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VIERNES 11 DE JULIO
LECTURAS: OS 14, 2-10; SAL 50; MT 10, 16-23
Os. 14, 2-10. Jesús nos dirá: Yo les aseguro que
en el cielo habrá más alegría por un pecador
que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesiten
conversión. ¡Alégrense conmigo, porque ya encontré
la oveja y la moneda que se me habían perdido! El retorno
a Dios, consecuencia de un sincero arrepentimiento, es aquello en
lo que culmina la gracia de la conversión que Dios concede
al pecador. Y retornar a Dios significa dejar los falsos dioses,
los caminos equivocados, las confianzas puestas en manos humanas
o en uno mismo para lograr la paz, la felicidad y la plena realización.
Dios nos quiere totalmente confiados en Él. No es tanto que
quiera tratarnos y manipularnos como niños; Él quiere
que nuestros esfuerzos cobren su verdadera dimensión, pues
nuestra vocación estriba en llegar a ser conforme a la imagen
de su propio Hijo. Y esto no podemos realizarlo al margen de Aquel
que nos ha creado y nos ha llamado con Santa llamada para que lleguemos
a la plenitud en Él. Ir por un camino diferente significa
haber perdido el rumbo de la plena realización humana, que,
gracias a Cristo, ha sido elevada a una meta superior: Llegar a
ser el Pueblo-Hijo de Dios, participando de su misma Vida y de su
mismo Espíritu.
Quien una su vida a Cristo mediante la Comunidad de Fe en Él,
será amado por el Padre Dios y Él velará por
todos sus intereses, pues le contemplará con el mismo amor
con que contempla a su Hijo amado, en quien se complace eternamente.
Sal. 51 (50). Nuestro retorno a Dios nos hace volver a Él
cargados de nuestros propios pecados, pues el perdón, la
salvación, la vestidura nueva, no es algo que podamos alcanzar
por nosotros mismos, sino que es un don gratuito de Dios. Por eso
volviendo a Él humillados, arrepentidos y con el corazón
contrito, le pedimos que nos lave bien de todos nuestros delitos
y que nos purifique de nuestros pecados, pues sabemos que Él
es rico en compasión, en misericordia y en piedad, y que,
además, siempre está dispuesto a perdonar a quien
vuelve a Él con un corazón sincero y arrepentido.
Pero volvemos a Él también como discípulos,
siempre dispuestos a dejarnos enseñar sobre el camino que
hemos de seguir para que nuestro corazón sea recto en su
presencia; pedimos, además, que, auxiliados por su Espíritu,
nos conceda no sólo escuchar su Palabra, sino vivir conforme
a sus enseñanzas. Así, libres del pecado, del error,
de la maldad; teniendo en nosotros su Vida y participando de su
Espíritu, podremos abrir nuestros labios no sólo para
cantar sus alabanzas, sino para dar testimonio de lo misericordioso
que Dios ha sido para con nosotros, colaborando así para
que, quien quiera confiar en el Señor, viendo la obra de
salvación que Dios ha llevado a efecto en nosotros, haga
la prueba y experimente qué bueno es Él para con todos.
Mt. 10, 16-23. A causa de Cristo tal vez suframos persecuciones,
e incluso la muerte misma. Sin embargo cuando al final el Padre
Dios nos resucite para ser glorificados junto con su Hijo, estará
dando testimonio de que realmente fue Él el que nos envió,
y que nosotros, fieles a su voluntad, proclamamos su Evangelio con
las palabras, con las obras y con la vida misma. Entonces comprenderemos
que, junto con Cristo, habremos llegado a la perfección obedeciendo,
en una obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz, pues sólo
el amor hasta el extremo, que se convierte en entrega para la salvación
de los demás, es lo que nos identifica con el Hijo de Dios.
Teniendo esto presente en nosotros, ¿acaso no deberá
ser motivo de alegrarnos y saltar de contento cuando nos persigan
y maldigan, cuando digan cosas falsas de nosotros, cuando nos juzguen
y condenen a muerte por Cristo, sabiendo que nuestros nombres están
escritos en el Reino de los cielos?
El Señor va delante nuestro cargando su cruz, va con su
amor hasta el extremo, va con su entrega para salvación nuestra.
La Eucaristía que estamos celebrando no sólo nos reúne
en torno a Él, sino que nos pone en camino, junto con Él,
hacia la gloria del Padre.
Junto con Él entregamos nuestro cuerpo y derramamos nuestra
sangre para el perdón de los pecados de la humanidad entera,
y no tanto porque la entrega de Cristo no haya bastado para eso,
sino porque Él asumió en su cruz no sólo nuestros
pecados para perdonarlos, sino también nuestro dolor, nuestros
ser perseguidos por el evangelio, nuestro gastarnos y desgastarnos
por Él; y lo frágil nuestro lo elevó a la misma
dignidad y eficacia salvadora de su Sacrificio Redentor.
Por eso vamos al mundo a proclamar el Evangelio, que es Cristo,
con la valentía que nos viene de su Espíritu que habita
en nosotros.
La Iglesia del Señor no puede dejarse comprar, manipular
o atar por los poderosos de este mundo, sino que debe ser fiel a
su Señor. No fuimos enviados para complacer a quienes, tal
vez, podrían levantarnos en gloria y poder humanos. No podemos
poner nuestra confianza en quienes, para protegernos y enriquecernos,
cierran sus oídos ante el llamado a la conversión,
pero quieren tranquilizar su conciencia escuchando relecturas del
Evangelio hechas por nosotros especialmente para ellos, tratando
de justificar sus canalladas.
Dios nos quiere fieles a la misión que nos ha confiado, tratando
de conducir a todos a un verdadero encuentro con Él, para
saber encontrarse con el prójimo como con su hermano, más
aún como con Cristo mismo a quien no sólo adoramos,
sino a quien servimos con amor. Tal vez este camino de evangelización
nos atraiga muchos males y la muerte misma. Confiados en Dios aceptamos
todas las consecuencias que nos vengan por anunciar fielmente el
Evangelio de salvación, que Él puso bajo nuestra propia
responsabilidad, auxiliados por su Espíritu Santo.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ir tras las huellas amorosas de Cristo hasta lograr, junto con
Él, la vida eterna. Amén.
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