LUNES 14 DE JULIO

LECTURAS: IS 1, 10-17; SAL 49; MT 10, 34-11,1

Is. 1, 10-17. Dios no espera de nosotros un rito bien cumplido y esplendoroso; lo que quiere es que le entreguemos nuestro corazón. Un corazón limpio, purificado, sin manchas de sangre, sin injusticias, sin opresión de inocentes. No pensemos que por presentarnos ante Él para alabar su Santo Nombre por eso Él ya nos contempla con agrado.
No es lo externo lo que Él espera de nosotros. Él nos quiere a nosotros; quiere que nos presentemos ante Él no como extraños y advenedizos, sino como hijos suyos, dispuestos a dejarnos amar y transformar por Él; dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica; dispuestos a no continuar haciendo el mal a los demás, sino a hacer el bien, convertidos, incluso, en un signo creíble de su amor salvador para la humanidad entera.
Llevando así una vida de amor, que se hace entrega en favor del bien y de la salvación de los demás, podremos decir que, junto con el sacrificio de su Hijo, le ofrecemos a nuestro Dios y Padre toda nuestra vida como una ofrenda agradable en su presencia.

Sal. 50 (49). Dios ha sido siempre bueno con nosotros, pues su amor, su fidelidad y su misericordia para con nosotros son eternos. Él jamás se olvida de que somos sus hijos. Él tampoco se olvida de que somos barro, inclinados al mal desde nuestra más tierna adolescencia. A pesar de nuestra frágil realidad y de que muchas veces nos hemos dejado dominar por nuestra concupiscencia y avidez desordenada, Él nos ha amado hasta el extremo, entregándonos a su propio Hijo para el perdón de nuestros pecados. El no sólo quiere perdonarnos, sino que nos quiere junto a Él, como hijos, eternamente libres del pecado y de la muerte.
A nosotros corresponde no sólo ofrecerle sacrificios como ritos meramente externos y sin trascendencia; nuestra Eucaristía debe convertirse en la ofrenda de nuestra propia vida, unida a la de Cristo para que, consagrados a Dios, pasemos haciendo el bien como lo hizo Cristo entre nosotros. Honremos así a nuestro Padre Dios, con un corazón agradecido, y seamos fieles al Evangelio de Cristo para que encontremos en Él la salvación eterna, que Dios nos ofrece y que quiere que sea nuestra para siempre en su Reino Celestial.

Mt. 10, 34-11,1. Optar por Jesús significa estar con Él en una Alianza, nueva y eterna, mucho más fuerte e íntima que la misma alianza nupcial. Efectivamente entre Cristo y sus discípulos habrá una identificación tal que quien vea, trate y escuche al discípulo, estará experimentando la presencia amorosa y salvadora del Señor, que continuará presente en el mundo y su historia por medio de su Iglesia. Nada ni nadie debe interponerse entre Cristo y aquel que ha entrado en alianza con Él; ni siquiera los lazos familiares. Todo esto exigirá una fidelidad tal que sea imposible romperla a causa de las persecuciones, o de la muerte que haya de padecer el discípulo al tomar su cruz de cada día, e ir tras la huellas de Cristo hacia la participación de la Gloria que le corresponde como a Hijo Unigénito del Padre; pues, perdiendo nuestra vida por Él y por nuestro prójimo tendremos Vida eterna.
Si acogemos a Cristo y le servimos con un verdadero amor fraterno, viendo en nuestro prójimo la presencia del Señor, a quien amamos y servimos, recibiremos recompensa de hijos de Dios. Démoslo todo en amor por Dios y por nuestro prójimo; entonces nuestra recompensa será grande en los cielos.

El Señor nos reúne en esta celebración Eucarística. Él se entrega totalmente a nosotros. Ojalá y no vengamos sólo a celebrar externamente un rito sagrado, sino que vengamos con la firme decisión de entrar en Alianza nueva y eterna con Dios, para tenerlo por Padre nuestro; pero también para ser sus hijos, manifestándonos como tales mediante una vida llena de buenas obras.
El Señor, cargando sobre sí nuestros pecados, ha clavado en la cruz el documento que nos condenaba, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. ¿Seremos capaces de cargar sobre nuestros hombros nuestra cruz de cada día, y clavar en ella todo aquello que nos divide, o que sirve de ocasión de injusticia, de escándalo entre nosotros, para que ya no nos dañemos unos a otros, para que vivamos como hermanos unidos por un mismo amor y un mismo Espíritu?

La Iglesia, Sacramento de Salvación en el mundo y para el mundo, continúa la presencia salvadora de Cristo en la historia. El Señor dirá a sus discípulos: quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza. Debemos tomar conciencia de que somos Signo de Cristo en el mundo y su historia, pues de lo contrario nos podemos quedar demasiado lejos del Proyecto de Amor que Dios tiene de su Iglesia y de la Misión que le ha confiado.
Quien se olvida de que Cristo quiere continuar por medio de su Iglesia su obra de salvación a favor de las personas de todos los tiempos y lugares, tal vez hable de un modo erudito acerca de Cristo y de su Evangelio, pero se olvidará de ser el primero en vivir lo que anuncia, y de convertirse en la Cercanía del Dios y Padre Misericordioso, que se hace compañero de viaje nuestro para ofrecernos su perdón, su alegría, su paz y la Vida eterna.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, la gracia de vivir como hijos suyos, y de ser portadores de la Gracia que nos ha concedido en Cristo Jesús para que la hagamos llegar a la humanidad entera mediante nuestras palabras, nuestras obras y nuestra vida misma. Amén.

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