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JUEVES 17 DE JULIO
LECTURAS: IS 26, 7-9. 12. 16-19; SAL 101; MT 11, 28-30
Is. 26, 7-9. 12. 16-19. Aparentar esforzarnos por el Reino de Dios
mientras se trabaja al margen del Señor, equivale tanto como
a concebir, retorcerse, pero dar a luz sólo viento. Sólo
al confiar plenamente en el Señor, sólo al poner en
Él nuestra vida, sólo en la escucha fiel de su Palabra
y en la encarnación de la misma en nosotros, sólo
en dejarnos conducir por el Espíritu Santo será la
forma como, no nosotros, sino Dios sea quien realice su obra de
salvación en el mundo, por medio nuestro. Pues realmente,
no nosotros, sino la gracia de Dios con nosotros será lo
que dé eficacia al trabajo de la Iglesia, haciendo que le
nazcan hijos de Dios.
El Señor ha bajado hasta nuestras sombras de pecado y de
muerte; y a pesar de que parecíamos huesos sin esperanza
de vida, nos ha sacado de nuestros sepulcros y nos ha hecho revivir
por obra de su Espíritu Santo, para que en adelante seamos
testigos de la Vida, que procede de Él, y queden atrás
los signos del pecado y de la muerte.
Ojalá escuchemos hoy la voz del Señor y no endurezcamos
ante Él nuestro corazón.
Sal. 102 (101). No podemos negar que muchas veces nosotros hemos
sido prisioneros del pecado. Esto en lugar de edificar ha destruido
a la Iglesia, pues nosotros mismos nos convertimos en ocasión
de maldad y de escándalo para los demás. Sin embargo
el Señor jamás se ha olvidado de nosotros, ni ha dado
marcha atrás en el amor que nos tiene.
Si en verdad queremos cumplir con la misión de construir
el Reino de Dios entre nosotros, no podemos sólo preocuparnos
de la conversión de los demás; nosotros hemos de ser
los primeros en volver al Señor y en vivir con la santidad
de vida a que estamos llamados todos los que formamos la Iglesia
de Cristo.
Quiera Dios reedificar a su Pueblo, haciendo que nosotros seamos
dignos en su presencia. Que Él escuche nuestra oración
y nos libre de la muerte y de la mano de nuestros enemigos y de
la de aquellos que nos odian. Que en verdad, desde la Iglesia el
mundo pueda contemplar el Rostro Glorioso y Misericordioso de nuestro
Dios y Padre.
Mt. 11, 28-30. No es el cumplimiento de la Ley por la Ley misma
lo que nos salva. Vivir así sometidos al yugo de la Ley sería
tanto como volver a la esclavitud, perdiendo la libertad de hijos
de Dios, que llevan la Ley a su plenitud al encontrarse con Cristo
y vivir amando como Él nos ha enseñado.
Por eso, quien une su vida al Señor aprende de Él
la mansedumbre y la humildad, de tal forma que siendo obediente
en todo a la voluntad del Padre Dios se deja moldear por Él,
hasta lograr la perfección en Cristo Jesús. Y humillándose
a sí mismo se sabe hacer prójimo de aquellos que muchas
veces han sido despreciados a causa de su raza, de su cultura, de
su condición social; y se acerca a ellos para hacerlos participar
de la misma gracia y dignidad que Dios quiere para todos sus hijos.
Esto requiere un gran espíritu de fe en Cristo y una gran
apertura al Espíritu Santo para dejarse conducir por Él,
de tal forma que no sólo expresemos grandes ideas acerca
del Señor, sino que vivamos comprometidos en pasar haciendo
el bien a todos, como lo hizo Él entre nosotros.
Jesús, nuestro Hermano, Salvador y Maestro, nos ha reunido
para celebrar en torno a Él esta Eucaristía. Él
no se quedó en discursos para revelarnos al Padre Dios. Él
mismo, con su vida, con su pobreza, con su amor, con su entrega,
con su solidaridad con nuestra débil naturaleza, nos reveló
Quién es Dios y cómo nos ama. Hoy somos testigos de
su despojarse de su dignidad para enriquecernos con su pobreza.
Ha sido entregado el Hijo para que el esclavo sea liberado y elevado
a la dignidad de hijo de Dios.
Contemplemos así a Cristo, en el amor que nos ha tenido hasta
el extremo. Contemplándolo sabremos cuál es la vocación
a la que hemos sido llamados. Si hoy entramos en comunión
de vida con Él es porque aceptamos el compromiso de vivir,
en este momento de la historia, con las mismas actitudes de amor
y de entrega con que Él se manifestó entre nosotros
como la Revelación del amor del Padre, que nos ama y quiere
salvarnos a todos.
Muchos han experimentado en algún momento un "avivamiento"
de su fe, mediante algún retiro que les ha puesto de frente
a Dios y a la Misión que tiene la Iglesia. Probablemente
se ha pensado en cambiar actitudes y trabajar incansablemente por
la salvación del hogar y del mundo entero. Pero pasan los
días y la carga se hace pesada y aburrida y quedan atrás
los compromisos, y se vuelve a las antiguas andanzas.
Vivir y caminar en el amor unidos totalmente al Señor es
lo que nos hace darle su verdadero sentido, su verdadera dimensión
a nuestra fe y a nuestras labores apostólicas. Sólo
en una verdadera comunión de vida con el Señor; sólo
en un trato directo y amoroso con Él mediante la oración,
es como podremos sentir que no trabajamos para alguien meramente
imaginario o lejano a nosotros, sino con Alguien que nos ama y camina
junto a nosotros, luchando hombro con hombro para iniciar ya desde
ahora el Reino de Dios entre nosotros mediante el amor fraterno,
mediante la justicia, mediante la verdad, mediante la santidad de
vida y mediante el trabajo por la paz.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber cargar nuestra cruz de cada día, e ir tras las huellas
de Cristo, unidos a Él por la fe y el amor de tal forma que
podamos no sólo buscar nuestra propia salvación, sino
trabajar por la salvación del mundo entero. Amén.
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