|

JUEVES 14 DE AGOSTO
LECTURAS: EZ 12,1-12; SAL 77; MT 18, 21-19,1
Ez. 12, 1-2. La Iglesia es signo profético de Dios en el
mundo. Así como Jesús pasó haciendo el bien
a todos, así la Iglesia, enviada por su Señor, es
el Memorial de su Pascua, pues por medio de ella el Señor
continúa pasando en medio de todos haciendo el bien, liberándoles
de sus esclavitudes al pecado y remediándoles sus diversos
males.
La Iglesia, en la escucha fiel y amorosa de su Señor, no
puede cerrarse al anuncio profético del amor de Dios, que
nos debe llevar al amor al prójimo en medio de un mundo que
ha perdido la capacidad de abrir sus ojos y sus oídos ante
el clamor de los pobres y desprotegidos.
No sólo hemos de anunciar el amor y la misericordia de Dios;
también hemos de hablar de su justicia, no para inducir al
miedo, sino para saber rectificar a tiempo nuestros caminos y acogernos
al Señor, rico en perdón para quien vuelva a Él
con un corazón humilde, arrepentido y dispuesto a dejar de
hacer el mal y a aprender a hacer el bien.
Sal. 78 (77). Con amor eterno de amé, nos dice el Señor.
Yo llamé a mi hijo de Egipto. Me incliné ante él
como un Padre; como una Madre que toma en su regazo a su pequeñuelo
para alimentarlo. No dejaré que mi ira se encienda en contra
de ustedes, ni dejaré que mi furor los destruya, pues soy
su Dios y Padre, y no enemigo a la puerta. Dios no quiere la muerte
del pecador, sino que se convierta y viva.
Es tiempo de guardar silencio; es tiempo de examinar nuestra propia
vida; es tiempo de hurgar en lo más íntimo de nuestro
ser hasta descubrir qué o quién ocupa realmente el
centro de nuestra vida. Dios, por medio de nuestra fe en Jesucristo,
y por medio del Bautismo, nos ha hecho hijos suyos. En Cristo estamos
llamados a ser santos como Él es Santo. Sin embargo no podemos
negar que muchas veces nuestra concupiscencia nos ha dominado y
nos ha conducido por caminos equivocados, lejos del Señor.
A partir de ese momento hemos generado infinidad de injusticias,
de guerras fratricidas, de actitudes y acciones destructivas de
la paz en todos los niveles. Realmente hemos fallado como un arco
mal hecho, pues nosotros mismos hemos causado nuestro propio deterioro
a causa de una libertad mal utilizada.
A pesar de todo, mientras aún es tiempo, el Señor
nos llama a la conversión. No olvidemos las acciones de Dios.
Acudamos a Aquel que es rico en misericordia; pidámosle perdón
e iniciemos una nuevo camino en su presencia, guiados por su Espíritu
Santo.
Mt. 18, 21-19, 1. Ya el Señor nos invitaba en una ocasión
a ser perfectos como lo es nuestro Padre del cielo. Siempre que
acudimos a Él, arrepentidos de nuestros pecados, él
nos perdona, pues nuestros pecados están escritos en las
arenas de las playas; basta una ola de su misericordia para que
sean borrados. En cambio nuestro nombre lo tiene tatuado en la palma
de su mano; ¿quién podrá borrarlo de ahí?
Y a nosotros Dios nos ha sellado con su amor y su Espíritu
Santo. Ojalá y no seamos nosotros mismos quienes borremos
ese amor, sino que colaboremos para que crezca cada día más
y llegue a producir abundancia de frutos de buenas obras.
Hechos uno con Cristo, en Él y por Él hemos sido enviados
para reconciliar al mundo con Dios. Esto nos debe llevar a estar
siempre dispuestos a perdonar a todo aquel que, incluso habiéndonos
ofendido, se acerque a nosotros para ser no sólo reintegrado
a la comunidad de fieles, sino a ser recibido en la paz en la alegría
de nuestros corazones. Quien se cierre al perdón, quien deje
de amar a su hermano será un hipócrita y un mentiroso
cuando diga que ama a Dios.
El Señor es nuestro perdón, nuestra alegría
y nuestra paz. Su amor por nosotros lo llevó a entregar su
vida para el perdón de nuestros pecados. Así, reconciliados
con Dios, hemos sido hechos sus hijos y herederos de la Vida eterna.
Él está siempre dispuesto a perdonarnos, pues nos
llamó a la vida para que permanezcamos con él eternamente.
Por eso debemos reflexionar acerca de la sinceridad con que hayamos
depositado nuestra fe en Él.
Reunidos en torno a Él en esta celebración Eucarística,
Él nos quiere unidos en la paz y en el amor fraterno. Si
algo tenemos en contra de alguien, hemos de dejar nuestra ofrenda
junto al Altar, e ir a reconciliarnos con nuestro hermano para después
volver y presentar una ofrenda grata al Señor. Sólo
así podremos ser sinceros cuando oremos diciendo: Perdona
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los
que nos ofenden.
No sólo llamamos Padre a Dios, sino que lo tenemos por Padre
en verdad. Jesús se está dirigiendo a Jerusalén
para manifestarnos la más grande prueba de su amor, derramando
su Sangre para el perdón de nuestros pecados, pues Él
quiere que tengamos vida, y vida en abundancia para poder presentarnos
santos y libre de toda culpa ante su Padre Dios. Este camino de
reconciliación es el que hemos de seguir quienes conformamos
la Iglesia de Cristo.
No hemos de quedar instalados esperando el retorno del pecador,
sino que como signo profético del amor salvador de Dios,
hemos de buscar la oveja descarriada para invitarla a reencontrarse
con el único Dueño y Pastor de las ovejas, Cristo
Jesús. A partir de entonces podremos, realmente, decir que
somos colaboradores del Reino de Dios, que es de amor, de justicia
y de paz entre nosotros.
Roguemos a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber trabajar por la paz y la unidad en la Iglesia, para que
el mundo crea que realmente el Señor continúa como
Salvador viviendo en medio de su Pueblo. Amén.
|