MIÉRCOLES 09 DE JULIO

LECTURAS: OS 10, 1-3. 7-8. 12; SAL 104; MT 10, 1-7

Os. 10, 1-3. 7-8. 12. ¿Realmente buscamos al Señor y vamos tras sus huellas? Si el Señor está no sólo con nosotros sino en nosotros, porque nos hayamos revestido de Él, porque Él haya hecho su morada en nosotros, desde ese momento somos árboles buenos que producirán frutos buenos.
El Señor nos pide, además, que seamos un buen terreno, en el cual se siembre su Palabra para que produzca frutos buenos en abundancia. Quienes le pertenecemos al Señor manifestaremos una vida llena de comportamientos de justicia, de bondad, de misericordia, de amor, de santidad.
Pero si sólo aparentemente amamos a Dios, si nos conformamos con sólo ofrecerle algunas acciones litúrgicas, reduciéndolas a ritos meramente externos, y después nos dedicamos a explotar a nuestro prójimo, a perseguirlo injustamente, a escandalizarlo, a marginarlo a causa de su cultura, pobreza, raza, o situación moral, no podemos decir que el Señor esté manifestando, desde nosotros, el amor, la paz, la comprensión, la oferta de perdón y de vida nueva que nos ha traído.
Busquemos con sinceridad al Señor; Él sembrará su Vida en nosotros y, con la lluvia de su Gracia y de su Espíritu en nosotros, hará que demos frutos abundantes de buenas obras.

Sal. 105 (104). Enorgullezcámonos del Señor, de su poder y de los prodigios que ha hecho en favor nuestro. Él jamás ha dado marcha atrás en sus promesas. Él prometió que la descendencia de la mujer se levantaría victoriosa sobre la serpiente antigua. Y, llegada la plenitud de los tiempos, nos envió a su propio Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley para rescatar a los que estábamos bajo la Ley.
Ante esta fidelidad del Señor no podemos nosotros quedarnos sólo en la alabanza de su Santo Nombre. A nosotros corresponde también serle fieles haciendo nuestros su Vida y su Espíritu y viviendo conforme a sus enseñanzas. Entonces se cumplirá en nosotros la promesa de Jesús: Si alguien me ama cumplirá mis mandamientos; entonces mi Padre y Yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada.

Mt. 10, 1-7. ¿Podemos odiar o condenar a los que nos odian o causan algún mal? Ya el Señor nos había dicho: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos del Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos.
A pesar de sentirse rechazado y de que el mensaje de salvación fue mejor recibido por los gentiles que por los judíos, el Señor, sabiendo que no vino a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido, envía a sus apóstoles en primer lugar a los Judíos, para invitarlos a la conversión y a aceptar a Aquel que es el único Camino de Salvación que el Padre Dios ha concedido a la humanidad. Llegará el momento de dirigirse al mundo entero, pero hay que empezar por los de casa.
Así el Señor, a pesar de las incomprensiones, del rechazo, de la persecución y de la burla que hagan de nosotros los nuestros, nos hace saber que ese es el campo por el que hemos de iniciar la siembra de la Salvación, que Dios nos ha confiado en Cristo Jesús, de tal forma que los primeros frutos, y frutos en abundancia se comiencen a recolectar entre los nuestros.
No queramos ser candil de la calle y oscuridad de nuestra casa. El Señor nos ordena: Ve a los tuyos, a los de tu casa, y anúnciales lo misericordioso que ha sido el Señor para contigo.

Cristo es el Salvador de la humanidad entera. Para eso entregó su vida, clavado en una cruz, y resucitó, lleno de gloria, al tercer día. Dios a nadie ha creado para que se condene. En Cristo la humanidad entera está llamada a la santidad, a la salvación.
Quienes nos reunimos para celebrar la Eucaristía estamos viviendo una experiencia personal del amor que Dios tiene a todos. No podemos decir que nos reunimos sólo los de un grupo, de una cultura, de una condición social, de un pueblo determinado. La Eucaristía está abierta a todos. Nadie tiene derecho de ponerle candados, ni puede manipularla impidiendo en ella la participación de quienes, creyendo en Cristo, quieran participar del Sacrificio agradable a Dios. Por eso podemos decir que la Eucaristía es el Signo de la unidad de todos los hombres.

Pero no nos reunimos ante el Señor de un modo inconsciente. Sabemos que no sólo venimos a adorarlo, sino también a escuchar su Palabra, para comprometernos en ser los primeros en encarnarla en nuestra propia vida, para después, con la fuerza que nos viene del Espíritu que habita en nosotros, poderla proclamar al mundo entero.
El Señor nos quiere fieles apóstoles suyos, que luchen frontalmente contra el mal. No vamos a destruir a los pecadores, a los malvados, sino a salvarlos. Pero ese anuncio de salvación lo hemos de iniciar entre los nuestros. Ahí hemos de dar testimonio de una vida renovada en Cristo, de tal forma que todos entiendan, desde nuestra propia experiencia, que para Dios todo es posible. Permitámosle al Señor que derribe los ídolos que muchas veces se han adueñado de nuestro corazón. Que nos conceda tener una gran capacidad de amar, de tal forma que, hechos cercanos a los pobres, a los que sufren, a los injustamente tratados, trabajemos hasta entregar, si es posible, nuestra propia vida, con tal de que se vean libres de esos males y puedan, junto con nosotros, alabar eternamente al Señor.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, la gracia de sabernos dejar liberar por Cristo de todo aquello que nos esclaviza al pecado, de tal forma que, hechos en Él una criatura nueva, proclamemos con la vida misma la Salvación que Dios ofrece al mundo entero. Amén.

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