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SÁBADO 19 DE JULIO
LECTURAS: MIQ 2, 1-5; SAL 9; MT 12, 14-21
Miq. 2, 1-5. Ojalá y los males, de los cuales hoy quiere
hacernos conciencia el profeta Miqueas, ya hubiesen sido superados
en nuestros tiempos. Sin embargo es no sólo triste, sino
penoso, y para algunos es ocasión de justo enojo, contemplar
cómo muchos que aparentan ser hombres de fe, se dedican a
explotar a los demás, a robar los campos y las casas de los
más desprotegidos. No basta con hacerse, incluso, amigo de
los ministros de la Iglesia para sentirse uno protegido y amado
por Dios.
Jesús, único camino de salvación para nosotros,
va delante nuestro y nos invita a seguirlo cargando nuestra cruz.
Y Él no vino a robarnos, ni a dejarnos desnudos o viviendo
en la calle. Él no retuvo para sí el ser igual a Dios,
sino que se despojó a sí mismo para enriquecernos
con su pobreza. Seguir las huellas de Cristo, seguirlo hasta llegar
a ser glorificados junto con Él, significa vivir con el mismo
compromiso de amor y de entrega del cual Él mismo nos dio
ejemplo. No podemos inventarnos un camino diferente al que Él
nos ha manifestado no sólo con sus palabras, sino con su
mismo ejemplo. Si alguien quiere ser su discípulo debe vivir
como Él vivió entre nosotros. Sólo así,
en la distribución de la Vida eterna tendremos como herencia
al mismo Dios.
Sal. 10 (9). Dios jamás se olvida del pobre y del oprimido.
Él está siempre a su lado como su poderoso protector.
Él se hizo cercano a nosotros, con todo su amor, su compasión
y misericordia por medio de Jesús, su Hijo y Señor
nuestro. Él fundó su Iglesia para prolongar su presencia
entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Nosotros
debemos manifestar los mismos sentimientos del corazón de
Cristo.
No podemos convertirnos en unos ambiciosos y avaros; no podemos
ser unos soberbios que opriman al pobre; no podemos escondernos
en los momentos de angustia de nuestro prójimo.
El Señor quiere continuar caminando con la gente de nuestro
tiempo; quiere inclinarse ante los pobres y desgraciados para remediar
sus males; lo quiere hacer mediante su Iglesia, que es su Cuerpo.
¿Realmente somos el signo del amor y de la misericordia de
Dios para nuestros hermanos que padecen algún mal, o que
son víctimas de las injusticias o de la pobreza?
Mt. 12, 14-21. Hacer el bien, pero no hacerse publicidad. Hemos
de hacer brillar, desde nuestra vida, la santidad de Dios. Quien,
incluso utilizando los medios de comunicación social, se
hace propaganda a sí mismo para que se le reconozca como
una persona santa que recibe grandes dones de Dios, más se
busca a sí mismo, más busca la propia gloria en un
egoísmo enfermizo, que buscar la gloria de Dios.
El Señor nos llama a hacer el bien a todos. Pero en lo que
hagamos, puesto que no es nuestra obra, sino la obra de Dios por
medio nuestro, Él es el único que debe ser reconocido
y glorificado. Nuestra mano Izquierda, en este aspecto, no debe
saber lo que haga la derecha. Al final diremos: Sólo somos
unos siervos inútiles; sólo hicimos lo que debíamos
hacer. Entonces la participación de la Vida eterna no la
veremos como una recompensa o pago por lo que hicimos, sino como
un don totalmente libre y gratuito de Dios para nosotros. A Él
sea dado todo honor y toda gloria, ahora y siempre.
El Señor Jesús ha querido participar de nuestros
dolores y enfermedades, pues, sabiendo que detrás de todo
esto está el pecado, Él murió por nosotros
para que perdonados y reconciliados con Dios, seamos criaturas nuevas
en su presencia. Al reunirnos para celebrar la Eucaristía
venimos ante el Señor despojados de todos nuestros orgullos
y egoísmos. Venimos ante Él que es el único
capaz de sanar nuestras heridas abiertas por la maldad, pues en
adelante ya no buscaremos centrar nuestra felicidad en las cosas
pasajeras, sino en Aquel que nos creó y nos llamó
con santa llamada para que lo disfrutemos eternamente.
El Señor, haciendo su obra de salvación en nosotros,
nos enviará como continuadores de la misma en el mundo, para
que escuchando los gritos de los pobres, nos detengamos ante ellos
y les ayudemos a recobrar la dignidad que han perdido a causa de
las injusticias de los poderosos de este mundo, y para que siendo
conscientes del pecado que ha encadenado a muchos hermanos nuestros,
no cerremos cobardemente los ojos ni los labios ante ellos, sino
que les hagamos un fuerte llamado a la conversión. Entonces
podremos decir que realmente hemos entrado en comunión de
vida con el Señor.
Más que buscar cosas espectaculares para dar a conocer al
Señor a los demás, hagámoslo presente desde
una vida que manifieste el fruto de las buenas obras, como consecuencia
de la presencia de Dios en nosotros.
Hay mucho trabajo callado en la Iglesia: Muchos que atienden a los
enfermos en sus casas o en los hospitales, haciéndolo con
un gran amor como si atendieran al mismo Cristo. Hay muchos que
se esfuerzan en defender los derechos de los trabajadores sabiendo
que la fe no es sólo adorar a Dios, sino servirlo en el prójimo.
Hay muchos que visten y alimentan a los pobres y minusválidos
sin proclamar sus obras ante los demás. Dar testimonio de
Cristo desde una vida serena y callada en medio del servicio amoroso
al prójimo es lo que nos identifica con el Hijo de Dios,
que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate
por todos.
Ojalá y vayamos tras las huellas de Aquel que, después
de entregar su vida por nosotros, ahora nos espera para hacernos
partícipes de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito
del Padre.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, manifestar
nuestra fe tanto a través de nuestras obras de culto a Él,
como a través de nuestras obras de servicio al prójimo.
Amén.
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