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VIERNES 22 DE AGOSTO
LECTURAS: EZ 37, 1-14; SAL 106; MT 22, 34-40
Ez. 37, 1-14. En medio de un mundo que hace agua por todas partes;
en medio de muchas ilusiones perdidas, el Señor envía
a su Iglesia como Profeta, no sólo para anunciar palabras
de consuelo, sino para hacer realidad la restauración y la
salvación de la humanidad. El Señor lo dice y lo hace.
Hemos de creer en el poder salvador de Aquel que es la Palabra que
ha plantado su tienda de campaña en medio de las nuestras.
Cuando, proclamando el Nombre de Dios, también nos preocupemos
por realizar el bien a nuestro prójimo esforzándonos
denodadamente por lograrlo, hemos de ser conscientes de que no somos
nosotros, sino el Poder del Señor, que actúa a través
de su Pueblo, el que llevará a cabo su obra salvadora entre
nosotros. Por eso no ideologicemos el anuncio del Evangelio, sino
vivamos fieles a Aquel que nos llamó y nos envió para
que sigamos sus huellas y no la de líderes meramente humanos.
Sal. 107 (106). El Señor jamás se olvida de nosotros.
Él quiere conducirnos hacia la posesión de los bienes
definitivos. Pero no por eso nos llena la cabeza con esa ilusión,
abandonándonos a nuestra suerte mientras caminamos, angustiados,
por este mundo. Nuestro Dios llama, no sólo a un pueblo,
sino a las gentes de los cuatro puntos cardinales para que hagamos
nuestra su Vida y su Misión, la que le confió a su
Hijo cuando lo envió como Salvador nuestro. Así la
Iglesia tiene la misión de confortar al abatido, de socorrer
al necesitado, de fortalecer las manos cansadas y las rodillas vacilantes.
No podemos permanecer indiferentes ante aquellos que sufren hambre
y sed, o que se le va agotando la vida, o que andan errantes, como
ovejas sin pastor por un desierto solitario, desorientados ante
tantas invitaciones falsas de felicidad o de realización
personal. El Señor espera de quienes creemos en Él
que, dóciles a su Espíritu, seamos capaces de detenernos
ante las angustias de los que sufren, arrancarlos de sus tribulaciones
y guiarlos con seguridad, no sólo hacia la posesión
de una vida más digna en este mundo, sino también
hacia la posesión de los bienes definitivos.
Mt. 22, 34-40. Cuando alguien canta lo hace en torno a una nota
fundamental que le da firmeza a su canto, tejiendo notas y más
notas en torno a ese tono que sabe que es el que puede alcanzar
fácilmente sin deteriorar su voz. Ese es el "Cantus
Firmus" del trovador. Y el "Cantus Firmus del cristiano
es el amor. En torno a Él se teje toda la vida del hombre
de fe en su relación con Dios y en su relación con
el prójimo.
Los mandamientos de la Ley, si no tienen ese sentido del amor se
convierten en letra muerta, que a pesar de ser cumplida puntualmente,
se quedaría sin el auténtico sentido que nace del
darlo todo en amor a Dios y de servir al prójimo en un amor
igual al que nosotros recibimos en Cristo Jesús. Ama, ama
y haz lo que quieras; pues entonces jamás te convertirás
en un hipócrita ni en un malvado.
El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía no sólo
para hablarnos al oído del amor que nos tiene, sino para
hacernos experimentar ese amor; pues, efectivamente, Él da
su vida como rescate nuestro para liberarnos de la esclavitud del
pecado, para hacernos hijos de Dios y llamarnos a participar eternamente
de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del
Padre.
Él sabe que muchas veces no sólo se han secado nuestros
huesos, sino que se nos ha secado el alma y vivimos angustiados
y desorientados como ovejas sin pastor. Pero Él jamás
se ha olvidado de nosotros. Él ha entregado su vida para
restaurarnos y ha infundido su Espíritu en nosotros para
que no sólo volvamos a la vida de hijos de Dios, sino para
que también colaboremos en la construcción de su Reino
entre nosotros.
¿Volverá la vida en medio de nuestras arideces? ¿Florecerán
nuestros desiertos? Cuando se pierden la fe y la esperanza, el amor
languidece; entonces se vaga sin sentido por la vida. Muchos han
convertido en autómatas a sus hermanos, haciendo de ellos
sólo un engranaje de la máquina productiva para lograr
sus intereses egoístas.
Los que creemos en Cristo no podemos cerrar los ojos ante los huesos
de nuestro prójimo, calcinados por la injusticia, por el
egoísmo, por sistemas económicos injustos. El Señor
ha derramado su Espíritu en nosotros para que nos pongamos
en pie y amemos a nuestro prójimo en la misma medida en que
nosotros hemos sido amados por Él.
Vivamos con lealtad esta misión que Dios nos ha confiado,
pues el Señor no sólo nos liberó de nuestras
esclavitudes y nos dio su Vida, sino que nos ha enviado a proclamar
su Evangelio, no sólo con los labios, sino con la vida misma.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de ser fieles a la vida y al Espíritu que Él ha infundido
en nosotros, no sólo para que los disfrutemos, sino para
que también los hagamos llegar a las gentes de los cuatro
puntos cardinales. Amén.
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