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LUNES 18 DE AGOSTO
LECTURAS: EZ 24, 15-24; DEUT 32; MT 19, 16-22
Ez. 24, 15-24. El Señor nos ama de una forma mucho más
perfecta de como el esposo ama a su esposa. Él nos invita
a arrepentirnos, pues muchas veces hemos permanecido lejos de Él
convirtiendo en Dios nuestro a las obras de nuestras manos. Tal
vez cuando nos arrecia el dolor y se cierne sobre nosotros la desgracia
vayamos ante Él para derramar lágrimas, pensando que
así seremos escuchados. Pero ese llanto, en sí, no
puede hacernos propicio a Dios. Él nos quiere a nosotros;
Él nos espera a nosotros. Nosotros somos el encanto de sus
ojos y el amor de su corazón. Él nos envió
a su propio Hijo para que, entregando su vida por nosotros, al creer
en Él y hacer nuestra la salvación que nos ofrece,
podamos presentarnos ante nuestro Dios y Padre libres de toda culpa.
En silencio meditemos sobre la realidad de nuestra fe en Dios y
del amor que le tenemos. No cerremos los ojos ante nuestros propios
pecados. Mientras aún es tiempo volvamos al Señor,
rico en misericordia para cuantos le invocan y quieren vivirle fieles.
Deut 32. Pensamos en quienes se arrodillan ante ídolos construidos
por sus manos, hechos conforme a sus imaginaciones, aspiraciones
o temores. Tal vez los compadezcamos y pensemos que nosotros tenemos
ya una cultura más avanzada, menos encadenada a esas cosas
que de nada aprovechan. Sin embargo, al examinar nuestra vida y
aquello que le da sentido a la misma, a nuestro trabajo, a nuestras
actitudes y esperanzas, podemos encontrarnos con que hemos encadenado
nuestro corazón al dinero, a la voluntad de dominar al prójimo,
a las ansias de poder, al placer, a la envidia y al odio. Todo esto
nos destruye, nos divide, y nos conduce a la muerte.
Si creemos en la vida; si creemos en la vida que llega a su plenitud
en Cristo, en quien seremos glorificados, no podemos vivir como
esclavos de la muerte o de aquello que, finalmente, no puede darnos
lo que buscamos: llegar a nuestra perfección. Hay alguien
que sí puede hacerlo, Cristo Jesús. Ir tras sus huellas
para colmar nuestras esperanzas nos lleva a cargar nuestra cruz,
pues no hay otro camino, sino la entrega por amor a los demás,
como nosotros viviremos plenamente humanos y plenamente hijos de
Dios. Entonces el Señor no se nos esconderá, pues
siempre estará con nosotros.
Mt. 19, 16-22. Conseguir la vida eterna. Esto no es algo de última
hora. La vida eterna ya es nuestra desde ahora por nuestra unión
a Cristo. Esa vida la hacemos parte de los demás cuando dejamos
atrás el gesto amenazador contra ellos, cuando no los asesinamos,
cuando respetamos el compromiso matrimonial, cuando no despojamos
a los demás de sus bienes, cuando no les quitamos su buena
fama, cuando honramos y hacemos felices a nuestro padre y a nuestra
madre. Entonces somos portadores de vida y no de muerte para los
demás.
Pero hace falta algo más: amar al prójimo como a nosotros
mismos. Y tal vez desde niños seamos muy educados y respetuosos
de los demás. Pero esto no basta. Tal vez les demos parte
de nuestros bienes para que vivan con dignidad. Pero no basta. Amar
en serio al prójimo nos hace contemplar al Hijo de Dios,
que no retuvo para sí el ser igual a Dios, sino que se anonadó
a sí mismo tomando la condición humana, y, hecho uno
de nosotros, nos enriqueció con su pobreza, haciéndonos
participantes de la gloria y de la herencia que le corresponde como
a Hijo unigénito del Padre. Si quieres ser perfecto: Ve,
vende todos tus bienes, dales el dinero a los pobres y tendrás
un tesoro en el cielo; después ven y sigue a Cristo. Entonces
serás amado por el Padre Dios como su hijo amado, en quien
Él se complace.
Dura es esta doctrina; ojalá y no demos marcha atrás
en nuestro seguimiento del Señor, sino que abramos nuestros
ojos para procurar el bien, la salvación y la vida digna
para todos aquellos hermanos nuestros que pertenecen a las clases
más desprotegidas no sólo en nuestra Comunidad de
fe, sino en el mundo entero.
El Señor nos ha llamado a participar de esta Eucaristía
como amigos y discípulos suyos. Él nos enseña,
con su propio ejemplo, lo que es el camino que nos conduce a nuestra
plena realización, a nuestra glorificación en Dios.
Él se despojó de todo y cargó con el pecado
de toda la humanidad. Él nos ha librado de todo aquello que
nos condenaba en la presencia de su Padre Dios. Amar hasta ser capaces
de dar la vida por los que amamos no nos deja en un amor tan pequeño
como sería el entregarlo todo a los pobres.
Haciendo esto aún nos queda por delante el seguimiento de
Cristo que, cargando su cruz, no se dirige al calvario sino a su
glorificación junto a Dios pasando por el calvario. Este
Misterio de salvación es el que estamos celebrando. Este
Misterio de salvación se convierte en nuestra forma de creer
en Cristo y de caminar con Él para llegar, junto con Él,
a la perfección, a la glorificación en la que Él,
nuestro principio y cabeza, ya ha entrado.
Que nuestra Eucaristía no sea sólo un momento de oración
y de adoración a Dios, sino un verdadero encuentro con el
Señor para volver a hacer nuestro el compromiso de amar a
nuestro prójimo como Dios nos ha amado a nosotros.
¿Quieres ser feliz? ¿Quieres conseguir la vida eterna?
¿Qué sentido tiene hacer estas preguntas cuando se
disfruta de todo? Muchos trabajaron arduamente para lograr una posición
social gracias a una economía desahogada. Lo tienen todo.
Pareciera que, en medio de todos sus bienes, no tendrían
necesidad de algo más para ser felices. Pero hay un clamor
que les impide ser felices: el de las multitudes de aquellos que
esperan una vida más digna.
¿Acaso tiene sentido vivir rodeado de todo y rodeados de
una soledad tremenda por no saber amar, pero amar en serio, por
lo menos a los seres más cercanos? Portarse como dominadores
nos hace respetables por el temor que los demás tienen de
ofendernos, pero no porque nos amen. Podemos levantarnos y asentar
nuestro trono sobre la injusticia, sobre el desprecio y sobre la
pobreza y hambre de los demás.
Son mentes depravadas las de aquellos que no saben compartir con
los demás lo que tienen, pues olvidaron la solidaridad con
ellos. Son mentes depravadas quienes consideran a los demás
como niños y todo lo acaparan para después vivir esplendorosamente
y darles unas migajas a las clases desprotegidas por las que ellos
luchan.
Ser cristiano es algo muy distinto a un conformarnos con orar, pero
con el corazón cerrado hacia nuestro prójimo. Con
una actitud así jamás llegaremos a ser perfectos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, la gracia de no sólo
tenerlo a Él en nuestro corazón, sino de abrir también
nuestro corazón al amor de nuestro prójimo para procurar
su bien en todo. Entonces será nuestra la vida eterna. Amén.
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