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MIÉRCOLES 23 DE JULIO
LECTURAS: JER 1, 1. 4-10; SAL 70; MT 13, 1-9
Jer. 1, 1. 4-10. Todos fuimos llamados a la vida porque, aún
antes de nacer, Dios nos amó, y nos destinó a ser
testigos suyos. El anuncio del Evangelio no se realiza sólo
desde la ciencia humana. Antes que nada y por encima de todo está
Dios, que es quien pone sus palabras en nuestro corazón y
en nuestra boca, para que con su Poder destruyamos el mal y edifiquemos
el bien.
Efectivamente el auténtico profeta viene de la unión
con Dios; desde esa experiencia habla como testigo de lo que ha
experimentado del mismo Dios. El profeta de Dios no se pasa la vida
anunciando calamidades, sino anunciando una vida que día
a día se ha de renovar en Cristo Jesús. Por eso no
sólo hay que arrancar y derribar, destruir y deshacer, sino
también edificar y plantar.
Esto no puede llevarnos a pensar que el trabajo realizado por los
enviados anteriormente a nosotros haya sido inútil, y que
todo empezará desde nuestra llegada. Ni siquiera las culturas,
tal vez alejadas de Dios, deben ser despreciadas ni destruidas para
edificar en ellas la fe, sino que sólo las hemos de purificar
de todo aquello que les impide un encuentro auténtico con
el Señor y un compromiso en la edificación del Reino
de Dios entre nosotros.
Esta es la vocación a la que ha sido llamada la Iglesia,
que se va encarnando en los diversos pueblos y culturas para conducir
a todos a la plena unión con Cristo Jesús.
Sal. 71 (70). Puestos en manos de Dios lancémonos confiados
y valientes a anunciar su Evangelio a todas las naciones, pues Dios
velará siempre por nosotros. Teniendo a Dios de nuestra parte
no vacilemos, pues el Señor siempre estará dispuesto
a ponernos a salvo. Incluso cuando muramos por Él y por su
Evangelio, Él, finalmente, nos librará de la muerte
y nos llevará sanos y salvos a su Reino celestial. No confiemos
en el Señor pensando equivocadamente que Él velará
por nosotros cuando le demos culto y después nos dediquemos
a nuestras fechorías.
Dios nos quiere comprometidos en la realización del bien
a favor de todos. Esto tal vez nos reporte momentos de desprecio,
de angustia, de persecución y de muerte. Aceptando con amor
las consecuencias de nuestro testimonio del Evangelio, no nos cansemos
de proclamar siempre la justicia que procede de Dios y que Él
ofrece a la humanidad entera; no nos cansemos de llevar la misericordia
a todos para que encuentren en el Señor el perdón
y la salvación. Sólo así podremos, finalmente,
alabar al Señor eternamente, pues ya desde ahora nuestra
vida se habrá convertido en una continua alabanza de su santo
Nombre.
Mt. 13, 1-9. El Señor nos dice por medio del profeta Isaías:
Como la lluvia y la nieven caen del cielo, y sólo regresan
allí después de empapar la tierra, de fecundarla y
hacerla germinar, para que dé semilla al que siembra y pan
al que come, así será la Palabra que sale de mi boca:
no regresará a mí vacía, sino que cumplirá
mi voluntad y llevará a cabo mi encargo. Por la Palabra fueron
creadas todas las cosas.
Llegada la plenitud de los Tiempos, Dios nos envió a su Hijo
(la Palabra), nacido de Mujer, para rescatarnos del pecado y de
la muerte. Él no sólo anunció el Evangelio;
Él es el Evangelio viviente del Padre, pues por Él
no sólo hemos conocido, sino experimentado el amor de Dios.
Pero esa Palabra no sólo debe ser escuchada con los oídos,
sino con el corazón, pues está requiriendo de nosotros
que la encarnemos y nos convirtamos en el Evangelio viviente del
Padre a través de la historia. Ojalá y seamos ese
buen terreno que está dispuesto a escuchar y a acoger la
Palabra de Dios y a ponerla en práctica.
El Señor nos reúne en esta Eucaristía para
pronunciar su Palabra Salvadora sobre nosotros. Él nos hace
experimentar el amor que nos tiene hasta el extremo. Nosotros somos
testigos de ese amor. Por eso el Señor nos quiere plenamente
unidos a Él, de tal forma que, en su Nombre, vayamos y proclamemos
las maravillas de su amor y de su misericordia a todos los pueblos.
Renovemos nuestra confianza en el Señor; sepamos poner totalmente
nuestra vida en sus manos para que Él realice su obra salvadora
en nosotros y nos lleve a la misma perfección que le corresponde
a Hijo unigénito de Dios. Nuestra Eucaristía se ha
de convertir en un compromiso de amor fiel a Dios y a su Palabra,
que nos haga ser la buena semilla que se siembre en el corazón
de la humanidad entera para que todos lleguen a producir abundantes
frutos de salvación.
Quien ha perdido su relación con Cristo en lugar de hacer
surgir hijos de Dios lo único que hará será
convertirse en ocasión de maldad, de muerte y de esterilidad
por su falta de buenas obras en favor de los demás. Vivamos,
pues, nuestra unión fiel y amorosa a Dios.
Dios ha Creado a su Iglesia con gran amor, pues la ha hecho Esposa
de su propio Hijo, Cristo Jesús. En Él tenemos la
misión de sembrar la vida, el amor, la verdad, la santidad,
la justicia, la paz, la alegría y la misericordia en la humanidad
entera. Nuestra simiente no es de maldad, sino de bondad, pues procede
de Dios mismo. Por eso aprendamos a ser los primeros en dejar que
esa Semilla buena, que es la Palabra de Dios, produzca frutos abundantes
en nosotros.
Pero no nos quedemos egoístamente disfrutando de la fecundidad
de la Palabra de Dios en nosotros. Vayamos, con el poder de Dios,
a sembrarla en la humanidad entera. No importa que a veces parezcamos
apenas unos muchachos temerosos, pues no vamos con nuestro poder,
sino con la fuerza que nos viene del Espíritu Santo, que
Dios ha infundido en nosotros. Y ese Espíritu no es de cobardía,
sino de valentía sabiendo que la obra de salvación
es la obra de Dios, y nosotros sólo somos colaboradores de
la gracia.
Ojalá y no defraudemos el amor y la confianza que Dios ha
depositado en nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de vivir como fieles testigos suyos, colaborando constantemente
en la construcción del Reino de Dios entre nosotros fortalecidos
por el Espíritu Santo, que Dios mismo nos ha concedido. Amén.
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