SÁBADO 16 DE AGOSTO

LECTURAS: EZ 18, 1-10. 13. 30-32; SAL 50; MT 19, 13-15

Ez. 18, 1-10. 13. 30-32. No podemos negar las implicaciones sociales de nuestros pecados personales. Sin embargo no podemos decir, de un modo fatalista, que no tiene caso convertirse a Dios cuando, a pesar de caminar con fidelidad en su presencia, tengamos que pagar con las culpas de nuestros antepasados de un modo vicario. Hay Alguien que si cargó con el pecado de la humanidad de todos los tiempos: Cristo Jesús, para redimirnos a todos y para presentarnos libres de toda culpa ante su Dios y Padre. Sin embargo el Señor nos indica que cada uno será responsable de su propia maldad o de su propia fidelidad ante Él. Y no importa ante Dios sino sólo nuestro presente.
Ya san Pablo nos dirá: Quien se sienta seguro tenga cuidado de no caer. Atrás quedaron nuestros caminos de maldad cuando, arrepentidos, volvemos a Dios y Él nos perdona. Pero atrás queda también nuestra justicia y santidad cuando, rebeldes, nos volvemos contra Dios y nos alejamos de Él; entonces hay que iniciar nuevamente el camino de retorno a Él, rico en perdón y misericordia, pues Él no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva.
Cada día, cada momento pidámosle al Señor que nos conceda tener un corazón nuevo y un espíritu nuevo para que permanezcamos como hijos suyos, y nos manifestemos como tales ante nuestro prójimo por la rectitud de nuestras obras y por nuestro sincero amor fraterno, que nos lleve a hacer siempre el bien a todos.

Sal. 51 (50). ¿Quién podrá sentirse libre de culpa ante Dios? A pesar de toda nuestra miseria Él nos sigue amando con un amor eterno y siempre fiel. Si queremos llegar a la perfección del amor con que el Señor nos ama, hemos de acudir a Él para pedirle que sea Él el que cree en nosotros un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir con su mandato de amor.
Aquí se cumple lo que dirá san Agustín: Señor dame lo que me pides y después pídeme lo que quieras. No somos nosotros los autores de la salvación; lo es Dios. Él es quien nos hace criaturas nuevas; Él es el que nos envía para que enseñemos a los descarriados los caminos de Dios de tal forma que vuelvan a Él los pecadores.
No queramos alcanzar nuestra purificación con nuestras ofrendas de algo externo a nosotros. Ofrezcámonos nosotros mismos, junto con Cristo, como una ofrenda de suave aroma a Dios. Entonces, consagrados a Él, permaneceremos con Él eternamente.

Mt. 19, 13-15. Despreciado, humillado, perseguido, considerado de poca valía; así se vio a Jesús por los poderosos y por aquellos que se creían sabios y prudentes a los ojos de los hombres. Él apreciará en gran estima y se acercará a quienes presenten ese mismo rostro que Él tiene a causa de la maldad, egoísmo y desprecio de los hombre; y no permitirá que alguien, pensando que la cercanía de esos rostros ofendería al Señor, les impida acercarse a Él para ser bendecidos como discípulos suyos, tal vez más dispuestos a escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Esto, finalmente, será lo único que cuente para que el Reino de Dios sea nuestro.
La Iglesia, continuando con la Misión que el Padre Dios le confió a su Hijo, debe tener esas mismas actitudes de Cristo, y esa preferencia por los pobres y pecadores, pues para eso ha sido enviada: para salvar a los culpables y para proclamar el Evangelio a los pobres no sólo con palabras, sino con las obras nacidas del amor que llega hasta el extremo de dar la vida por los demás.

El Señor nos reúne como hermanos suyos, para que junto con Él celebremos su Pascua en el Reino de los cielos, que ya se ha iniciado entre nosotros. Para Él no hay espacios que creen diferencias sociales. Él nos ama a todos por igual y nadie puede sentirse un paria, un discriminado, un despreciado a causa de su pobreza, de su pecado, de su raza, de su cultura. Él vivió en su más cruda realidad nuestras pobrezas, el desprecio y la traición de los suyos. Él experimentó nuestros dolores e hizo suyas nuestras heridas. Él nos ama porque nos sabe iguales a Él en el dolor y la pobreza, en el desprecio, en la persecución y en la muerte. Él sabe cuál es el camino de nuestra libertad total y cómo se llega a la plena realización del hombre hasta ser glorificado como Dios en la eternidad. Él recorrió ese camino de entrega en el amor que llega hasta sus últimas consecuencias, pues era necesario que padeciera todo esto para entrar así en su gloria.
Si queremos darle un nuevo rostro a la humanidad debemos ir tras sus huellas, cargando nuestra propia cruz de cada día, hasta ser glorificados junto con Él a la diestra de su Padre Dios. En la Eucaristía hacemos nuestro este compromiso no sólo escuchando, sino pronunciando nosotros mismos las palabras de la nueva y eterna alianza: Es mi Cuerpo que se entrega por vosotros; es mi Sangre que se derrama para el perdón de los pecados.

El Rostro doliente de la Iglesia, perseguida, incomprendida igual que su maestro, debe hacerla cercana a todo hombre que sufre, no para quejarse juntos de su mala suerte, sino para ayudarle a contemplar un futuro más justo, más fraterno, mejor realizado en el amor y ponerse en camino hacia él con la firmeza de quien se sabe amado por Dios e impulsado por la presencia activa del Espíritu Santo.
No podemos vivir en cobardías que nos impidan caminar; no podemos vivir desanimados como si nada pudiera cambiar; no podemos vivir encadenados a los poderosos que nos cierren la boca con sus ofertas de cosas pasajeras. No es la gloria humana la que buscamos; buscamos la gloria de Dios. Y ese camino está marcado por la cruz, signo del amor que toma en serio al hombre para salvarlo, sin importar el llegar hasta el extremo de dar la vida por quienes han de volver a Dios como hijos.
Teresa de Calcuta nos invitaba a amar hasta que nos duela; mientras eso no suceda nuestro amor no puede considerarse verdadero sino sólo la repartición de las migajas que caen de nuestra mesa.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber dejar atrás nuestros caminos de maldad; de dejarnos amar, perdonar y renovar por Dios como criaturas nuevas, de tal forma que en verdad podamos colaborar en la difusión del Evangelio no tanto por nuestra ciencia humana, sino porque Dios, en medio de nuestras pobrezas materiales y espirituales, nos ha amado, nos ha perdonado y nos quiere enviar como testigos de su amor misericordioso, para la conversión de los pecadores y para la restauración de un orden social más justo y más fraterno entre nosotros. Amén.

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