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VIERNES 25 DE JULIO
LECTURAS: 2COR 4, 7-15; SAL 125; MT 20, 20-28
2Cor. 4, 7-15. Dios escogió lo débil del mundo para
confundir lo fuerte. Para Dios no cuenta lo externo, sino lo interno.
El vaso puede no sólo parecer, sino de hecho ser demasiado
frágil.
La presencia de Cristo en quien ha sido escogido y enviado por Él
es lo más importante. Somos portadores de Cristo y, a través
de nosotros, es Él quien no sólo habla, sino actúa
a favor de todos. Quienes nos vean y escuchen probablemente nos
rechacen; ese es nuestro estar crucificados junto con Cristo. Y
mientras en nosotros actúa la muerte, en los demás
actuará la vida, pues no hay posibilidad de vida sino a través
del morir a uno mismo, como el grano de trigo sembrado en la tierra,
que para que surja una nueva vida tiene que morir a sí mismo.
Así, a través de nuestra vida, el Señor actuará
constantemente en favor de los demás y los conducirá
a la fe que los salva.
Sabemos que, al final, para que estemos para siempre en Dios y Dios
en nosotros, el Señor nos resucitará para hacernos
partícipes de la misma gloria que ya posee Aquel que por
nosotros murió y resucitó, pues nuestros pasos habrán
seguido sus huellas hasta encontrarnos con Él eternamente
a la diestra de Dios Padre.
Sal. 126 (125). Dios, por medio de Jesucristo, nos ha liberado
de la esclavitud del pecado. Nuestra vida nueva en Cristo parecería
un sueño inalcanzable, sin embargo Dios nos ha amado de tal
forma que en verdad nos ha hecho hijos suyos.
Mientras continúa nuestra peregrinación por este mundo
hacia la posesión de los bienes definitivos, pasaremos por
muchas pruebas. No debemos desanimarnos, ni desesperarnos, sino
saber que lo que Dios esté sembrando en nosotros ha de producir
frutos abundantes de buenas obras, a pesar de que todo esto nos
cause dolor o requiera determinadas renuncias.
Al mismo tiempo hemos de estar conscientes de que lo que hemos recibido
no es para esconderlo sino para hacerlo llegar a todos, de tal forma
que esa vida del Señor, a pesar de que seamos despreciados,
perseguidos y condenados a muerte, la hemos de llevar y sembrar
en el corazón de todos; al final nos alegraremos de la cosecha
abundante que habrá producido nuestra disponibilidad al Señor,
para que por nuestro medio Él sea conocido, amado y aceptado
en todos los corazones.
Mt. 20, 20-28. No se puede ser discípulo de Jesús,
no puede seguírsele sino tomando la cruz de cada día
y asumiendo todas las consecuencias que conlleva dicha decisión.
Beber el cáliz del Señor, estar dispuestos a ello
nos indica que hemos de contemplar nuestra vida de fe y de testimonio
de la misma no como un camino fácil, cómodo, ni a
nuestra medida. Jesús no nos quiere instalados, Él
nos quiere desprendidos de todo, incluso de nosotros mismos, capaces
de dar nuestra vida por los demás y no de aprovecharnos de
ellos para nuestros propios intereses.
Finalmente la fe no puede convertirse en ocasión de lucro,
de negocio, sino que ha de ser un auténtico servicio hecho
con amor y lealtad a Cristo, que nos precede con su entrega y con
su cruz. Él, así, se ha convertido en el Servidor
de todos, pues por medio de su sangre derramada por nosotros, nos
ha liberado de la esclavitud del pecado y nos ha hecho hijos de
Dios.
Participar de su cáliz, de su entrega, es hacer nuestro su
camino de salvación y hacer que nuestra vida se convierta
en un auténtico memorial de su obra salvadora a favor de
todos.
En esta Eucaristía hacemos nuestro el Cáliz del Señor.
No celebramos la Eucaristía como algo superficial y externo
a nosotros, sino que hacemos nuestra la Pascua de Cristo, porque
estamos dispuestos a vivirla, como una entrega que manifieste que
también nosotros, como el Señor, estamos dispuestos
a amar hasta el extremo, dando nuestra vida para que quienes nunca
la han tenido, o la han perdido a causa de sus pecados, la recuperen
y vuelvan a tener a Dios por Padre.
Ser personas de fe en Cristo nos lanza para ser un signo vivo de
Cristo Salvador en medio de nuestros hermanos.
Somos conscientes de nuestra fragilidad; pero también somos
conscientes que la obra de salvación no es obra nuestra,
sino la obra de Dios en y desde nosotros.
Por eso, puestos en manos de Dios, confiados plenamente a Él,
hagamos que nuestra Eucaristía se viva en cada momento de
nuestra existencia como el habernos encontrado con Dios para que,
llevándolo en nosotros, demos testimonio de Él con
nuestras buenas obras en favor de los demás.
Los que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo no podemos convertirnos
en opresores de nuestro prójimo.
Los criterios de poder en el mundo, que lleva a que muchos gobernantes
se conviertan en corruptos, en personas que no respetan los derechos
de los ciudadanos, que buscan sus propios intereses a cualquier
precio, que son capaces de despojar a los demás de lo que
tienen, no pueden ser los criterios que rijan a quienes, unidos
a Cristo, lo anunciamos a los demás. De nosotros se espera
mayor lealtad, rectitud, honestidad y servicio fraterno.
Si incluso llegamos a ocupar un puesto de servicio en la vida pública,
hemos de vivir con la mayor lealtad nuestro compromiso de fe, que
ayude a que los pueblos puedan encontrar caminos de mayor justicia
social, solidaridad y convivencia fraterna.
Ahí donde se desarrolle nuestra vida, aún en el ambiente
más sencillo, hemos de ser portadores de Cristo y de su acción
salvadora en favor de todos.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber servir con gran amor a quienes necesitan de alguien que
los oriente, los socorra, les levante la esperanza y los fortalezca
en su camino. Así, siendo un signo creíble del amor
de Dios, podremos, finalmente, estar algún día a su
diestra eternamente. Amén.
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