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MIÉRCOLES 16 DE JULIO
LECTURAS: IS 10, 5-7. 13-16; SAL 93; MT 11, 25-27
Is. 10, 5-7. 13-16. Nuestra vida está en manos del Señor.
Él es quien nos la ha dado y Él es quien la dirige
con su Providencia amorosa. Saber escuchar la voz del Señor
y vivir conforme a sus enseñanzas es caminar hacia la Perfección
en Él, conforme a su Plan de Salvación sobre nosotros.
Él nos llama a todos a vivir la unidad fraterna, nacida del
amor que procede de Él. A nosotros corresponde trabajar,
poniendo el mejor de nuestros empeños, para que esto se haga
realidad entre nosotros.
Quienes colaboramos con el Señor no podemos vivir conforme
a los criterios de los poderosos de este mundo, pues no buscamos
nuestra gloria, sino la gloria de Dios. Efectivamente, los poderosos
de este mundo, tratan de afianzar su poder aplastando a los débiles,
o a quienes consideran enemigos de su régimen totalitario.
Que no sea así entre ustedes, nos dirá el Señor;
vivan como hijos del único Dios y Padre; ámense los
unos a los otros como yo los he amado.
Quien viva conforme a estas enseñanzas de Cristo finalmente
no estará caminando tras los propios caprichos, sino conforme
a la voluntad salvadora de Dios, que Él ha confiado a su
Iglesia.
Sal. 94 (93). Dios, rico en misericordia, jamás se olvidará
del pobre y del que se encuentra sin amparo. Dios vela siempre por
sus hijos y saldrá en defensa de los suyos. Vivamos el amor
fiel a Dios. Caminemos en su presencia como hijos suyos.
Muchas veces el mal y el pecado han abierto brecha en nuestra propia
vida. Y a pesar de que nosotros mismos hemos traicionado al Señor
y nos hemos ido tras los falsos dioses, creados por nosotros mismos,
el Señor no nos ha abandonado, sino que ha salido a buscarnos
con gran amor, como el pastor busca la oveja descarriada, hasta
encontrarnos y llevarnos de vuelta a la comunión fraterna
con los demás miembros de la Iglesia.
Así nos ha amado el Señor, pues Él mismo se
ha levantado, en Cristo, victorioso sobre el autor del pecado y
de la muerte, y nos ha concedido su gracia y su Espíritu
para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que
por nosotros murió y resucitó.
Mt. 11, 25-27. Sencillez. Eso es lo único que pide el Señor
para aquel que quiera recibir y entender la revelación que
Dios nos ha hecho de sí mismo en Jesús, su Hijo. La
soberbia centra a la persona en sí misma, de tal forma que
en su propio pensamiento se eleva hasta la dignidad que sólo
corresponde a Dios. Entonces ya no se contempla a Dios como nuestro
Padre, sino como un rival, cuya Palabra no puede calar en el interior
de la persona, sino que la vuelve contestataria de la misma, y la
aleja de la Alianza con el Señor, dando marcha atrás
en el compromiso de fe adquirido. Dios, en Cristo Jesús,
se nos ha revelado como el Dios de la misericordia, como el Dios
cercano al desprotegido y desvalido para devolverle su dignidad,
como el Dios cercano al pecador para perdonarlo y elevarlo a la
dignidad de hijo de Dios.
Aquel que se siente necesitado del perdón, aquel que padece
hambre y frío, aquel que se siente marginado, despreciado,
explotado y pisoteado en sus derechos encontrará en Dios
no sólo consuelo, sino a su Padre Dios que le protege, perdona
y defiende de la mano de sus enemigos. Y podríamos preguntarnos:
¿y cómo les defenderá y socorrerá el
Señor? Nuestra respuesta será: El Señor continuará
su obra de salvación y estará de parte de los pobres,
y de los que sufren, por medio de su Iglesia. Por medio de ella
Dios continuará revelándose a los sencillos y a los
pobres como Padre y como Dios misericordioso.
¿Realmente somos ese Signo creíble del amor de Dios
para nuestros hermanos, especialmente para los que sufren pobrezas
o que viven encadenados al pecado?
El Señor quiere salvarnos a todos. Él nos reúne
para celebrar esta Eucaristía y manifestarnos el amor que
nos tiene. Él quiere fortalecernos para que podamos no sólo
recibir su perdón, su vida, su paz, su alegría, sino
para que vayamos y seamos testigos de la esperanza que tenemos todos
los que creemos en Él: no sólo el llegar a participar
de los bienes eternos, sino ya desde ahora iniciar la construcción
de un mundo más justo y fraterno.
Dios se ha inclinado ante nuestros pecados para perdonarnos; Él
se ha inclinado ante nuestras necesidades para socorrernos. Él
entrega su Cuerpo por nosotros y derrama su Sangre para el perdón
de nuestros pecados. Él es para nosotros el Pan de vida eterna.
Él nos hace participar de su mismo Espíritu. Nosotros,
humildes y pecadores, venimos ante Él con la sencillez de
quien está dispuesto a dejarse amar por Dios, pero también
a comprometerse no sólo a amarlo a Él, sino a amar
a nuestro prójimo en la misma medida en que nosotros hemos
sido amados por Dios. La Eucaristía se nos convierte, así,
en un verdadero compromiso de fe que nos hace ser un signo del amor
de Dios para el mundo entero.
¿A quiénes les hemos revelado el amor de Dios? ¿A
quiénes se lo hemos hecho cercano? ¿Quiénes
son la opción preferencial de nuestros trabajos pastorales,
de nuestros desvelos, de nuestra entrega? ¿Realmente estamos
cercanos a los pobres y a los que sufren? Ojalá y no centremos
nuestra labor apostólica únicamente en los que todo
lo tienen, pensando que nosotros fuimos formados para las élites,
para salvar a los que lo tienen todo, mientras pasamos de largo
ante el dolor, el sufrimiento, el hambre, la desnudez y la pobreza
de millones de hermanos nuestros que viven en desgracia.
Si en verdad trabajamos con los que lo tienen todo, y queremos para
ellos la salvación debemos provocar en ellos una sincera
conversión, que les haga poner la mitad de sus bienes a favor
de los pobres, y devolver cuatro veces más a los que hayan
defraudado en sus salarios.
La sencillez del corazón nos hace sensibles a la Palabra
de Dios y provoca en nosotros una verdadera conversión para
vivir, ya no conforme a nuestros criterios humanos, muchas veces
cargados de ambición y avidez por lo pasajero, sino conforme
a los criterios de Dios, que nos hacen vivir conforme a los sentimientos
del corazón amoroso y misericordioso del Padre Bueno.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber escuchar con un corazón sencillo y humilde su Palabra
para que, encarnándola en nosotros, seamos un signo del amor
misericordioso de Dios para nuestros hermanos. Amén.
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