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MARTES 26 DE AGOSTO
LECTURAS: 2TES 2, 1-3. 14-17; SAL 95; Mt. 23, 23-26
2Tes. 2, 1-3. 14-17. El Señor volverá, lleno de gloria,
al final del tiempo.
Sin embargo esto no debe inquietar nuestro corazón; ni nos
hemos de dejar engañar por quienes, por supuestas revelaciones,
nos quieran asustar haciéndonos pensar que ese momento ya
es inminente, pues el Señor nos quiere como trabajadores
constantemente en favor de su Reino, a pesar de que su venida ya
estuviese a la vuelta de la esquina; sin embargo ese momento sólo
Dios lo tiene reservado en su mente divina.
A nosotros nos corresponde mantenernos firmes en la fe recibida
y conservar la doctrina recibida en la tradición verdadera
de la Iglesia, y en la Sagrada Escritura.
Sin embargo la Palabra de Dios no ha de ser sólo escuchada,
meditada y vivida de un modo personal por quienes creemos en Cristo
y su Evangelio, sino que debe ser proclamada, mediante nuestras
buenas obras, a todas las naciones, para que todos lleguen al conocimiento
de la verdad y a la plena unión con Dios.
Sal. 96 (95). El Señor de la historia se acerca constantemente
a nosotros para ofrecernos su salvación.
Él quiere afianzar nuestra vida totalmente en Él por
medio de la fe, pues quiere habitar en nosotros como en un templo,
desde el cual manifieste su Gloria al mundo entero.
Por eso a nosotros corresponde escuchar su voz, meditar en nuestro
corazón su Palabra y vivir conforme a las enseñanzas
del Señor, de tal forma que en verdad todos conozcan y experimenten,
desde la Iglesia, el amor de Dios.
Sólo así el mundo entero se llenará de regocijo,
pues el Señor continuará salvando a todos, acercándose
a toda persona que sufre para consolarla y aliviar sus males, sus
tristezas y pobrezas, desde la Iglesia, convertida no tanto en una
institución, cuanto en un signo del Siervo de Dios: Cristo
Jesús.
Mt. 23, 23-26. Ser justos ante Dios no es sólo presentarnos
ante Él para rendirle culto. Si su Palabra no cala hasta
lo más profundo de nuestra vida y le da un giro, para que
dejemos de obrar el mal, y comencemos a obrar el bien, nuestro culto
al Señor será vano y vacío. Entonces nos sucederá
lo que el mismo Señor nos dice en otro lugar: Concebimos,
nos retorcimos, y sólo dimos a luz viento, pues no hemos
hecho nacer hijos para Dios.
El sentido de nuestro encuentro con Dios es el encuentro con nuestros
hermanos; en ellos, especialmente en los más desprotegidos,
escuchamos la voz del Señor que nos pide servirlo y amarlo
hasta el extremo, dando incluso nuestra vida, con tal de salvarlo,
de perfeccionar la obra de Dios en quienes viven bajo el signo de
la injusticia, o que vagan como ovejas sin pastor; pues, efectivamente,
lo que hagamos, o dejemos de hacer a favor de nuestros hermanos,
lo estaremos haciendo o dejando de hacer al mismo Cristo.
No nos quedemos de rodillas ante el Señor. Vayamos, con el
Espíritu, que habita en nosotros como en un templo, a ponernos
al servicio de nuestros hermanos y amémoslo como al mismo
Cristo.
Hoy el Señor nos ha convocado para que su Palabra llegue
a nosotros y nos mueva a iniciar, ya desde ahora, la construcción
de su Reino entre nosotros.
Y Construir el Reino de Dios es luchar para que la fraternidad,
guiada por el amor que procede de Dios, se haga realidad entre nosotros
para que, en Cristo, todos lleguemos a ser hijos de Dios.
Por eso no sólo se pronuncia su Palabra sobre nosotros, sino
que también se nos comunica la Vida Divina a través
de la celebración del Memorial de la Pascua del Señor
de la Iglesia, con quien entramos en comunión, no simbólica,
ni pasajera, sino real y permanente.
Por eso la participación en la Eucaristía nos ha de
hacer conscientes de nuestra condición de discípulos
y misioneros del Señor de la Iglesia.
Que Él nos conceda su Espíritu para que seamos valientes
testigos de su amor para todos nuestros hermanos.
Por eso el Señor nos llama para que estemos con Él,
y después enviarnos a proclamar con las palabras, con las
obras y la vida misma, aquello que aquí hemos vivido: El
amor y la misericordia de Dios para con nosotros.
No continuemos siendo unos malvados y destructores de nuestros hermanos.
Si no sólo nos llamamos, sino que en verdad somos hijos de
Dios, dejemos que Él nos convierta en portadores de su amor
y de su gracia para todos nuestros hermanos, de tal forma que en
verdad seamos un fermento de santidad en el mundo.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que así
como ella llevó a Cristo y nos lo entregó como salvación
para todos, así nosotros seamos continuamente engendrados
como hijos de Dios y llevemos su Evangelio y su salvación
hasta el último rincón de la tierra. Amén.
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