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LUNES 21 DE JULIO
LECTURAS: MIQ 6, 1-4. 6-8; SAL 49; MT 12, 38-42
Miq. 6, 1-4. 6-8. Dios siempre se ha manifestado como un Padre
para con su Pueblo Israel. Él escuchó el clamor de
su Pueblo y lo libró de la esclavitud a que había
sido sometido en Egipto; lo condujo por el desierto hasta entregarle
como herencia la tierra que había prometido darles a sus
antiguos padre y a sus descendientes. ¿Qué más
pudo hacer Dios por ellos que no haya hecho? Sin embargo el Pueblo
se hizo rebelde, rechazó a Dios y entregó su corazón
a falsos dioses. Y Dios sigue llamando a su Pueblo para que retorne
a Él.
Pero el retorno a Dios no puede quedarse sólo en el culto,
por muy importante que sea lo que le ofrezcamos a Dios. El Señor,
antes que nada, nos quiere a nosotros; y quiere que nuestras actitudes
sean nuevas; que practiquemos la justicia, que amemos la lealtad
y que seamos humildes con nuestro Dios y Padre. No sólo hemos
de tratar de agradar al Señor con nuestra oración
y con el culto que le tributemos.
Sepamos escuchar su voz; vayamos tras las huellas de Jesús,
su Hijo; hagamos nuestra la Palabra de Dios y dejémosla encarnarse
en nuestra propia vida. A partir de una auténtica comunión
de vida entre Dios y nosotros, podremos manifestarle a Él
nuestro amor tanto en el culto como en el servicio de caridad y
en el trabajo constante para lograr la unidad, como hermanos, en
torno a nuestro único Dios y Padre.
Sal. 50 (49). Hemos recibido muchos beneficios de parte de Dios.
Él nos ha redimido del pecado y nos ha librado de la muerte.
Él nos ha hecho partícipes de su propia vida, elevándonos
a la dignidad de hijos de Dios. Él ha derramado en nuestros
corazones su Espíritu Santo, para que día a día
nos vaya haciendo conforme a la imagen del Hijo de Dios, hasta que
lleguemos a la perfección en Él.
Él se manifiesta a nosotros como un Padre comprensivo, amoroso,
misericordioso y compasivo, siempre dispuesto a escuchar nuestros
ruegos y a perdonar nuestros pecados. Ojalá y seamos agradecidos
con Él. Y nuestra gratitud no la expresaremos sólo
con nuestras palabras, sino con una vida intachable y con una fidelidad
amorosa a sus mandatos y enseñanzas. Entonces Dios vivirá
en nosotros y nosotros en Él. Entonces, ya desde ahora, será
nuestra la salvación, que Dios ofrece a quienes le vivan
fieles.
No nos conformemos con ofrecerle nuestro culto a Dios. Ofrezcámosle
nuestra propia vida para que Él lleve a buen término
en nosotros su Obra de salvación.
Mt. 12, 38-42. De alguna forma Jonás es conducido a ser
obediente a los designios de Dios; por eso se le permite salir de
su enclaustramiento, y se le pone como profeta de Dios que llama
a la conversión a los pecadores; los cuales, una vez convertidos,
reciben el perdón y la vida, como dones venidos de Dios.
Y todo esto sucedió porque los Ninivitas creyeron en Dios
y en su enviado, que había llegado a ellos saliendo del vientre
de un enorme pez. Jesús, es el Enviado del Padre. Él
dará una señal de que realmente viene de Dios, pues
el Padre Dios lo resucitará de entre los muertos por su filial
obediencia; quien quiera verse libre del pecado y de la muerte no
tiene otro camino de salvación que el mismo Cristo.
Creer en el Enviado del Padre es unir nuestra vida a Él y
participar de su victoria sobre el autor del pecado y de la muerte.
Así, sólo creyendo en Cristo y unidos a Él,
recibiremos no sólo el perdón de nuestros pecados,
sino la Vida eterna.
El Señor nos reúne para celebrar el punto culminante
de su obra de salvación por nosotros. Él ha muerto
para el perdón de nuestros pecados; pero también ha
resucitado para darnos nueva vida. Éste, su Misterio Pascual,
es la prueba más grande del amor que nos tiene. Dios, así,
nos manifiesta que Jesús es su Hijo amado, en quien Él
se complace.
Quien crea en Cristo no sólo encontrará en Él
el camino que le conduce a Dios, sino que encontrará el camino
para identificarse con Dios, pues quien se una a Cristo hará
realidad en sí aquello que nos anunció el Señor:
Así como el Padre está en mí y yo en el Padre,
así yo estoy en ustedes y ustedes en mí. Esta comunión
de vida Dios la hace realidad en nosotros de un modo especial en
esta Eucaristía que estamos celebrando, pues no venimos sólo
a darle culto a Dios, sino además a unirnos a Él y
a comprometernos en el trabajo a favor de su Reino, y esto no sólo
como expertos del Evangelio conforme a la ciencia humana, sino conforme
a nuestra experiencia del Señor y a la inspiración
del Espíritu Santo, que nos convierte en Testigos del Buena
Nueva de salvación.
A nosotros corresponde continuar con la Obra de Salvación
que ha llevado a efecto el Enviado del Padre, Cristo Jesús.
Él ha constituido a su Iglesia como signo de salvación
para la humanidad entera, en todos los lugares y tiempos de la historia
del mundo. Para que seamos realmente ese signo de salvación
no vamos a tratar de convencer a la gente con cosas espectaculares,
sino a través del servicio al hombre en medio de su problemática,
angustias y esperanzas.
Así como Cristo nos dio el mayor signo de su divinidad entregando
su vida por nosotros, así, quienes hablamos de Dios y de
la fe en Él como el único camino de salvación
para todos, hemos de aprender a dar nuestra vida, día a día,
por aquellos que buscan a Dios, pero que no lo encontrarán
sino a través de la entrega amorosa de su Iglesia a favor
del bien, de la santidad, de la justicia, de la solidaridad, de
la fraternidad entre todos los pueblos y naciones, hasta que todos
alcancemos la unidad en Cristo Jesús. ¿Realmente damos
este signo de nuestra fe y trabajamos para que sea haga realidad
entre nosotros?
Mientras nuestras obras y actitudes, a la par que nuestras palabras,
no sirvan para solicitar la conversión interior y la fe de
aquellos con quienes tratamos y a quienes les anunciamos a Cristo,
tendríamos que examinar no sólo la forma en que hablamos,
sino nuestro compromiso personal con Cristo y su Evangelio, pues
no llegamos a ellos a título personal sino como enviados
del Señor para conducirlos a Él, siendo para ellos
un signo del amor de Cristo mediante la entrega, incluso, de nuestra
propia vida por ellos.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de vivirle fieles, no sólo mediante el culto que le tributemos,
sino también a través de una vida totalmente comprometida
con Él, con el anuncio de su Evangelio y con la construcción
de su Reino entre nosotros. Amén.
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