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VIERNES 18 DE JULIO
LECTURAS: IS 38, 1-6. 21-22. 7-8; IS 38; MT 12, 1-8
Is. 38, 1-6. 21-22. 7-8. Nosotros esperamos la posesión
de los bienes futuros. Esto no nos desliga de nuestras obligaciones
diarias; esto no nos hace eludir el empeño que debemos poner,
junto con muchas otras personas de buena voluntad, en la construcción
de la ciudad terrena. Dios nos ha concedido la vida dándonos
muchos carismas que deben ordenarse al bien de todo el Cuerpo de
la Iglesia y de todo el entramado de la vida social.
Sabiendo hacia dónde se dirige nuestra vida, que es el encuentro
con Dios como Padre nuestro, ya desde ahora hemos de vivir trabajando
por la justicia, por la paz y por el amor fraterno preocupándonos
del bien unos de otros. Así es como vamos dando razón
de nuestra esperanza, pues somos los primeros en esforzarnos por
la unidad de la humanidad entera en torno al amor y la verdad. Algún
día, por más que se nos prolongue la vida, ésta
llegará finalmente al momento de partir al encuentro definitivo
de nuestro Dios y Padre.
Vivamos, por tanto, ya desde esta vida como hijos suyos y como hermanos
entre nosotros, procurando el bien de todos.
Is. 38, 10-12. 16. Para quienes creemos en Cristo Jesús
la vida terrena es un continuo caminar hacia la posesión
de los bienes definitivos. Día a día vamos construyendo,
con la gracia de Dios, una digna morada para Él en nuestra
propia vida; y vamos colaborando para que su Iglesia sea realmente
un recinto de paz, de justicia y de amor entre nosotros, desde el
cual el Señor se pueda manifestar para el mundo entero como
el Dios lleno de amor, de misericordia y de ternura para con sus
hijos.
Dios quiere la salvación de todos los suyos. Él no
quiere que enrollemos nuestra vida y, recogiendo todo lo nuestro,
nos vayamos lejos de Él a malgastarlo todo, después
de cortar los lazos de amor que nos unen a Él. Busquemos
al Señor; contemplémoslo en esta tierra no sólo
en la oración para alabarlo y adorarlo, sino también
en nuestro prójimo para amarlo y servirlo.
Sólo entonces, puestos en las manos de Dios, viviremos eternamente
con Él, pues ya desde ahora nuestra vida le pertenece con
un amor indivisible.
Mt. 12, 1-8. El Hijo del hombre es dueño del Sábado.
Ese día no le pertenece a Él; ese día, más
bien, nosotros somos exclusivamente del Señor. En el día
del descanso se simboliza nuestro ingreso a las moradas eternas,
en que finalmente Dios estará en nosotros y nosotros en Él.
Cuando ya desde ahora, no un día, sino siempre, vivimos como
aquellos que le pertenecen al Señor y en Él vivimos,
nos movemos y somos, nos convertimos en un signo de su amor misericordioso
en medio de nuestros hermanos. Entonces contemplaremos el hambre,
la desnudez, la enfermedad, la angustia, la soledad y la pobreza
de quienes han sido azotados por estos males, y jamás descansaremos
en hacerles el bien, pues no seremos unos filántropos, con
una serie de actividades programadas en días y horarios precisos,
sino que seremos un signo del amor de Dios para ellos; de ese Dios
que vela por sus hijos día y noche.
Por eso, quienes nos gloriamos en tener a Dios por Padre, no podemos
vivir como trabajadores conforme a los criterios de este mundo,
sino conforme al amor que procede de Dios y que Él ha infundido
en nuestros corazones.
El Señor nos reúne en este Banquete para ofrecérsenos
Él mismo como Pan de Vida eterna. Él no quiere la
muerte del pecador, sino que se convierta y viva; pues Dios a nadie
creó para la muerte, ni se deleita en ella. Dios nos ha llamado
a la vida porque, amándonos, nos quiere con Él eternamente.
Esta es la vocación a la que hemos sido llamados.
En medio de nuestras fragilidades gozamos de la Vida de Aquel que
nos amó y se entregó por nosotros para que nosotros
tengamos vida, y vida en abundancia. Por eso, quienes participamos
de la Eucaristía no lo hacemos sólo por costumbre,
o por la inercia de la tradición familiar, sino que venimos,
personalmente comprometidos, a encontrarnos con el Señor,
para volver a tener en Él la vida, que muchas veces hemos
perdido o deteriorado a causa de nuestras imprudencias o pecados.
Esa vida que el Señor nos concede es para que vayamos y
la manifestemos en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra
existencia. Dios nos quiere en el mundo como testigos de su amor,
de su gracia, de su bondad y de su misericordia. En medio de las
realidades temporales hemos de manifestar que, sin olvidar nuestras
obligaciones terrenas, tenemos fija la mirada en Cristo, autor y
consumador de nuestra salvación.
Por eso no sólo nos hemos de preocupar de trabajar para lograr
mejores condiciones de vida, sino que también nos hemos de
esforzar por darle su verdadera dimensión a nuestro paso
por este mundo. La persona humana debe llegar a su madurez en Cristo.
Nuestras obras, nuestros comportamientos y nuestras actitudes serán
el fruto que nace desde nuestro corazón y que revelarán
realmente quiénes somos.
Los que formamos la Iglesia de Cristo hemos de ser los primeros
en trabajar por la paz, por la unión fraterna y por el bien
unos de otros. Que incluso nuestros trabajos por el bien temporal
y por los avances técnicos se conviertan en un verdadero
servicio nacido del amor que procede de Dios, y que nos hace vernos
como hermanos y no pasar de largo ante el sufrimiento de nuestro
prójimo.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber aprovechar nuestra vida no sólo para buscar nuestros
propios intereses, sino para buscar el bien de todos. Amén.
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