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LUNES 28 DE JULIO
LECTURAS: JER 13, 1-11; DEUT 32; MT 13, 31-35
Jer. 13, 1-11. El pueblo de Israel es algo muy querido para Dios.
Para simbolizar el grado de cercanía en que le tiene, el
Señor hace que el profeta Jeremías ocupe el lugar
del mismo Dios ante el Pueblo; y que se ciña a la cintura
una faja de lino, que representará al Pueblo. Así
ama Dios a los suyos y vela por ellos. Sin embargo, ante las amenazas
de otros pueblos los Israelitas buscan alianza con Babilonia, y,
al hacerlo, lo único que están haciendo es desprenderse
de su intimidad con Dios, e irse a esconder en un agujero junto
a dioses que no son Dios, y que en lugar de darles vida les llevarán
a su propia destrucción. Quienes tal hacen lo único
que buscan de modo irremediable es su propia perdición.
Nosotros, bautizados en Cristo Jesús, en Él somos
hijos de Dios, participando de su misma Vida y de su mismo Espíritu.
Dios vela por nosotros como Padre lleno de amor y de ternura por
sus hijos. Sin embargo cuando dejamos de confiar en Él y
nos dejamos deslumbrar y embotar por las cosas pasajeras, al perder
el sentido de lo trascendente, nos diluimos en las cosas de este
mundo y dejamos de caminar hacia nuestra plena realización,
de tal forma que, al buscar nuestros propios intereses llegamos
a ser capaces incluso de levantarnos orgullosamente sobre nuestro
prójimo, pisoteándole sus derechos o, por desgracia,
incluso asesinándolo para lograr nuestros turbios intereses.
Así estamos manifestando que el pecado ha deteriorado grandemente
nuestro corazón.
Sin embargo el Señor nos quiere unidos a Él para que,
participando de su amor y de su vida seamos capaces de construir
un mundo que tenga como base la civilización del amor y no
la ley de la selva y de la destrucción.
Deut. 32, 18-21. También nosotros debemos meditar sobre
las muchas veces que hemos abandonado a Dios a causa de nuestros
pecados, o a causa de entregarle nuestro corazón a los falsos
ídolos creados por nosotros mismos; pues, efectivamente,
aquello que ocupa el centro de nuestro corazón, de nuestros
pensamientos y acciones, ese es el dios en quien hemos puesto nuestra
esperanza y que le da sentido a nuestro trabajo y a nuestros desvelos,
y en quien hemos cifrado la búsqueda de nuestra felicidad.
Si es otra cosa o persona distinta al Señor Dios quien ocupe
ese centro de nuestra vida, por más que en algunos momentos
nos acordemos de Dios y lo invoquemos, finalmente sabremos que en
realidad Él no es nuestro Dios.
Centremos nuestro corazón en Aquel que le da su verdadero
sentido a nuestra vida, pues Aquel que nos creó a su imagen
y semejanza es el único que le da su verdadero sentido a
la plena realización del hombre; y no tanto porque nos quiera
de rodillas ante Él, sino porque, como consecuencia de nuestro
trato personal con Él, viviremos comprometidos en la realización
de un mundo más justo y fraterno, desde el cual podamos iniciar
el gozo de los bienes eternos ya desde este mundo.
Mt. 13, 31-35. El Reino de Dios no sólo inició entre
nosotros como la más pequeña de las semillas a causa
del poquito número de los que al principio creyeron, sino
también porque, a pesar de que se ha extendido por el mundo
entero, sólo pertenecen a Él los de corazón
humilde y sencillo, pues cuando somos débiles es cuando somos
fuertes, ya que no trabajamos nosotros, sino la gracia de Dios con
nosotros para el bien de todos.
Unidos a Cristo, purificados de nuestros pecados y llenos del Espíritu
Santo, el Señor quiere que en verdad seamos fermento de santidad
en el mundo para que poco a poco vayamos ganando a todos para Cristo.
La vida recta, la justicia con la que vivamos, la preocupación
por el bien de todos, especialmente de los más desprotegidos,
nuestra honestidad ante la corrupción que ha dominado muchos
ambientes, harán que no sólo proclamemos el Evangelio
con los labios, sino también con nuestras obras, con nuestras
actitudes y con nuestra vida misma.
Esta sinceridad de nuestra fe, y el no crear una dicotomía
entre fe y vida harán que incluso aquellos que se han alejado
del Señor se unan a la Iglesia, encontrando en ella no sólo
refugio, sino el lugar desde el cual puedan manifestar su compromiso
no sólo con Dios, sino también con el hombre.
Cuando el sembrador siembra la semilla en el suelo y la cubre de
tierra pareciera que esa semilla ha sido vencida por la muerte.
Sin embargo, al paso del tiempo de esa semilla germinará
una nueva vida, que, con los debidos cuidados, producirá
un fruto abundante. Cuando Cristo nos dice que el Reino de Dios
ya está entre nosotros nos habla de su vida frágil,
rechazada y perseguida por aquellos que no le pertenecen a Dios.
Cristo es el Reino de Dios entre nosotros. Él, en un aparente
fracaso, fue sepultado, pero al tercer día resucitó
glorioso para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia. Este
es el fruto de esa pequeña semilla sembrada en tierra. Él
no volverá al cielo con las manos vacías, sino con
las manos llenas, llevando consigo a todos aquellos por quienes
Él entregó su vida.
Y hoy nos reúne el Señor para celebrar este Misterio
de Vida que nos ofrece convertido en Pan de Vida eterna para nosotros.
La levadura que fermenta la Eucaristía para que sea Pan de
Vida es el mismo Espíritu de Jesús. Quienes nos alimentamos
de Él somos transformados en el Hijo de Dios, que continúa
entregando su vida y derramando su sangre para el perdón
de los pecados del mundo entero. Aprendamos, junto con Cristo, a
morir a nosotros mismos no sólo para ganar a Cristo para
nosotros, sino para ganar a todos para Cristo.
Hay en la Escritura unas palabras terribles: Aquel que es la Palabra,
vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero también
hay otras palabras consoladoras: A cuantos lo acogieron les dio
el poder de llegar a ser hijos de Dios. Nuestro corazón es
como un terreno; ojalá y sea buen terreno para acoger a Aquel
que es la Palabra, y para que alojado en nuestra vida, produzca
abundantes frutos de salvación. La Iglesia jamás puede
rechazar a alguna persona.
Todo aquel que se acerque a ella debe encontrar el apoyo para su
vida y la posibilidad de desarrollarse plenamente. Más aún,
debe encontrar la capacidad de convertirse en alimento substancioso
y no venenoso para cuantos le traten.
El Señor espera que su Iglesia sea fiel a la fe que profesamos
en Él. Él no tanto nos lleva en su cintura cuanto
en su corazón. Ahí hemos de aprender a amar y servir
como nosotros hemos sido amados y servidos por Él. Lejos
de Él tal vez a lo único que llegaremos es a ser unos
charlatanes del Evangelio, pero no Profetas Testigos de Dios; entonces
lo único que daremos a luz será viento y no hijos
de Dios, pues estos no nacen del orgullo de la ciencia del hombre,
sino de la humildad y sencillez con que actúa el Espíritu
Santo en el seno de su Iglesia.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de vivir en plena comunión con Cristo Jesús, para
que sea Él quien, desde su Iglesia, continúe realizando
su obra de salvación en el mundo. Amén.
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