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MIÉRCOLES 27 DE AGOSTO
LECTURAS: 2TES 3, 6-10. 16-18; SAL 127; MT 23, 27-32
2Tes. 3, 6-10. 16-18. El trabajo en lugar de denigrar ennoblece
a la persona. Ya al principio el Creador encomendó al primer
hombre la guarda y el cultivo del jardín del Edén.
Todos debemos ser corresponsables en la construcción de la
ciudad terrena, de tal forma que en verdad podamos disfrutar de
una vida más confortable. La justicia social será
la que rija el trabajo de todos, pues no sólo se tiene el
derecho a una justa retribución del trabajo, sino que, además
todos tienen los mismos derechos para disfrutar de una vida digna.
Los que creemos en Cristo no podemos vivir con las manos caídas,
pensando que lo único que nos interesa es salvarnos. No podemos
convertirnos en una carga para los demás como si fuésemos
unos inútiles. En medio de las realidades de cada día
debemos ser los más responsables en nuestras tareas diarias,
preocupándonos no sólo de la realización de
aquello que se nos ha confiado, sino esforzándonos también
para que con nuestras actitudes, con nuestras palabras y con nuestra
vida misma, seamos en realidad un fermento de santidad en el mundo
logrando que las estructuras sociales sean cada vez más justas,
y nuestras relaciones más fraternas. Entonces se hará
realidad en nosotros la gracia y la paz que Dios nos ha concedido
en Jesucristo, su Hijo y Señor nuestro.
Sal. 128 (127). Amar al Señor sobre todas las cosas. Temer
perderlo a causa del pecado es una forma de saber cuánto
lo amamos. No basta con decir con los labios que amamos al Señor;
hay que seguir sus caminos. Vivir en la fidelidad al Señor
nos lleva a entender aquellas palabras de Jesucristo: Si alguien
me ama, cumplirá mi Palabra; y mi Padre y Yo vendremos a
él y haremos en él nuestra morada.
No pensemos que Dios nos bendice sólo cuando nos concede
bienes materiales. Dios nos bendice, de un modo muy especial, cuando
habita en nosotros como en un Templo. Pero, habitando en nosotros,
Él nos quiere convertidos en una bendición para todos
los demás, de tal forma que todos puedan disfrutar del fruto
de nuestros esfuerzos y de nuestra entrega, como nosotros disfrutamos
del amor y de la gracia que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús,
su Hijo y Señor nuestro.
Mt. 23, 27-32. Exterioridades y apariencias. ¿De qué
sirven nuestras apariencias si en el interior estamos cargados de
maldad y de podredumbre? Antes que nada hemos de unir nuestra vida
a Dios; hemos de ser fieles a la Alianza pactada con Él desde
el día en que fuimos bautizados, en que Dios nos aceptó
como hijos suyos por nuestra unión a Cristo Jesús,
su Hijo; y en que, razón de esa misma unión, nosotros
aceptamos el compromiso de vivir como hijos de Dios. Hijos fieles
que viven y caminan en el amor a Dios y al prójimo. Sólo
a partir de entonces no nos quedaremos en una fe confesada de labios
para afuera.
La lealtad de nuestra fe abrirá nuestro ser para que no sólo
habite en él el Señor, sino para que su Palabra tome
carne en nuestra propia vida. No seamos como sepulcros blanqueados,
hermosos por fuera pero llenos de carroña y podredumbre por
dentro; no nos conformemos con construir mausoleos a los santos,
y templos, tal vez joyas arquitectónicas, en honor del Señor.
Entreguémosle, más bien, nuestra vida para que desde
ella el Señor continúe realizando su obra de amor
y de salvación en el mundo.
Jesús fue rechazado y herido por nuestros pecados. Nadie
puede eludir su responsabilidad en la muerte de Cristo, pues Él
cargó sobre sí el pecado de la humanidad. Y en esto
consiste el amor de Dios: en que siendo pecadores envió a
su propio Hijo para librarnos de nuestros pecados y hacernos hijos
de Dios. Y el Señor nos sigue amando siempre. Él mismo
nos convoca en este día para ofrecernos su perdón
y para sentarnos a su mesa como hijos suyos.
Ojalá y vengamos ante el Señor trayendo el fruto de
nuestros trabajos apostólicos. Y estos no sólo serán
los realizados por quienes se han dedicado a proclamar el Nombre
de Dios a sus hermanos, sino también los realizados por aquellos
que, en medio de sus labores diarias, se han esforzado en trabajar
por el amor fraterno y por la justicia social.
¿Qué hacemos los que nos decimos cristianos? ¿Cuáles
son las manifestaciones de nuestra fe? Probablemente hoy como ayer
muchos contribuyan en la construcción o en el esplendor de
los templos que se levantan al Nombre de nuestro Dios y Padre. Muchos
continuarán preocupándose de que las diversas festividades
religiosas se hagan con toda la pompa propia de un festejo en honor
del Altísimo. Pero ¿realmente ha vuelto nuestro corazón
a Dios? ¿O también hoy como ayer nosotros nos hemos
quedado en simples exterioridades ante Dios? ¿No seremos
dignos del reproche del Señor en la antigüedad: Este
pueblo me honra con los labios mientras su corazón está
lejos de mí?
De nada nos servirá ofrecerle miles y miles de cosas externas
al Señor. Es necesario que nuestro corazón vuelva
a Él y que, fieles a su amor y a su Palabra, iniciemos un
nuevo camino: el del amor a Él y el del amor a nuestro prójimo,
convertido en amor servicial y fraterno buscando el bien de todos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber vivir nuestra fe sin hipocresías, sino como testigos
del amor que Dios nos ha tenido y que ha transformado nuestra vida
de pecadora en justa, para que, puestos al servicio de los demás,
contribuyamos para que también ellos alcancen, junto con
nosotros, la salvación que Dios ofrece a todos. Amén.
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