MARTES 12 DE AGOSTO

LECTURAS: EZ 2, 8-3, 4; SAL 118; MT 18, 1-5. 10. 12-14

Ez. 2, 8-3, 4. Cuando nosotros nos alimentamos, aquello que comemos es integrado a nuestra propia vida; se transforma en nosotros, en algo que nos pertenece. Y si los alimentos son buenos y sustanciosos, nuestra vida sana da testimonio de que no hemos introducido algo venenoso y mortal, sino algo que es adecuado para fortalecernos y mantenernos vivos.
Así la Palabra de Dios: Es una oferta divina para que nosotros, gracias a Ella, tengamos vida, y vida en abundancia. Por eso no podemos limitarnos a la sola escucha, meditación, y profundización de la Palabra de Dios, incluso con métodos científicos; y pensar que por ello ya entendimos, a fondo, lo que Dios quiere comunicarnos.
Y Dios no sólo quiere comunicarnos su Palabra con palabras humanas para que lo entendamos a Él. Sino que lo que Él quiere es que su Palabra se encarne en nosotros, en nuestra situación concreta, en nuestra cultura, en nuestro ser de viadores en este mundo, de tal forma que los demás, al contemplar las consecuencias de esa Palabra en nosotros, reconozcan, por nuestras buenas obras, que la Palabra del Señor es viva y eficaz, pues no nos ha envenenado, sino transformado en criaturas nuevas, capaces de luchar por conseguir una vida cada vez más digna para todos.
Hagamos nuestra la Palabra de Dios. Acojámosla con gran fe en nosotros para que después vayamos y la proclamemos no sólo con nuestras palabras, con nuestros discursos, sino sobre todo con el testimonio de una vida recta, llena de paz, de alegría y de amor y puesta al servicio de los demás para procurar el bien y la salvación de todos.

Sal. 118. ¡Qué dulces, qué consoladoras y reconfortantes son para nosotros las promesas del Señor! Más que la miel en la boca.
Contemplar nuestra plena realización en Cristo, no de un modo particular y egoísta, sino en una fraterna comunión de hermanos; el encaminar hacia allá nuestros pasos continuamente, es lo que nos ilusiona y nos fortalece, incluso en los momentos de desgracia, o de persecución, o en medio de peligros de muerte.
El Señor, en otra parte, nos pide que demos razón de nuestra esperanza, pues en esa Esperanza hemos sido salvados. Aún no tenemos la salvación plenamente, pues estaríamos ya libres del dolor, del sufrimiento, de la tristeza y de la muerte. Pero levantamos la mirada y nada ni nadie podrá separarnos del amor de Cristo, que ya comenzamos a disfrutar desde esta vida, y que vislumbramos en plenitud al final de nuestra carrera.
Pero preguntémonos si en verdad la Palabra de Dios ilumina nuestros pasos por el camino del bien, y si en verdad somos fieles a ella, como la mejor herencia que nos ha dado el Señor para que ya desde ahora vivamos como hijos suyos.

Mt. 18, 1-5. 10. 12-14. Los pequeños. Ellos son los amados del Padre; Él vela para que no se pierda ninguno de ellos.
En una familia los hijos e hijas ya entrados en años, que pueden valerse por sí mismos, y cuidarse a sí mismos, aun cuando siguen siendo importantes para sus padres, sin embargo hasta cierto punto ya no lo son para ellos como cuando, siendo pequeños requerían toda la atención y el cuidado de ellos. Y si el niño se llegase a perder el mismo niño manifiesta su angustia, su tristeza y, a gritos, invoca y busca a sus padres para recobrar la paz y la seguridad.
Por eso el Señor nos pide ser como los niños, siempre necesitados de Dios; siempre en la búsqueda de Él cuando, a causa de nuestros caminos equivocados viviésemos extraviados y perdidos, lejos de su presencia, porque aquellos que piensan que pueden valerse por sí mismos y no necesitados de Dios viven como adultos, independientes y tal vez incluso unidos a situaciones que les alejarán más cada día de Dios y de sus hermanos, convirtiéndose en orgullosos y destructores de la vida.
Quienes nos gloriamos de tener a Dios por Padre no sólo nos sentimos amados y necesitados de Él, sino que también nos convertimos en un signo del amor salvador de Dios, velando por el bien de los más desprotegidos, de los pobres, de los enfermos, de los marginados. Si vivimos en esta actitud ciertamente, no por méritos propios, sino por servir en el camino de la salvación a los demás, como lo hizo Cristo, incluso dando su vida con tal de rescatarnos y salvarnos eternamente, seremos los hijos amados del Padre, e importantes en su presencia, dignos, en Cristo, de participar de su misma Gloria.

Teniendo delante nuestro a Cristo, levantado victorioso sobre el autor del pecado y de la muerte, nosotros iniciamos nuestro camino en esa vida nueva, renovándonos día a día; naciendo cada día a una vida de mayor compromiso y fidelidad; jamás enclaustrados, jamás paralizados, sino siempre en camino tratando de lograr, con la fuerza del Espíritu, que habita en nosotros, la participación de los cielos nuevos y de la tierra nueva.
Pero puesto que somos frágiles el Señor nos convoca en este día no sólo a comunicarnos su Palabra y manifestarnos su sueño de vernos realizados plenamente como hijos suyos; sino que también quiere alimentar nuestra vida, haciéndonos partícipes de su Vida y de su Espíritu a través de esta Eucaristía en que el Señor se nos presenta como oferta de salvación, y como amigo que quiere acompañarnos en la lucha constante por llevar adelante, ya desde ahora, la manifestación gradual de su Reino entre nosotros, hasta que lleguemos a su plenitud.

Por eso la participación de la Eucaristía no es sólo un acto de culto a Dios, sino la toma de un compromiso para vivir conforme a la fe que decimos profesar en Cristo Jesús, el siervo, el más pequeño puesto al servicio de todos, para que vayamos y hagamos lo mismo que Él ha hecho entre nosotros.
Hoy confesamos nuestra fe ante Él. Vayamos también a confesarla no sólo con una vida recta en lo interior de cada uno de nosotros, sino con la rectitud confesada en la Iglesia que peregrina en el mundo como fermento de santidad en medio de las diversas realidades temporales y de los quehaceres de todos los pueblos.
¿Realmente creemos en Cristo? ¿Realmente esperamos cielos nuevos y una tierra nueva? ¿Creemos en la salvación? No respondamos con las meras palabras sino con la vida misma, convertida en testimonio de aquello que creemos y esperamos.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de alimentarnos de su Palabra, para que se convierta en fuente de salvación para nosotros, y, desde nosotros, para el mundo entero, en un servicio fiel, humilde y generoso, hasta el extremo, buscando el bien de aquellos a quienes Él nos envió a buscarlos, hasta encontrarlos, para salvarlos, pues sólo cumpliendo con esa misión podremos, algún día, participar en comunión fraterna, de los bienes eternos, que Dios ha prometido a quienes le aman y le viven fieles. Amén.

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