|

MIÉRCOLES 20 DE AGOSTO
LECTURAS: EZ 34 1-11; SAL 22; MT 20, 1-16
Ez. 34, 1-11. Un papel preponderante ocupa en la Iglesia aquel
que ha sido elegido por Dios como Pastor de su pueblo. Debe velar
por aquellos que le han sido confiados. Más que un honor
es una grave responsabilidad de procurar en todo el bien de los
suyos, aún a costa de entregar la propia vida. Ya el Señor
nos dirá: No voy a perder ni uno sólo de aquellos
que el Padre puso en mis manos.
Aquel que, sabiendo cuál es la responsabilidad que se le
ha confiado, en lugar de cumplirla se dedique a escandalizar, a
oprimir y a explotar a los suyos, no puede decirse un buen pastor,
a imagen de Cristo, aun cuando aparente alegría y cercanía
a los demás, pues detrás de esas hipocresías
se encontrará su egoísmo, que le llevará a
querer aprovecharse de los demás.
Seamos, como Iglesia, signo de la cercanía amorosa de Dios
para el mundo entero, buscando en todo el bien de nuestro prójimo;
aceptando todos los riesgos que nos vengan por amar con el mismo
amor con que nosotros hemos sido amados por Dios.
Sal. 23 (22). El Señor se ha convertido para nosotros en
el Buen Pastor desde el día en que fuimos sumergidos en la
fuente bautismal, en que se nos comunicó su Espíritu
de amor, de alegría y de paz. El Señor vela por nosotros
con el mismo amor que un Padre vela por sus hijos.
El mismo Dios nos ha preparado la mesa de su Palabra y de su Eucaristía,
para enseñarnos el camino del bien y fortalecernos para iniciarnos
en el seguimiento del mismo, sabiendo que, ungidos con el perfume
del Espíritu Santo, el Señor nos acompaña para
que no tropecemos, ni demos marcha atrás en el seguimiento
de Aquel que nos ha precedido en la Gloria cargando su Cruz.
Si en verdad queremos vivir en la casa del Señor por años
sin término, dejemos que Él lleve a cabo su obra salvadora
en nosotros.
Mt. 20, 1-16. Grande es el amor de Dios. Él no actúa
conforme a nuestros intereses mezquinos. Para Él todos valemos
el precio pagado con la Sangre del Cordero Inmaculado. Los que jamás
se alejaron de la presencia del Señor y le han vivido en
una fidelidad indefectible, (¿habrá alguno fuera de
Cristo y María?), debe saber acoger a los demás en
el seno de la Comunidad de fe, con la misma alegría del Padre
Bueno y Misericordioso, que se alegra porque su hijo, que estaba
perdido ha sido encontrado, que estaba muerto y ha vuelto a la vida.
Nadie tiene derecho de ponerse celoso porque Dios es bueno con todos.
Puestos en manos de Dios seamos fieles a Él. Teniendo en
nosotros el amor de Dios, amemos a nuestro prójimo como Dios
nos ha amado a nosotros.
El Señor convoca a todos a la participación del Banquete
Pascual de su amor. Él se alegra por nosotros. Para Él
no hay distinción de personas, pues nosotros vemos lo exterior,
y tal vez eso hace que no respetemos, sino que despreciemos a los
demás. Pero el Señor ve nuestros corazones; sabe que
somos pecadores, y al amarnos, quiere perdonarnos, pues no quiere
la muerte de pecador, sino que se convierta, se salve y viva para
siempre.
Habiendo entregado su vida por nuestra salvación hoy nos
sienta a su Mesa, nos instruye con su Palabra salvadora, y con fortalece
con el Pan de Vida eterna, para que vayamos y demos testimonio de
su amor y de lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros.
Sea Él bendito ahora y siempre.
El Señor quiere que a su Iglesia no le interesen las cosas
de los demás, sino ellos mismos, su salvación. El
Señor nos envió a Evangelizar y a salvar todo lo que
se había perdido. Jesucristo es el Centro de la Acción
de la Iglesia. Hacerlo cercano a los demás como Salvador
debe ser lo que impulse constantemente nuestra vida.
Por eso no podemos, a Nombre de Cristo, acercarnos a los demás,
no tanto para proclamarles el Evangelio, sino para aparentar que
les hablamos del Señor y oramos con ellos y por ellos, pero
con la mirada puesta en sus bienes para arrebatárselos, haciéndoles
creer de una y mil formas, que así ayudan a la Iglesia, o
a los grupos o Institutos a los que pertenecemos y en los que vivimos
aprovechándonos de la buena fe de los demás para nuestros
turbios intereses, o para generara flojeras entre nosotros.
El Señor nos pide caminar como testigos de su amor y de su
Evangelio, libres de todas estas tentaciones y esclavitudes.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia
de saber convertirnos en un signo verdadero, claro y creíble,
de su amor en el mundo. Amén.
|