|

JUEVES 28 DE AGOSTO
LECTURAS: 1COR 1, 1-9; SAL 144; MT 24, 42-51
1Cor. 1, 1-9. Dios nos ha llamado a todos a participar de la vida
y de la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Quienes hemos
hecho nuestro el Don de Dios formamos la Comunidad, la Iglesia de
Cristo. Y Él va enriqueciendo a su Iglesia con una variedad
de Dones, de Carismas para el bien de la misma. Puesto que el Señor
nos quiere al servicio del Evangelio, nos entrega, de un modo especial,
su Palabra, y nos concede el don del Conocimiento para que comprendamos
su Palabra, la encarnemos en nosotros mismos y la proclamemos como
testigos. Sin embargo jamás podremos decir que hayamos llegado
ya a la perfección.
La Iglesia siempre estará en camino, como peregrina hacia
el encuentro definitivo con su Señor. Ojalá y cuando
Él vuelva nos encuentre viviendo de un modo irreprochable
y trabajando por su Reino.
Sal. 145 (144). Nosotros hemos experimentado el amor que Dios nos
ha manifestado en su propio Hijo. Esto supera cualquier otra manifestación
del amor de Dios que pueda hacernos prorrumpir en alabanzas y acciones
de gracias en honor del Señor. ¿Cómo no amar
al Señor y alabarlo si, a pesar de que nos encontró
cargados de miserias, se inclinó hacia nosotros para librarnos
de nuestras esclavitudes? No somos nosotros, sino la mano del Señor
la que lo ha hecho.
La Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte es también
nuestra victoria. Sin embargo muchas veces nosotros continuamos
viviendo bajo el signo de la maldad. Pero el Señor siempre
está esperando nuestro retorno para recibirnos como a hijos
suyos y ponernos en camino como testigos de su Santo Nombre y de
su amor misericordioso. Habiendo experimentado el amor de Dios hagámoslo
llegar a toda la humanidad, para que todos se beneficien del amor
que procede de Dios.
Mt. 22, 42-51. El Señor nos ha enviado a anunciar su Evangelio;
a dar testimonio del mismo con una vida intachable y con el trabajo
a favor del bien de todos en todos los niveles. Ya el Señor
mismo nos advertía que no nos dejemos embotar por los bienes
pasajeros.
Cuando todo parece que marcha bien y disfrutamos de todo, se nos
borran de la mente y del corazón los bienes eternos. Cuando
la vida declina a causa de la edad o de la enfermedad, y la vida
está en peligro, tal vez una vez pasada la crisis inicial
de depresión y de renegar en contra del mismo Dios (un Dios
que siempre estuvo marginado, pero del que ahora uno se acuerda
para echarle la culpa de nuestros males, y al que nunca le agradecimos
los bienes recibidos), serenadas las aguas internas se inicia un
proceso de conversión. ¿Durará siempre? Recuperada
la salud y vueltos al trajín de la vida diaria, ¿habremos
aprendido la lección de que todo es pasajero y de que no
sólo hemos de buscar al Señor, sino permanecer en
Él para convertirnos, en Él, en criaturas nuevas?
¿Qué significa el Señor en nuestra vida?
Nos hemos de preguntar no sólo acerca de cómo estamos
preparados para nuestro encuentro definitivo con Él, sino
de cómo vivimos ya desde ahora nuestro camino de fe en Cristo
Jesús.
La entrega de Cristo Jesús es el mayor don de amor que Él
nos ha hecho. Efectivamente Él nos dice: nadie tiene mayor
amor que aquel que da la vida por los que ama. Y hoy nos hemos reunido
para celebrar este Misterio del amor de Dios hacia nosotros. Y el
Señor siembra su Palabra en nuestros corazones. Ojalá
y esa Palabra encuentre el mejor de los terrenos para que, con la
fuerza del Espíritu Santo, pueda producir abundantes frutos
de salvación en nosotros.
No nos hemos de conformar con conocer la voluntad de Dios, sino
que hemos de hacerla nuestra, dejándole tomar carne en nuestra
propia vida. Sólo así podremos decir que realmente
estamos en comunión de Vida con el Señor. Vigilemos
constantemente para no perder este Don que Dios nos ha hecho. Pero
no sólo hemos de conservarlo; hemos, más bien, de
esforzarnos por hacerlo llegar a toda persona de buena voluntad,
para que en todos rinda frutos abundantes de salvación. Este
es el trabajo que, como Iglesia, hemos de cumplir cada día.
Ojalá y cuando el Señor vuelva nos encuentre cumpliendo
fielmente con nuestro deber.
El Señor quiere que su Iglesia, su esposa, se convierta
en sierva a favor del Evangelio. Al confiárnoslo no tuvo
en mente el que, por causa del él, buscáramos honores
pasajeros. Ponernos en camino para que el Evangelio de la gracia
y de la salvación llegue a todos debe desinstalarnos de todo
aquello que nos impide proclamar el Nombre del Señor a todas
las naciones.
No sólo perjudica a la Iglesia aquel que se pone a embriagar
y a golpear a los demás, sino también aquel que no
ha sido capaz de hacerse peregrino para hacer llegar hasta el último
rincón de la tierra el perdón y el amor de Dios. Quien
viva instalado en lo suyo difícilmente podrá decir
que está preparado para el Día del Señor, pues
no tan fácilmente podrá decir que estará cumpliendo
con su deber.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber ser fieles testigos de su Evangelio en el mundo. Amén.
|