SÁBADO 12 DE JULIO

LECTURAS: IS 6, 1-8; SAL 92; MT 10, 24-33

Is. 6, 1-8. La misión del enviado por Dios consiste en proclamar su santidad al mundo entero, hasta que todos lleguemos a ser justos y santos en su presencia. Pero no podemos proclamar el Santo Nombre de Dios desde una vida de maldad. Antes que nada somos nosotros los que hemos de ser salvados por el Señor, recibiendo de Él el perdón de nuestros pecados.
Habiendo, así, experimentando el amor y la misericordia de Dios; habiendo sido sanados por Él de las heridas que causó en nosotros el pecado; habiendo sido no sólo restaurados por Cristo, sino revestidos de Él, de su vida, de su amor, de su gracia, de su Espíritu, no podemos quedarnos disfrutando de un modo personalista los dones de Dios. Lo que Dios nos ha concedido, la obra de salvación que Él ha hecho en nosotros es porque quiere que vayamos, no tanto como predicadores, sino como testigos suyos y de su Evangelio.
Pero no podemos proclamar a los demás el Nombre de Dios desde nuestras imaginaciones, ni sólo desde nuestra erudición nacida del estudio concienzudo acerca del Señor; sino que lo anunciaremos y testificaremos desde nuestra experiencia personal de Él: Porque lo hemos visto, porque lo hemos tocado, porque lo hemos escuchado, porque hemos hecho nuestros su Vida, su Espíritu y su Misión. Entonces no iremos de parte nuestra, sino de parte de Dios a proclamar su amor, su misericordia y su salvación al mundo entero.

Sal. 93 (92). Dios, el eterno, en Cristo Jesús se ha hecho parte de nuestra historia. En Cristo, como en un templo, no sólo podemos encontrarnos con Dios, sino unirnos a Él en una Alianza nueva y eterna. Así, Cristo es el Santo de los Santos entre nosotros; y nosotros podemos, en Él, hacer nuestra esa santidad.
En razón de esa unión, de esa comunión de Vida entre Dios y su Iglesia, ésta se convierte en el lugar del encuentro entre Dios y la humanidad. Ciertamente podemos así decir que la santidad de Dios adorna su Templo, pues la Iglesia es Santa porque su Cabeza es Santa; y muchos miembros de la misma Iglesia ya gozan de la santidad de su Señor eternamente; muchos más se encuentran en la etapa de purificación hasta que quede su ser centrado única y exclusivamente en Dios; y muchos más peregrinamos en este mundo, trabajando a una con el Espíritu de Dios que habita en nosotros que nos va, cada día, configurando más y más con el Hijo de Dios, hasta que lleguemos a la perfección en Él; por eso podemos decir que vivimos en una continua conversión a Dios, no sólo porque nos arrepentimos de nuestros pecados, sino porque la acción de la Gracia de Dios y el actuar del Espíritu Santo en nosotros nos va convirtiendo, renovando e identificando con el Hijo de Dios, hecho uno de nosotros para Gloria del Padre.
Que Él sea el Rey, el centro y la razón de ser de toda nuestra vida.

Mt. 10, 24-33. El que anuncia el Evangelio está en manos de Dios. Esta realidad jamás debe olvidarse para evitar el temor ante las persecuciones y amenazas de muerte. El Evangelio siempre será confrontado por quienes se sienten profundamente cuestionados por él, pero no quieren dejar sus caminos equivocados. Por eso el enviado a anunciar el Evangelio siempre se verá perseguido, insultado, humillado e incluso podrá llegar a ser condenado a muerte, igual que Jesús, el Enviado del Padre. Así, el destino del discípulo es el mismo que el de su Maestro.
Pero no pensemos sólo en la persecución y la muerte; pensemos en la glorificación de Cristo junto al Padre Dios, aun cuando para llegar a esa Gloria tuvo que pasar por la muerte. La Glorificación de Cristo es el destino de quien ha sido enviado a proclamar la Buena Nueva de salvación, y permanece fiel en la Misión recibida, sin dejarse amedrentar por las amenazas, ni comprar por los poderosos de este mundo.
Sólo Dios, que nos ha tenido confianza para encomendarnos su Evangelio, es quien al final, por nuestra falta de fidelidad a Él podría dejarnos fuera del Reino celestial; eso sí es lo que hemos de temer. Mas no por el temor a la condenación vamos a cumplir con nuestra misión, sino que es el amor el que nos ha de mover a hacer nuestro el Evangelio y a proclamarlo para que todos conozcan y amen a Aquel que, amándonos, se entregó por nosotros para que vivamos con Él eternamente.

El Señor nos reúne para celebrar el Memorial de su Misterio Pascual. En Él celebramos el amor de Cristo que se levanta victorioso sobre el pecado y la muerte, sobre el odio y la persecución. En Cristo la muerte y el poder del enemigo no tienen la última palabra, sino la Vida.
Quienes entramos en comunión de Vida con el Señor participamos de su Victoria ya desde este mundo. Nuestra esperanza está escondida con Cristo en Dios. El Señor nos llena de su Vida y de su Espíritu y nos pone en camino para que no tengamos miedo a luchar en contra del pecado que ha encadenado muchos corazones.
Dios nos quiere a todos como a hijos en torno a su Mesa Celestial. Participar ahora de la Eucaristía nos jalona hacia la vida eterna, al Banquete celestial, unidos como Iglesia, sin odios ni divisiones; pero al mismo tiempo nos envía a buscar a las ovejas que han descarriado para ayudarlas a volver a la unidad, al amor, a la salvación.

San Pablo en su Carta a los Efesios nos recuerda: Nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los poderes, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que tienen su morada en las alturas.
Por eso debemos ser conscientes de quién es aquel a cuyo favor estamos trabajando. Si somos de Cristo, si su Evangelio se ha encarnado en nosotros, si trabajamos por el Reino de los cielos, no olvidemos que nuestra vida está totalmente puesta y confiada en el mismo Dios. Y teniéndolo a Él con nosotros ¿quién podrá en contra nuestra? Dios nos ama; Él no sólo tiene contados los cabellos de nuestra cabeza, Él vela por nosotros y, aun cuando nos vendan por dos moneditas de muy poco valor, no permitirá que caigamos por tierra antes de que llegue nuestra hora de salir de este mundo hacia el encuentro de nuestro Dios y Padre.
Vivamos, pues, alegres en el Señor y cumplamos con amor la Misión de anunciar su Evangelio que confió a su Iglesia para que, afrontando todos los riesgos, no dejemos de proclamarlo hasta el último rincón de la tierra.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no sólo anunciar el Evangelio con nuestros labios, sino de convertirnos en el Evangelio viviente del Padre por nuestra unión a Cristo, su Hijo, para que Él continúe realizando su obra de salvación en el mundo, hasta que todos alcancemos la unidad en el amor fraterno y la salvación en la vida eterna. Amén.

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