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MARTES 08 DE JULIO
LECTURAS: OS 8, 4-7. 11-13; SAL 113; MT 9, 32-38
Os. 8, 4-7. 11-13. Dios llama a la humanidad entera a la salvación.
Hay muchos signos de Cristo en personas que viven sin fe, o que
profesan su fe en otras divinidades. Ya el Concilio Vaticano II
nos invita a reconocer las Semillas del Verbo que están en
otras culturas y religiones. Podemos decir que hay muchos que aún
de un modo inconsciente se han decidido por Cristo cuando se preocupan
sinceramente por dar de comer a los hambrientos, de dar de beber
a los sedientos, de vestir a los desnudos, etcétera.
No podemos evitar un diálogo fraterno con las personas del
mundo entero. A partir de aquello que nos une a Cristo por los signos
de amor realizados en favor de los demás, podemos anunciárselos
abiertamente, para que lleguen a su plenitud en Él.
El llamado a la salvación es universal; y Jesús, mediante
su muerte y resurrección no sólo ha abierto el camino
hacia la eternidad junto a Dios, sino que ha efectuado realmente
la salvación de toda la humanidad. Él está
presente entre nosotros como signo de reconciliación, de
paz, de santidad, de salvación. Sin embargo, aun cuando la
salvación Dios puede concedérselas a cada persona
que manifieste los signos salvadores de Cristo, el proyecto del
Padre Dios no es sólo salvarnos de un modo particular, sino
el constituir a la humanidad entera en Pueblo suyo, Cuerpo de Cristo,
Templo del Espíritu formado por piedras vivas. Así
podemos ver a la Iglesia como Sacramento universal de Salvación,
y a la Evangelización no sólo como el trabajo constante
de la Iglesia para encontrarse con el Padre Dios, sino también
como el trabajo de la Iglesia para realizar, ya desde esta tierra
la unidad de los hombres, en torno a Cristo, hermano y Cabeza de
la humanidad entera.
Aprendamos por tanto, a no condenarnos unos a otros, sino a buscar
la unidad en torno a Cristo para que no sólo seamos el Pueblo
de Dios, sino que unidos al Señor en Él seamos constituidos
en el Hijo amado del Padre.
Si queremos vivir en paz, amemos en verdad y con las obras, pues
si sembramos vientos, cosecharemos tempestades.
Sal. 114 (113). Hay muchos ídolos modernos a los que el
hombre ha encadenado su corazón: El poder mal utilizado,
el dinero, la sensualidad, la ambición, los honores, etcétera.
Hay muchas cosas que han embotado la mente y el corazón de
buena parte de la humanidad, y le han hecho vivir con el corazón
inclinado sólo hacia lo pasajero, perdiendo de vista el horizonte
de la eternidad. Se ha perdido la capacidad del amor fraterno y
de la solidaridad con los que sufren.
En medio de todas estas cadenas la Iglesia no puede dejarse envolver
por esa cultura de maldad y de muerte. A ella corresponde convertirse
en un signo real, creíble, transparente de Cristo Resucitado.
Desde Cristo todos deben encontrar el camino de la Verdad, del Amor,
de la Fraternidad, de la Paz, de la Misericordia, de la Solidaridad,
del Servicio responsable.
Si nuestra fe y nuestra confianza están puestas en Dios vivamos
como testigos de su cercanía amorosa a la humanidad entera,
para que les ayudemos a desligarse de todo aquello que nos divide;
y, en Cristo, encontremos la unidad, la alegría, el amor
fraterno y la paz que anhelamos todos.
Mt. 9, 32-38. Quien no ha abierto su vida a Cristo para que habite
en su ser, no puede dar testimonio de Él. Quien ha quedado
esclavo del padre de la mentira, del autor del pecado y de la muerte,
aun cuando externamente aparente ser de Dios en verdad no le pertenece,
y terminará dándonos a conocer qué clase de
espíritu posee. Jesucristo ha realizado ya su obra de salvación
a favor nuestro; Él ya ha sembrado su Vida y su Espíritu
en nosotros; la mies está ya pronta para ser cosechada. Dios
quiere que, con una verdadera apertura a su Espíritu, se
sepan reconocer los diversos carismas que el mismo Dios ha depositado
en los diversos miembros de su Iglesia, para la edificación
de la misma.
Sin embargo muchas veces el egoísmo tratará de dominarnos.
Por eso para que realmente se lleve a cabo la obra de salvación
en nosotros por medio de la Comunidad de creyentes, debemos ser
personas de oración, para conocer el plan salvador de Dios
y disponernos a hacer en todo su voluntad.
Trabajar en la difusión del Evangelio sin entrar en contacto
con Dios por medio de la oración nos estaría llevando
a un auténtico fracaso, pues tal vez provocaríamos
en los demás la admiración, pero no colaboraríamos
para que llegase a ellos la salvación.
El Señor Jesús se ha hecho uno de nosotros. Él
se ha manifestado como el hombre perfecto por su fidelidad en todo
a la voluntad de su Padre Dios. Podemos decir que Jesús,
el Hijo de Dios e Hijo del Hombre, es el Hijo de la escucha amorosa
y fiel. Sólo Él podrá decir al final de su
vida: Todo está cumplido, pues las promesas que Dios nos
hizo nos las cumplió en su Hijo Jesús. Y esto no puede
decirse cumplido sino hasta el momento en que, libres del pecado
y de la muerte, nos introduzca en la presencia de su Padre Dios,
hechos hijos en el Hijo, para gozar de Él eternamente.
En la Eucaristía pregustamos los bienes eternos; pero al
mismo tiempo recibimos y aceptamos el compromiso de la Iglesia de
la escucha amorosa y fiel, haciendo alimento nuestro, cada día,
la voluntad salvadora de nuestro Padre Dios, no sólo para
disfrutarla, sino para comunicarla a la humanidad entera.
La Vida y el Espíritu de Dios, que hemos recibido, no pueden
quedar cobardemente encerrados en nosotros, como una luz bajo un
recipiente de barro. No podemos quedar mudos en el anuncio del Evangelio,
pues no hemos recibido un espíritu de cobardía sino
de valentía. Si en verdad aceptamos la Vida y el Espíritu
de Dios en nosotros continuemos, como signos vivos de Cristo, sembrando
el bien en el corazón de toda la humanidad.
Vayamos con la semilla del amor, de la verdad, del bien, de la compasión,
de la misericordia, de la alegría, de la paz.
Cuando no sólo les llenemos las manos y la boca a los demás
con bienes materiales, sino cuando también les entreguemos
a Cristo, Evangelio viviente del Padre, iniciaremos la construcción
de un mundo en el que el Reino de Dios se irá realizando
y afianzando cada día más entre nosotros.
No seamos hipócritas; no sembremos vientos, pues cosecharemos
tempestades. No heredemos a nuestro mundo la injusticia, la persecución,
la muerte, la opresión de los inocentes; no hagamos más
pesada la vida de los pobres, de los enfermos y desvalidos.
Seamos un signo real de Jesucristo para todos aquellos a quienes
hemos sido enviados no sólo a proclamarles el Evangelio con
los labios, sino a entregárselos como una buena semilla que
dé abundantes frutos de bondad, de amor, de verdad y de salvación
en ellos.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber dejarnos revestir de Jesucristo, su Hijo, para después
poderlo comunicar a los demás, para construir un mundo renovado
en Él, y para que, guiados por el Espíritu Santo,
nos encaminemos con lealtad a la posesión definitiva de su
Reino celestial. Amén.
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