VIERNES 29 DE AGOSTO

LECTURAS: 1COR 1, 17-25; SAL 32; MT 25, 1-13

1Cor. 1, 17-25. Cristo crucificado, principio de nuestra salvación. Ahí se encuentra el Señor anonadado por nosotros. El Señor convertido en siervo; el Señor muriendo por el esclavo para hacerlo un liberto. Nadie puede decir que no puede dedicarse al fiel cumplimiento de la Misión Evangelizadora que el Señor confió a su Iglesia, excusándose por no tener la sabiduría humana suficiente para hacerlo.
No podemos pasarnos la vida como niños sólo recibiendo los dones de Dios. El Señor nos ha llamado con santa llamada y nos ha marcado con su Sello, derramando abundantemente su Espíritu Santo en nuestros corazones. A nosotros sólo nos corresponde ser dóciles al Espíritu del Señor, que habita en nuestro propio interior.
La salvación no es fruto de la sabiduría humana. Tal vez alguien, con esa sabiduría podría deslumbrarnos y deslumbrar al mundo entero. ¿Será capaz no sólo de ilustrar las mentes sino de entregarles a Cristo para que tome carne en sus vidas? Esto no es fruto de la sabiduría humana; esto es una obra exclusiva de Dios en el hombre. Dejemos que Él la lleve a buen término en nosotros y dejémonos conducir por el Espíritu de Dios para que, a pesar de la sencillez de nuestra vida, seamos colaboradores de su Reino en el mundo.

Sal. 33 (32). Alabemos al Señor. Pero alabémoslo con un corazón sincero. Él está siempre cerca de sus fieles y de los que lo invocan con sinceridad. No lleguemos ante el Señor sólo con la alabanza en los labios, sino en nuestro corazón convertido en morada suya. Dios jamás nos ha engañado. Él siempre ha estado a nuestro lado como nuestro Padre y como nuestro poderoso protector. Su amor por nosotros, en toda su grandeza, nos lo ha manifestado por medio de su Hijo Jesús. Por eso no quiere de nosotros hipocresías, sino lealtad a su amor y fidelidad a sus enseñanzas. De lo contrario nos estaríamos engañando cuando pensamos ser escuchados por Dios al llegar ante Él con intenciones equivocadas, o con un corazón manchado y sin deseos de volver sinceramente al Señor.
Dios quiere que todos los hombres se salven; ese es el plan de su amor salvador sobre nosotros. Si realmente amamos al Señor dejemos que esa salvación llegue a nosotros para que nosotros mismos seamos una alabanza del Nombre Divino, tanto con nuestras palabras, como con nuestras obras y nuestra vida misma.

Mc. 6, 17-29. Jesús, rechazado por sus paisanos, se va a los pueblos de alrededor para continuar con la proclamación de la Buena Noticia. Entonces envía a sus apóstoles de dos en dos con el mismo poder que Él ha recibido del Padre.
El enviado, finalmente se convierte en Aquel que le envía; por eso, quien rechaza al enviado, está rechazando al que lo envió. Si a Jesús lo persiguieron hasta asesinarlo, el enviado ha de aceptar con valentía, firmeza y lealtad también ese riesgo, sin diluir, ni acomodar la misión recibida para eludir las consecuencias que podrían venírsele por cumplir con lo que Dios le ha confiado.
El asesinato de Juan el Bautista, profeta nada endeble aún en el llamado que hace al mismo rey Herodes para que reconozca sus errores y se convierta, preanuncia a los apóstoles y a todos los fieles testigos del Señor lo que puede sucederles a causa de su fidelidad a Él.
Jesús nos invita a tomar nuestra cruz de cada día y a seguirlo. Él sabe que la muerte no tiene la última palabra, sino la vida; y que esa vida es vida eterna, glorificados como hijos amados junto con Él a la diestra de Dios Padre.
¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Qué significa en nuestra vida? Ojalá y no lo confundamos con un fantasma, ni con la encarnación de algún antepasado. Jesús, glorificado junto al Padre, continúa entre nosotros con su amor, con su misericordia, con su entrega, por medio de su Iglesia que lo hace presente en la historia.
Él nos envía para que, en su Nombre, hagamos cercana su salvación a todas las naciones en todos los tiempos. Ojalá y no nos acobardemos ante lo que pueda sucedernos si proclamamos su Nombre sin acomodos, sino con fidelidad, porque, finalmente, la gloria que nos espera supera nuestros sufrimientos por el Evangelio aquí en la tierra.

Jesús no se ha quedado en vana palabrería. En esta Eucaristía celebramos el testimonio de su amor por nosotros que ha llegado hasta el extremo. Su muerte, clavado en la cruz, a la par que nos hace comprender la aceptación voluntaria de la entrega de su vida por nosotros, nos recuerda hasta dónde puede llegar la obcecación de aquellos que se cierran a la verdad y al amor, persiguiendo y acabando con la vida de quien sólo pasó haciendo el bien, pero que se convirtió en un firme reproche a las actitudes de quienes no quisieron aceptar sus propios errores para darle un nuevo rumbo a su vida.
El Señor nos invita a hacer nuestra su vida y su misión, sin temores ante lo que podría esperarnos. Él nos dice: En el mundo tendrán tribulaciones; pero, ánimo, no tengan miedo; yo he vencido al mundo

Los que participamos de esta Eucaristía voluntariamente aceptamos como nuestra la misma Misión del Señor con quien entramos en comunión; y aceptamos, también voluntariamente, todas las consecuencias que nos vengan por vivir y proclamar el Evangelio del Señor, con lealtad a Aquel que nos lo ha confiado.
Nadie nos quita la vida, nosotros estamos dispuestos a entregarla, si es preciso, como el resultado de nuestra fidelidad a Dios, que nos envía; y de fidelidad a aquellos a quienes somos enviados para conducirlos a un encuentro personal y comprometido con el Señor.
Tratemos de no ser nosotros mismos los que nos convirtamos en aquellos que quitan la vida a los demás, por pagarles un salario de hambre, por corromperles la vida, por robarles la paz y la alegría y sumirlos en la incertidumbre y la tristeza.
No queramos quedar bien ante los demás, no queramos conservar nuestra vida y nuestro poder a base de hacer caer la cabeza de los demás. Si el Espíritu del Señor está realmente en nosotros, pasemos haciendo el bien y no el mal; trabajemos por la justicia, el amor y la paz; seamos congruentes con aquello que decimos profesar; seamos constructores de un mundo nuevo donde reine el amor fraterno y donde todos vivamos unidos en torno a un sólo Dios y Padre.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber pronunciar un sí comprometido al amor que Dios nos ofrece, y al amor que quiere confiarnos para hacerlo reinar en el mundo, aun cuando en eso se nos vaya la vida, sabiendo que, finalmente, la alegría y la paz junto a Dios serán para nosotros la vida eterna, que ya nadie nos podrá arrebatar jamás. Amén.

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