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SÁBADO 23 DE AGOSTO
LECTURAS: EZ 43, 1-7; SAL 84; MT 23, 1-12
Ez. 43, 1-7. El Señor jamás se olvida de los suyos.
Él conoce nuestra fragilidad; Él sabe que estamos
inclinados al mal desde nuestra más tierna adolescencia.
Él es Dios Misericordioso y siempre fiel a su Alianza de
amor con nosotros. El amor de Dios por nosotros se manifestó
en que siendo aún pecadores, envió a su propio Hijo,
para liberarnos del pecado y hacernos hijos suyos.
En Cristo se acercó para siempre la Gloria de Dios al hombre,
a todo hombre que peregrina por este mundo. Él vive en nosotros
como en un templo. Ojalá y hagamos nuestro el amor de Dios
y permitamos que lleve a plenitud en nosotros su obra salvadora,
para que queden atrás nuestras ruinas de maldad y de pecado
y nos manifestemos como criaturas nuevas en Cristo Jesús,
Señor y Salvador nuestro.
Sal. 85 (84). Dios, Dios-con-nosotros, es nuestra paz, nuestro
gozo y nuestra vida eterna. Su Gloria no sólo habita en la
tierra, en templos construidos por manos humanas; Él habita
en nuestros corazones como en un templo. Nosotros somos frágiles
y muchas veces volvemos a morder el suelo de nuestra maldad y concupiscencia.
Sólo amados, comprendidos, perdonados y fortalecidos por
el Señor no sólo pronunciaremos con los labios, sino
que viviremos como una realidad lo que el Señor nos enseñó:
Venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad así
en la tierra como en el Cielo. Entonces el polvo de nuestro ser,
por la fecundidad del Espíritu santo que habita en nosotros,
producirá abundantes frutos de salvación, de justicia,
de paz, de alegría y de bondad para que nuestro mundo los
disfrute y pueda participar del amor, de la vida, del perdón
y de la gracia que nuestro Dios misericordioso ofrece a todos para
que lleguen a ser hijos de Dios.
Mt. 23, 1-12. El Espíritu del Señor, por medio del
autor de los Hechos de los Apóstoles nos da esta sabia enseñanza:
Ya traté en mi primer libro, querido Teófilo, de todo
lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio
hasta el día en que subió al cielo. Efectivamente
el Señor no se quedó en simples palabras, pronunciadas
con mucha sabiduría humana o divina. Él no sólo
contempló al alfarero realizar su obra; Él mismo tomó
el barro en sus manos para llevar a buen término su obra
de salvación en nosotros: Que lleguemos a ser conforme a
la imagen del Hijo de Dios. Y Él confió esta misma
misión a su Iglesia.
No podemos quedarnos en simples discursos, elaborados magistralmente,
tal vez, incluso, a los pies de Jesús. Es necesario comenzar
a moldear al hombre nuevo aun a costa de la entrega de nuestra propia
vida, pues el que realmente ama no es el que sólo anuncia
el Evangelio con los labios, sino el que da la vida en recate por
los pecadores, a quienes jamás ha dejado de amar como suyos.
Nuestro Dios y Padre nos ha convocado para encontrarnos con Él
no tanto en un templo de piedra, sino en Cristo Jesús, Señor
Nuestro. En Él se nos ha manifestado la Gloria y el amor
de Dios, de tal forma que las antiguas promesas llegaron a su fiel
cumplimiento en Aquel que siendo Dios se hizo uno de nosotros para
liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.
El Señor nos quiere unidos a Él con un corazón
indiviso, en una Alianza de amor nueva y eterna. Pero sabiendo de
nuestra fragilidad Él mismo se convierte en nuestra purificación
y salvación. El Señor se acerca a nosotros, abramos
nuestro corazón para que, habitando en nosotros, nos convierta
en su signo de amor en el mundo.
Iglesia convertida en un auténtico servicio de amor a favor
de todas las personas, sin distinción de razas, sexos, culturas,
ni condiciones sociales. Iglesia cercana a los pecadores, a los
pobres, a los desprotegidos, a los marginados para anunciarles el
Evangelio y librarlos de sus opresiones.
No podemos decir que somos la Iglesia de Cristo cuando, aprovechándonos
del Evangelio para nuestros sucios intereses, buscamos nuestro propio
prestigio y casi exigimos que los demás nos adoren y vean
en nosotros más que siervos del Evangelio, unos simples dignatarios
fríos y lejanos del Pueblo, que necesita no vanos discursos,
sino de quienes les hagan cercano el amor misericordioso de Dios,
capaces de cargarse sobre sí mismos las miserias de la humanidad
para remediarlas aún a costa de la propia vida.
¿Cuál es la lealtad de nuestra fe? ¿Seguiremos
las huellas de Cristo, o sólo buscaremos nuestra gloria,
perecedera e hipócrita?
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de anunciar su Evangelio haciéndolo cercano a los demás
con una vida de amor esforzado para que en todos se haga realidad
la presencia salvadora de nuestro Dios y Padre. Amén
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