MARTES 29 DE JULIO

LECTURAS: JER 14, 17-22; SAL 78; LC 10, 38-42

Jer. 14, 17-22. ¿Qué concepto tenemos de Dios? Probablemente ante los diversos problemas que muchas veces nos aquejan, acudamos a Dios buscando en Él el socorro ante nuestras pobrezas, la lluvia para que fecunde nuestros campos, la tranquilidad ante los problemas que nos aquejan; en fin, podríamos ampliar demasiado la lista de las razones que podrían ponernos en contacto con el Señor. Tal vez al mismo Dios le demos razones por las cuales Él "debiera" ayudarnos, pues nosotros "somos sus hijos", "reconocemos que somos pecadores", nosotros fallamos a la Alianza, pero Dios "debe ser fiel" y no quebrantarla como nosotros, por eso "nuestra esperanza" está siempre (?) puesta en Él.
Jesús nos dirá: Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará a ustedes por añadidura. Buscar a Cristo no tanto para que nos supla en aquello que nos corresponde realizar en nuestra propia vida, sino para comprometernos junto con Él en el surgimiento de un mundo nuevo, de una humanidad renovada en Él; esto es lo que le dará su verdadero sentido a nuestra fe y al culto que le tributemos al Señor.

Sal. 79 (78). Gracias al poder Redentor y Salvador del Misterio Pascual de Cristo nosotros hemos sido elevados a la dignidad de hijos de Dios, y hemos sido convertidos en Templo del Espíritu Santo, pues Él realmente mora en nosotros. Sin embargo tal vez muchas veces hemos sido víctimas del pecado; y este ha causado en nosotros grandes ruinas espirituales y materiales.
De nada sirve proclamar el Evangelio si después, a causa de una vida contraria a lo que anunciamos, hacemos que el Nombre de Dios sea blasfemado. Quienes en verdad queramos vivir comprometidos con nuestra fe y hacer nuestro el anuncio del Evangelio, hemos de reconocer que somos pecadores e ir ante el Señor para pedirle que no sólo nos perdone, sino que, purificados de toda maldad nos ayude a ser más que predicadores del Evangelio, testigos del mismo con una vida intachable.
Entonces la Iglesia participará del servicio del Buen Pastor que busca a las ovejas no para aprovecharse de ellas sino para salvarlas y hacer que, sintiendo el amor de Dios, den gracias y alaben constantemente al Señor.

Lc. 10, 38-42. Qué bueno que seamos serviciales, que abramos los ojos ante las necesidades de nuestro prójimo y tratemos, en la medida de nuestras posibilidades, de buscar soluciones adecuadas que les ayuden a superar sus pruebas, y a vivir con mayor decoro y dignidad. Sin embargo esto no debe inquietar nuestra vida llegando a achacar a los demás su falta de solidaridad en el servicio que nosotros prestamos.
No pensemos que el servicio prestado a los demás ocupa el único lugar en la manifestación de nuestra fe, que nos hace ser comprometidos en el amor fraterno en ese aspecto. Mientras todo esto no brote de un compromiso real con Cristo adquirido desde un ambiente de oración, en que sepamos escuchar al Señor y vivir conforme a su Palabra, probablemente nos desvivamos haciendo el bien a los demás, pero nuestra vida de fe se quedará en un amor horizontal, sin trascendencia hacia la vida eterna.
Quien, unido a Cristo sirve a su prójimo, no va en nombre propio, sino en Nombre de Cristo para que, desde su Iglesia el Señor continúe pasando entre nosotros haciendo el bien a todos.

El Señor nos reúne en este día para celebrar la Eucaristía. Antes que nada Él quiere que lo escuchemos. Quien quiera trabajar en su Nombre y colaborar en la construcción del Reino de los cielos, antes que nada debe entrar en un diálogo de amor con el Señor para conocer su voluntad. En la Eucaristía el Señor pronuncia su Palabra Salvadora para que se encarne en nosotros y seamos, así, un signo de esa Palabra en nuestro mundo.
En la Eucaristía no sólo venimos a contemplar un espectáculo, sino a ser testigos del amor que Dios nos tiene, amor hasta el extremo, amor que se convierte en alianza para que así como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, así el Hijo esté en nosotros y nosotros en el Hijo, recibiendo su Espíritu Santo para poder ir a nuestro mundo a amar a nuestro prójimo en la misma forma en que nosotros hemos sido amados por Dios.
A partir de nuestra comunión de vida con Cristo su Iglesia no dará a luz viento, sino hijos que alaben y glorifiquen el Nombre de Dios desde una vida intachable ante Él, y desde una vida misericordiosa para con todos.

Quienes nos preciamos de creer en Cristo y de ser de Él, no podemos pasar de largo ante las miserias, necesidades y angustias de que son víctimas muchos hermanos nuestros. Ya en la primitiva Iglesia el servicio de caridad ocupó un lugar preponderante en ella, pues fueron instituidos siete diáconos para que se dedicaran a ese servicio. Sin embargo en la misma Iglesia no se dejó a un lado el contacto con el Señor, pues los Apóstoles indicaron que se dedicarían a la oración y al anuncio de la Palabra.
Sin la oración la Iglesia deja de respirar, pues pierde su contacto con el Dios de la Vida. Sin la oración la acción pastoral de la Iglesia se queda en una simple promoción humana. Sin la oración buscamos nuestra propia gloria y Dios queda desplazado de nuestra vida. Pero sin la acción que ha de brotar de la oración la Iglesia se queda como un árbol de follaje frondoso pero estéril. Sin la acción la Iglesia pierde su vocación de hacer cercano el amor de Dios al mundo entero. Sin la acción la Iglesia se desliga de las realidades temporales y se vuelve angelista, incapaz de decir algo de parte de Dios al hombre de nuestro tiempo.
Aprendamos a vivir en el equilibrio de la oración y la acción, de la acción y la oración. Sólo así no sólo seremos testigos del amor de Dios en el mundo, sino que la acción pastoral de la Iglesia será eficaz, con la eficacia que nos viene del Espíritu de Dios que inspira y guía a la Iglesia en la Misión que el Señor le ha confiado de ir, buscar y salvar todo lo que se había perdido para conducirlo a la salvación eterna, iniciando ya desde este mundo, con signos concretos, el Reino de Dios entre nosotros.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber depositar con amor nuestra vida en sus manos; de saber escuchar su Palabra y dejarla encarnarse en nosotros, para que podamos ir a nuestros hermanos como un verdadero signo del amor salvador de Dios para la humanidad entera. Amén.

www.homiliacatolica.com
Desde enero de 2003
Está autorizada a toda persona y organización humana, la reproducción total o parcial de los contenidos presentados en esta página web, siempre que se respete el mensaje original y se haga sin fines de lucro, en caso contrario, será necesario solicitar autorización por escrito a fin de que sea considerada por el
Pbro. Rodrigo Guadarrama.

Diseño web producido por:
LINKFABRIK.COM