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SÁBADO 30 DE AGOSTO
LECTURAS: 1COR 1, 26-31; SAL 32; MT 25, 14-30
1Cor. 1, 26-31. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido
de Dios? Entre nosotros hay muchos que poseen grandes riquezas;
muchos han adquirido títulos honoríficos en el estudio
de la ciencia de Dios. Muchos podrían gloriarse de todo lo
que tienen adquirido a base de grandes esfuerzos.
No podemos condenar a quienes han avanzado y colaborado para que
la ciencia sobre Dios sea cada vez más profundizada en aquello
que el mismo Dios quiere decir a las nuevas generaciones. Sin embargo
en medio de toda esta riqueza interior, nacida bajo la inspiración
del Espíritu Santo, nadie puede vanagloriarse pensando que
lo ha hecho por su propio esfuerzo y bajo su sola luz humana. Estar
a los pies de Jesús como discípulos para comprender
sus palabras. Caminar tras las huellas de Jesús para hacer
nuestra su entrega a favor de todos.
Dar testimonio de nuestra fe no sólo con palabras eruditas
sino con una vida en la que la Palabra de Dios se haya encarnado
y nos haya convertido en siervos puestos al servicio de los pobres,
de los ignorantes, de los humildes. Eso es lo que nos identificará
como una Iglesia que está al servicio humilde de todos, y
que vive conforme a las enseñanzas y al ejemplo de Jesús,
nuestro Dios y Señor, pues nuestra Comunidad en su inmensa
mayoría sigue estando conformada por pobres, ignorantes y
gente que muchos consideran como gente despreciable, pero a quienes
Dios ha llamado para manifestarles el amor que les tiene siempre
como un Padre a sus hijos.
Sal. 33 (32). Alegrémonos, pues el Señor se ha dignado
escogernos para que formemos parte de su Pueblo Santo. Él
conoce a la humanidad entera; y conociéndonos hasta en lo
más profundo de nuestro ser, no nos rechazó, sino
que nos llamó para que le pertenezcamos eternamente.
Nosotros no sólo hemos de buscar al Señor para encontrar
en Él comprensión y refugio. Lo hemos de buscar para
vivir comprometidos en su amor y en sus enseñanzas.
Pongamos en el Señor nuestra esperanza y confianza. Pero
también abramos ante Él nuestros oídos y nuestro
corazón para que vivamos, ya no conforme a nuestras malas
inclinaciones, sino conforme a su voluntad. Entonces seremos dignos
de ser dichosos eternamente en su presencia.
Mt. 25, 14-30. El Señor nos ha confiado el Evangelio y la
distribución de la gracia. Esto es algo que Él quiere
que veamos como nuestro, de tal forma que no nos sintamos como sus
trabajadores, sino como continuadores de la obra salvadora de su
Hijo; pues, efectivamente, nosotros hemos sido hechos hijos en el
Hijo. A nosotros compete esforzarnos para que la salvación
llegue a más y más personas.
No podemos pasarnos la vida sólo recibiendo y disfrutando
de los dones de Dios de un modo personal. Él constituyó
a su Iglesia como Misionera, enviada por Él a evangelizar
al mundo entero, a iniciar el Reino de Dios entre nosotros ya desde
ahora. Al final Él sólo reconocerá como suyos,
y hará pasar a tomar parte del gozo de su Señor a
los que lleguen con las marcas del amor y de la entrega de su propio
Hijo, entregado por nosotros.
Hoy venimos, a esta Celebración Eucarística, a tomar
parte en la alegría de nuestro Señor. Venimos, no
con las manos vacías. Traemos aquello que se ha convertido
en el fruto de la Misión Evangelizadora que día a
día va cumpliendo la Iglesia del Señor en el mundo
y su historia.
Ojalá y no vengamos con el corazón amargado; sólo
buscando al Señor por algún compromiso social, pero
sin ganas de escuchar su Palabra y vivir comprometidos en la construcción
de su Reino entre nosotros.
El Señor nos recibe con alegría, pero nuevamente nos
enviará para que continuemos cumpliendo con la Misión
que nos ha confiado. Que Él sea nuestra fortaleza. Que Él
nos ayude, con la fuerza de su Espíritu, a ir amorosamente
tras sus huellas.
¿Qué concepto tenemos de Dios? Ante los dones que
de Él hemos recibido, ¿nos ponemos a trabajar, o nos
infravaloramos y pensamos que los demás lo tienen todo, mientras
nosotros fuimos creados y abandonados como una basura cualquiera?
¿Vagamos sin esfuerzo, sin esperanzas, sin fe y renegando
de todo? Dentro del Plan amoroso y salvador de Dios Él nos
ha llamado para que colaboremos en la construcción de su
Reino entre nosotros en la medida de la gracia recibida.
No volvamos la mirada sólo hacia aquellos que desarrollan
algún ministerio en la Iglesia. Todos somos responsables
de hacer que el Evangelio se encarne en la humanidad entera.
Especialmente los laicos, en un apostolado del semejante por el
semejante, han de esforzarse para que la Buena Nueva de salvación
se haga realidad en los diversos ambientes en que desarrollan sus
actividades. No nos conformemos con una vida de fe sólo manifestada
en la oración y en el interior de los templos. Seamos testigos
comprometidos del Señor ahí donde se desarrolla nuestra
vida diaria.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión
de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia
de saber vivir totalmente comprometidos con la fe que profesamos,
lo cual nos ha de llevar a la transmisión del Evangelio a
la humanidad entera tanto con las palabras, como con las obras y
la vida misma. Amén.
( 30 DE AGOSTO EN AMÉRICA LATINA: 2COR 10, 17-11,2; SAL
148; MT 13, 44-46
2Cor 10, 17-11, 2. Hemos sido cortados de un olivo silvestre, al
que por naturaleza pertenecíamos, y hemos sido injertados
contra la naturaleza en el olivo fértil.
La alegría que encuentra el esposo con su esposa, es la alegría
que el Señor encuentra con su Pueblo. Llenémonos de
orgullo en el Señor, que ha querido escoger, para sí,
a su Iglesia. No importándole lo que hayamos sido antes,
Él nos escogió para que entráramos en Alianza
nueva y eterna con Él; por eso debemos conservarnos y conducirnos
con la debida pureza de espíritu.
Somos del Señor; por eso no podemos permanecer en el pecado,
lejos de Él; más bien hemos de caminar en una continua
conversión hasta lograr la perfección de Aquel que
nos ha llamado para que seamos santos, como Él es Santo.
Sal 148. El universo entero estalle en alabanzas al Señor,
su Creador y Rey. Él está por encima de todo y se
manifiesta como el Dios providente, que con su poder mantiene todo
lo que, por amor, llamó a la existencia.
Los ángeles y los pueblos todos alaben al Señor y
denle culto. Con una continua alabanza al Nombre del Señor
permaneceremos constantemente en su presencia; así, en verdad,
en Él viviremos, nos moveremos y seremos.
Si esta alabanza la eleva la creación entera, cuánto
más la hemos de elevar quienes gozamos de familiaridad con
Él, porque hemos sido elevados a la dignidad de hijos suyos
al haber entrado en comunión de vida con el Señor,
por medio de la fe y del bautismo.
Si somos uno con Cristo, vivamos alabando y no denigrando el Nombre
del Señor entre los pueblos que nos rodean.
Mt. 13, 44-46. Sólo quien posee la Sabiduría que
procede de Dios podrá valorar adecuadamente el Evangelio
y la Vida que Dios le ofrece.
Nadie vendrá a Cristo si no lo llama el Padre; nadie entenderá
a Cristo si no es conducido por el Espíritu Santo. No basta
descubrir, comprender a Cristo como el Camino, la Verdad y la Vida.
A aquel escriba que le dice a Jesús: Muy bien, Maestro. Tienes
razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro
fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con
todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo
como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios,
Jesús le indica: No estás lejos del Reino de Dios.
Mientras no seamos capaces de renunciar a todo y centrar, realmente,
nuestra vida en sólo Dios, estaremos, permaneceremos cerca
del Reino de Dios, pero no entraremos en Él.
El Señor nos pide que seamos capaces de dejarlo todo y pertenecerle
únicamente a Él; porque, de qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida.
En esta Eucaristía nosotros nos hacemos uno con el Señor
en una nueva y definitiva alianza. Por Cristo nosotros somos hechos
de la familia divina. Comprender esta verdad y decidirnos a aceptar
al Señor en nuestra vida, equivale a tomar la decisión
de hacer nuestro el tesoro más grande que Dios pudiera ofrecernos.
¿Seremos capaces de no quedarnos apegados a lo pasajero,
a nuestras propias miserias, con tal de ganar a Cristo para nosotros
y para todos? Recordemos que el Señor renunció incluso
a su propia vida, con tal de ganarnos para Él. Ojalá
y no vivamos huyendo de Él, sino centrando sólo en
Él nuestra vida y nuestro amor.
Esta aceptación de la vida de Dios en nosotros nos compromete
a convertirnos en una manifestación, en un signo, en un Sacramento
vivo de su amor en medio de todos aquellos con quienes entramos
en contacto en nuestra existencia.
Quien posee al Señor y su Espíritu debe dejarse guiar
por Él. De nada nos serviría entrar en comunión
con Cristo por medio de la Eucaristía si después vivimos
como si no conociéramos a Dios.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir, con una
verdadera congruencia entre fe y vida, la Alianza que, en amor,
hemos pactado para siempre con el Señor de la vida y de la
historia. Amén.)
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