuanto a ser depositaria de la verdad y transmitirla a los demás, sino que también es Madre en cuanto que engendra a los hijos de Dios por obra del Espíritu Santo, comunicándoles la Vida que ella misma ha recibido de Dios. Al responder personalmente sobre quién es Jesús para nosotros, nos estamos involucrando y reflejando en nuestra respuesta.
Quien sólo dé una respuesta conceptual estará indicando su falta de fe y de compromiso con el Señor. Quien responda con sus obras, actitudes y su vida misma amando y preocupándose del bien de todos, tal vez no sepa explicar muy bien su respuesta con palabras, pero sus obras estarán diciendo que Cristo ocupa el centro de su vida.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser verdaderos testigos del Evangelio, de tal forma que no nos conformemos con anunciarlo con los labios, sino con la vida misma. Amén.

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