LUNES 11 DE AGOSTO

LECTURAS: EZ 1, 2-5. 24-28; SAL 148; MT 17, 22-27

Ez. 1, 2-5. 24-28. Dios jamás abandonará a los suyos. Los Israelitas han sido deportados, lejos de su tierra. En medio de la añoranza por la tierra y por el templo de Dios, el Señor se hace presente en medio de ellos, cercano, como en figura humana, para consolarlos, invitarlos a la conversión y librarlos de la mano de sus enemigos.
Por muy pecadores que seamos, el Señor siempre nos seguirá amando y saldrá a buscarnos con gran amor, hasta encontrarnos y llevarnos de vuelta a casa. Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su propio Hijo para librar al mundo del pecado. Por medio de Cristo Jesús, Dios, hecho hombre, se hizo cercano a nosotros.
En Cristo hemos conocido la Gloria de Dios, pues, amándonos, Dios se nos manifestó como el Dios misericordioso y compasivo para con cada uno de nosotros. Y ese es el camino de la Iglesia, manifestar el Rostro amoroso y misericordioso de Dios a la humanidad entera.

Sal. 148. Ojalá y no sólo el cielo y la tierra estén llenos de la gloria de Dios para que la contemplemos, sino que lo esté también en nuestra vida toda, para que disfrutemos al Señor como centro de todo nuestro ser. Entonces no sólo alabaremos al Señor, sino que toda nuestra vida será una continua alabanza de su Santo Nombre.
¿Cómo no alabar a nuestro Dios y Padre, con un corazón agradecido, especialmente por la Redención realizada por Jesucristo? ¿Cómo no alabarlo porque por medio de la Iglesia esa Redención llega hasta nosotros con todo su poder salvador? ¿Cómo no alabarlo porque por medio de los sacramentos, especialmente por medio de la Eucaristía, nos hace sus hijos, nos conforma a la imagen de su Hijo Unigénito por obra del espíritu Santo y se convierte en el Pan que nos da Vida eterna, porque nos une a sí mismo como las ramas están unidas al tronco, para que produzcamos frutos abundantes de buenas obras?
Elevemos nuestro corazón a Dios, démosle gracias y alabemos todos juntos su poder, su amor y su Santo Nombre por todo el bien que nos ha hecho.

Mt. 17, 22-27. Jesús, entregado en manos de los hombres, padece, de parte de ellos, la muerte. Jesús, entregado en manos de su Padre Dios, recibe, de parte de Él, la resurrección para entrar nuevamente en la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre.
La muerte de Cristo es el tributo que Él paga para rescatarnos del pecado y de la muerte y hacernos, junto con Él, hijos de Dios; de tal forma que en adelante ya no hemos de vivir para nosotros, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó.
La Gracia de la Redención ha sido puesta en manos de la Iglesia especialmente por medio de la Eucaristía, Memorial del Misterio Pascual de Cristo. La Iglesia ofrece esta Moneda de gran valor para el perdón de las faltas cometidas por la humanidad pecadora, con la que Cristo quiso hacerse solidario para clavar en la cruz el documento que nos condenaba.

En la Eucaristía el Señor entrega, como Memorial, su vida para el perdón de nuestros pecados. Él se acerca a nosotros en los signos sacramentales del Pan y del Vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre. Él nos habla por medio del Ministro consagrado, tal vez signo demasiado pobre, pero escogido por Dios y puesto al frente de su Pueblo para conducirlo a la salvación.
No son las apariencias, sino la fe la que nos une a nuestro Dios y Padre. Él sabe de nuestro alejamiento; ante Él no podemos ocultar nuestros pecados. Y sin embargo Él nos sigue amando. Él se acerca a nosotros para ofrecernos su perdón, su vida y su paz. Él nos quiere con Él eternamente. Vivamos con una fe auténtica estos momentos en que nos unimos al Señor, y en que Él se nos da como alimento de Vida eterna.
Hagamos nuestra su vida y su misión. Hechos uno con Él vayamos al mundo para manifestarle la Gloria de Dios desde una vida llena de amor, de alegría, de paz y de misericordia para con todos.

¿En verdad nosotros también entregamos nuestra vida para que la salvación llegue a todos? Ojalá y no nos conformemos únicamente con anunciar el Nombre del Señor con las palabras. El Evangelio se ha de encarnar en cada uno de nosotros. Así la Iglesia debe ser el Evangelio viviente del Padre a través de la historia. Día a día debemos ser entregados en manos de los hombres para que reciban, desde nosotros, la salvación y el amor Dios que los salve.
No hemos temer el convertirnos en una Eucaristía viviente en el mundo. Eucaristía que se convierte en acción de gracias porque el mundo disfruta de una vida nueva a costa de la entrega amorosa de cada uno de nosotros, unidos al Sacrificio Redentor de Cristo, en favor de los demás. Y esto no porque el poder salvador sea algo inherente a nuestra naturaleza humana, sino porque el Señor, cuyo Espíritu habita en nosotros, realiza la obra de salvación por medio de la Iglesia.
Por eso no nos convirtamos en ocasión de pecado y de muerte para los demás, sino que seamos los primeros en convertirnos en la moneda de rescate para el perdón de los pecadores y en fuente de vida y salvación para todos, pues Dios, que estará siempre con nosotros, hará su obra de salvación en el mundo por medio nuestro.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar por su Reino entre nosotros, sin importarnos el que para que la salvación llegue a todos, tengamos incluso que entregar, como precio, nuestra propia vida. Amén.

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