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LUNES 07 DE JULIO
LECTURAS: OS 2, 16. 17-18. 21-22; SAL 144; MT 9, 18-26
Os. 2, 16. 17-18. 21-22. Volver a empezar. El Esposo no se cansa
de perdonar a la esposa infiel, pues a pesar de todas las infidelidades
de ésta, Él la sigue amando y buscando para hablarle
al corazón y hacerla volver al amor indiviso con su único
marido. El destierro es contemplado por el profeta Oseas como un
ir al desierto, para que ahí hable el Señor con su
Pueblo y éste le vuelva a responder con gran amor, como en
los días de su juventud, cuando, libre de la esclavitud de
Egipto, caminaba, confiado totalmente en la providencia y en el
amor de su Dios, hacia la tierra prometida.
¡Cuántas veces necesitamos esa intimidad con Dios!
Es necesario rectificar continuamente nuestros caminos; es necesaria
una continua conversión a Dios. No podemos planear el camino
de nuestra perfección al margen del Señor de la Iglesia.
Sepamos buscar esos momentos de unión con Dios en el silencio
sonoro de la oración. Ahí no sólo entraremos
en una relación de hijos con nuestro Dios y Padre, sino que
comprenderemos la voluntad de Dios sobre nosotros y recibiremos
fuerza para poder cumplirla y caminar, por la vida, como sus hijos
fieles, que se encaminan con gran amor al encuentro definitivo de
su Dios y Padre en las moradas eternas.
Sal. 145 (144). Sólo quien vive en intimidad con Dios; sólo
quien le ama sinceramente y se deja amar por Él, convirtiéndose
ambos en amigos inseparables, podrá no sólo alabar
al Señor, sino convertir toda su vida en una continua alabanza
a su Santo Nombre. Por Él lo hará todo; por Él
lo dará todo; por Él trabajará para que todos
lleguen a conocerlo y a amarlo.
No tengamos miedo al Señor; hagamos la prueba y experimentaremos
qué bueno es el Señor. Ciertamente a Él no
se le oculta ni lo más profundo e íntimo de nuestra
vida. Y sin embargo nos sigue amando. Puesto que nos quiere con
Él eternamente, ha entregado a su propio Hijo para el perdón
de nuestros pecados, para que, creyendo en Él, en Él
lleguemos a ser santos como Él es Santo. ¿Habrá
un amor más grande hacia nosotros? No perdamos jamás
de vista aquello con lo que Dios se define a sí mismo en
este Salmo: El Señor es compasivo y misericordioso, lento
para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor
para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas.
A Él sea dado todo honor y toda gloria, y toda alabanza en
el cielo y en la tierra eternamente.
Mt. 9, 18-26. Dejar de ser un impuro; dejar el lecho de la muerte.
Estos son los dones que la humanidad ha recibido en Cristo Jesús,
enviado y testigo fiel del Padre Dios. De nada nos serviría
la curación de nuestras diversas enfermedades, ni la prolongación
de la vida si no se operara en nuestro interior el milagro de saber
amar en la misma medida con que nosotros hemos sido amados por Dios.
El tiempo que Dios nos concede sobre la tierra no es para que nos
destruyamos, ni destruyamos la vida, la esperanza, el amor y las
ilusiones de los demás. El Señor nos quiere portadores
de su Vida y de su Gracia para todas las gentes de todos los tiempos
y lugares. Mientras sólo les solucionemos su problemática
material y temporal, tal vez los tengamos felices porque han encontrado
a quien se preocupe de ellos para que lleven una vida temporal digna.
Sin embargo la acción pastoral de la Iglesia en favor del
Evangelio no puede quedarse sólo en lo pasajero. Debemos
llegar al corazón de la persona humana para invitarla a la
conversión y a iniciar un nuevo camino tanto en el amor a
Dios, siendo fieles a sus mandatos y enseñanzas, como en
el amor fraterno, siendo fieles en el servicio de caridad, de justicia
y de la gracia que nos haga ser hijos de Dios, guiados no por nuestros
caprichos e inclinaciones egoístas, sino por el Espíritu
de Dios que, revistiéndonos de Cristo, haga realidad en nosotros
lo que el Padre Dios quiere: que seamos su hijos amados, en quienes
Él se complazca.
El Señor nos ha convocado para darnos vida nueva. No podemos
negar que muchas veces se ha adueñado de nosotros la enfermedad
del pecado; más aún, a veces el mal ha causado grandes
destrozos en nuestro interior y en nuestras relaciones fraternas.
Pero gracias a la Victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte,
quienes vivimos en comunión de vida con Él recibimos
su perdón y su paz.
Pero no sólo nosotros nos reconciliamos con Dios en la Eucaristía;
en ella también nos reconciliamos con nuestro prójimo,
pues no podemos comer de un mismo Pan para después vivir
separados por el odio, la violencia, la persecución, o por
la muerte generada por quienes aparentan creer en Cristo, pero que
en realidad les mueven intereses de injusticia, de egoísmo
y de maldad.
No celebramos la Eucaristía a título personal; Cristo
y toda la Iglesia se reúne para ofrecer al Padre el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo. Quienes participamos de
una misma fe y de un mismo Espíritu hemos de vivir unidos
en torno a Aquel que es la Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia.
La Iglesia de Cristo está llamada a ser un signo de reconciliación
y de paz para toda la humanidad. Si Dios nos ha reconciliado y nos
ha dado la paz por medio de la Sangre de su Hijo, el camino de la
Iglesia no puede tomar por un rumbo diferente.
El llamado a la salvación se inicia con un llamado a la conversión.
Quien acepte el mensaje de salvación debe manifestar que
han quedado atrás sus caminos equivocados. No podemos ir
a nuestro prójimo con el afán de proclamarle el Nombre
de Dios y después dedicarnos a mordernos y a destruirnos
entre nosotros mismos. Si el Señor no vino a condenarnos
sino a salvarnos debemos hacer nuestra su Misión, su entrega,
su amor y su misericordia para hacer llegar estos dones a toda la
humanidad.
Trabajemos para que el milagro de amarnos como hermanos, de preocuparnos
del bien unos de otros, de dejar a un lado las persecuciones y la
guerra, de iniciar un camino hacia la paz y la reconciliación
de la humanidad entera, se realice entre nosotros, de tal forma
que no sólo esperemos ansiosos el Reino de Dios, sino que
ya dé inicio, desde hoy, entre nosotros.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de renovar, en el amor y la fidelidad, nuestra Alianza con Él.
Que vueltos a casa y alimentados con sus dones, manifestemos en
nuestra vida ordinaria, con nuestras buenas obras, que realmente
tenemos Vida nueva, y que nos esforzamos para que esa Vida llegue
a la humanidad entera.
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