SÁBADO 10 DE OCTUBRE

LECTURAS: JOEL 4, 12-21; SAL 96; LC 11, 27-28

Joel 4, 14-21. Dios convoca a juicio a las naciones, que son comparadas con las uvas que se echan al lagar para ser pisadas, pues el Señor las triturará a causa de sus maldades, y a causa de haberse levantado en contra de su Pueblo Santo; en cambio, a los suyos, el Señor los protege y les manifiesta su amor liberándolos del mal y haciendo que la salvación brote como un río desde el templo del Señor en Jerusalén para todo el mundo. Así el Pueblo de Dios sabrá cuánto lo ama el Señor que hizo Alianza con sus antiguos Padres, y que es fiel a la misma con los hijos de los patriarcas.
Dios nos ama; y por medio de su Hijo hecho uno de nosotros nos libra de la mano de aquella serpiente antigua, o Satanás, que hizo estragos en el corazón de los hombres.
Dios se levanta así para aplastar la cabeza del maligno y librarnos de sus manos, para que libres de nuestra esclavitud a él vivamos, ahora, como hijos de Dios y trabajemos para que la salvación del Señor llegue a todo el mundo.
Así nos manifiesta el Señor cuánto nos ama en verdad. Por eso vivamos ya no como siervos del pecado, sino como hijos de Dios.

Sal 97 (96). Dios se manifiesta con gran poder, de tal forma que incluso aquellos que se levantaban como si fueran montañas, se derretirán como la cera; en cambio para los justos el Señor es motivo de alegría y regocijo.
Dios quiere iluminar nuestra vida con su amor salvador. Cristo es para nosotros como el Sol que nace de lo Alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
Vivamos con rectitud no sólo escuchando y meditando la Palabra de Dios, sino poniéndola en práctica, de tal forma que podamos mantenernos en pie el día de la venida del Señor.

Lc. 11, 27-28. No es la cercanía física de María a su Hijo Jesús lo que la hace bienaventurada, sino el escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica constantemente.
Ese debe ser el mismo camino que recorra la Iglesia: Sentarse a los pies de Jesús para dejarse instruir por Él; pero después hacer vida esa Palabra del Señor, de tal forma que, no sólo en la vida privada, sino haciendo el bien a todos aquellos con quienes nos encontremos en la vida, manifestemos que la Palabra de Dios y su santo Nombre no se han pronunciado inútilmente sobre nosotros.
Por eso nosotros no somos dichosos, bienaventurados ante Dios, sólo por caminar junto a Él; no podemos contentarnos con escuchar la Palabra de Dios. Es necesario que, a pesar de las persecuciones y burlas, permanezcamos fieles a nuestro Dios y Padre en la realización de su voluntad, que Él nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo, nuestro Salvador.

A esta Eucaristía no podemos venir sólo a dar culto a Dios y a escuchar su Palabra. Hemos de abrir los oídos de nuestro corazón para que la Palabra que Dios pronuncia en favor nuestro se haga vida en nosotros produciendo abundancia de frutos de buenas obras.
Sabemos que somos frágiles y que muchas veces nos puede dominar el desánimo, o el enemigo que constantemente acecha a nuestra puerta; por eso hoy acudimos al Señor, pues de su Altar, en el que celebramos su Misterio Pascual, brota para nosotros un manantial de agua viva, que nos perdona, que nos santifica, que nos fortalece.
Al entrar en comunión de vida con el Señor, su Espíritu se convierte en nosotros en un torrente de agua que brota hasta la Vida eterna. Por eso, quienes participamos de la Eucaristía vamos como portadores de la fe que hemos depositado en Cristo, y de la Vida que Él nos ha comunicado.
Dichosos nosotros que, llenos de la Gracia que procede de Dios, podemos vivir con fidelidad las enseñanzas del Señor, yendo tras las huellas de Aquel que es para nosotros Camino, Verdad y Vida.

Y poner la Palabra de Dios en práctica no puede limitarse a una puesta en práctica de la misma de un modo personal, sin meternos con los demás ni para bien ni para mal.
Hemos de ser como el terreno fértil que permite que la Palabra sembrada en nosotros rinda en abundancia sus frutos de amor, de paz, de justicia, de cercanía a los pobres para remediar sus necesidades, de preocupación constante por llamar al camino recto a los pecadores saliendo a su encuentro, aún cuando tengamos que ir hasta donde han desbalagado alejándose del Señor, no para perdernos con ellos, sino para ayudarles, con amor, a volver al Redil de la Iglesia.
Así entendemos que poner en práctica la Palabra de Dios significa dar cuerpo a Cristo en nosotros, pues revestidos de Él, nos convertimos en un signo sacramental de su amor salvador para todos, pudiendo decir constantemente: Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió; y la voluntad del que me envió es que no pierda a ninguno de los que Él puso en mis manos, sino que, por salvarlos dé, incluso si es preciso, mi propia vida por ellos.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, como Ella, aprendamos a ser fieles a su Palabra, siendo constantes en practicarla con mucho amor a Dios y a nuestro prójimo. Entonces seremos bienaventurados eternamente. Amén.

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